Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


La rebelión
La rebelión y otros cuentos
(Caracas: Librería y Editorial del Maestro, 1946, 293 págs.), págs. 7-40.



I
Mano Carlos



      Esto fue cuando Juan Lorenzo tenía cinco años.
       Una noche, a las primeras horas, estaba él en las piernas de la madre, que le cantaba para dormirlo, cuando llegó un hombre a la puerta y dijo:
       —Señora, dígale a Mano Carlos que aquí está Julián Camejo que viene a cumplile lo ofrecío.
       Efigenia dejó al niño en la mecedora y entrando en el cuarto del marido se acercó a la hamaca donde él estaba y le dijo, con su voz de sierva sumisa que habla al amo que acaba de azotarla:
       —Que ahí está Julián Camejo que viene a cumplirte lo ofrecido.
       El hombre saltó de la hamaca y se precipitó fuera del cuarto a grandes pasos, a tiempo que desabrochaba la tirilla del revólver en la faja que llevaba siempre al cinto.
       Efigenia comprendió entonces lo que iba a suceder pero no hizo nada por evitarlo, paralizada por el terror. Juan Lorenzo que estaba mancornado en la mecedora, se enderezó rápidamente cuando el padre atravesó el corredor, dirigiéndose a la calle.
       Transcurrieron los instantes precisos para que el Comandante Carlos Gerónimo Figuera atravesara el zaguán; pero a Efigenia le parecieron infinitos, porque durante ellos estallaron en su cerebro un tropel de pensamientos que, para sucederse unos a otros habían requerido largo espacio de tiempo. Esperando oír el disparo inevitable le pareció que dilataba tanto que se preguntó mentalmente: ¿Cuándo sonará?
       Por fin oyó. Algo espantoso que no se borraría jamás de su memoria: un quejido estrangulado, corto, angustioso como un hipo mortal, y luego el ruido del portón contra el cual había caído algo muy pesado.
       Mucho tiempo después Efigenia recordó que entonces había dicho ella, lentamente y a media voz: ¡ya lo mataron!; y que afuera, en la calle, en todo el pueblo, en el aire, había un silencio horrible.
       Luego comenzaron a oírse voces de los vecinos agrupados en la puerta. Lamentaciones de mujeres que parecía que hablaban tapándose las bocas con las manos trémulas de espanto:
       —¡Ave María Purísima! ¡Dios me salve el lugar!
       Un hombre que decía:
       —¡Lo sacó de pila!
       Una voz autoritaria.
       —No lo atoquen. Hasta que no venga el Juzgao no se pué levantá el cuerpo.
       Voces lejanas:
       —¡Cójanlo! ¡Cójanlo!
       Poco después, Juan Lorenzo, que se había quedado inmóvil en su asiento del corredor, vio que unas mujeres abrían la entrepuerta para dar amplio paso a los que traían el cadáver del Comandante Figuera. Cautelosamente fue deslizándose en el asiento hasta alcanzar el suelo y sin quitar la vista de la puerta por donde iba a aparecer aquella cosa horrible. Luego echó a correr hacia donde estaba la madre.


II
La otra Efigenia


      Han transcurrido unos días. Un viajero que viene de Caracas se detiene en la casa de Efigenia y habla con ella.
       —Bueno, comadre. Yo cumplí su encargo. Pero francamente le digo que me ha pesao, porque aquellas señoras tías suyas, en cuanto no más les dije a lo que iba me saltaron encima, como unas macaureles. Y usté perdone la comparación.
       A Juan Lorenzo le hizo mucha gracia y estuvo riendo largo rato.
       —¡Como unas macaureles! ¡Ja, ja, ja!...
       El hombre sonreía mirándolo tan regocijado.
       —¡Ríete! Que ya vas a sabé tú pa qué naciste.
       Efigenia sonreía también; pero su sonrisa era algo muerto sobre su rostro alelado. Luego dijo, sin haber recogido todavía aquella sonrisa que se le había quedado olvidada en la faz triste:
       —¿Quiere decir que no están dispuestas a recibirme?
       —Tanto como dispuestas no creo yo que puea decí; pero después que me tupieron con sus desahogos contra usté y contra el difunto mi compae, que en paz descanse, me dijeron que podía decirle a usté que qué se iba a hacé; que por lo visto ellas no tenían más misión en el mundo que estala recogiendo a usté y a lo que usté quisiera llevarles pa su casa. Porque sin yo estásela preguntando me soltaron toa la historia suya: que si su padre de usté se enredó con una mujer que no era igual a él y la tuvo a usté por trascorrales: que si un día se presentó caje de ellas con usté chiquita, porque se le había muerto la mujé y que ellas, como al fin y al cabo eran las hermanas d'el y les dio lástima vela a uste desampará, la recibieron y la criaron como hija, pa que después usté y que les pagara too el cariño que le tuvieron saliéndose de la casa con el zambo Carlos Gerónimo. Asina mismo me lo dijeron.
       Chupó el tabaco, haciéndolo girar entre los dedos y concluyó:
       —Francamente, son bien espesas las señoritas esas.
       A lo que respondió Efigenia:
       —En el fondo no son malas.
       —Ya ve, lo que es en eso ni quito ni pongo. Lo que hago es decile lo que me dijeron, sin ganale naa, pa que mañana no tenga usté que haceme cargos por no habele hablao con franqueza.
       Guardó silencio. Efigenia lo miraba, con su mirada fija y distraída a la vez de persona ausente de la realidad exterior. Cohibido, el hombre bajó la suya y luego poniéndose de pies, dijo sin ver la cara a Efigenia con la áspera voz enternecida:
       —¿Quiere decí que usté está dispuesta a dirse pa Caracas?
       —¿Qué voy a hacer?
       —Bueno. Que le resulte bien, comae. Yo sentiré mucho perderla de vista, porque la noche del velorio se lo juré al difunto que no la abandonaría a usté y al muchacho; pero no es de mi incumbencia atravesame en su voluntá. Y naa más tengo que decile, sino que si, en una comparación, alguna vez necesita usté de mí no tiene sino que llamame.
       Y ya en la puerta despidiéndose:
       —El mes que viene tengo viaje pa Caracas. Como usté y el chavalo no pueen hacé el viaje a caballo, si usté quiere dirse conmigo, yo le hago prepará una de las carretas pa que vaya más cómoda.
       —Si usted quiere también hacerme ese favor.
       —Es mi deber. Naa tiene que agradecerme.
       Desde aquel día Juan Lorenzo, ajeno al sufrimiento perennemente pintado en el rostro de la madre, no hace sino anhelar por el viaje a la capital y ríe sabrosamente cuando piensa que va a conocer a las macaureles, que sólo de este modo llamaba ya a las tías de su madre.
       Por fin llegó el día de la partida. En una lluviosa madrugada salió de Villa de Cura el convoy de carretas de Ramón Fuentes, que hacían el tráfico entre los pueblos más próximos del llano y Caracas. Iban cargados de quesos y de cueros de ganado, menos una en la cual, bajo un toldo formado con el encerado y sobre colchones que amortiguaban los batacazos, se colocaron Efigenia y su hijo.
       Estuvo lloviznando casi toda la mañana. La marcha era lenta y trabajosa. Los carreteros corrían continuamente a lo largo del convoy acudiendo a sacar las carretas de los atolladeros o a ayudar a las mulas a repechar las cuestas resbaladizas. El tintineo de los arneses, el traqueteo de las ruedas en los baches, el perenne caer de la llovizna lenta y menuda; el dejo melancólico de los cantos de la tierra, a ratos en boca de los carreteros, aumentaban la monotonía del camino. A mediodía levantó el tiempo y roto el brumoso velo de la llovizna lució el verde tierno de los sembrados y el suave azul de los montes lejanos. Luego comenzó a calentar el sol con lo cual se hizo más fuerte la pestilencia de los cueros que iban en las carretas.
       Bajo el toldo de la última del convoy, caliente como un horno, Efigenia y Juan Lorenzo, molidos por el traqueteo de la marcha, entontecidos por la modorra, guardaban silencio. En pos de ellos iba Ramón Fuentes, en un macho rucio. Durante las primeras horas del viaje había ido hablando con Efigenia cosas de su negocio, cosas del camino; pero ahora callaba también, bajo el peso del mediodía. De pronto dijo, dando curso a sus pensamientos:
       —Comadre. ¿Y cuando Julián Camejo llegó preguntando por el compadre, usté no cayó en malicia?
       —No.
       —¡Caramba! ¿Y usté no sabía que ellos tenían un pique Viejo?
       —Yo nunca supe nada de las cosas de Carlos Gerónimo.
       —Sí. Ellos tenían un pique desde cuando Mano Carlos fue Jefe Civil de la Villa. Parece que el Julián Camejo ese tenía una mujecita y el compadre se la enamoró.
       Y después de una pausa:
       —¡Caramba! Si usté cuando vio que Mano Carlos salió acomodándose el revólver, se le atraviesa y no lo deja salir quizá se evita la desgracia.
       Efigenia lo miró largo espacio y al cabo murmuró:
       —Ya no era tiempo.
       Nuevo silencio. Ramón Fuentes no se explicaba cómo Efigenia podía hablar de aquello con tanta impasibilidad.
       —¡Caramba! No me explico yo como un zoquete como Julián Camejo haya podido pegase al compadre. ¡Un hombre como Mano Carlos, tan defenso! ¡Ah, hombre macho y faculto que era el compadre! ¡Y pa que vea! Vino a pegáselo un zoquete que era la sopa de too el mundo en La Villa.
       Efigenia oyó aquel bárbaro panegírico del marido como si se tratase de persona extraña. ¡Estaba tan distante de participar, ni aún de comprender aquella admiración del carretero!
       Y sin embargo, aquel hombre de quien se trataba había sido su compañero durante seis años, y, lo que era todavía más absurdo: ¡había sido el amor de su corazón, la ilusión de su vida, durante algún tiempo! ¿Dónde había estado ella, la verdadera Efigenia, durante todo ese tiempo? ¿Quién había reemplazado a la ausente, a la verdadera Efigenia, a la que se crió en la casa de las tías Cedeño, en Caracas, que tocaba al piano, por fantasía, la Serenata de Schubert y cantaba con verdadero sentimiento romántico aquello de “Volverán las obscuras golondrinas”, de Bécquer? ¿Cómo era posible que fuesen la misma persona aquella muchacha sentimental de antes y esta mujer embrutecida que venía ahora de La Villa, entre carreteros, en una carreta, con un hijo tenido de su unión con el zambo Carlos Gerónimo Figuera, hombre rudo y brutal a quien asesinaron de un lanzazo en la puerta de su casa por haberle quitado la mujerzuela a otro?
       Entretanto Juan Lorenzo ha estado oyendo la conversación; pero aunque sabe perfectamente de qué se trata tampoco se da cuenta cabal de la situación. La muerte de su padre lo impresionó por su aparato trágico, pero luego se convirtió para él en un hecho tan sencillo o tan sorprendente como son para los niños todos los hechos. En realidad para él nada había cambiado en la vida: antes había en su casa un hombre que llenaba el ámbito con sus interjecciones groseras y en las horas de buen humor se las enseñaba a proferir a él; ahora ya no estaba, pero para él las cosas esenciales seguían como antes: su pensamiento incansable, el espectáculo del mundo siempre atrayente, su pequeño cuerpo ávido de correr, de saltar, su risa siempre dispuesta a derramarse en carcajadas... y allá, en el término de aquel viaje que por más aburrido que fuera nunca llegaría a fastidiarlo, una perspectiva nueva: Caracas, y en ella una cosa sumamente divertida: las tías Cedeño, ¡bravas como macaureles! ¡Ya tenía maquinadas una buena porción de travesuras para hacerlas rabiar!
       Al atardecer el convoy se detuvo en una ranchería del camino. Ramón Fuentes se ocupó en preparar cómodo alojamiento para Efigenia; los carreteros despegaron las bestias y luego acudieron al trago en la pulpería dejando a la orilla del camino la hilera de carretas cargadas. Efigenia se embelesó en la contemplación del plácido crepúsculo que doraba la jugosa campiña aragüeña.
       Entretanto Juan Lorenzo andaba por los corrales, conversando con unos arrieros que lo conocían. Cacareaban las gallinas subiéndose a las ramas de un totumo; un arreo de burros se abrevaba plácidamente en torno al estanque; las mulas de Ramón Fuentes se refocilaban en el revolcadero; el acre olor del estiércol saturaba el aire; cortando malojo en los pesebres unos arrieros cantaban un corrido aragüeño.
       Tal espectáculo removía dentro del alma de Juan Lorenzo oscuras afinidades, burdos anhelos de la sangre plebeya. Para expresarlos fue en busca de Efigenia y le dijo:
       —Mamá. Cuando yo esté grande voy a ser arriero. ¿Sabes?
       —Véalo, pues —dijo Ramón Fuentes— cómo desde chiquito tiene inclinación al trabajo. ¡Eso está bueno!
       Contemplando la estrella de la tarde Efigenia, la otra Efigenia, la que cantaba antes la Serenata de Schubert, le pidió a Dios que no se realizara el deseo del niño..


III
Las macaureles


      Las Cedeño estaban en la ventana de su casa de la calle de San Juan cuando vieron detenerse frente a la puerta el convoy de carretas de Ramón Fuentes, en la última de las cuales venía Efigenia, bajo el aparatoso toldo que llamó la atención del vecindario.
       Reconocer a la sobrina y cerrar la ventana, con gran estrépito y demostración de desagrado, todo fue uno. Antonia, la mayor de las dos solteronas, con las venas del cuello ingurgitadas, decía ahogándose mientras se alisaba el cabello, que parecía que se lo hubiera despeinado el viento de la cólera que respiraba:
       —¡Esto es el colmo! ¡Presentarse en una carreta, en una cuadra como ésta!
       —¡Y a la hora en que todo el vecindario está en las ventanas! —agregó Mercedes, completando el pensamiento de la hermana, a tiempo que revisaba apresuradamente el orden y limpieza de la sala, como si preparase recibimiento a persona de categoría.
       Entretanto Ramón Fuentes decíale a Juan Lorenzo al bajarlo de la carreta:
       —Ahora es que te quiero, ahijado. Prepara las nalgas que ya vas a sabé lo que es bueno.
       Cosa extraña, Juan Lorenzo se había puesto muy serio, tal vez a causa de lo mucho que le había recomendado la madre que no fuera a reírse de las tías, y parecía emocionado.
       En cuanto a Efigenia, no podría asegurarse lo que pasaba en su alma, porque su rostro conservaba puesta aquella máscara de impasibilidad que le daba un aire de total embrutecimiento. Con la mayor naturalidad penetró en la casa, como si volviese a ella al cabo de una corta visita al vecindario.
       Pero cuando vio el patio familiar, fresco y penumbroso, con los viejos granados floridos, los ladrillos cubiertos de musgo, y en los tiestos de barro esparcidos por el suelo las macetas de novios del humilde jardín de la tía Mercedes, todo tal como estaba cuando ella abandonó la casa, la madrugada de aquel funesto día remoto para irse con el Comandante Figuera, dilató los ojos dolorosamente, como si fuese a echarse a llorar, y cuando llegó al umbral de la entrepuerta su corazón palpitaba con violencia esperando el asalto de las tías.
       Pero las Cedeño no estaban en el corredor. Dominado el golpe de emoción, Efigenia tocó la puerta como una extraña. Nadie le respondió. La casa parecía sola, las puertas de los dormitorios estaban cerradas y no se apercibía un rumor.
       Ramón Fuentes acudió:
       —A ver, comadre, déjeme tocá a mí, pa que vea si lo que hace falta en esta casa es mano de hombre.
       Y golpeó tres veces la puerta con los recios nudillos de sus dedos de carretero. El silencio de la casa retumbó y oyose adentro la voz de Antonia Cedeño:
       —Están tumbando la casa. ¡Que escándalo!
       A tiempo que aparecía en el corredor, poniéndose los espejuelos para preguntar:
       —¿Qué se les ofrece?
       —Gente de paz —respondió Efigenia—. Soy yo.
       Y Antonia, con un olímpico desdén:
       —¡Ah! Eres tú. Pasa para adentro.
       Detrás de Antonia acababa de aparecer Mercedes. Parecía muy ocupada en arreglarse una boa de plumas engrifadas que llevaba al cuello, aunque en realidad lo hacía para no ver a los recién llegados.
       Juan Lorenzo, pegado a las faldas de la madre, pasaba y repasaba sus miradas de una a otra de las Cedeño. Y observó que Antonia tenía cara de pájaro picudo coronada de un copete de cabellos revueltos y mal teñidos, y que a Mercedes le acontecía más o menos lo mismo en cuanto al cabello, pero tenía más tersa y suave la piel de la cara y un aire más dulce en la fisonomía. Pero lo que estuvo a punto de desbordar su contenido deseo de reírse de las tías fue el haber descubierto la cantidad de venas que se marcaban, gordas y tensas en el pescuezo de Antonia. Seguramente era por aquello que su padrino decía que se parecían a unas macaureles, porque, en efecto, aquel pescuezo era un haz de culebritas paradas.
       Mientras él estaba en esto, Mercedes había iniciado la conversación, preguntándole a Efigenia, por decir algo:
       —¿Y tú viniste desde La Villa en esa carreta?
       A lo que respondió Antonia, antes que lo hiciera la interpelada, con un tono sarcástico verdaderamente inaguantable:
       —¡Guá! ¿Y por qué te extraña, niña? ¡Es una carreta muy bonita y muy limpia, con su toldo muy gracioso! ¿No te has fijado? Es un lujo. Hasta tiene unas ramas de sauce que la adornan mucho.
       Ramón Fuentes intervino, porque ya no podía contenerse:
       —De sauce no, señorita; de lecherito. Usté como que no conoce las matas.
       —¡Ah! ¿Tú ves, Mercedes? De lecherito. Son de lecherito las ramas ésas.
       Plantándose de un modo que parecía que ahora pesaban más sobre el suelo, con las piernas separadas y flexando las rodillas, Ramón Fuentes buscaba pelea, dispuesto a no quedarse con aquellas puyas:
       —Sí, señor. De lecherito.
       Efigenia oía el diálogo, inmóvil en medio del corredor y sin que un gesto se dibujase en su máscara trágica. Más que nunca parecía el cuerpo vacío de una persona ausente.
       Mercedes Cedeño fingía estar muy interesada en quitarle algo que tuvieran las hojas de una mata de novios; pero se llevaba las manos a los ojos muy a menudo.
       —Bueno, comadre —dijo por fin Ramón Fuentes—. Ya yo cumplí mi misión. Le digo adiós. Quizá no nos volvamos a vé más.
       La abrazó campechano sin verla a la cara, dio unas palmadas en las mejillas de Juan Lorenzo, mientras sacaba de la faja del cinto unas monedas que puso en las manos del ahijado diciéndole:
       —Tome pa que tenga pa sus dulces.
       Y tomó la salida soltando a las Cedeño un áspero:
       —Buenas tardes.
       —Que lo pase usted bien —respondió Antonia con afectada cortesía.
       Entretanto Efigenia le decía al hijo:
       —Pídele la bendición a tu padrino.
       —Que Dios lo bendiga —contestó Ramón Fuentes desde el zaguán.
       Y ya en la calle:
       —Y lo saque con bien.
       Juan Lorenzo seguía observando a las tías y como reparase que a Antonia se le estaban poniendo más gordas y tensas las venas del cuello, se dijo mentalmente:
       —¡Concho! ¡Mírale las culebritas!
       Y estuvo a punto de soltar la carcajada.
       Pero algo inesperado y sorprendente acababa de suceder. Las Cedeño rompieron a llorar simultáneamente y se precipitaron en los brazos de Efigenia que por fin lloraba también.
       Luego sonándose, Antonia dijo, con una voz nueva en ella, mientras se llevaba a Efigenia hacia adentro, todavía abrazada:
       —¡Muchacha! ¡Tú no sabes lo que nos has hecho sufrir!
       Mercedes cargó con Juan Lorenzo y se lo llevó al comedor comiéndoselo a besos:
       —¿Quieres comerte un bizcochito?
       Juan Lorenzo se dejaba besuquear dócilmente. Aquello no era lo que él esperaba de las tías. ¿Por qué habría dicho su padrino que eran bravas como macaureles?


IV
Quesadillas de las Cedeño


      Ha pasado esa hora viva y profunda en la cual toda alma da la suma entera de su bondad esencial en una acción, en una palabra, en un gesto. Las Cedeño vivieron esa hora cuando se arrojaron en los brazos de la infeliz Efigenia olvidando lo pasado y poniendo por encima de los prejuicios que les endurecían los corazones un noble y generoso sentimiento humano. Ahora rueda la turbia corriente de las horas muertas, en las cuales el alma yace sepultada bajo esa corteza que forma la vida y que se llama el carácter.
       Pasaron los días de llantos y ternuras. Efigenia ha contado parte de sus tristezas, pero se adivina que no ha querido volcar completamente todo su doloroso secreto conyugal y por más que las tías la han acosado con sus preguntas, todavía lo guarda, con un noble pudor, en el fondo del hermético corazón dolorido.
       Esto aviva la curiosidad de las Cedeño. A menudo se las hubiera podido oír, cuchicheando entre sí acerca de lo que ellas se imaginaban que haría con Efigenia aquel bárbaro Comandante Figuera, siendo tan firme la convicción que fundaban en sus gratuitas hipótesis, que cuando a una se le ocurría decir:
       —A mí nadie me quita de la cabeza que cuando el demonio ese salía a sus fechorías en la calle le metía a Efigenia el moño entre las hojas del escaparate y se llevaba la llave, para que no pudiera moverse mientras él estuviera afuera.
       La otra comentaba, como de cosa perfectamente averiguada:
       —¿De veras, niña? ¡Lo mismo que el viejo Guzmán!
       Y cuando hubieron inventado una buena porción de estas especies quedáronse satisfechas como si ya conocieran el íntimo secreto de Efigenia.
       Por su parte, las Cedeño, tampoco han referido a la sobrina muchas novedades.
       —Nosotras, lo mismo que siempre. Llevando nuestra vida que es muy tranquila, y, a Dios gracias, no tiene capítulos feos.
       Y Antonia Cedeño, revistiéndose de fiera majestad, reforzaba el pensamiento insidioso de Mercedes:
       —Eso sí, tendremos que agradecerle siempre a la Divina Providencia: nos moriremos sin dejar una historia.
       Y miraba de soslayo a Efigenia para cerciorarse del efecto que le produjeran sus palabras.
       Pero Efigenia no se daba por aludida y permanecía en su actitud enigmática, mirándolas serenamente, con aquellos ojos que habían presenciado el horror indecible.
       Sin embargo, las Cedeño tenían también su misterio: un misterio de orden económico que administraba Antonia. Sin haber abundancia de nada, en aquella casa de mujeres solas no se sufrían privaciones mayores. El diario amanecía todos los días en poder de Antonia; pero no se veía por dónde entraba a la casa aquel dinero tan oportuno, que nunca faltaba ni sobraba. Si alguien hubiese intentado averiguarlo, Antonia Cedeño habría respondido, echando a andar, como para evitar preguntas indiscretas:
       —ésos son unos realitos que me quedaban por ahí.
       Y siempre le quedaban precisamente los del día siguiente.
       Había de ser Juan Lorenzo quien descubriera que con este misterio administrativo tenían relación las visitas que, entre semanas, hacía aquel señor Noguera que, siempre cerrado de negro, de paltó—levita y pumpá, se presentaba con pasos menuditos y en llegando al corredor, de ordinario solo, tocaba con el bastón en la mesa y decía:
       —Por aquí estoy yo, doña Antonia.
       Antonia —nunca era Mercedes quien lo recibía— dejaba lo que estuviera haciendo, se alisaba el pelo, cambiaba los espejuelos de diario que tenían aros de alambre, por los que lo tenían de oro, y hacía pasar al señor Noguera a la sala. Allí estaban largo rato hablando paso de manera que ni detrás de la puerta se podía descubrir lo que se decían, al cabo de lo cual salía el señor Noguera diciendo, invariablemente:
       —Despídame de Mercedita y de la muchacha.
       Al oírlo por primera vez después de su regreso a la casa, Efigenia pensó que durante seis años el señor Noguera había tenido que suprimir en su despedida aquellas palabras que se referían a ella: y la muchacha. ¡Y esto le pareció tan doloroso! No por ella, sino por el señor Noguera, a quien tal cambio debió hacerlo sufrir mucho, pues era una de esas personas inmutables a quienes no se puede concebir sino como son y repitiendo toda la vida unas mismas palabras y unos mismos gestos.
       Ahora el señor Noguera se había visto obligado a agregar unas palabras más en su despedida; pero para no modificar su costumbre las añadía cuando ya estaba en la puerta, poniéndose el pumpá:
       —¿Y el trivilín? ¿Muy travieso?
       —¡Insoportable!
       Acto seguido aparecía Mercedes, porque se trataba de Juan Lorenzo y éste era su debilidad:
       —¡De comérselo crudo! ¿Sabe usted lo que se le ocurrió ayer a esa criatura? —Y contaba la última travesura del muchacho.
       El señor Noguera se desmigajaba suavemente de risa.
       —¡Ji, ji, ji! Vaya, pues, ya tienen ustedes con qué divertirse. Dénmele un coscorroncito de mi parte.
       Y el señor Noguera se iba.
       Pero llegó un sábado —era su día habitual— y el señor Noguera no apareció en la casa de las Cedeño. Tres días después Juan Lorenzo vio que las tías se vestían de negro para salir y notó que Antonia tenía los ojos encarnizados.
       Cuando ellas salieron preguntó a la madre:
       —¿Para dónde van?
       —¿No sabes? El señor Noguera se murió. Van para el entierro.
       Juan Lorenzo permaneció un momento reflexionando y al cabo dijo:
       —¿Y ahora quién va a traer los churupos?
       —¿Qué es eso? ¿Qué estás diciendo?
       —¡Guá! ¿Tú no sabes? Los churupos de la comida. El señor Noguera era el que los traía.
       —Qué sabes tú. No hables tantos disparates.
       —¿Que no? Yo lo vi un día. Me asomé por el agujerito de la llave y vi que él le daba a mi tía Antonia un paquetico de riales.
       En los días siguientes flotó en el aire de la casa de las Cedeño una sombra de singular tristeza. Parecía que faltaba algo esencial, sin lo cual no era posible la existencia, como si el señor Noguera hubiera pasado allí todos los días de la suya, ocupando un amplio espacio, desempeñando una importante función.
       A menudo decía Antonia, enjugándose una lágrima tenaz:
       —¡Dónde volveré a encontrar otro señor Noguera!
       Y Mercedes se entregaba a una inquietante actividad que tenía interesado a Juan Lorenzo. Abría baúles que siempre estuvieron cerrados, sacaba objetos nunca vistos por él: cucharillas de plata, pertenecientes a una fantástica vajilla que, según ella contaba, figuró en el banquete que un vago antepasado de ella dio en obsequio del General Boves, el año catorce, un cofrecito lleno de corales y azabaches, trozos de prendas viejas, hasta un pañolón de seda negra con grandes y descoloridas ramazones bordadas, que era precisamente el mismo que lucía en los hombros la abuela materna de las Cedeño, en el retrato que estaba en la sala.
       Exhumando aquellos objetos que tenían historias, Mercedes hacía largas incursiones por el pasado brillante de las Cedeño para que Juan Lorenzo fuera conociendo los anales de la familia, que un tiempo fuera de las más mantuanas de Caracas.
       Juan Lorenzo, con ambas manitas entrelazadas y metidas entre las rodillas, la escuchaba embobado, mientras la traviesa imaginación se le iba tras las sombras de los fantásticos abuelos de los cuentos de Mercedes, que tenían sangre azul en las venas, cosa que le parecía sumamente divertida, y dejaron enterradas botijuelas repletas de onzas de oro, cosa que lo hacía olvidarse de que la tía Mercedes era muy embustera.
       Por su parte Efigenia, dándose cuenta de que aquel continuo rebuscar de Mercedes en los baúles objetos de algún valor era el anuncio de malos tiempos que habían de venir, se entregó también a la misma inquietante actividad. Una vez se presentó en el cuarto donde estaba la tía Antonia revolviendo un fajo de papeles, y le dijo mostrándole un collar de oro, grueso y pesado, que era el único regalo que le había hecho el Comandante Figuera:
       —Madrina, aquí tengo yo esto que debe valer algo y no me sirve a mí para nada. Disponga de él.
       —No, hija. Guarda tus cositas. Todavía no hay gran necesidad; por ahí me quedan unos realitos. Aquí estoy jurungando estos papeles a ver qué es lo que se puede cobrar. Yo tenía unos centavitos de mis ahorros y el señor Noguera me aconsejó que los pusiera a premio. él mismo hacía las evoluciones y con el producto de eso es que hemos ido viviendo hasta ahora. ¡Imagínate la falta que nos irá a hacer el señor Noguera!
       Efigenia tuvo una idea:
       —Y por qué no buscamos, madrina, algún trabajo que podamos hacer en la casa. Yo sé coser de sastre y eso lo pagan bien.
       —No, hijita. ¡Trabajar tú! ¡Y con lo delicada que andas siempre!
       Mercedes acudió providencial. Las quesadillas que ella hacía cuando necesitaba dar una cuelga tenían fama de ser las mejores de Caracas. Ya una amiga del vecindario le había insinuado la idea de hacerlas para la venta.
       Antonia rechazó orgullosa. ¡Las Cedeño haciendo quesadillas! ¡Ella sabía ser pobre sin perder la dignidad!
       —¡Cuándo! ¡Ni por un pienso!
       Mercedes dijo que ella conocía muchas familias muy decentes y de lo principal que vivían de hacer hallacas para la venta y afirmó que no encontraba diferencia entre una hallaca y una quesadilla; pero todo fue inútil: Antonia no convenía en que anduviera rodando por las calles su apellido, que era de los pocos apellidos respetables que quedaban en Caracas.
       —¡Imagínense! ¡Que vayan a saber las Perales, esa gentuza de aquí al lado que nosotras estamos haciendo granjerías! ¡Cómo se reirían de nosotras que no hemos querido hacerles la visita de vecinas, para no enguachafitarnos! ¡No, no! ¡Déjense de eso!
       Pero transcurrieron unos días, se fueron mermando los realitos que le quedaban por ahí y la perspectiva de amanecer un día sin el diario le quebrantó el orgullo. No obstante, como ella no daba nunca el brazo a torcer, esperó a que Mercedes insistiese en lo de las quesadillas, dispuesta —¡qué iba a hacer!— a dejarse convencer de que no era deshonroso aquel trabajo.
       Insistió Mercedes. Antonia se defendió débilmente. Efigenia adujo razones muy sensatas y el punto previo quedó resuelto: Nada de particular tenía que se ganaran la vida haciendo granjerías.
       —¿Y ustedes creen que eso dé para vivir?
       —Por lo menos para ayudarnos.
       —Pero ¿quién las saca a vender?
       —Juan Lorenzo.
       —¡Pobrecito! —dijo Antonia pasando la mano por los cabellos del niño—. Quién iba a decirte que la muerte del señor Noguera...
       Pero se enterneció hasta el extremo de no poder continuar la frase.
       Mercedes completó el pensamiento trunco:
       —Ahora va a ser él el hombre de la casa.
       Y quedó decidido que desde el día siguiente comenzarían a hacer quesadillas que Juan Lorenzo sacaría a la venta.
       éste acogió el proyecto con muestras de entusiasmo y prometió que iba a vender una cantidad fabulosa de quesadillas. En la noche, al dormirse, soñó que iba por unas calles nunca vistas, muy largas y muy anchas, gritando su mercancía, con un canto muy bonito, parecido al que entonaba aquel muchacho que pasaba al oscurecer por la calle de San Juan pregonando pandehorno, abizcochado, caliente. Un canto de notas largas y melancólicas que le recordaba también el cantar de los llaneros que pasaban por La Villa con puntas de ganado.
       Al día siguiente, después del almuerzo, le puso Mercedes en las manos un platón colmado de doradas y olorosas quesadillas.
       —Ya sabes —le dijo mientras le abrochaba el saco para que no se pareciera a los muchachos del pueblo y establecer con la compostura del traje la conveniente distinción de rango social—. Ya sabes. No te vayas muy lejos. Coges por la acera de enfrente y caminas hasta la esquina de Los Angelitos; de allí te devuelves por esta acera. No se te ocurra cruzar en las esquinas porque te pierdes.
       Y Efigenia:
       —Mucho fundamento, Juan Lorenzo. Ten cuidado con el platón, no lo vayas a tumbar.
       Y Antonia:
       —Oye una cosa. No entres a las casas de esta cuadra, porque en todas te conocen y van a descubrir que son de aquí las quesadillas. Ya lo sabes. Y cuidado como se te ocurre decir en alguna parte que las hacemos nosotras.
       Juan Lorenzo sentía palpitar con violencia su pequeño corazón. Era un momento decisivo de su vida y él lo vivía con la honda emoción de su trascendencia.
       Todavía Antonia lo amonestaba, a punto de arrepentirse de haber convenido en aquella vergüenza:
       —óyeme bien. Casa de las Perales, aquí al lado, no entres ni que te llamen.
       —¡Sí, hombre! ¡Yo sé! ¡Hasta cuándo!
       Por fin se vio libre del asedio de las mujeres y salió a la calle. Todo cuanto le habían recomendado se le olvidó. Tomó una dirección que no era la que le había dado la tía Mercedes y en el primer portón que encontró, —¡en el de las Perales!— pegó un grito:
       —¡Quesadillas de las Cedeño!
       Las Cedeños lo oyeron claramente y les pareció que el mundo se les venía encima.


V
El escultor invisible


      —¡Pónganle preparo a su muchachito!
       Era la queja perenne en la puerta de las Cedeño, en la boca de todos los chicos que para vengarse de las maldades que les hacía Juan Lorenzo corrían detrás de él, y cuando no lograban alcanzarlo, porque se metía veloz en la casa, pegaban en la puerta aquel grito para que la familia lo castigase.
       —Juan Lorenzo. Vente para acá. ¿No te he dicho que no te metas con los muchachos de la calle?
       —Esos son embustes, mamá. Yo estoy aquí muy tranquilo.
       Efectivamente, cuando lo decía estaba muy quieto y fundamentoso, haciendo como si leyera en un libro que encontrara en la mesa del corredor, o como si contemplara las matas de novia de la tía Mercedes.
       Ésta, riéndole la travesura, acudía siempre en su defensa:
       —Es verdad, niña. él está aquí muy tranquilito.
       Y luego a Juan Lorenzo, bajando la voz:
       —¿Qué le hiciste, mandinga?
       —Que le metí una zancadilla, porque me estaba trabajando y lo tumbé patas arriba.
       —¡Ah, diablito!
       Pero cuando no estaba Mercedes por allí y era Antonia la que intervenía, el diablillo las pasaba amargas.
       —¡Sí! ¡Muy tranquilo que estás, grandísimo hipócrita! Siéntate aquí en mi cuarto y ponte a leer.
       Y lo hacía sentarse al lado suyo, en el dormitorio donde ella pasaba horas enteras, revisando una y mil veces los vales y pagarés que le otorgaron las personas a quienes, ahora ella prestaba dinero directamente y con mayores ganancias que las que obtenía cuando era el señor Noguera el intermediario.
       Entretanto Juan Lorenzo, sometido a la tortura del Mantilla, bostezaba y desperezábase, sintiendo picazones en todo el cuerpo desde las primeras líneas. Para vengarse de la tía interrumpía a menudo la lectura verdadera y comenzaba a silabear, como si le costase trabajo leer la palabra que no estaba en el libro:
       —U—na ma—cau—rel. ¡Una macaurel!
       —¿Dónde dice eso? —inquiría Antonia severamente, intrigada ya por aquellas macaureles que a cada página estaba viendo Juan Lorenzo; en tanto que Efigenia, que estaba en el secreto de la ocurrencia, soltaba la risa tapándose la boca para que no la oyese la tía y cayese en la bellaquería del muchacho.
       Éste leía unas líneas más y de repente preguntaba, invariablemente:
       —¿Y hoy no voy a sacar las quesadillas?
       —¡Eso sí te gusta a ti, vagabundito! Para estar en la calle reunido con todos los percucios, aprendiendo picardías.
       En efecto, Juan Lorenzo había hecho rápidos progresos en la materia. Conocía ya todos los juegos plebeyos, de lo cual daban fe metras, chapas, botones y barajitas de cigarrillos que llenaban sus faltriqueras. Y había adquirido un extenso y procaz repertorio de refranes y calembures, que escandalizaban a las mujeres de su casa, especialmente a Efigenia, que veía con horror casi supersticioso, cómo estaban apareciendo en su hijo, bajo la acción del ejemplo callejero, los mismos modales groseros del padre.
       Un día llegó a la puerta un muchacho preguntando por Juan Lorenzo:
       —¿Qué está Mano Juan?
       En la conciencia de Efigenia se produjo una aberración inquietante. Aquel momento presente había sido vivido por ella hacía mucho tiempo. Y hasta las mismas palabras con que respondió: —“No, él salió desde esta mañana”— aunque eran sencillas y apropiadas a las circunstancias actuales le parecieron que estaban ya pronunciadas en su vida.
       En efecto, era el pasado que volvía. Al día siguiente de haberse instalado en La Villa, en la casa del Comandante Carlos Gerónimo Figuera, su marido, había llegado Ramón Fuentes preguntando:
       —¿Aquí está Mano Carlos?
       Y ella había respondido: —No. él salió desde esta mañana.
       La coincidencia no tenía nada de misteriosa, salvo el que los amiguitos de Juan Lorenzo, casi todos de la granujería de la Cañada de Luzón, por llamarlo hermano le dijesen Mano Juan: como al Comandante Figuera decían Mano Carlos los suyos; pero sí era extraño que fuese ahora cuando ella venía a darse cuenta cabal de lo que pasó por su espíritu cuando oyó llamar de ese modo a su marido.
       En realidad, desde aquel momento comenzó a comprender qué clase de hombre era aquel a quien ella se había entregado; pero entonces estaba bajo la misteriosa acción de aquella fuerza que le enajenara totalmente la voluntad desde el día en que, estando ella de visita en casa de unas amigas de El Empedrado, le acompañó en la guitarra una canción a Carlos Gerónimo Figuera que se hallaba también allí.
       Ahora recomenzaba la historia. ¡Ya su hijo era también Mano Juan! ¡Y cómo iban apareciendo, día a día, en la faz del niño, los rasgos paternos, reveladores del alma burda y brutal! ¡Ya ella había experimentado vagas zozobras desde que empezó a darse cuenta de que, sobre el rostro del niño estaba trabajando un escultor invisible para reconstruir la obra destruida por el puñal de Julián Camejo!
       La noche de aquel día, cuando desnudaba a Juan Lorenzo para que se acostara, le preguntó tímidamente:
       —¿Por qué dejas que te llamen Mano Juan?
       —¡Guá! Me dicen así por cariño.
       —¿Y es que te quieren mucho esos muchachos?
       —Sí. Pero es porque yo les tengo a monte a todos.
       —¿Qué quieres decir con eso? Tienes unas maneras de hablar que no me gustan.
       —¡Guá! Eso quiere decir que les mando grueso. ¿Tú crees que si yo no fuera así con ellos, me querrían? Harían su sopa conmigo.
       —¿Y por qué no buscas otros amiguitos? Hay por aquí muchos niñitos decentes que te querrían sin que tuvieras necesidad de ser malo con ellos.
       —¿Los patiquines? ¡Hum! ésos no sirven pa ná.
       Efigenia pensó con dolor: “¡Lo mismo que su padre!”.
       Y le pareció que era inútil insistir en arrancarle aquellos sentimientos plebeyos que estaban ya tan profundamente arraigados. Por otra parte, no se atrevía tampoco a hacerlo, asaltado de pronto su ánimo por el temor supersticioso a la presencia invisible del Comandante Figuera, redivivo en las palabras del hijo.
       Y mientras éste dormía, siguió cavilando ella: nada de su ser había puesto para formar el del hijo. Sólo la sangre paterna estaba ejecutando la obra.
       Y no podía ser de otro modo —pensaba— si cuando ella lo llevaba en sus entrañas no era propiamente una persona, sino un cuerpo vacío en el cual el alma —totalmente abolida la voluntad— era tan inútil como una luz que se queda olvidada en una sala cerrada y sola. ¿No había renunciado ella a sus derechos más legítimos sobre el hijo que iba a nacerle, puesto que había aceptado, sin protestar, que fuese su marido quien dispusiese de él, como si fuera suyo solamente, para escoger el nombre que había de llevar, la educación que se le daría y hasta el oficio a que se dedicaría? ¡Natural era pues que Juan Lorenzo no tuviese nada de ella, ni un rasgo en la fisonomía, ni un sentimiento delicado en el alma!
       Y pensando así Efigenia tuvo, por la primera vez en su vida, la clara noción de su responsabilidad respecto al destino del hijo.
       Mercedes Cedeño se acercó a ella y púsose a contemplar la cara de Juan Lorenzo.
       —¡Qué cosa más rara! —dijo—. ¿Tú no te has fijado en que este niño tiene dos caras? Una cuando está despierto: cara de malo; otra cuando está dormido. Entonces se parece mucho a ti. Fíjate. Es tu vivo retrato cuando estabas pequeña.
       Una amplia ola de ternura maternal llenó el corazón de Efigenia. Agradeció las palabras de la tía que tan sabroso y oportuno consuelo habían venido a darle y bendijo los ojos que habían sabido verla a ella en la faz dulce y plácida del niño dormido.


VI
Mano Juan


      El escultor invisible que tallaba en el alma del niño los duros rasgos paternos ha concluido ya su obra. Juan Lorenzo es ahora un muchacho fornido, malencarado, de trato áspero y violento. Las riñas callejeras le han endurecido hasta volverlo cruel; las costumbres plebeyas lo han convertido en una criatura desagradable ante quien su madre ha terminado por adoptar la misma actitud medrosa que observaba con el Comandante Figuera; le apuntaba el bozo, está mudando la voz y ya tiene en el gesto desfachatado y en las maliciosas miradas la marca ruin de los torpes apetitos, de los vicios precoces.
       A pesar de las reprimendas de Antonia Cedeño —única que se atreve a encarársele—, ha adquirido una fiera independencia y se pasa todo el día en la calle. Ya no es útil para nada y sólo ocasiona disgustos y sobresaltos a la familia: varias veces ha estado en la policía y una noche se presentó con el paltó cortado por navajazos que le tirara un muchacho a quien poco antes había aporreado.
       En la parroquia su nombre de guerra es una voz de alarma: —¡Que viene Mano Juan!— y ya las madres están llamando a sus hijos, temerosas de que se los maltrate por quítame allá esas pajas.
       Entre la granujería camorrista de El Guarataro, La Cañada de Luzón, Palo Grande, El Calvario, su personalidad era discutida y convertida en bandera de discordias. —¡A que tú no te pegas con Mano Juan!— se le responde siempre a las bravatas de los fanfarrones. —¡Qué vas a agarrarte tú con Mano Juan! ¡Con ese sí que se acabó el carbón!
       Y no pasa día sin que venga alguno a decirle:
       —Por allá por donde yo vivo hay uno que dice que tú y que le tienes miedo.
       Juan Lorenzo no respondía una palabra; pero ya era cosa sabida: no pasaría mucho tiempo sin que el que tal dijese tuviera la nariz rota o un ojo hinchado por los tremendos cabezazos que tan famoso lo habían hecho.
       Ni era menester tampoco que viniesen a azuzarlo: bastaba con que descubriese que en alguna parte había un guapo, así fuera de la cuerda de otro barrio de la ciudad, para que él se encaminara en su busca, y en topándolo, se le encaraba y le decía, de buenas a primeras:
       —¿Tú y que eres el más guapo de por aquí?
       —¡Guá, chico! ¡Yo no sé le pero me escriben! A mí todavía nadie me ha pisao el petate.
       —Pues mira que yo te lo puedo pisá. Soy Mano Juan. ¿No me has oído nombrá? ¿Quieres echate una agarraíta conmigo?
       A veces se iban en seguida a las manos; pero generalmente se daban cita para un lugar solitario, fuera de poblado y en campo neutral, donde ni hubiese el peligro de la policía ni el singular combate degenerase en una riña de cayapas a causa de la intervención de las respectivas cuerdas. Pero cuando trascendía la noticia de estos desafíos los amigos de ambos contendores se trasladaban al sitio convenido para presenciar la pelea.
       Juan Lorenzo solía presentarse vestido de limpio y con lo mejor de su indumentaria, como para darle al acontecimiento toda la importancia que para él tenía. Y como alguno de sus amigos le dijese:
       —¡Vale! ¡Vienes como un papel de cogé moscas!
       Él respondía, fanfarrón:
       —¡Es que yo me enjoyo pa peleá!
       Del sitio, casi siempre regresaba vencedor, seguido de la turba de sus admiradores que iban comentando a grandes voces su habilidad y destreza de gran tirador de cabezazos. Fiero y ceñudo, vibrantes los músculos de la cara por la contracción tetánica del maxilar, caminaba largos trechos todavía con los puños apretados y el pecho hirviente de cólera. Un día, después de una riña difícil y encarnizada que duró cerca de dos horas, cayó en medio de la calle presa de un ataque de epilepsia, a consecuencia del cual estuvo una semana en cama con un mareo constante y una absoluta pérdida de voluntad.
       De este modo, Juan Lorenzo acabó con todos los prestigios parroquiales y llegó a ser, él solo, el guapo caraqueño, en torno de cuya fiera personalidad se formó muy pronto una pintoresca leyenda. Eco de ella se hacían especialmente los chicos que se iniciaban en la vida azarosa de las cuerdas, en el calor de sus ponderaciones Mano Juan aparecía con las características del bandido generoso: protector de los débiles, amparo de los pequeños, terror de los roncones, azote de las cayapas, pasmo de los policías, de cuyas manos —decíase—, había arrebatado muchas veces a los muchachos que llevaban arrestados, así fuesen enemigos suyos; hazañas éstas, que, principalmente, fueron las que más simpatías le conquistaron en el ánimo de la chiquillería sediciosa. En sus juegos todos querían ser manojuanes, y hubo muchos que, para conocerlo, se aventuraron a internarse en sus peligrosos dominios de la parroquia de San Juan.
       Sólo de uno se sospechaba que podía rivalizar con él: Gregorio el Maneto, un zambo de más edad y cuerpo que Juan Lorenzo, muchacho de verdaderas averías, más malo que Guardajumo, capataz de una de las cuerdas de El Teque, nombre que se le daba a un barrio de la parroquia de Altagracia; donde tenían su feudo los más temidos fascinerosos de Caracas. Pero ambos habían hecho siempre buenas migas, porque el Maneto era hijo de una antigua lavandera de las Cedeño y desde chicos habían sido vales corridos, suerte de pacto de alianza contra el cual nada habían podido insidias de sus respectivos secuaces, por mucho que vinieran azuzándolos.
       —Ése es vale corrido mío —respondían siempre—. Nosotros no nos tiramos.
       Sin embargo, en el fondo de esta camaradería existía un mutuo recelo: ambos se temían y se vigilaban y ya esto era una semilla de odio que un día u otro habría de reventar.
       El curso de los acontecimientos dio lugar a ello muy pronto. Un día fueron a decirle a Maneto:
       —¿Tú sabes? Mano Juan como que se quiere volteá pa los patiquines. Hace noches que están yendo a la plaza de Capuchinos unos de la cuerda del Capitolio que le hacen muchas fiestas y él se las deja hacé.
       Nombrarle al Maneto la cuerda del Capitolio era tocarlo en lo más vivo y vehemente de sus odios. Movido por los implacables instintos de su sangre mulata había jurado guerra sin tregua a los jovencitos de aquella cuerda aristocrática que se reunían en los alrededores del Capitolio, y casi todas las noches, a la cabeza de la horda de El Teque, los atacaba en sus dominios sin que todavía hubieran podido parársele una sola vez, tal era la violenta pedrea con que les caía encima por sorpresa. Ahora venían a decirle que Mano Juan, que al fin y al cabo era su rival, ¡hacía causa con sus enemigos naturales! Y el Maneto respondió con una sonrisa siniestra:
       —¡Ah malaya sea verdá! Eso va a sé su perdición.


VII
La rebelión


      Era cierto. Y no sólo que Juan Lorenzo recibía con agrado las visitas de aquellos parlamentarios que le enviaba la cuerda del Capitolio para ganárselo a partido, sino también que hubo noches que faltó al corrillo de la plaza de Capuchinos para asistir a la del Capitolio.
       Entre éstos había muchos jóvenes que conocían por propia experiencia lo tremendo de los cabezazos de Mano Juan, no obstante lo cual lo recibieron con grandes agasajos. él se dejó seducir y le cogió el gusto a las tertulias de aquella granujería más refinada y hasta más audaz que tenía el campo de sus fechorías en el corazón de la ciudad y era el azote de los transeúntes y el brete de la policía.
       Frecuentándolo sufrió la influencia del grupo que a la larga lo descentraría de su medio natural, que era el pueblo, y adquirió compromisos que modificaron su conducta. Las Cedeño se sorprendieron gratamente un domingo como lo viesen muy empeñado en sacarle lustre a los zapatos y dispuesto a ponerse el flux de casinete que ellas le habían regalado el día de su santo y todavía no había querido estrenarse, receloso de que lo llamasen patiquín de orilla sus desarrapados amigos.
       Éstos, cuando lo vieron con aquel flamante traje ominoso, decidieron separarse de su amistad y camaradería, y en efecto, cuando Juan Lorenzo, en la noche, pasó por la plaza de Capuchinos, los que allí estaban se dispersaron al verlo, con lo cual él comprendió que ya no eran amigos suyos. Por su parte el Maneto, sintiéndose fieramente dueño absoluto de todas las voluntades agresivas de su cuerda, planea el golpe definitivo y acecha la ocasión. Un día se le vio acompañado de su estado mayor, recorriendo el campo que ya habían escogido para el avance de piedras decisivo al cual desafiaría a la cuerda enemiga, sitio que era la Sabana del Blanco. Tomaba posiciones, trazaba el plan del asalto, y en lugares disimulados por mogotes hacía esconder buenas provisiones de guarataras. Su mesnada lo obedece sin discutir sus órdenes, entusiasmada, fanatizada por el rencoroso ardor en que hierve el caudillo.
       No así Juan Lorenzo. En aquel grupo de jovencitos de familias distinguidas y adineradas hay dos que son los que verdaderamente ejercen el mando de la cuerda: los Arizaleta. Ellos son los que dan la orden de salir a batir esta o aquella parroquia, y en las noches de paz ellos son quienes ponen los juegos y dirigen el tema de la conversación. Por tradición de familia los Arizaleta estaban acostumbrados a dominar en las agrupaciones de que formaban parte. En la cuerda del Capitolio se les calificaba de recalcitrantes.
       Como todos los demás de aquel grupo Juan Lorenzo se sometió al dominio tácito de los Arizaleta y aunque no se le escapaba que él era allí una fuerza efectiva, especie de brazo armado que la cuerda tenía dispuesto a esgrimir contra el enemigo natural que era el Maneto, cosa que le ponía en verdaderos compromisos, pues no quería verse en el caso de pelear con aquel compañero de la infancia, aceptaba que lo postergaran y hasta prescindiesen de él cuando no se trataba de repartir cabezazos o entendérselas con agentes de policía.
       Sin embargo, a veces se le encrespa la índole levantisca y dominadora e intenta imponer su voluntad; pero se discuten sus ideas, se rebaten sus argumentos, se le acorrala con razones más elocuentes, se le aturde haciéndole notar los disparates que sostiene, y entonces, reconociendo su inferioridad, abochornado de la pobreza de su inteligencia, calla y se plega a la voluntad autoritaria de los Arizaleta.
       En esos momentos experimenta la nostalgia de su antiguo señorío de la plaza de Capuchinos, donde no había quien le chistara y echa de menos la reunión de la plebe zafia y brutal, como un váquiro enjaulado la compañía de la manada cerril; pero no es capaz de las resoluciones enérgicas: ni imponerse, ni liberarse. Algo le han echado allí dentro del alma que lo está transformando y produciéndole sentimientos que él no podría discernir, pero que le dejan en el ánimo un fondo turbio de inquietudes sin nombre, de anhelos sin forma de aspiraciones concretas, de áspera taciturnidad, de tristeza de sí mismo.
       Una noche dice uno de los Arizaleta, contemplando la fachada de la Universidad.
       —Dentro de dos meses estaremos nosotros ahí, estudiando derecho.
       Juan Lorenzo no sabe lo que es eso de estudiar derecho y lo pregunta ingenuamente.
       —¡Guá, chico! Lo que se estudia para ser abogado. Para defender pleitos, ¿no sabes? Con esa profesión se gana mucha plata. Si no que se lo pregunten al viejo de nosotros que con tres pleitos que defendió en Barlovento se puso en las tres mejores haciendas de cacao de por allí. ¡A hacienda por pleito!
       La marejada de la ambición comienza a subir en el corazón de Juan Lorenzo. Después de los Arizaleta, todos los de la cuerda han ido exponiendo sus aspiraciones para el porvenir: uno va a trabajar en la casa de comercio de su padre, que es de las más fuertes de Caracas; otro se propone hacer un viaje a Europa; otro tira hacia la política y asegura que llegaría a Ministro, por lo menos, como su tío... Juan Lorenzo se pregunta interiormente: “¿Y yo qué seré?”. Pero no halla qué responderse, y la marejada de la ambición sin propósitos concretos se le encrespa y le pone el humor áspero y sombrío.
       Otra noche faltan a la tertulia los Arizaleta porque hay baile en su casa. Casi todos los compañeros han sido invitados. Juan Lorenzo va a verlo por la barra.
       El lujo de la casa lo deslumbra, el espectáculo de las mujeres lujosamente aderezadas lo turba, la animación de sus postizos compañeros que están en el baile le produce envidias que lo deprimen; pero todo se lo hacen olvidar las miradas dulces y las ingenuas sonrisas que le dirige Mary, la hermanita menor de los Arizaleta, que está sentada, junto a otra niñita, en la ventana donde él forma barra.
       La había conocido una de aquellas tardes. Iba él con Manuel Arizaleta y entró a su casa a dejar los libros. Mary se asomó al portón. Era una chiquilla encantadora, de ocho o nueve años a lo más. Rubios crespos le bailaban en torno al gracioso cuello; llevaba un traje color crema, con una faldita muy corta con muchos pliegues y faralaes, que hizo pensar a Juan Lorenzo que se parecía a un pollito. Mary, que ya sabía por su hermano quién era él, le preguntó candorosa e ingenua:
       —¿Tú eres Mano Juan?
       Juan Lorenzo le había respondido, todo cortado:
       —Así me llaman.
       Y ella:
       —A mí me dicen Mary; pero mi nombre es María Margarita.
       Aquella tarde a Juan Lorenzo le había acontecido algo muy singular: se había quedado viendo el crepúsculo que tenía unos colores muy tiernos, de oros pálidos, rosas suaves y dulcísimos azules, y no sabía por qué, pero le recordaron a Mary.
       Ahora ella le dice a su amiguita, en secreteos que Juan Lorenzo oye claramente:
       —Mira. ése es Mano Juan —y sonríe viéndolo con inocente picardía.
       Cuando ella se quita de la ventana Juan Lorenzo abandona la barra. Calle abajo se va cavilando, cosas gratas, cosas desapacibles, que le forman en el alma una sola masa turbia de sentimientos melancólicos. A intervalos experimenta oleadas de ternura hacia la niñita que lo admira y le sonríe cariñosa; luego le pasan por el ánimo tufaradas de amargura, de tristeza de sí mismo, de rabia insensata que él no sabe contra quienes la siente.
       De pronto, al doblar una esquina, se encuentra con el Maneto que viene con unos de su cuerda, seguramente de alguna fechoría.
       —¡Guá, Mano Juan! ¡Qué caro te vendes ahora!
       —¡Chico! Me vendo por el mismo precio.
       —¡Jummm! ¿No me estarás queriendo ganá mucho? —Y lo mira de pies a cabeza con aire insolente.
       —¿Qué me quieres decí con eso?
       —Que como tú ahora andas reuniéndote con la crema, se me figura que debes creé que estás montao al aire.
       —¿Y a ti qué te importa?
       —No es que me importe; es que me da risa.
       Pero como advirtiese que Juan Lorenzo, movido por un reflejo maquinal, con un golpe eficaz y rápido del índice se había echado hacia atrás el sombrero, lo que anunciaba que estaba presto a disparar el célebre cabezazo volado con que se abría siempre en pelea, agregó tratando de recoger algo del veneno de sus insidias:
       —Yo no comprendo, valecito, cómo un muchacho tan completo y tan macho como tú se pué encurruná con esos patiquines que no paran ni papelón.
       Juan Lorenzo se ablandó al halago y el turbio despecho de sí mismo que ya lo traía propenso estuvo a punto de salírsele en una explicación de la conducta que le vituperaba el Maneto y que en aquel momento valía por un arrepentimiento de haberse alejado de su medio natural que era el pueblo; pero su interlocutor, que ya se había preparado y cambiado con los suyos una mirada inteligente, volvió al terreno de las provocaciones:
       —¡Busca tu cuerda, chico! Cá uno debe andá con los suyos y no está echándosela de que pué mirá más arriba de sus ojos. Esos patiquines te quedan grandes. Sapo no vuela ni que gavilán lo eleve.
       La injuria era de las que debe despachurrar sobre la boca del que las profiere; pero Juan Lorenzo vaciló y perdió tiempo, por primera vez en su vida.
       Viéndolo tan indeciso y turbado el Maneto lo atribuyó a miedo, y cargó resuelto:
       —Acuérdate del dicho: cuando un blanco se encuentra de un negro en la compañía...
       —Eso es contigo.
       —¡Y contigo, valecito! ¿Qué te estás pensando tú? ¿Tú crees que todos no sabemos quién eres tú?
       Juan Lorenzo tuvo una nueva debilidad:
       —¿Quién soy yo? ¿Qué saben ustedes?
       Y el otro, manoteándole en la cara:
       —En tu casa hacen dulces, como en la mía, y tú los sacabas a vendé a la calle, como yo. Bastantes quesadillas te compré. Y últimamente: tu familia no es mejor que la mía.
       —No te metas con mi familia, porque no te lo aguanto.
       —¡Que no me lo aguantas! ¿Tú quieres que te hable más claro? Tu taita no era sino un cantador de canciones de El Empedrado.
       Juan Lorenzo sintió en el rostro como si lo picasen avispas. Su historia estaba en boca de aquellos muchachos de la calle, rodando por la calle, y algo que no era miedo, pero que era más poderoso y abrumador que el miedo, detuvo el impulso que iba a lanzarlo contra el Maneto.
       Éste seguía diciendo, envalentonado y con la mala sangre hirviente de odio:
       —¿Qué vas a hacé? Zúmbame pa que te saques tu lotería. Si hace días que yo andaba buscándote para decite too esto. Y más te digo: tu mamá...
       Pero no concluyó la frase, porque Juan Lorenzo se le arrojó encima, lívido de cólera y de dolor, y sujetándolo por las muñecas le descargó dos tremendos cabezazos que le imposibilitaron para defenderse.
       Aturdido, gemía cobarde el zambo:
       —¡No me tires más, valecito!
       Juan Lorenzo lo soltó con un gesto de asco. Y encarándose con los compañeros del Maneto:
       —¡Sálganme ahora ustedes uno a uno!
       —No, Mano Juan. Nosotros no nos metemos contigo.
       Viéndoles las caras lívidas de miedo, Juan Lorenzo les volvió la espalda diciéndoles:
       —Eso es lo que son ustedes. ¡Cobardes! ¡Faramalleros!
       Y fue así como Juan Lorenzo Figuera, el hijo de Mano Carlos que era un hombre de la plebe, rompiendo con el Maneto, se rebeló contra su casta.



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