Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


Entre las ruinas
Originalmente publicado en El Cojo Ilustrado (15 de agosto de 1911);
La Doncella y el último patriota
(México: Ediciones Montobar, 1957, 220 págs.)



      Aunque la mañana estaba metida en agua y a menudo lloviznaba, Céspedes había salido, como de costumbre, a vagar un poco por los arrabales, y al doblar una esquina, ya en las afueras, vio que unos pasos más adelante iba aquel joven con quien venía encontrándose hacía días, en sus habituales paseos. A poco le dio alcance, y al pasar uno junto al otro, no obstante no conocerse, se saludaron, y acordado el paso, como de intento, siguieron calle arriba. Esta, llena de zanjones que ya lo estaban de cascajos y desperdicios mal olientes, proporcionó los primeros motivos a la engorrosa conversación de entrambos, pero bien pronto se intimó más y Céspedes se atrevió a preguntar:
       —¿Usted está recién llegado, verdad?
       —Tengo tres o cuatro días apenas.
       —¿Pero es de aquí, no?
       —Sí, pero tenía algún tiempo fuera del país.
       —Se lo pregunté porque nunca lo había visto antes, y hace tres días que venimos encontrándonos.
       —¡Hombre! Sí. Parece que nos pusiéramos de acuerdo.
       —¿Es usted pintor?
       —No, señor.
       —¿Poeta, entonces?
       —Tampoco… es decir… ¡Vamos! Según y cómo. Usted sí es artista, ¿verdad?
       —Pintor, para servirle.
       Y luego, descubriéndose y alargando la mano a modo de presentación:
       —Rafael Céspedes.
       —Manuel Garrido.
       Un trecho continuaron en silencio. De la montaña próxima bajaba un aire húmedo y sutil.
       Garrido preguntó:
       —¿Sale usted en busca de asuntos por los arrabales?
       —Sí, señor.
       —Son muy pintorescos, los andurriales estos.
       —Lo único bello de la ciudad. Este por donde vamos es estupendo en las mañanas de sol. Y de tarde son muy bonitos los crepúsculos, por encima de estas paredes, que parecen ruinas. Ayer, precisamente, estaba Ud. sentado en una de ellas. Hacia, por cierto, una buena silueta sobre el crepúsculo.
       —Como para un grabado de novela romántica.
       El pintor, corrido, bajó los ojos, enrojeciendo como una doncellita.
       Era este pintor un niño casi, delgaducho, carilucio, con unos ojos muy grandes y serenos.
       Garrido continuó.
       —Amigo Céspedes, puede que algún día no tengan ustedes los pintores, arrabales tan miserables a donde ir a buscar asuntos y manchas.
       —¿Por qué lo cree usted?
       —Porque esto tiene que desaparecer. Ya vendrán, en cambio, otros aspectos: La ciudad floreciente…
       —¿Es usted enemigo de los arrabales? Lo único bello que tiene la ciudad.
       —Muy precioso, todo lo pintoresco que usted quiera, pero muy miserable y antihigiénico.
       —Más antihigiénicas son las casas de ocho o diez pisos de Europa. Siquiera aquí entra sol.
       —Sol y gracias. ¡Qué pocilgas! Estas no son casas, sino verdaderos cubiles. Mire usted, allá dentro.
       El sol que a la sazón había logrado escaparse por una repentina rendija azul del nublado, iluminaba, muy blanco, el interior miserable que desde la calle Garrido mostraba al pintor. Este empezó a ver, sonriendo, pero a medida que veía, se fue poniendo serio, de atención. Garrido que lo notara, dijo jovialmente, quitándose de frente a la puerta:
       —Vamos, amigo, que todo quiera verlo usted en artista.
       Sonrojóse de nuevo Céspedes, arriba se cerró el nublado escamoteando el rayo de sol, en el interior mísero se apagó la viva mancha, y cuando ambos paseantes se hubieron alejado un poco, tres muchachos sucios y curiosos se asomaron a la puerta del rancho que aquéllos observaran; cuchichearon algo entre sí, y luego estallaron de pronto en una gritería a la que hicieron coro en seguida todos los perros de la vecindad, con verdadero encono. El más energúmeno de éstos, un perrillo hosco, puro huesos y sarna, se fue tras los paseantes por buen espacio, hecho una furia, enseñando los dientes afilados.
       —Este —dijo Garrido— ha tomado la cosa muy a pecho; se ve que los perros de por aquí hacen buena causa con los muchachos.
       Céspedes, lívido de ira y nervioso con el inofensivo acosamiento del animal murmuró algo a regañadientes, y cuando el perro se hubo cansado de ladrar y perseguirlos, Garrido que se había quedado serio y pensativo de repente, dijo, recuperando su habitual buen humor:
       —Pues, lo que le digo: Esto tiene que desaparecer tarde o temprano; será el triunfo de la ciudad.
       —Pero no negará usted que hay belleza en esto, argüía tímidamente Céspedes.
       —Belleza hay en todo; y luego, que en estos casos hay intereses superiores a la Belleza, dicho sea con su perdón: la higiene, por ejemplo, y otros que valen casi tanto: el ornamento, la decencia.
       —Creí que usted era artista.
       —Sí lo soy, a mi manera.
       —Pero…
       —Mire usted, una vez me dijo un tonto, muy enfático: amigo, es preciso que se convenza que los postes de teléfono serán los árboles de la poesía del porvenir.
       —¡Futurismos! —dijo Céspedes con un brusco gesto de desagrado y Garrido se interrumpió, prudentemente.
       Al cabo de un rato el pintor sacó cigarros para ambos, y mientras lo hacía, pudo observar Garrido que las manos muy delgadas y casi azules, le temblaban de modo que daba angustia verlo.
       Garrido tuvo piedad de él, experimentó un sentimiento de ternura casi paternal por aquel niño, le dieron ganas de quitarle el cigarro de la boca; secarle, él mismo, aquel sudor, de seguro frío, que le empapaba la frente y las manos; decirle, por algo que no podía precisar qué era, pero que creía adivinar: déjate de eso, esa vida que llevas te está matando…
       Pensando así, anduvo un buen espacio detrás de Céspedes. pues lo angosto del último sendero transitable en toda la anchura de rota y sucia calle, no les permitía ir de otra manera, y así pudo apreciar detenidamente todos los síntomas de aquel niño enfermo.
       Este podría tener diez y ocho años; era magro y encanijado; tenía el cuello largo, las orejas transparentes y muy separadas del cráneo, el pelo lacio y escaso; le sudaba la cabeza; bajo la ropa podían ser contados los huesos del torso agobiado ya, su paso era flaqueante y si al andar volteaba la cabeza para mirar a los lados, inmediatamente perdía la línea recta, y hasta el equilibrio a veces, como si le acometieran vértigos.
       Viéndolo, Garrido hacía reflexiones que terminaron poniéndole sombrío el humor y, no obstante, hallaba placer en ello. Una ternura extraña lo conmovía, se le ocurrían pensamientos inusitados, lo asaltaban, en tumulto, emociones tan pueriles que ni un niño las experimentaría y todo de manera tan inaferrable, que para explicarse aquel estado de ánimo, se dijo que si fuera místico creería que algo sobrenatural le iba a ser revelado. ¿Por qué la sola vista de aquel desconocido excitaba así su emotividad?… Luego recordó haber experimentado análoga sensación ante el paisaje, que desde su regreso a la patria le movía, como nunca antes, hasta el extremo de haberle saltado lágrimas a los ojos, en un acceso de ternura violentísimo, sólo porque viera en las cumbres del Ávila, apagarse el último fulgor crepuscular. Y se decía para sus adentros: quién quita que esto no sea el nacimiento de una vocación.
       En tales cavilaciones iba, cuando oyó que Céspedes le decía:
       —Será porque yo soy romántico…
       —Todos lo somos, al fin y al cabo…
       Caminaban uno detrás del otro, por el arrabal silencioso y solo bajo la llovizna que desmenuzaba el viento en grumos muy finos. En la calle y dentro de las casas había una paz imperturbable. Garrido ya no pensaba que había que destruir aquellas afueras inmundas y pintorescas que le traían recuerdos singularmente gratos, ahora… Por aquellos arrabales merodeó cuando niño, en son de guerra, en compañía de otros, capitaneados por él, cargados los bolsillos de piedra para el diario avance que en los canjilones y sabanas entablaban con sus irreconciliables enemigos de la cuerda arrabaleña… y más tarde, desbastado de aquella condición belicosa, fue en aquellos mismos arrabales donde tuvo las primeras revelaciones de su naturaleza artística, en aquel inexpresable bienestar que le producían la placidez de las tardes pálidas o la suntuosidad de los crepúsculos, sobre la sencillez y la paz de la barriada, cerca de la montaña azul… Ahora, otra vez encontraba en el arrabal una nueva relación, que había de influir poderosamente en su vida desde entonces en adelante.
       Pensando en estas cosas iba, cuando a pocos pasos más adelante, en la puerta de una de aquellas zahúrdas, apareció una moza rolliza, joven, fresca, color de canela, bien puesta de carnes y algo desaliñada de ropas. Traía en la cara encendido el color y el brillo en la mirada de manera diabólica y alegre, y venía bulliciosamente huyendo de un muchacho zangarullón que la perseguía en juegos, el cual la alcanzó así que ella, inmutada por la presencia de los que por la calle iban, se detuvo en la puerta, agazapándose, y procurando recatarse disimuladamente con ambas manos, lo que del busto mórbido dejaba ver demasiado un cendal, que fue de gasa, indiscreto y astroso como alcahuete venido a menos. Y aquellas manos, que sin ser cuidadas eran bonitas, no sólo le sirvieron para hurtar sus provocaciones a la curiosidad de los paseantes, sino que tuvo que usarlas contra las del muchacho enardecido que parecía que quisiera tomar con las propias, a puñados, lo que se le ofrecía a los ojos, mórbido y bullente.
       A Garrido le pareció que su compañero quería detenerse a ver en qué paraba aquel asedio y, tal vez porque viera algo más expresivo en la mirada de Céspedes, sin dominar su repugnancia, le dijo, empujándolo:
       —Aquí no hay asunto para un cuadro. Sigamos.
       —¡Qué buena es! —exclamó distraído Céspedes echando a andar y volviéndose todavía a mirar a la moza, lo que le hizo perder el equilibrio de tal manera que a no haber acudido Garrido a sostenerlo, hubiera ido a dar con todo su cuerpo sobre el basurero.
       Compadeciólo de nuevo Garrido, esta vez no tanto por lo del bamboleo, como por la expresión repugnantemente lasciva que tenía al volverse a mirar a la mujer y tal cara de desagrado debió de poner, que Céspedes comprendiendo. gruñó enojado:
       —Esta maldita cabeza mía que se me va a cada momento.
       Y al cabo de un rato, como para justificarse, tímidamente:
       —Quizás sí había asunto.
       Pero ya Garrido no le oía, otra vez absorto en su pensamiento.
       Llegaron al extremo de la calle. Desde allí la tierra yerma y quebrada se extiende hasta los bordes de un barranco próximo formando una planicie irregular. Recientemente quemada, la sabana tiene bajo el aire gris un tinte azulado, manchando a trechos de ocre donde la tierra desnuda se muestra aridísima.
       Por los senderos que surcan la sabana transitan mujeres afanadas o muchachos ociosos; otros de éstos escarbaban en un basurero, junto con los perros famélicos y alguna vieja que tiene aspecto de bruja, bajo las torvas miradas de los zamuros que los observan desde un cardonal próximo.
       Garrido y Céspedes atravesaron la sabana y fueron a sentarse sobre los escombros de una alfarería destruida por el fuego, al borde mismo del barranco. Se sentaron sin hablar palabra en el hueco de una puerta sin dintel y así estuvieron largo rato. Céspedes miró en torno buscando motivos para romper aquel silencio embarazoso.
       Entre tanto. Garrido pensaba en Céspedes: Su compañía le estorbaba un poco, pero en el fondo celebraba de haberlo conocido: adivinaba en el joven uno a quien era menester salvar, y él, que sentía necesidad de salvar a alguno, aceptó desde un principio como un deber suyo, imprescriptible, el de no dejar que se perdiera aquella inteligencia en riesgo, que adivinaba en el pintor. Pero esta voluntad no era producto de la simpatía que le hubiera despertado el recién conocido, porque, al contrario, hallaba que en el fondo. Céspedes le era antipático, casi repulsivo. Recordaba de él, con grima, el sudor de las manos y aquella tersura lustrosa de la piel, y respecto de su conducta se sentía inclinado a hacer suposiciones poco favorables y bastante arbitrarias.
       En dilucidar, ante sí mismo, la mezcla de aversión y simpatía que había en este sentimiento, ponía Garrido gran interés; él mismo no hubiera podido decir por qué. Además, parecía tener empeño en demostrarse que aquella voluntad de salvar no se limitaba al caso individual y aislado de Céspedes, sino que era, aunque todavía muy imprecisa, una aspiración superior y trascendental que hacía tiempo venía incubándose en él. Esta aspiración, se decía, era la que por no estar bien definida, con objeto determinado, había producido aquel feroz diletantismo en que había vivido hasta entonces. Y, aunque todavía nada podía sacar en limpio de estas cavilaciones, ellas le placían íntimamente, porque le devolvían el goce del aprecio de sí mismo que no le dejara disfrutar a todo su talante el pensamiento de no tener para el íntimo gobierno de su vida un principio trascendental y prestigioso, ni una empresa bastante noble y de gloria a qué consagrarle su acción.
       Y llevado del halago que le proporcionaba pensar que ya tenía aquel principio y pronto tendría esta empresa, se entregaba, todo entero, a la alegría de la propia recuperación, como él decía, terminando por encontrarse bueno, en el dominio de sus facultades íntegras, ya ante una obra de gran esfuerzo y esplendor.
       En este punto le distrajo de su ensimismamiento, el apercibirse de la atención con que Céspedes miraba algo que sucedía del otro lado del barranco.
       —Mire aquello —le dijo el pintor, mostrándole en las laderas de enfrente, un campo donde aún humeaba la roza.
       Al principio Garrido no se dio cuenta, sólo veía una columna de humo luchando contra el viento por erigirse sobre un campo estrecho, entre dos collados de arenisco.
       —Fíjese en los sembradores, —volvió a decir Céspedes.
       —¡Ah!
       Eran tres mendigos de un asilo cercano al campo.
       En el extremo de este, cerca del fuego que consumía sin llama la paja hacinada, apoyado sobre dos muletas, estaba uno, mútilo; otro recorría el campo, con paso senil, cruzadas las manos bajo las espaldas doblegadas; el tercero, en un rincón del barbecho, iba arrojando la semilla en la tierra ya limpia y propicia.
       Tal vez junto con ella, sembraban a la hora de la siega la última esperanza… En derredor la campiña tenía un tono igual, amarillento; en el fondo: la montaña ennubarrada, toda blanca. Sobre ella se destacó un momento la figura del más anciano de los tres mendigos, desmesurada y espectral y precisamente en el punto en que se marcaba la vena de un sendero que se empina, muy solo, cuesta arriba, hacia las nubes cimeras en cuya blancura se perdía. A veces el humo del fuego sin llama envolvía el mutilo que lo avivaba removiendo la paja con una muleta mientras se apoyaba en la otra y entonces el campo más parecía de batalla que de labranza. Era que la pierna trunca del mendigo evocaba la guerra donde la perdió, seguramente… ¡La guerra!… ¡Qué solo se veía el campo! ¡Qué blancura esquelética cobraba sobre los calvos collados, la tierra, caliza! Sobre el barbecho un zamuro trazaba círculos avizores; un momento parecía rozar con sus alas la cabeza del sembrador, que, paso a paso, iba echando puñados de granos en la tierra rota recientemente…
       —¿Qué le parece, para un cuadro? —dijo de pronto Céspedes, con entusiasmo, disponiéndose a hacer un boceto.
       —¡Estupendo, estupendo! Hará usted una obra de arte, intenso, profundo, de verdadero arte. ¡Una siembra hecha por mendigos! Es de los asuntos que se traen lo suyo, que tienen punta, como dice un amigo mío. ¡Cuántas cosas deja entrever! ¡Y luego, lo que significa para nosotros! ¡Caramba! Si esos mendigos son nuestro pueblo mismo, nuestra raza, ¡vamos! Despojos de guerras y ruinas sembrando puñados de esperanza…
       Y exaltándose con sus propias palabras, seguía Garrido haciendo comentarios trascendentales a propósito del probable cuadro de Céspedes, mientras éste, sin escucharlo, para ser todo ojos, hacía precipitadamente su primer boceto.
       A tiempo que lo terminaba, sonaron tres campanadas en el Asilo, y los mendigos abandonaron el campo, bajando uno tras otro, lentísimamente, por un sendero fragoso, y como a la sazón había salido el sol, cada uno caminaba con su propia sombra al lado, en una compañía sugerente.
       Garrido y Céspedes en el opuesto borde del barranco esperaron hasta verlos entrar en el Asilo, en torno al cual había otros mendigos ociosos; y luego de mirar, por última vez el campo donde ahora, en pleno sol, se erigía solitaria la columna de humo, se encaminaron hacia la ciudad.
       —Por fin tengo un asunto para mi cuadro —decía Céspedes alborozado. Mire que tenía tiempo buscándolo.
       —¡Y qué asunto! Le digo a usted que se lo envidio de todo corazón. Ha tenido usted una mañana feliz… Yo también tengo por qué alegrarme. También he encontrado algo que buscaba hace tiempo, y últimamente sin esperanza de hallarlo: mi camino…



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