Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


Estrellas sobre el barranco
Los Aventureros
(Caracas: Imprenta Bolívar, 1913, 160 págs.);
La rebelión y otros cuentos
(Caracas: Librería y Editorial del Maestro, 1946, 293 págs.), págs. 47-66.



I


      Llegaron al anochecer bajo una lluvia clamorosa que arrastraba con fragor los pedruscos, cuestas abajo. Los vecinos los oyeron lamentarse de su malaventura cuando bajaban por el sendero que se desgajaba bajo sus pasos: él maldecía el agua y la oscuridad y la flaqueza traicionera de sus piernas; ella le ofrecía sus hombros para que se apoyara y le suplicaba que se callara no fuera a castigarlos Dios. Llegaron al rancho de la cañada: un cobertizo escombroso, resto de una tejería que destruyera el fuego y que estaba en el fondo de una barranca caliza junto a una vieja acacia que ya no daba flores. Por lo que hablaron al llegar se entendía que el agua llovediza se había metido al rancho antes que ellos. El inquilino reanudó su salmodia maldiciente, renegando del rancho y del mendigo que se los alquilara; la mujer se impacientaba y gemía llamando a Dios... Encendieron luz y el viento que se metía zumbando por las rendijas de las paredes se las apagó... Encendiéronla de nuevo... Unos murciélagos que allí tenían su guarida, hulleron chillando... Asustada, la mujer dio un grito y rompió a llorar.
       A poco llegó quien les traía los ruines cachivaches de su menaje y los fue tirando al suelo, renegando también de la hora, de la lejanía de donde los trajera y de aquella tierra escurridiza que se le iba bajo de los pies; y así que los hubo arrumbado todos, cuando fueron a pagarle, protestó alzando la gruesa voz aguardientosa, por la miseria conque le salían después de tanto trabajo como habían tenido su bestia y él.
       —Mire; es que no tenemos sino esto... Haga el favor.
       Insistía la mujer con la suya suplicante, velada de angustia y vergüenza, mientras su compañero, en un rincón, mascullaba sus vagas maldiciones.
       Fuese por fin el carretero iracundo y pesándose de haberse metido con gente muerta de hambre como aquella; oyóse luego en el camino que por arriba pasaba el ruido desapacible de la carreta que se alejaba; rodó perdido entre el susurro de la lluvia apaciguado el bronco rumor del último trueno lejano sobrevino la noche de un todo, y se cerró espesa y fría sobre el rancho de la cañada.
       Después escampó. Sopló un viento crudo barriendo el nublado. Por el naciente, detrás de las siluetas oscuras de las lomas una vaga claridad anunció el orto lunar. Oíase el fragor del agua llovediza por las torrenteras de la montaña próxima... Sobre los cerros apareció el menguante abollado y mustio... subió por el cielo donde el viento había asendereado un camino de nubéculas redondas y blancas, como guijarros lavados... Azuleó las sabanas ateridas, lució sobre las lomas, en el pedrisco de los peladeros, sobre los tejados del caserío... resbaló por los taludes... a medianoche alumbró las hondonadas, donde haciendo el silencio nocturno, cuchicheaba el murmurio de los arreciles.
       El tronco desnudo y rugoso de la acacia de la cañada brillaba iluminado suavemente... en torno revoleteaban sin ruido una bandada de murciélagos... Lejano, oyóse el gañido de un perro y el canto de un gallo... De la puerta del rancho se quitó una forma blanca de mujer.


II

      Al día siguiente se supo en el vecindario que los que habían llegado durante el chubasco del anochecer, eran dos hermanos de buena gente descaecida que venían huidos de la ciudad, a refujiarse, por hambre y desventura, en aquel arrabal apartado y en aquel rancho miserable, guarida de murciélagos, que les alquilara por catorce reales al mes un ciego mendicante, cuyo había sido el antiguo horno de tejas. El hermano padecía una terrible dolencia y estaba a punto de volverse idiota: era un joven avejentado que andaba arrastrando los pies, apoyado en un palo, y tenía la mirada torcida y sin expresión; la hermana era una muchacha en quien maduraba la mujer, con unos ojos zarcos y serenos velados de una sombra de dulce taciturnidad. Ambos tenían hambre y dolor de vivir: efectivo dolor de la carne lacerada el hermano gafo; tristeza recóndita la hermana a quien abandonara el novio por aquellos mismos días, porque ella también, como le dijo, debía tener la sangre propensa al mal de la familia. Vivían de lo poco que ella ganaba en un taller donde trabajaba, ayudándose con la escasa caridad que unos amigos le hacían al enfermo. Este dinero apenas daba el acedo pan que se comían, adobado con maldiciones de él y lágrimas y sinsabores de ella, y así, entre azares y vergüenzas, arrojados de todas las casas, que nunca podían pagar, habían ido, por fin, a parar a una de vecindad donde convivieron con rufianes y toda suerte de gente de la peor condición, en una pieza que les alquilaran. Pero de allí mismo tuvieron que salir muy pronto debido a que la dolencia del hermano era tan notoria y repulsiva que nadie quería vivir en su compañía. Despidiólos la dueña de la casa a pretexto de que tenía noticias que la Higiene iba a buscarlo para recluirlo en el hospital, y ante la inminencia de este peligro aquel día lo pasaron en la más angustiosa ansiedad, llorando y abrazados, en un abrazo angustioso, como si fuera el último que se dieran en su vida. Al día siguiente la hermana se echó a la calle, anduvo por los arrabales y recovecos, y escudriñó los más apartados escondrijos, hasta dar con aquel rancho de la cañada, adecuado a su menester por lo apartado de toda otra vivienda, como estaba entre aquellas breñas.

III

      —Hizo muy bien, niña —decíale una vieja de por allí a quien le contaba sus desventuras.
       —Dios se lo conserve por muchos años, que enfermo y todo le servirá de mucho su hermanito. Y no se apene usté que ha caído entre gente que no es mala, por más pobre que sea, y no dejará que le hagan ningún daño.
       Y otra agregaba, suspirando:
       —Lástima si es que haya venío a pará a este lugar que está como maldecío de Dios, asina como se lo digo y Él me perdone. Contimás que usté no está hecha para esto.
       —Por eso le digo, vecina: que Dios le guarde a su hermanito.
       —Usté no sabe niña, aquí habemos muchas madre desgraciás. Por estos andurriales como que anda suelto Mandinga: toas las muchachas se pierden en cuántico no más se les proporciona la mala manera.
       —Y no está demás que se lo digamos niña, porque, como dicen, la mocedad es creída y no malicia de la maldad del mundo, que es mucha, sí, señó. Mire: si, en una comparación, alguna de estas tardes, más que otras, se presenta por aquí una mujer que ya va pa vieja y anda toavía muy peripuesta y le viene a dar conversación, no se la oiga niña, que esa mujer es muy malintencionada y muy perdicionera...
       Fuéronse las viejas como oyeran al enfermo que rezongando sus habituales denuestos llamaba a la hermana para que le diera de comer. Sirviólo ésta y luego se salió a la cañada invadida del dulce atardecer y se puso a pasear llevada, de un recóndito deseo de soledad. Caminando, pronto su pensamiento recayó en el amor acabado días antes de manera tan cruel, y viniéronle ganas de llorar, de llorar mucho hasta secar la fuente de sus lágrimas a ver si con ellas también se secaban y ya secas, se desprendían las raíces de aquel amor que tenía clavadas en el alma como unas garras Después, sosegada, se acordó de lo que le habían dicho poco antes las vecinas y procuró distraerse de ello, porque en aquella soledad del barranco por donde iba tales pensamientos le daban miedo. ¿Pero en qué podía pensar que no fuera su desamparo, la desgracia contumáz que desde niña se ensañara en ella, su orfandad, su miseria, el rango perdido, el amor frustrado, la pena siempre renovada de aquella enfermedad del hermano?
       Y por este camino de pensamientos crueles ¿a dónde ir a parar sino al miedo al porvenir, al horror por lo que sería de ella cuando el hermano hubiera muerto o cuando se lo hubieran llevado al hospital?
       Así, la idea loca y tenaz que venía amenazándola desde que oyera la conseja de las viejas apropósito de las mozas idas y descarriadas, acabó por dominarla:
       —Quién sabe lo que tendrá dispuesto Dios que me puso en este lugar!...
       De pronto, volteó, asustada de unos pasos que la seguían: por la arena húmeda del cauce, arrastrando los pies venía el hermano gafo. Acercósele sonriendo como un idiota. Ella lo cogió del brazo y siguieron mudos y fraternales por la barranca silenciosa en la dulzura de la tarde...
       Unos bueyes lentos atravesaron la cañada seguidos del gañán que los picaba apurándolos a subir por un martillado hacia una loma donde lucía un maizal pardizco y un rancho entre naranjos. A ratos traía el viento un hedor de curtiembre o un son de bocinas broncas... Una mujer voceaba sobre el barranco llamando a sus gallinas... Se oía la voz del gañán persuadiendo a los bueyes... Apurando la cuesta, uno de ellos daba ya cornadas en el cielo zarco con la enorme cornamenta taciturna... En el aire tranquilo reposaban las aspas inmóviles de unos molinos.
       Caminando, caminando, el enfermo y la hermana llegaron a un recuenco donde había un pozo de agua clara y profunda. Los altos taludes de greda llenos de curiosos relieves de estalactitas y vagas arquitecturas, resquebrajados y yermos, con sus matojos saliendo de entre las grietas y con su soledad de abandono, remedaban enormes ruinas fantásticas. Encima un borrico taciturno enjaezado de crepúsculo caminaba mordisqueando el pajonal; sobre el cual se levantaban, al borde del barranco, magueyes en flor, como candelabros encendidos... Algunos zamuros iban llegando a sus dormideros; otros estaban ya sobre unas escarpas blanquecinas que parecían grandes osarios, peleándose a picotazos los mejores sitios.
       Los hermanos se detuvieron cerca del pozo bajo los torvas miradas de los zamuros... Un grillo rompió a cantar... El enfermo dando un gemido de dolor, se extendió por la arena húmeda y blanda, mientras la hermana, distraída, miraba los arreboles que teñían la tajada de cielo volteada sobre el barranco.
       —Petra, ¿por qué no te sientas? Mira: la arena está sabrosa.
       —No. Vamonos. Es de noche ya.
       Y echaron a andar, de regreso a la casa, por el barranco anochecido, bajo las primeras estrellas...


IV

      Muy de mañana Petra salió a su quehacer. Por el camino encontró unas muchachas del lugar que iban a lo mismo: eran unas compañeras de taller con quienes hasta entonces no había querido amistar. Hízose que no las veía para no verse con el caso de atravesar junto con ellas la ciudad, pero pensó que ya más no era prudente seguir dándose aquellos humos de señorita orgullosa, puesto que con ellas trabajaba y entre ellas, como una de ellas, vivía. Al fin tendría que prescindir de aquellos escrúpulos, única cosa que le restaba de su antiguo rango social. Y por adelantado se resignó. ¡A tantas cosas había aprendido a resignarse! Por delante de ella caminaban dos de sus rústicas compañeras, riendo y de prisa. Petra se acordó de la conseja que la víspera le refirieran las vecinas. Tal alborozo camino del trabajo, al amanecer de un lunes, con toda una semana por delante de largas caminatas y enojosas tareas, dióle que pensar y no pudo menos que hacer malos comentarios: seguramente eran muchachas casquivanas, ocasionadas a caer a la primera tentación, no tanto por la humildad de su rango como por su índole. Y aunque la frescura del amanecer, como un sabroso cosquilleo, a ella misma venía provocándola a risas, Petra enfoscaba el ceño y evadía ostensiblemente toparse con las que ya juzgaba livianas y perdedizas.
       Esta preocupación le duró varios días y ya le importaba la malquerencia de muchas de sus compañeras de taller y vecindario. Pero, en el fondo, Petra se interesaba más y más, y hasta simpatizaba con muchas de aquellas con quienes la vinculaban unos mismos azares, y talvez, un idéntico descarrío al término de iguales caminos de desventura, porque a fuerza de pensar en lo que le refirieran las vecinas, concluyó temiéndolo para sí y este temor se agarró a su alma como una superstición. Tales pensamientos la volvieron más cavilosa que siempre lo fuera y de sólito la invadían unas sensaciones muy vagas y confusas que le arrasaban en silenciosas lágrimas los ojos, no obstante le produjeran cierto bienestar, que era, en presencia de aquella espectativa de su desavío, ya tenido como cierto, como una tranquila y dulce resignación que le iba brotando de la natural bondad del alma, pura y serenamente, como brota de la sombra una estrella.
       Al fin amistó con las compañeras. Había entre estas una isleñita vivaz que se llamaba Aurora y que tenía unos ojos bulliciosos y una perenne sonrisa, como un cofre abierto para exibir una joya, enseñando un diente todo de oro entre los otros menudos y blancos. Era muy presumida y melindrosa y no dejaba de la boca el cuento de sus amoríos con mozos de lo principal. Una tarde cuando regresaba del taller en compañía de Petra, hablóle de una señora que le hacía muchos cariños y siempre que la encontraba por la calle la invitaba a ir a su casa. Conocióla esta amiga una vez que estuvo paseando por el barrio donde Aurora vivía y desde entonces no pasaba día sin que la encontrara y la parara a hacerle mil preguntas; a veces al salir del taller la encontraba esperándola y Aurora con grandes reservas le confesó a Petra que la víspera no había ido al trabajo porque su amiga se había empeñado en que se fuera con ella a dar un paseo en coche. Y como a la sazón pasaban cerca de donde aquella vivía Aurora le propuso a su compañera ir a su casa y con eso se la presentaba porque, según le dijera la víspera, tenía también muchos deseos de conocerla.
       Indignada la oía Petra y no hallaba que contestarle, y al llegar a su casa lloró como si ya le hubiera acontecido la esperada desgracia. Y más que todo humillábala el saber que ella también, como una palurda cualesquiera, estaba en la mente y en los cálculos de una alcahueta, con la reputación a precio y perdida de una vez.


V

      
     —Pues no vuelves más. No vuelves más a la fábrica. Aunque nos muramos de hambre. ¡Maldito sea! —decíale el hermano trémulo de dolor y rabia, bailoteando los ojos estrávicos y llorando casi.
       Aquel acceso acabó de exasperarle los nervios sobreexitados de sólito y en la noche tuvo una crisis aguda y febril. Medio incorporado en el catre, en el rincón obscuro, el pobre hombre gritaba traspasado de dolores terebrantes, ardido de fiebre, como si por las venas no le corriera sangre sino metal fundido y levantaba los brazos clamando misericordia, aquellos brazos crispados y enjutos como ramas de árboles secos.
       —¿Por qué no venía de una vez la muerte, el supremo descanso, la final podrición insensible de aquella su carne torturada?
       —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Acaba de quitarme esta maldita vida!
       Petra no hallaba que hacerle ni podía acercársele porque en tales accesos la sola idea de que se le aproximara alguien le producía dolorosas hincadas en los miembros locamente sensibles. Además, él no quería verla ni oírla siquiera y había puesto al alcance su bastón para tirárselo si ella entraba al cuarto. Después comenzó a desvariar: amenazaba matar a la hermana, a aquella mujer asesina que no hacía sino provocarlo, despertarle deseos insaciables para que sufriera más, para que acabara de condenarse en vida. Cerca del amanecer, rendido al fin, se quedó dormido, y entonces fue que Petra pudo acercársele. Respiraba fatigosamente, saltábale la carne extremecida por los rebrincos de los nervios, dos gruesas lágrimas corríanle de los ojos cerrados por la cara abotagada, lívida y convulsa. La hermana se las enjugó con ternura.
       Por fin amaneció. Petra que no había dormido en toda la noche pensó no ir al taller, pero él no quiso que se quedara en la casa y tuvo que salir.


VI

      Ida la hermana, el enfermo se echó a andar por el barranco, cauce arriba. Saltábanle los nervios todavía, sentía el resquemor de la fiebre pasada y en el cerebro le remolineaban ideas confusas y absurdas. La brisa que venía de la montaña producíale espeluznos sabrosos. Caminaba olvidado de sí, insensible al sol ya alto; internándose por aquellos escobios enmarañados; encaramándose por las escarpas donde unos chivos ariscos iban a saltos ramoneando su áspero pábulo; escudriñando los mogotes, oteando el cauce silencioso, en un atisbo faunesco, ávido y jadeante; o por entre el pajonal, furtivo, saboreando lascivamente el cosquilleo de las espigas sobre la cara... Por fin, tras un recodo descubrió una mujer. Al verla sintió dentro del pecho el golpazo del corazón como un pataleo de bestia fogosa y se le fue acercando, con angustia y cautela. Descubriólo la mujer y púsose precipitadamente a recojer el haz de chamizas que cortara. Era una zamba membruda, desgreñada y cubierta de sucios argamandeles. El enfermo la alcanzó cuando ya ella se echaba a la cabeza la fajina y quizo agarrarla, estirando los brazos secos y trémulos como ramas sin savia sacudidas de un viento.
       —Estése quieto —gruñó la moza, y con todo el cuerpo poderoso lo empujó para que la dejara pasar.
       Cayó él sobre el pedrusco quejándose como un animal acosado, mientras ella, gallardeada bajo el haz de chamizas, hirsutas como una cabellera salvaje, se escapaba desgalgándose por los atajos.
       Era lo de siempre. En estas caminatas en pos del amor vedado que huía de él desdeñoso e insultante, pasaba el enfermo días enteros, cauce arriba, cauce abajo, por su barranco solitario erizado de tentaciones y crueldades, y en las tardes, al regresar a la casa, llevaba el deseo mortificado y más voraz, y muchas veces heridas las manos, sangrando los pies y el cuerpo magullado.
       Y entonces su humor atrabiliario estallaba en un implacable enojo contra la hermana. Encerrábase en su cuarto y no quería que ella le hablara, ni que se dejara ver siquiera. Molestábale el ruido de sus ropas, el olor de su persona, y no hacía sino denostar de ella que con saña minuciosa lo iba matando a disgustos: con su manera de hablar, con su silencio, con su risa cuando reía, con su tristeza y sus lágrimas si lloraba, con sus solicitudes y ternuras humillantes para él.
       Aflijíase con esto Petra y aunque ya estaba acostumbrada a aquella acrimonia que le venía del sufrimiento mismo, cada vez que lo oía maldecirla se ponía a llorar, y por las noches, temiendo que en uno de aquellos arrebatos realizara sus amenazas, se encerraba en su cuarto paredaño al de él y aseguraba la puerta con muchas precauciones.
       Pero esta acrimonia del hermano no venía ahora propiamente de su nervosismo, sino de fuente más recóndita y temible, y era como el último parapeto con el cual se defendía el alma en agudo trance de depravación. Detrás de aquel odio mordaz estaba el amor insaciado, el deseo acicateado hasta el vértigo de la locura, acechando al alma reducida a un punto de pureza que se defendía con la propia substancia incontaminada, como se defiende entre la zarza devorada por el fuego un arbusto tierno, con la savia que mantiene su verdura.
       —¡Petra! ¡Petra! Pídele a Dios que muera yo de una vez antes que llegue a suceder...


VII

      Un día Petra amaneció quebrantada. Sentía todo el cuerpo magullado y una desazón de cabeza como si la tuviera hueca y rumorosa como un caracol. Tenía sed y escalofríos frecuentes. Durante la noche había tenido fiebre alta y se la pasó delirando y en un continuo temblor que no podía dominar. Quiso levantarse pero se encontró sin fuerzas. Sobrevínole una profunda tristeza y se puso a llorar. Ojeóla el hermano que despertaba de un sueño tranquilo, y al saber que estaba enferma se angustió hasta la desesperación. En un momento se disiparon sus rencores contra ella y en excesos de ternura, su gran ternura de enfermo, la rodeó de atenciones, lamentándose de aquella desgracia, mayor que todas: que Petra fuera a enfermarse, a morirse tal vez.
       —Es que trabajas mucho. Ya te he dicho que no debe ser así. Y no comes, y te lo pasas triste. Yo sé que soy la causa. Yo tengo la culpa. Soy un desgraciado, debiera morirme de una vez.
       Y lloraba como un niño.
       Para tranquilizarlo Petra se levantó. La frescura de la mañana le hizo bien: se sintió más despejada. Al medio día se encontró mejor; sólo le quedaba un desgonzamiento, una laxitud agradable más bien. El hermano, solícito, la cuidaba del sol y del aire y cada momento le preguntaba como se sentía. En los días siguientes no la dejó ir al trabajo. Para distraerse ella bordaba o tejía, durante el día. En las horas frescas de la mañana, se sentaba fuera de la casa, en la huerta donde cultivaba sus almacigos floridos, junto al cañizo festoneado de pascuas recien abiertas. El hermano desde la puerta la miraba plácidamente y conversaba con ella en paz y cordialidad. Sus conversaciones eran siempre a propósito de las compañeras de taller; deleitábase él con las cosas que de ellas le refería Petra y no quería que le hablara de nada más. A veces le hacía unas preguntas que la hacían ruborizarse; entonces tenía invariablemente una sonrisa golosa y los ojos bizcos le bailoteaban. Petra se callaba o desviaba la conversación, entre contrariada y compasiva.
       Poco a poco el reposo del cuerpo y el sosiego moral, sobre todo, fueron devolviéndole a Petra la salud y la presencia de ánimo perdidas. Desaparecían de su rostro amusgado los lívidos círculos de las ojeras y la mustiedad del semblante, y recobraba la serenidad del alma enajenada de sí por aquellos sobresaltos de los últimos días.


VIII

      Pero este bienestar no había de durar mucho. Los fraternales coloquios fueron acortándose y agriándose paulatinamente. Volvían los silencios repentinos y las regañinas por motivos fútiles. A veces el enfermo evadía ostensiblemente la presencia de la hermana y se iba a merodear en torno al rancho por entre los escombros del viejo horno derruido o se encerraba en su cuarto, obstinado y huraño. A veces se iba por el barranco, cauce arriba, cauce abajo...
       Una mañana, jubilosa de sol, fresca y sonora de brisas la cañada, Petra hacía labor junto a la vieja acacia. Tenía los ojos encarnizados por el llanto reciente, y pensaba como siempre en el amor defraudado, en aquel recuerdo de ilusión a que se agarraba su alma, desesperadamente. Detrás de ella, desde el quicio de la puerta, el hermano la devoraba con la torva mirada de sus ojos rampantes de deseo. El desgaire del traje delatando la frescura de la carne, el sonrojo del llanto reciente, la misma actitud de sufrimiento de la hermana, tan adecuada a aquella morbosa necesidad de él de poseer mortificando, hasta el asco y el horror que le producía su propio apetito monstruoso —acicates en carne rebelde— encabritábanle la torpe sensualidad, exasperada de continuo con locas imaginaciones en la soledad propicia del barranco, alimentada con hambres voraces, como una llamia con ráfagas. Y no era que se dejara llevar de ella, sin resistir. Demasiado había luchado contra aquellos ímpetus desordenados de la carne que le enajenaban el alma de todo otro pensamiento. Había sido una lucha continua en la cual se habían ido relajando, a fuerza de resistir, su energía nerviosa y sus principios morales, y ya sentía como le faltaban aquellos apoyos, roídos también por la podre, como su carne, y que ya no era ésta solamente la que lo ponía en el trance de aquel monstruoso deseo de la hermana, sino el alma, el alma empecinada de lascivia, depravada ya, de un todo. Y pensando que ya había roto definitivamente con toda ley moral, sentía una horrible satisfacción. Sosteníalo apenas el miedo al temblor de sus piernas, no atreviéndose a dar un paso hacia la hermana, y así hubo tiempo para que el último esfuerzo de la voluntad lograra suspender y salvar la partícula de alma incontaminada que pudiera quedar en él.
       Y se sobrepuso al fin. Fue la última victoria. Loco, desalado, a toda la prisa de sus piernas entorpecidas y temblequeantes, ya en la inminencia de la parálisis, echó a andar por el barranco, cauce arriba, cauce arriba...
       Petra, que de nada se había dado cuenta, lo llamaba para que no se fuera, así, descubierta la cabeza, por aquellos reventaderos de sol. Pero él no la oía y continuaba caminando, cauce arriba, cauce arriba...


IX

      A la hora del almuerzo no había regresado. Esperándolo, Petra no quiso almorzar y estuvo todo el mediodía en la puerta mirando al barranco que reverberaba al sol.
       Cerca del atardecer llegó el mendigo que les había alquilado el rancho. Venía por sus catorce reales del primer mes ya vencido. Petra no tenía para pagarle: no había trabajado en la semana. El hombre se empeñaba en que debía pagarle porque él no estaba para hacer caridad a nadie, puesto que de ella vivía, y empezó a rezongar:
       —¡Ah! picaros... ¡Picaros! ¡Ja cariño! Ahora si se embrolló tó esto. Si yo hubiera devinao...
       Era un ciego malencarado que tenía una bar billa áspera y rala y usaba anteojos obscuros para taparse las cuencas vacías. Conducíalo un negrito canijo y dormilón que al llegar se echó al suelo. El ciego se quedó parado frente a la puerta. La sombra de un aludo sombrero de cogollo le caía sobre la cara enjuta y cetrina, como de momia; mascujaba una rama negruzca de tabaco; apoyaba ambas manos en el garrote y se entretenía frotando el índice derecho contra la palma de la mano, obstinadamente. Después se acercó al rancho: tanteó las paredes, sobajeó las puertas, olisqueó dentro de los cuattos, con su palo hurgó los rincones, preguntando por todo lo que tropezaba a su lazarillo que le iba respondiendo de mala gana. Petra lo dejaba hacer entretanto. Fuese por fin, ofreciendo que volvería en la semana siguiente y que entonces, sí no le pagaban, los echaría de su casa.
       Veíalo alejarse Petra y se intrincaba en sus habituales cavilaciones:
       —Menos que un limosnero... Más desgraciados que todo el mundo... Miseria, sufrimientos de todo género... Su pobre hermano empodreciéndose, alejado del mundo, olvidado en aquella barranca solitaria... Ella: desvanecido el amor, frustradas las ilusiones, torturada su juventud, en peligro de perderse...
       Absorta, no sintió llegar al hermano.
       Volvía el mísero empecinado y sangrando por los rasgones que en la carne túmida le hicieran las asperezas del barranco y con la señal amoratada de un porrazo en la frente. Y volvía como siempre: ávido y mortificado el deseo, y más que nunca desbaratada el alma después de una lucha de todo el día, inútil, porque en aquel organismo empodrecido, en aquellos nervios deshechos, no existía ningún apoyo para la voluntad.
       Detúvose un momento, el último de vacilación. Luego dio un paso hacia la hermana... Ya estaba en poder de la fuerza ciega... temblaba como aterido... poco a poco, con cautela felina, se fue acercando a la mujer vuelta de espaldas...
       De pronto el resuello cálido y jadeante de él le dio en la nuca produciéndole un espeluzno que la hizo brincar a tiempo que él alargaba para agarrarla los brazos carroñosos y trémulos como ramas podridas. Mirólo entonces a la cara asustada de aquella expresión, y al punto se dio cuenta de todo. Quiso huir pero la turbación entorpecióle las piernas y él logró agarrarla. Entonces empezó una lucha jadeante y desesperada. Forcejeaba ella para zafarse de aquellas manos que la apretaban con rabia, y al fin logró dominarlo. En un arrebato de indignación, violento e inconsciente, sujetándolo por los brazos, Petra empujó al hermano al interior del rancho y allí lo tumbó al suelo y lo acogotó en un rincón...
       Soltólo al fin. El enfermo se quedó sin moverse y en silencio, acurrucado en el rincón oscuro, ya en el anochecer. Petra, enloquecida, caminaba por el cuarto, llorando. Ocurriósele que debía irse de aquella casa donde ya no había seguridad para su virtud, y al momento pensó en lo que le refirieran las vecinas aquella vez, y en Aurora, y en la amiga cariñosa que según ella le dijera, tenía muchas ganas de conocerla... En el vértigo del pensamiento se vio a sí misma descarriada ya, hecha una perdida...


X

      Lloró largo rato. Como siempre, el llanto le hizo bien; pasado el acceso la invadió el bienestar del cansancio, y poco a poco la dulce y tranquila resignación fue brotando en su alma como una luz de estrella...
       El hermano permanecía inmóvil en su rincón. Petra aguzó el oído hacia él. No oyó nada. Asustada corrió al rincón olvidándose de todo.
       —¡Genaro! ¡Genaro!
       El pobre hombre sonreía plácidamente. Ya no tenía en la cara aquella expresión de sátiro; los ojos miraban serenos y de aquel rostro y de aquellos ojos subía hasta la hermana inclinada sobre ellos ansiosamente, como una súplica propiciatoria, la dulce sonrisa de la demencia.
       Gritando, Petra salió del cuarto.
       Anochecía. Del barranco subía con el canto de los grillos la solemnidad de la sombra, por el ambiente mortecino hacia el cielo, donde lucían como refujios de toda la luz condensada, las claras estrellas...



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