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Juan
Rulfo «No
oyes ladrar los perros» es, sencillamente, una obra maestra de sobriedad,
de efecto, de intelección de lo humano. «No
oyes ladrar los perros» es acaso el cuento más perfecto de cuantos ha
escrito Juan Rulfo. En cinco páginas nos condensa una tragedia
desgarradora y nos ofrece una visión inolvidable: la de un padre viejo
que lleva sobre sus hombros a un hijo criminal, herido, quizá de muerte,
a la luz de la luna llena, y por un paisaje que imaginamos pedregoso y
triste, rumbo a un pueblo en que aquél espera hallar atención médica. —Tú
que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si
ves alguna luz en alguna parte.
El hijo responde:
—No se ve nada.
Es obvio, pues, que algo obtura los oídos del viejo. Más aún, cuando
éste insiste:
—Ya
debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de
fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros.
El
padre es un hombre viejo. De esto nos enteramos al fin de la primera
página:
El
viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó
allí, sin soltar la carga de sus hombros...
La
vejez del padre exhausto, sólo ahora revelada, va a potenciar el
patetismo de lo que se nos va a comunicar a partir de la tercera página.
Por el momento sólo nos enteramos del sufrimiento físico de los dos
hombres. Se cruzan muy pocas palabras:
—¿Cómo te sientes?
Hay un silencio. El viejo pregunta:
—¿Me
oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Sigue el silencio. —Bájame,
padre.
El padre contestará:
—¿Te
sientes mal?
La
respuesta será «sí». —Bájame.
Y luego:
—Quiero
acostarme un rato.
Y
entonces comienza el doloroso, el terrible discurso del viejo. Ya no es,
el que habla, un padre agobiado por la fatiga y solícito del sufrimiento
del hijo. Cambia radicalmente el tono. Una indignación de patriarca lo
sobrecoge. Abandona el tú familiar y usa el usted. De padre, el viejo so
convierte en juez. Sus palabras asumen, pese a la sencillez del habla
campesina, una alta majestad trágica:
—Todo
esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque
usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera
dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para
llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da
ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras
dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas (página 116).
Se produce una pausa, e interviene entonces el mismo narrador para decir:
Sudaba
al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor
seco, volvía a sudar.
Mas
antes de seguir con el discurso que nos va a revelar todo el secreto del
drama, fijémonos en la expresividad pungente de su introducción: «Lo
hago por su difunta madre —le dice el viejo—. Porque usted fue
su hijo...» —Me
derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya para que le alivien esas
heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted
bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se
vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... (p.
117).
Y ahora suena, implacable, en los labios jadeantes, el revivido recuerdo
de una maldición:
—Porque
para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de
mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: « ¡Que se
le pudra en los riñones la sangre que yo le di! » Lo dije desde que supe
que usted andaba trajinando por los caminos viviendo del robo y matando
gente... Y gente buena... (p. 117).
Y entonces lo apostrofa por haber asesinado a su propio padrino y
termina el apóstrofe con estas palabras:
Desde
entonces me dije: «Ese no puede ser mi hijo» (ibid.).
Aquí
debe de producirse un silencio. Las imágenes de los crímenes del hijo
parece que se desvanecen en la mente del viejo, en quien la voluntad de
llegar a Tonaya y la angustia de la situación actual le mueven a
interrogar si se ve ya algo, si se oye algo que indique la proximidad de
la meta salvadora. Y cuando formula la pregunta, el que habla vuelve a ser
un padre con el hijo herido a cuestas, no el juez que poco antes juzgara y
maldijera. El tú vuelve a sonar en los labios del viejo:
—Mira
a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá
arriba, porque yo me siento sordo (ibid.).
La
respuesta es negativa. El hijo no ve nada. Tiene sed. Pide agua. Tiene
mucha sed y mucho sueño. —Tengo
mucha sed y mucho sueño.
¿Qué recuerdos lejanos, tiernos, despiertan estas palabras doloridas
en el alma combatida de opuestas emociones del padre? Es admirable el
modo en que Rulfo se identifica con sus personajes y vive con ellos, en el
breve espacio de sus narraciones, los momentos emotivamente más dispares
y profundos de las vidas que ha soñado para ellos. —Me
acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y
comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te
habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso
(p. 117).
¡Eras
muy rabioso! Súbitamente el recuerdo de las iras de un infante le revela,
al parecer, lo que fuera acaso el augurio temprano de un destino. El viejo
agrega entonces:
—Nunca
pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza...
Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras
fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te
tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la
hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas (p. 118).
¿Qué
pasa «allá arriba» cuando han sonado estas crueles palabras? Lo que
Rulfo nos va a decir sólo bastará para imaginar hipótesis, porque no
sabremos nunca qué efecto las palabras del viejo tuvieron en el herido
semiinconsciente:
Sintió
que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las
rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándose de un lado para
otro. Y le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si
sollozara. Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de
lágrimas (página 118).
¿Qué
ha pasado? «Le pareció» —sólo le pareció— que el hijo sollozaba.
Las gotas gruesas que le mojaron el cabello, ¿eran de lágrimas, eran
de sangre?
Hay dos preguntas que constituyen la introducción de otro amargo
reproche. En la primera persiste aún el tuteo. En la segunda vuelve el
padre al usted del pasado apóstrofe:
—Lo
hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo
usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de
cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad, ¿Y ya ve? Ahora lo
han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos
no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: «No tenemos a
quién darle nuestra lástima.» Pero ¿usted, Ignacio?
Estamos llegando al final del cuento: once líneas más y se acaba. Y
sólo ahora nos enteramos de que el hijo criminal pertenecía a una banda
y que esta banda ha sido exterminada con excepción de Ignacio. —¿Y
tú no los oías, Ignacio?... No me ayudaste ni siquiera con esta
esperanza (p. 118).
¿Se ha desmayado Ignacio? ¿Ha muerto de sus heridas? No lo sabemos. El
hecho de que le costara al padre destrabar «los dedos con que su hijo
había venido sosteniéndose de su cuello» no indica que Ignacio fuera
cadáver a la llegada a Tonaya. de
arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según
avanza por la orilla del arroyo... (p. 114).
La
indicación de esas piedras hecha tan de pasada suscita en nuestra mente
la visión de un paraje pedregoso, como anotamos antes. En cuanto al
arroyo, no hay descripción ni la habrá en todo el cuento. El arroyo
será dejado atrás y el paisaje, según lo veremos, será aún más
árido. Al menos así nos lo imaginaremos. Era
una sola sombra, tambaleante.
Curioso
resulta al entrar en el análisis el hallar en el comienzo de este cuento
de jalisco más de una sugestión del poema colombiano. Una luna
también llena —como la del «Nocturno» (p. 111) va a alumbrar el
paisaje apenas esbozado: ...los
ladridos de los perros a la luna...
Pero dejemos esta digresión y analicemos todos los elementos de paisaje,
digamos, gracias a los cuales se ha suscitado en nuestra mente el panorama
nocturno, desolado, de una tierra desierta y sin caminos, lejos de un
pueblo que se llama Tonaya, adonde se dirige la alta sombra caminante. El
viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó
allí, sin soltar la carga de sus hombros...
¿Qué
paredón es éste? No lo sabemos. Es, sin embargo, «el» paredón, así,
con artículo definido: el que nosotros muy por nuestra cuenta debemos
figurárnoslo en el paraje que sospechamos pedregoso y ya imaginamos
bañado de luz lunar. Allí
estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les
llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre
la tierra... (p. 115).
Sí, el enfoque sólo sobre las dos figuras y su sombra. El
otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara
descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo...
(p. 115).
En la tercera página del relato —la 116 del libro— la luna vuelve a
mencionarse, única testigo del drama:
—Duérmete
allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado. La luna iba subiendo, casi
azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó
de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía
agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo...
¡La
luna ya no es roja, sino casi azul, y el cielo es claro! ¿Va el cuentista
a comenzar ahora la descripción del paisaje, a hablarnos del camino —si
lo hay—, de algún cerro o cerros, de algún río o barranco? —Aquí
no hay agua. No hay más que piedras...
En la página 118 leemos:
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna.
Y
en el mismo párrafo, en la misma página, se habla de la llegada de ambos
al primer tejabán y se nombra el pretil de la acera en que el viejo
soltó el cuerpo de su hijo. Nada más. L’atmosphére
se crée d’elle mêm’e; elle émane des personnages, de leur lacon de
sentir, de parler el d’agir el, en raison même de la sobriété des
décors, c’est une vision presque obsédante des paysages, des choses el
des étres, qui s’impose au lecteur[2].
Esta
observación es muy aguda. Se diría en verdad que el mundo exterior fuese
algo así como una emanación de los personajes o, dicho de otro modo, que
la poderosa carga de realidad interior que éstos tienen hiciera posible
una visión del mundo exterior en que se mueven. Notas [1]
La paginación aquí indicada corresponde a la 5.8 edición de El llano
en llamas, México, Fondo de Cultura Económica, 1961. Literatura
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