Juan
Rulfo
(1918-1986)
El silencio de Juan Rulfo
Por CÉSAR LEANTE
Gracias a suGracias a su viuda,
Clara Aparicio, la bibliografía de Juan Rulfo se ha incrementado con dos
nuevos títulos. Aire de las colinas acaba de aparecer aquí en
España, y son las cartas que el gran escritor mexicano le escribiera
cuando la está enamorando. Los cuadernos de Juan Rulfo se publicó
en México hace dos años, y recogen sus apuntes literarios. Unas 180
páginas componen el libro, y en él figuran cuentos que no llegó a
publicar, esbozos de sus novelas Pedro Páramo y La cordillera
(inconclusa o apenas dibujada). Al igual que ahora con las cartas, le fue
arduo entonces a la señora Aparicio decidirse a dar a la imprenta
aquellas notas de su marido, y de ahí que exclamase en la breve
introducción rulfiana que inicia la obra: “Al parecer, es algo terrible
lo que estoy haciendo”. Creía que Rulfo no lo hubiese aprobado, pues en
vida él jamás pensó en hacerlo, esto es, dar publicidad a lo apuntado
en sus cuadernos. Pero se justificaba o consolaba la esposa—albacea
haciéndose esta reflexión: “Lo he pensado. Pero algo ocurre dentro de
mí cada vez que repaso las páginas de estos cuadernos; cada palabra,
cada frase, cargadas de vivencias y sentimientos, me hacen reflexionar
sobre la necesidad de compartir estos relatos tan llenos de él y que, sin
duda, contienen nuevas pistas para la lectura de Pedro Páramo y El
llano en llamas”.
Esta última
consideración, que las notas son como claves para una nueva lectura de
las dos obras (maestras) de Rulfo, es de importancia capital. ¿Por qué
rechazó Rulfo su publicación si, como afirmó el crítico español Pedro
Sorela, “todas [las páginas] mantienen la altísima calidad de los dos
únicos libros publicados por el autor en vida”? La respuesta está en
la entraña dramática de estas anotaciones, ya que, otra vez en palabras
de Sorela, “la muerte es quizás el tema más constante de estos pasajes
desechados”. Muerte que figura en el cuento llamado Cleotilde,
donde un hombre mata a trancazos a su mujer porque no puede seguir
soportando sus infidelidades; muerte que está en el episodio titulado Mi
padre, que es una versión del inicio de la novela Pedro Páramo.
Allí se lee: “Mi padre murió un amanecer oscuro, sin esplendor
ninguno, entre tinieblas. Lo amortajaron como si hubiera sido cualquier
hombre y lo enterraron bajo la tierra como se hace con todos los hombres”.
También muestran los Cuadernos el método de trabajo de Rulfo, y
así nos enteramos de que la creación iba siempre con él, en ella estaba
inmerso constantemente. “De pronto”, dice, “a media calle, se me
ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules. Al llegar a
casa después de mi trabajo (...) pasaba mis apuntes al cuaderno”.
Como se sabe, entre
su muerte, ocurrida el 7 de enero de 1986, y la publicación de su segundo
y último libro, Pedro Páramo, median 31 años. Más de tres
décadas sin que Juan Rulfo diera nada a la imprenta, ya no una novela,
sino ni siquiera un cuento. Y, como vemos ahora por sus Cuadernos,
tenía escrito algún que otro relato más, como Cleotilde, como Guerrillas.
Durante su estancia en España en 1983, cuando le fue concedido el Premio
Príncipe de Asturias, el escritor español Ramón Hernández —que fue
una suerte de inquisidor suyo— le preguntó concretamente por qué no
escribía más. Rulfo acudió a las coartadas a las que había venido
apelando desde años atrás para sortear el espinoso asunto: que
necesitaba tiempo, del que carecía, pues todo el suyo se lo llevaba el
Instituto Nacional Indigenista, donde trabajaba un promedio de diez horas
diarias. Otras veces mencionaba la “necesidad económica”, porque en
México “es imposible vivir de la literatura”. Como él mismo se daba
cuenta de que eran explicaciones poco convincentes, aventuraba otras más
íntimas: “Escribir me produce una angustia tremenda. El papel en blanco
es una cosa terrible...”. O intentaba negar que no escribía del todo:
“He trabajado en algunas historias cortas, no en ninguna novela,
sino en cuentos que ya tengo terminados”.
Lo enfatizado por
mí se da de boca con lo que acerca de su creación literaria se conoce,
ya que es público que, desde la década de los sesenta, Rulfo estaba
trabajando en una novela llamada La cordillera. Precisamente, el 16
de abril de 1963, el diario Excelsior, de México, le hizo una
entrevista que tituló “La cordillera, nuevo libro de Juan Rulfo”.
No se supo más de esta novela, sino el nombre. Pero en 1977 el patriarca
de las letras ecuatorianas, don Benjamín Carrión, me contó lo
siguiente: estando en México se había lesionado una pierna, por lo que
debía andar en silla de ruedas. Juan Rulfo lo visitaba a menudo y lo
llevaba al parque, donde se sentaban “a callarnos”. Don Benjamín era
muy locuaz, muy comunicativo, por lo que la mudez debía provenir de
Rulfo, de sus ensimismamientos o de su carácter introvertido. Pero en
cierta fractura de aquellos “a callarnos” le confesó a Carrión que
no había seguido escribiendo La cordillera porque “había mucha
sangre en ella”. Lo poco que se ha filtrado de esta novela trunca —algunos
pasajes de la cual aparecen en los Cuadernos— es que se
desarrolla en Jalisco durante la rebelión de los “cristeros”
(1925-1928). Juan Rulfo es precisamente de Jalisco y su padre fue uno de
los “discípulos de Cristo” que se alzaron contra el presidente
Plutarco Elías Calles cuando éste confiscó las propiedades
eclesiásticas y prohibió a los curas participar en la política. El
padre de Rulfo murió en la contienda.
Un cuento de él, La
noche que lo dejaron solo, aborda este sangriento episodio. El
protagonista, un joven devoto, se dirige a las montañas para unirse a los
rebeldes en compañía de dos tíos suyos. Pero éstos son sorprendidos
por los federales y ahorcados. Sólo el joven, por haberse quedado
dormido, se salva. Anímicamente, Feliciano muy bien podría haber sido
Rulfo, y el trauma que le ocasiona esta guerra civil absurda, fratricida,
quizás explique la resistencia de Rulfo a continuar escribiendo una
novela en la que muchos aspectos trágicos de las revoluciones de México
tendrían que estar recogidos inevitablemente: la “mucha sangre” que
le mencionó a Benjamín Carrión.
La tragedia es una
constante en la obra de Rulfo; está presente casi en los veinte cuentos
que componen El llano en llamas y en Pedro Páramo. Como si
quisiera hacer patente esta característica de su narrativa, él mismo ha
indicado que su novela es “un diálogo de muertos”: “La narración
la empieza a contar un muerto a otro muerto... El pueblo también está
muerto”. Ni siquiera la ecuanimidad, casi impasibilidad, del narrar
rulfiano consigue amainar el impacto terrible de sus relatos. Tal vez, en
contrario, este “distanciamiento” lo acentúa. Un repaso somero a las
historias de Rulfo evidenciaría su insistencia en “personajes cuya
existencia es un drama de desesperación sin fin”, como ha observado el
crítico Donald K.Gordon. Macario es un desquiciado que aplasta
cucarachas y se acusa de haber ahorcado a alguien; al narrador de Talpa
lo acosa el remordimiento del asesinato que cometió en la persona de
Tanilo; en Acuérdate, Urbano ha tenido relaciones sexuales con su
prima y ha matado a su cuñado Nachito; La cuesta de las comadres
parte de esta confesión que le oyó Rulfo a un padre, dicha con orgullo:
“Todos mis hijos son asesinos”; Don Justo Brambila posee a su sobrina
en En la madrugada, y en Pedro Páramo, Susana Sanjuán le
suplica al cura que la case con su hermano. Incluso en el paisaje está la
tragedia: la aldea de Luvina en Nos han dado la tierra está
descrita como “aquel lugar donde sólo se oía el viento” y Comala es
un pueblo fantasmal. Lo terrible de todo esto es que brota de
observaciones personales de Rulfo, tanto en lo que respecta a los
ambientes como a los personajes de sus historias. Refiriéndose a las
aldeas de su región, ha confesado que “los sucesos más horribles
ocurren en esos lugares”. Añadiendo este dato autobiográfico: “Me
crié en San Gabriel y allí las gentes me contaron muchas historias: de
espantos, de guerras, de crímenes”.
Es una hipótesis,
pero tal vez por encima de la armoniosa estructura de sus narraciones, de
la poesía de su lenguaje, en el cual el habla popular, esa “antigua voz
de adobe, de maíz y de petate”, adquiere jerarquía estética, de su
sugestiva utilización del tiempo, de su maestría en la pintura del
paisaje, en suma, de su soberbia belleza artística, El llano en llamas
y Pedro Páramo fueron ejercicios suficientes en los que Rulfo
probó su capacidad para evocar la crueldad y el dolor, y no quiso
repetirlo.
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