Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


Del amor a la justicia
De tropeles y tropelías
(San Salvador: Editorial Universitaria, 1972);
Cuentos completos
(México: Alfaguara, 1996, 340 págs.);
Cuentos completos
(México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 340 págs.)



      S. E. fue abogado antes de asumir los más altos poderes de la nación. Se graduó en una oscura Facultad de Leyes de provincia y antes de obtener el título fue rábula, copiador de sentencias, amanuense, peleador de gallinas, secretario de juzgados penales, defensor de la Iglesia en litigios por fundos y aparcerías que se llevaban y discutían en estrados usando la lengua latina.
       Ya con el título en la mano, hundió en calamidades a gentes rústicas, arruinó a familias enteras, se apropió de heredades, desahució a cientos de colonos y precaristas, borró caminos medianeros, usurpó derechos de viudas, su fortuna la amasó a base de despojos e hipotecas y la cuantía de sus bienes podía medirse por la cantidad de pleitos judiciales que logró ganar con prevaricatos y sobornos.
       Ejercía su profesión en una ruin habitación cuya puerta exterior permanecía cubierta de cédulas y citatorios en papel sellado. Los clientes esperaban en sillas de mimbre desfondadas y las posturas de las gallinas, que se paseaban libremente por el cuarto, aparecían entre los expedientes apilados en las esquinas, pues los armarios y las vitrinas rebosaban ya de folios y protocolos.
       Los litigantes le exponían sus casos en altas y claras voces, para que él oyera desde arriba, oculto como permanecía en un entrepiso. Con golpes de un bastón transmitía en clave las respuestas a las consultas y daba sus instrucciones al secretario. Los escritos, títulos y alimentos se los izaban en una canasta de mimbre.
       Nunca se hizo cargo de juicios penales pues temía la presencia de la sangre y odiaba a los asesinos, sobre todo a aquellos que ponían saña en mujeres y niños, y fue por eso que sus leyes, siendo ya jefe de Estado, fueron implacables para con los homicidas y para los ladrones, los violadores, los que asaltaban en despoblado y en cuadrilla, para los perjuros y para los que de acción o palabra ofendiesen a sus madres.



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