Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


El asedio
Nuevos cuentos
(León, Nicaragua: Editorial Universitaria, 1969);
Cuentos completos
(México: Alfaguara, 1996, 340 págs.);
Cuentos completos
(México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 340 págs.)



      Septimio se despertó a la hora del crepúsculo y se encontró con la luz rojiza de la tarde que se reflejaba en la luna del espejo del chifonier como una pedrería de brasas temblando en el fondo del vidrio y sintió sobre su vientre las páginas del figurín de modas pegadas a la piel a causa del sudor. Estaba desnudo debajo del quimono de chifón y sentía el sudor resbalar por su espalda. Se incorporó y tropezó con la sopera de china que había dejado en el piso después de comer. La hizo pedazos y la sopa helada le mojó los pies.
       —Avelino —llamó primero como en secreto—. Avelino —repitió después buscándolo en la oscuridad a la que ninguno de los dos terminaba de acostumbrarse; no se orientaban y quebraban los jarrones, tropezaban con las sillas y derribaban las estatuillas de yeso que a tientas reponían en las consolas cuando no se quebraban, o arrinconaban los pedazos junto a los zócalos para barrerlos de una vez con los proyectiles, guiándose solo por la lumbre de la lámpara en el altar del aposento o cuando ponían luz al farol del ángel.
       —Avelino —siguió llamando, ya casi a punto de gemir. Oscurecía afuera velozmente y el tren de las seis pitaba en la lejanía.
       O estaban por llegar, o rodeaban ya la casa, arrastrándose en el cafetal, cortando los hilos de alambre de los cercos, escondidos detrás de los troncos de los árboles, subidos a las ramas, destrozando en silencio el jardín.
       —Vení abrime —oyó.
       —¿Quién? —preguntó.
       —Soy yo, abrime ligero.
       —Avelino, ¿sos vos?
       Septimio se llegó a gatas a la puerta detrás de la que solo había un pequeño descanso de la escalera. Con mucho tiento fue girando la manigueta, un huevo blanco humedecido por el sudor de su mano, cuando percibió al otro lado unas risas ahogadas.
       —¿Quién es? —dijo asustado.
       —Yo, Avelino, abrí.
       —Avelino, sos vos, ¿ah?
       —Sí, corazón —le respondieron y las risas estallaron.
       —Váyanse a la mierda —gritó con desconsuelo, pero no supo hasta dónde alcanzó su voz o si solo se había quedado en un sollozo.
       Sin saber qué hacer llegó hasta la sala y se recostó en el piano de su madre, que era guarida de ratones. El asedio de la noche anterior los había dejado sin ánimo y muy doloridos del cuerpo sobre todo por sofocar el incendio en la cocina y cuando ya no pudieron sostener el huerto refugiarse hasta que vino el alba debajo de la cama de baldoquín para evitar la lluvia de piedras que caía por los huecos de las ventanas quebradas y al salir del escondite con los ojos enrojecidos por el desvelo se habían asomado aún temerosos por la puerta de cristales que daba al balcón y empezaron a barrer soñolientos los proyectiles dispersos en el entarimado, piedras y frutas verdes. A esa hora se deshacía la neblina y el aire de la madrugada movía las palmeras. La carrilera se veía desde el balcón y unos trabajadores con herramientas caminaban en la vía.
       Estaba aún junto al piano cuando comenzaron a apalear las paredes con un ritmo insoportable y las primeras piedras cayeron sobre las tejas que al quebrarse golpeaban en pedazos contra el cielo raso, a desgajar las ramas de los árboles frutales, a desportillar los cercos. Andando siempre a rastras traspuso la puerta de la sala y entró al dormitorio encerrándose con llave.
       —Que se joda Avelino —gimió—, quién lo mandó a salir —y se encontró solo por primera vez a la hora de resistir y hasta entonces percibió el olor de orines envejecidos en el piso, de saliva, de zapatos viejos, cuando fue a refugiarse debajo de la cama. Desnudo como estaba sintió la rugosidad de las tablas en el pecho, las pequeñas estrías contra la piel adiposa y así bocabajo le molestaba la presión del medallón que usaba al cuello y en el que conservaba unos cabellos de su madre, lo único que había recibido a su muerte junto con la quinta. Avelino de la suya solo había heredado el ángel.
       Ya se habían resignado a no contar más con el primer piso, en el que almacenaban el café maduro, los aperos de corral, los fierros de labranza: fue cuando Avelino bajó descalzo las escaleras para llegar al baño que quedaba en un cobertizo detrás de la cocina y encontró la pileta cundida de cadáveres de ratones que nadaban entre las magnolias y los azahares vaciados por ellos todas las tardes en el agua para perfumarla, así que Avelino estuvo vomitando toda la mañana después de lanzar los ratones muertos al solar tomándolos con asco de la cola y no almorzó. Decidieron que ya nunca bajarían al baño, ni al excusado, prefiriendo hacer el cuerpo en las bacinillas con rosas en relieves que guardaban en las mesas de noche.
       Volvieron a caer las piedras sobre el techo y ahora sí parecía una lluvia interminable y su pensamiento no se apartaba de Avelino a esas horas, se estarán vengando en vos, solo en la oscurana, Avelino cautivo. Y las piedras cayendo como en el día del juicio final.
       El ángel que su madre había heredado a Avelino estaba en un rincón del aposento y era del tamaño de un hombre, fabricado de yeso pero con alas de pluma de garza. Le quitaban la túnica morada recamada con hilos de oro para limpiarla cada mes con kerosene y era el único tiempo en que el ángel permanecía desnudo. Cuando aún no eran víctimas del asedio, encendían al acostarse el farol del ángel y sin otra luz se metían a la cama con la ilusión de que, cerradas las puertas de la iglesia, el sacristán los había dejado dentro.

       Ahora sentía que andaban caminando sobre el techo, eran pasos que se oían claramente en la limaolla, y el yeso de las molduras del cielo raso se desmoronaba sobre los muebles de la sala. Y se protegió la cabeza, como si las piedras fueran a llegar a su escondite, acordándose también de su madre.
       —Me duele aquí —le había dicho señalándose el pecho mientras daba de comer guineos a los chocoyos reales en las jaulas de madera y fue escurriéndose hasta el suelo donde quedó de lado junto al pilar, su pequeña boca morada como en el acto de besar al aire para saludar al público al momento de terminar sus números de canto de aires operáticos en las veladas, solo que pálida, sin el esmalte que se ponía en la cara para aparecer sonrosada a la luz de las candilejas y el mismo con que retocaba sus santos con lo que no podía sin embargo reír para recibir los aplausos, enfundada en su vestido de terciopelo verde tan pequeño como un pañuelo, su rosa de papel en el pecho y sus zapatillas de gamuza deformadas por el sol y la lluvia y había dejado la tijera con la que podaba los rosales para acercarse a ella y oírla en la tarde dorada suspirar por última vez en el jardín de la quinta a una legua del poblado.
       Y así se quedó solo en la propiedad con su jardín de araucarias y canteros de jalacates, el traspatio sombrío con cipreses como un cementerio, las jaulas viejas y un palomar lleno de comején en lo alto de un chilamate, los rosales y las trinitarias, la casa con barandas y sus dos pisos perdida en la neblina de las madrugadas, el cafetal sombreado de platanares, al frente del huerto de naranjas, limas, nísperos, limones dulces y guabas, hasta que llegó Avelino que venía de otro pueblo y también había perdido a su madre, lo acogió en su casa y vivieron juntos desde entonces, pasándola de lo que daba la venta de las flores y las frutas. A la semana llegó por ferrocarril el ángel de Avelino y en un carretón lo transportaron de la estación a la quinta.
       —Regalémoslo a la iglesia —le había dicho cuando lo vio tan grande. Pero Avelino se resintió mucho porque era su único recuerdo, y ya no insistió.
       —Me van a botar la casa —gritó desde su refugio.
       Entonces eran ya carreras sobre las tejas.
       —Ideay, bájense de allí —volvió a gritar, pero ahora era peor, las tejas caían al patio en cascadas. Quieren entrar por el techo, pensó. Se van a descolgar al cielo raso y van a arrancar las tablillas. Tenían todo el barandal para subir, no era más que atar cuerdas a los postes y escalar. O tirarse de los árboles para caer dentro del corredor, la puerta de vidrio no tenía cerradura, solo un pasador que podían quitar metiendo la mano por los vidrios quebrados. Pero acaso no lo sabían.
       El derrumbe de las tejas continuó pero más lento.
       —Bájense, muchachos —suplicó.
       —No me gusta este asunto pero es mi deber —dijo el comandante—. Han venido quejas de que ustedes andan en cuadros inmorales.
       —¿Quién dice? —preguntó Septimio ofendido.
       —Bueno, quién no importa, pero allí dicen que ustedes viven juntos, que no salen de la quinta, cosas que no son de hombres. Yo solo les advierto. Indecencia no permito yo en este pueblo, así que vayan con tiento.
       —Capitán —dijo Septimio—, esas serán calumnias, vea…
       —No sé si serán o no serán, vaya yo a saber. Pero dense a respetar, jodido, ya están viejos. Usted, Septimio, podría ser bien mi padre.
       Cuando salieron del cabildo la gente se había congregado enfrente para verlos y hasta las afueras del pueblo los siguió una pandilla de muchachos, gritándoles y amenazándolos. Esa misma noche fue la primera de asedio.
       No sabía qué horas eran; tenía la boca amarga y estaba sediento, rendido. Tampoco cuánto tiempo había permanecido en la misma posición pero sí que eran horas de horas. Al rato todo cesó y oyó las voces que se alejaban. Así son siempre, ya parece que se van, pero vuelven, y Avelino, qué le habrán hecho, tan débil que es, grande pero débil con su asma, no aguanta. Se entredurmió con el olor a berrinche en las narices y vigilado por todos los ángeles que había en la casa, los que comenzaron a amar desde que el de estatura natural y que pesaba un mundo había entrado con gran dificultad al dormitorio y a Dios gracias su madre los tenía desde antes por todos lados; los pilares de la cama remataban en cabezas de querubes y en el gran espejo de la sala el tema de la moldura eran dos ángeles besándose en la boca, y en las puertas de los roperos, en las paredes, pegaban calcomanías con ejércitos entre las nubes.
       Los oyó volver y ya sabía qué estaba pasando: se orinaban en las begonias, las correntadas inundaban el jardín y Avelino afuera en el sereno, inválido; pensaba en Avelino librado a las manos de los asaltantes orinándose en las maceteras, en los baldes de regar, que tuvieran compasión, Avelino no resistía nada, orinándose por turnos, Avelino. Tenía las manos dormidas y llenas de saliva porque se consolaba del sufrimiento mordiéndoselas pero la voz de Avelino lo trajo del entresueño, en una hora muy lejana que no pudo precisar.
       —Soy yo, Avelino, abrime —le hablaba desde abajo y oía su voz casi perdida.
       —¿Quién anda allí? —le preguntó.
       —Yo, abrime.
       —¿No me estarán engañando?
       —No, abrime para poder subir.
       De nuevo Septimio caminó a gatas y llegó hasta la puerta de cristales, la empujó suavemente y vio que estaba amaneciendo.
       —Avelino, ¿qué te hiciste?
       —Aquí abajo estoy, en el jardín, ¿que no me ves?
       Septimio se puso de rodillas y se asomó por el barandal.
       —Andá abrime.
       —¿Ya se fueron?
       —Sí, ya, ya van lejos.
       Escasamente podía sostenerse en pie y atravesó la recámara, abrió la puerta y fue por toda la sala hasta la que cerraba la salida al final de la escalera. Abrió y ya Avelino estaba allí, como derribado y sangrándole la frente, nadándole en el cuerpo los grandes pantalones. Lo llevó a la mecedora y vio que tenía una herida sobre la ceja.
       —¿Qué te saliste a hacer?
       —Tenía hambre y fui a buscar qué comprar.
       —¡Bárbaro, hasta el pueblo!
       —Cuando regresaba los encontré en el camino. Desde allá me trajeron.
       Lo había sentado con mucho cuidado y fue a buscar alcohol a las gavetas del chifonier, trajo una sábana que desgarró en tiras para hacer una venda y un aguamanil.
       —No tenías nada que salir a hacer, Avelino.
       —Tenía mucha hambre, no creí que me fuera a coger la tarde.
       Septimio le limpió la cara bañada en sangre.
       —¿Estás seguro que ya no vuelven?
       —No, ya no. Se orinaron en las flores y se fueron. Hasta entonces me soltaron.
       —Tenés una herida, no te movás. Hay veces que parece que se van, pero vuelven.
       —No, hoy no porque ya está amaneciendo.
       Quitó el aguamanil del pie de la mecedora y retiró el resto de la sábana que no iba a utilizar. Antes de vendarlo se puso los lentes para examinarle la herida.
       —¿Te duele?
       —Un mundo.
       —¿Y qué es lo que te hicieron? —le preguntó mientras lo curaba.
       —Pues nada, herirme.
       Septimio se quedó callado. Avelino se desabrochó la camisa, buscando a tientas los botones y el vientre le desbordó sobre la pretina del pantalón.
       —Me pegaron una pedrada —le dijo llorando. La lámpara hacía visibles sus dientes de oro.
       —Te he dicho que nunca hay que salir, ya viste.
       —Pero es que el hambre era horrible. Compré biscotelas y una lata de sardinas.
       Cuando lo había vendado lo condujo por la sala y penetró con él al aposento para dejarlo en la cama. Avelino se llevó la mano a la frente mientras iba acostándose.
       —Septimio.
       —¿Qué?
       —Me llevaron al monte, me arrastraron.
       En la esquina el ángel estaba desnudo.
       —Mañana hay que vestir al ángel, Avelino —dijo Septimio y se acostó.
       —Sí, mañana.
       Le dolía terriblemente la cabeza y hablaba con los ojos cerrados.
       —Me dijeron: no hables si no querés morir.
       —¿Y cómo son, Avelino?
       —Sucios y crueles —respondió quedamente.
       La neblina invadió el aposento y en la cama Septimio era casi calvo; sobre la cabeza de Avelino parecía que habían vertido ceniza.



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