Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


Bendito escondido
Nuevos cuentos
(León, Nicaragua: Editorial Universitaria, 1969);
Cuentos completos
(México: Alfaguara, 1996, 340 págs.);
Cuentos completos
(México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 340 págs.)



Y la vida es misterio
RUBÉN DARÍO


      —¿Reconoce la pulsera, señora?
       —Claro que sí, por el dije.
       Una bandada de palomas negras se desató de la copa del guarumo cuando les llegó la pedrada.
       —Son de San Nicolás, Tito, se echa de ver por lo cenizo —y de nuevo Gabriel recogió una laja fina y la montó en la tiradora. Pero ya todas las palomas habían volado.
       —Ahora vámonos para la cueva al consejo secreto —y me tomó del brazo para subir al barranco. En lo profundo de la quebrada corría un arroyo casi seco, que desaparecía a trechos en una especie de lodazal para vertirse más adelante en unas pozas de agua pura cubiertas de hojas de almendro rojas y amarillas que las ardillas apartaban con el hocico para beber. Yo escapé de resbalar pero él me sujetó.
       —No tengás miedo, capitán. ¿Qué no sos capitán?
       —Sí —dijo Tito con miedo—, sí soy.
       —Arriba pues —y seguimos subiendo.
       —¿Qué queda por recuperar?
       —Solo la plancha eléctrica —dijo el teniente revisando la hoja de denuncia—, parece que fue vendida a un tope, pero ya estamos averiguando.
       —Esa plancha era cara —dijo la señora.
       —Valorada en ochenta y cinco córdobas —agregó el marido.
       —Se hallará —aseguró el teniente—, sigamos.
       Gabriel se sentó sobre la piedra con la camisa abierta porque no tenía botones. Era alto y huesudo y los colochos abundantes le caían sobre la cara. Le decíamos boy pero no le gustaba.
       —Jefe, ¿qué vamos a hacer ahora? —le preguntó Tito jadeando.
       —De aquí a un rato bajamos de nuevo la quebrada y salimos al otro lado, en el guayabal. Cuando estemos allá voy a dar mis órdenes.
       Los invisibles levantaron las espadas de palo. Yo me acerqué al jefe y le hablé calladito.
       —Ya está oscureciendo, Gabriel.
       —Vos sos una niña.
       —Es que me pueden pegar en mi casa.
       —Lo que andás buscando es que te expulse de la patrulla del diablo —y se rio. Yo sabía que no me podía expulsar porque habíamos jurado fraternidad con sangre, como los bucaneros del Caribe.
       —Si son mentiras hom —me dijo—, te podés ir, allí nos vemos más noche en luneta. Van a dar una de Tim Holt.
       —Bueno —contestó Tito y salió corriendo.
       —Una soguilla de oro con su cruz.
       —Aquí está. Falta la cruz.
       —Deben haberla vendido por aparte. Va a tener que hacerse otro interrogatorio.
       —Esa cruz es herencia de mi tía Herminia, teniente.
       El tesoro escondido estaba enterrado en el parque, veinte varas al sur del malinche. De la torre de la iglesia se veía bien todo y era fácil hacer un plano. Yo llevé papel de oficio y el lápiz azul que saqué de la caja de lápices de colores.
       —Ayer te fuiste con mi permiso pero no llegaste al cine, capitán.
       —Es que no me dejaron.
       —Vos no podés ser de la patrulla, sos hijo de dominio.
       Estábamos acuclillados en el campanario, observando el terreno. Olía a chinche y a murciélago y cuando íbamos subiendo las gradas teníamos que caminar agachados para no rozar los alambres eléctricos.
       —Perdón, jefe —dijo Tito.
       Gabriel era mayor que Tito, ya tenía bozo; en su mano derecha usaba un anillo de cobre con una calavera que yo le había regalado cuando me hice de la patrulla y ese anillo se lo había dejado empeñado a mi papá un guardia por un préstamo. Yo lo saqué del ropero.
       —Bueno —consintió el jefe—, pero con una condición.
       Yo me puse de pie. Era como había que ponerse para recibir una orden.
       —Diga, jefe.
       —Vas a ir a traerme pan dulce a tu casa. Tengo hambre.
       Y bajé solo los escalones para ir a mi casa por el pan porque sabía que el jefe no había almorzado, yo sabía las veces que él y su papá comían porque en mi casa había venta y yo le despachaba, así fue que nos hicimos amigos y fundamos la fraternidad eterna. Vivían frente a mi casa en una cuartería con un corredor a la calle y que antes había sido hotel de convalecencia; allí vivían también un carpintero que fabricaba ataúdes de niño y una dulcera que hacía palomas y corderitos de cajeta de leche. Un día llegó Gabriel con su papá al pueblo y alquilaron una de las piezas y del carretón que llevó sus trastos bajaron una mesa larga, una cama de palo y dos taburetes. Gabriel dormía con su papá, que era sastre y músico, tocaba el helicón en las procesiones y en las misas y Gabriel le sostenía los papeles para que fuera leyendo mientras tocaba. Otras veces el jefe llevaba de esos papeles rayados y allí se dibujaban los planos de guerra.
       —Hoy no vinieron —dijo Gabriel comiendo.
       —¿Quiénes, jefe? —preguntó Tito.
       —Los miembros invisibles de la patrulla diabólica.
       —Sí, tienen días que no vienen —respondí con tristeza.
       —Estos miembros invisibles cada día son más cobardes. Vamos a tener que hacer una purga secreta.
       —Ya solo vamos a ser dos, jefe.
       Y nos quedamos en el campanario mientras oscurecía.
       —Un relicario.
       —Es un guardapelos, teniente.
       —Aquí está, intacto.
       —Solo los cabellos no aparecen —dijo el marido.
       —Lo que más me duele, eran de mi mamá.
       —Esos sí que no van a poder encontrarse ya. Imagínese.
       En un claro de la selva izamos la bandera de la patrulla y la saludamos cuando llegó al tope del asta.
       —Ahora vamos a jugar bendito escondido.
       —¿Quién va a esconderse?
       —Vos.
       —No me busqués hasta que contés veintiuno, Tito, sin hacer marrulla.
       Y el jefe desapareció en el bosque. Yo me quedé contando hasta veintiuno y cuando terminé me quité las manos de los ojos y me di vuelta; estaba parado en un lecho de hojas de chagüite, húmedas y con olor a podrido; avancé unos pasos en dirección a la cueva, pero por detrás de mí sentí que algo se arrastraba; di un brinco pero no había nada, serían seguramente lagartijas. Grité llamando a Gabriel, pero nadie me respondía. Era como estar en el fondo de un pozo. Entonces me puse a llorar.
       —Un sombrero con su badana.
       —A ver, ese es mío.
       —Está muy viejo.
       —Sí, pero todavía puede servir, a ver.
       —Aquí tiene.
       —Con vos ya no se puede jugar.
       —Es que me dejaste solo.
       —¿No ves que estaba escondido?
       —Mejor vamos al territorio de los enanos bandar.
       —Sí, hay que proteger de los invasores el trono de la calavera —y corrimos tocando música con la boca. Las lágrimas de Tito ya se habían secado y ahora lo que tenía era vergüenza.
       —Tito —le dijo el jefe cuando llegaron a la cascada que protege la entrada del trono.
       —¿Qué desea?, mariscal.
       —Creo que mejor vamos a disolver esta patrulla.
       —¿Ya no querés ser el que nunca muere? —pregunté.
       —No es eso, capitán. Es que me voy a ir de este pueblo.
       —¿Por qué? —le dije temblando.
       —Me voy a rodar fortuna. Van a darme un empleo en los caballitos.
       —Yo me voy con vos, Gabriel.
       —No. Esta misión va a ser peligrosa. Vos tenés que quedarte aquí a vigilar la fortaleza. Hay que obedecer las órdenes.
       —Sí, duende que camina —le respondí. Y al día siguiente cuando levantaron la rueda de los caballitos y se los llevaron a otra fiesta patronal Gabriel desapareció y ya nunca más volví a ir a la cueva de la calavera que quedó perdida en la maleza ni a encontrarme con los miembros de la patrulla invisible que merodeaban por la torre, buscando el plano que el jefe dejó escondido para siempre.
       —Una pluma Parker 41.
       —Mirá, le rompieron la bomba.
       —Es solo por hacer el mal.
       —Esto lo dejo, no sirve.
       —Tiene que llevárselo todo; después va a firmar un recibo.
       —Yo ya no podía seguir allí. Me andaban siguiendo la pista desde que me metí a la escuela de varones; no había nada de valor pero tuve que quebrar la puerta de la dirección y apenas encontré una alcancilla de los alumnos que tenía doce pesos. Y después, en el beneficio de café, por nada me ven saliendo de la oficina. Así que no tuve más remedio que volar, figúrate, sin ninguna experiencia y con mi papá allí; él no sabía nada de eso. Me dieron de ayudante de colector en la rueda de los caballitos y con ellos anduve de pueblo en pueblo. Primero nos fuimos a San Marcos y allí me estaba él esperando en el parque, la noche que comenzamos a armar.
       —¿Habías quedado con él en verte?
       —No. Se lo había prohibido. Como jefe —y se rio.
       —¿Y qué le dijiste?
       —Mirá, yo tenía mis maneras de asustarlo. Nos saludamos con la señal de la patrulla. Ya que está aquí, muy bien, capitán. Pero ahora te voy a llevar donde las mujeres malas, para que conozcas. Pensé que lo iba a agüevar. Traje con qué, me contestó. Y sacó de la bolsa un puño de billetes.
       —¿Los cojistes?
       —¿Vos querías saber la primera vez que caí preso? Fue allí. El papá de él mandó un exhorto y nos capturaron a los dos. Me acusaron de corruptor de menores y delante de todo el mundo, en la sala de bandera, el señor le metió una vergueada al hijo. Al día siguiente me soltaron.
       —¿Y después?
       —Seguimos en la gira, siempre andábamos en gira. La Concepción, Catarina, La Conquista, Popoyuapa, Santa Teresa, Niquinohomo. Para que mi papá no me hallara me cambié el nombre.
       —¿Y cómo te pusiste?
       —A saber, ya ni me acuerdo. Desde entonces solo me dicen Gacelita.
       —Bueno. Pero ya en el oficio, ¿cuándo fue que caíste primero?
       —Fue en Nandaime. Llegó la guardia a registrar a la rueda de los caballitos y encontraron todas las cosas que yo me había sacado de una pulpería, escondidas en una caja de música que cargábamos como adorno pero que no tocaba. Los capturaron a todos, los mecánicos, los colectores, el fichero. Tuve que confesar. Desde entonces ya no tuve oficio fijo y comencé a andar en lo que he andado. Magia negra.
       El otro preso se rio.
       —Es cierto. Vos has sido un mago en esto. Se te rinde el sombrero. ¿Cuántas veces por todas?
       —Siete con esta.
       —Es todo lo que está en la lista.
       —Exceptuando la plancha y la cruz, está completo.
       —Tuvieron suerte. La mayoría de las veces cuesta recuperar.
       —¿Me presta la lista? Quisiera revisarla con calma en mi casa.
       —Cómo no. Tome esta copia.
       —Yo se la devuelvo.
       —No hay necesidad.
       —Y esta vez, Gacelita, ¿cómo fue que caíste?
       —Por pendejo, ya vas a ver.
       —Te amuinaste.
       —Siempre entro a trabajar con la cara llena de contil y sin camisa, así ni quien te distinga. Pero la mujer me tenía loco con unas chapas que quería. Entonces se me ocurrió regresar al pueblo ese donde habíamos vivido y al que no volví nunca, ni siquiera para el entierro de mi papá.
       —¿Allá murió?
       —Le dio un vahído tocando en la iglesia y se fue contra el atril. Pero no murió del golpe, fue del corazón. Sin precaución ni nada entré por la tapia trasera. Serían apenas las diez.
       —No parecen cosas tuyas, Gacelita.
       —Ya tenía traspuestas dos fundas llenas. A la tercera y con un ropero abierto me enfocaron con una lámpara de batería. Era la dueña. Solo tuve tiempo de saltar y correr a la tapia, recogí los dos costales.
       —Bueno, ya sabe que estamos para servirlo.
       —Vinieron a Managua a la investigación y ella me reconoció en los archivos de retratos.
       —Ojalá no vuelva a necesitar de ustedes, teniente, en un trance de estos.
       —Es verdad, ojalá. Adiós, señora.
       —¿Tenés una chiva?
       —Ni una, mano, volaron todas.
       —Ahora cambiamos una por la chupeta.
       —Ve, ¿y él llegó con la esposa al careo?
       —Sí, llegó.
       —¿Y te recordaría?
       —No creo. Aquellos eran otros tiempos. Y uno así en la facha que anda. Y en lo que anda.
       —Ya estás viejo, Gacelita. Antes ni el colazo se te veía.
       —Está brisando —le dijo la esposa—, mejor cojamos un taxi.
       —Sí, en la esquina. Este motete pesa.



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