Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


Flores oscuras
Flores oscuras
(Madrid: Editorial Alfaguara, Colección Hispánica, 2013, 226 págs.)



Para Arturo Echavarría

      A finales de septiembre de este año, después de un mes en Villa Serbelloni, la espléndida residencia para escritores y artistas que se alza encima de la pequeña ciudad de Bellagio, en la ribera del lago de Como, me quedé por unos días en Milán con Tulita, antes de tomar el avión de regreso a Nicaragua. Llega un momento de la vida en que lo primero que se busca de las ciudades son los museos, y queríamos ver, antes de nada, el Cenáculo de Leonardo en Santa Maria delle Grazie; pero como los grupos admitidos a horarios determinados al refectorio del convento son pequeños, al no haber entradas para ese día decidimos adelantar el siguiente paso del programa, y nos fuimos a visitar la pinacoteca de Brera.
       Después de cumplir con el ritual de detenernos frente al Cristo muerto de Mantegna nos separamos, cada quien dedicado a sus propias exploraciones, y convinimos en encontrarnos a las cinco y media de la tarde en la puerta del bistrot Fiori Oscuri donde habíamos almorzado, en la calle del mismo nombre, muy cerca de la pinacoteca.
       La primera estación de mi recorrido es la Última Cena de Daniele Crespi. Copio mis notas: “Judas Iscariote, colocado en primer plano, a la derecha, un tanto apartado de los demás, se vuelve para mirar a la cámara, porque aquí el pintor hace el papel de fotógrafo. Descalzo, aparece vestido con una túnica gris de tela basta, y lleva un manto rojo que le resbala del hombro, la barba y el cabello rizados y muy negros. La preocupación es evidente en el rostro avejentado, una preocupación ardiente, exacerbada. En la mano tiene una bolsa pequeña verde oscuro, que puede ser la de las famosas treinta monedas, pero existen otras razones para que esa bolsa esté en su mano, y la muestre en lugar de esconderla: debemos recordar que fungía como tesorero del grupo, y puede que de allí haya proveído para los gastos de viandas y servicios de la cena a la que están convocados.
       “Sobre la mesa hay una suculenta pierna de cordero en una fuente; en otra cercana, sardinas, y en otra un pescado entero, seguramente del mar de Galilea donde la mayoría de los discípulos faenan en sus barcas tirando las redes. También hay rodajas de limones y panecillos, y lo que parece ser un salero. Los alimentos están intactos, lo que quiere decir que la cena aún no ha empezado.
       “¿Comerá algo Judas esa noche? ¿Probará de ese cordero perfumado con orégano, que el cocinero ha adobado con especias? ¿O de las sardinas, las famosas sardinas de Genesaret, puestas nada más sobre las brasas? ¿Del pescado, asado en una envoltura de hojas de vid remojadas en aceite de oliva, de la que ha sido despojado antes de traerlo a la mesa, posiblemente una perca, o un barbudo? Es poco probable. Su estómago no está para manjares, más bien debe brincarle de la desazón. Ya hizo lo que hizo, o lo que el destino, o la divinidad, que siempre son lo mismo, le han obligado a hacer. ¿Cómo no va a estar entonces tenso, inquieto, a punto de resbalarse del banco?
       “Judas tiene en la mano, sin embargo, un trocito de pan que ha pellizcado de una de las hogazas. Hay quienes pellizcan el pan de puros nervios. Otro de los discípulos alza un cuchillo como quien amenaza, pero su gesto solo demuestra que está dispuesto a entrarle a la pierna de cordero apenas tenga licencia para ello. La animación es general, nada de caras largas ni asustadas, puesto que aún el Maestro no ha dejado caer sobre sus cabezas el jarro de agua fría, o hirviente, que será aquello de en verdad les digo que ya sé que uno de ustedes me traicionará. Qué más se necesitaba para sembrar la confusión y la desconfianza entre el grupo errante en el que no deja de haber intrigas y amagos de reyerta a la menor discusión”.
       Guardo la libreta y aún no sé para qué habrán de servirme esas notas. Casi nunca se sabe. Una libreta, los márgenes de las páginas de las guías de los museos, el revés de una tarjeta de visita, cualquier espacio en blanco es útil. Algunas resultan de provecho cuando uno se encuentra de nuevo con ellas revisando papeles viejos, y las relee, pero en la mayoría de los casos, debido a que la atmósfera de apuro febril en que fueron escritas se ha disipado, se vuelven como esas hojas de otoño que se guardan entre las páginas de los libros y allí se marchitan, mostrando el esqueleto de sus nervaduras.
       Sigo mirando a Judas, muy cerca del cuadro, tanto como lo permiten los sensores electrónicos. En esas estoy, cuando escucho una voz muy cortés a mi espalda.
       —Signore, posso…
       Me aparto, creyendo que estoy estorbando. Cuando me vuelvo encuentro a un visitante de una edad parecida a la mía, de estatura media, el pelo y la barba de rizos tan negros que no puedo dejar de atribuirlo a la eficacia de un buen tinte, aunque yo tampoco tengo canas y no uso tinte de ninguna clase, con lo que mi sospecha puede ser gratuita; va vestido con toda corrección, una chaqueta de pana color castaño, de esas que tienen refuerzos de cuero en los codos, y la corbata violeta oscuro bien anudada. Tiene pinta de profesor universitario. Me sonríe, y la sonrisa descubre sus dientes manchados de nicotina.
       —¿Puedo solicitarle el favor de que vea en la placa la fecha en que ese cuadro de Crespi fue pintado? —me pide—. He dejado los lentes en el hotel…
       Le respondo que con todo gusto.
       —Entre 1624 y 1625 —leo.
       —Necesito aún otro favor, la fecha de otro cuadro. ¿Puede venir conmigo? —murmura, con aire apenado.
       Yo lo sigo, con obediencia cortés, hasta otra de las salas cercanas, y nos situamos frente al Cenáculo de Rubens.
       El cenáculo, el aposento alto. Según cuenta Marcos, el primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando se sacrifica el cordero en recuerdo del éxodo del pueblo judío desde Egipto, uno de los discípulos preguntó al Maestro dónde quería celebrar la cena conmemorativa, y entonces Él envió a dos de ellos a buscar por las calles de Jerusalén a un hombre que les saldría al encuentro cargando un cántaro de agua. Lo deberían seguir hasta que entrara en una casa, y allí preguntarían al dueño por el aposento alto donde todos ellos se juntarían al caer la noche.
       Es un episodio que siempre me ha turbado. El Maestro no deja nada al azar. Los dos discípulos buscarán a un aguador desconocido por las estrechas calles llenas de gente atareada en un día de fiesta, mercaderes sentados en el suelo con sus géneros desplegados, mujeres que regatean con los carniceros el precio de un cuarto de cordero, pregones y disputas; ellos se apartan contra las paredes para dar paso a los sirvientes cargados de canastas, pero sin descuidar la mirada, estorbada de pronto por el paso de una pareja de burros que llevan leña, o de un camello que se niega a avanzar. Un aguador entre muchos aguadores, al que nunca han visto y con el que sin embargo tendrán un encuentro inevitable.
       Antes de que me lo pida, me acerco para leer la placa y le doy la fecha del cuadro: 1632.
       —Entonces, es imposible —dice, con un leve suspiro que denota que sus dudas han sido resueltas.
       —¿Es imposible qué cosa? —le pregunto.
       —Que Crespi haya imitado a Rubens en lo que hace a la representación de Judas, pues ya ve que su Última Cena fue pintada primero, unos ocho años antes —responde—; pero el parecido entre ambas figuras es asombroso.
       Tiene razón. Judas es el mismo en ambos cuadros, y aquí otra vez aparece en primer plano, siempre al lado derecho de la mesa, también un tanto apartado de los demás, de nuevo la barba y el cabello rizados y muy negros, y lo único que varía es el color de sus vestiduras, pues lleva una túnica azul, y el manto, que otra vez le ha resbalado del hombro, tiende al amarillo.
       —Entonces, a lo mejor fue Rubens quien copió a Crespi —le digo.
       —A lo mejor —dice él, encogiéndose de hombros—. No sería el primer caso en que un pintor mayor saquea a otro menor, o, mejor digamos, menos famoso.
       Nos quedamos silenciosos, entregados a la contemplación del cuadro, y mientras tanto yo hago mis notas mentales, que después escribo en el hotel, pues me siento cohibido de sacar mi libreta en su presencia: “la mesa está limpia, no quedan ni mendrugos porque es obvio que la cena ya pasó, y solo hay una copa de vino sobre el mantel. El Maestro ya respondió lo que habría de responder a la pregunta de Judas, ¿acaso seré yo, Maestro?, con el lapidario tú lo has dicho, que deja a todos espantados primero, y luego murmurando por lo bajo. A esas alturas ya apesta el estigma de su traición, y sin embargo sigue allí sentado; no puede haber nada más incómodo.
       “Es, a fuerza, un personaje central. El otro personaje central del drama que se desarrolla esa noche a partir de la cena es, obviamente, el Maestro. Los demás discípulos, incluido Juan, que siempre está reclamando ser el más amado, son en ese momento actores secundarios en el reparto. Algunos lo serán para siempre. Solo los muy versados pueden recordar el nombre de cada uno de ellos.
       “El Maestro, los ojos alzados hacia el Padre, bendice el pan, y el único que no atiende la liturgia es Judas, la pierna cruzada, otra vez descalzo, el rostro vuelto hacia la cámara. Ya no denota nada más preocupación, sino angustia, que se revela sobre todo en sus ojos, la mano empuñada en la boca como si quisiera morderla. A sus pies hay un perro, consabida encarnación del demonio”.
       —En la Última Cena de Bartolomeo Carducho, que se está en el museo del Prado, también hay un perro a los pies de Judas, medio escondido debajo del mantel, y cerca de él un hueso que le han tirado —dice de pronto el desconocido—. Pero se trata de un espécimen muy pequeño para encarnar al demonio, como aquí; un perrito de salón al que bien se podría poner un coqueto lazo de seda al cuello.
       Me siento incómodo. Su comentario acerca del perro me crea la sensación de que se está asomando por detrás de mi hombro a las notas de mi libreta, cosa absurda, pues no estoy tomando ninguna, más que en mi mente.
       —¿Ha visto, por otra parte, la Última Cena de Veronese? —me pregunta, observándome con cuidado, como si quisiera comprobar que soy un interlocutor que vale la pena—. Está en la Galleria dell’Accademia, en Venecia.
       No me da tiempo de decirle que ese cuadro, espléndido en sus grandes dimensiones, se quedó en mi memoria desde que lo vi por primera vez en 1975, y que he vuelto a él en cada nueva visita a Venecia; pues me toma por un brazo y me lleva hacia la ventana que da al claustro central donde se alza la estatua ecuestre de Napoleón Bonaparte. Habla en voz baja, para no distraer a los visitantes, y todo toma la apariencia de que urdimos algún tipo de conspiración.
       —Veronese pintó una cena donde el Maestro aparece rodeado de mercaderes, soldados ebrios que se lían a puñetazos hasta sacarse sangre de las narices, saltimbanquis, bufones, enanos deformes, niños entretenidos en sus juegos, perros y cotorras, legiones de criados africanos, y entre todos ellos, apenas se distinguen los discípulos, que parecen desentonar en aquel festín —dice sonriendo.
       —A Veronese lo sentaron delante del tribunal de la Inquisición, y tuvo que cambiar el nombre al cuadro después de que trató de defenderse con juegos de palabras, hasta que se dio cuenta que con el Santo Oficio no se bromeaba —digo con suficiencia herida—; el cuadro pasó a llamarse entonces Fiesta en casa de Leví.
       El Maestro departe contento entre tantos extraños, despreocupado de la extravagancia de la fiesta. Tiene una gran bandeja de cordero frente a Él, mientras Judas, de rojo, en su lugar de siempre, luce afligido y mira hacia atrás, como si no quisiera dejarse sorprender por la espalda. El perro se halla otra vez cerca de sus pies. Debe haber un gran rumor de voces discordantes entretejidas, el ruido de platos y fuentes que caen de las manos de un criado ebrio, debe haber música, alguien que canta una canción melancólica sin que nadie le preste atención en medio de la algarabía que llega hasta la calle.
       —Sí, Leví, el odiado publicano, recaudador de tributos del imperio, que deja sus riquezas para seguir el llamado del Maestro, pero antes dará una fiesta de despedida, y se convertirá luego en Mateo, el discípulo evangelista —dice, sin dejar de sonreír.
       —El Maestro confió más en Leví que en Zaqueo, que también era un rico recaudador de impuestos —le digo—. Lo halagó yendo a hospedarse en su casa, y luego lo puso de buen ejemplo, pero Zaqueo solamente ofreció entregar la mitad de su capital a los pobres; no bastaba la mitad para entrar en el número de los discípulos.
       El guarda uniformado de gris, de pie en una de las puertas de la sala, un anciano que muestra señales del mal de Parkinson por el temblor de una de sus manos, nos mira con severidad, a pesar de que nuestras voces apenas se escuchan.
       —¿Y la Santa Cena de Juan de Juanes que está en El Prado, la conoce? —me pregunta.
       —Por supuesto —respondo, como un buen alumno que pelea por su nota.
       En ese óleo sobre tabla, de encendidos colores, los apóstoles aparecen arrobados y beatíficos alrededor de Jesús que alza la hostia. Todos, excepto Judas, ahora pelirrojo y vestido de amarillo, otra vez en primer plano a la derecha, su sitio invariable, listo para lanzarse escaleras abajo al menor signo de amenaza contra él. Presa de insoportable tensión, se agarra con una mano al banco donde está sentado.
       En la mesa no hay más que una garrafa de vino y algunos panes. A esas alturas los criados ya han levantado el servicio, y de seguro hubo cordero cocido, o a las brasas, una pierna magra o un costillar; y a lo mejor dátiles, más el pan ácimo, si suponemos en todo una frugalidad impuesta por la tradición, y por la pobreza de los comensales. Nada de la cena espléndida que vio Veronese.
       —Como es costumbre —dice con su leve sonrisa el desconocido—, Juan de Juanes puso la aureola de la santidad sobre la cabeza de los discípulos, pero no le colocó ninguna al Maestro, pues se sobrentiende que no la necesita.
       —Ni al traidor, faltaba más —digo yo.
       —Bueno, sí, traidor —dice él—. Una creencia consumada por los siglos a la que es inútil oponerse.
       Habla ahora con melancolía, asomándose por la ventana al claustro por el que cruzan de manera indolente los visitantes que entran y salen del recinto.
       —De todas formas, tanto el Maestro como Judas tenían marcados sus movimientos en el guión —digo yo—. Ambos saben que deben encontrarse en la siguiente escena, la de la entrega en el huerto mediante el beso en la mejilla.
       —Sí —dice él, y vuelve hacia mí sus ojos llenos ahora de pesadumbre—. You need two to tango.
       Y luego, la soga. La desesperación, sombra o símil del arrepentimiento, lleva a Judas a buscar una soga bien trenzada y un árbol de ramas resistentes, un sicomoro. Abundan los sicomoros en el Nuevo Testamento. Zaqueo, el que solo está dispuesto a entregar la mitad de lo que tiene, se sube a un sicomoro deseoso de ver pasar al Maestro por una calle de Jericó, pues es corto de estatura y no quiere estar dando saltitos entre la muchedumbre para poder asomarse. Un enano vestido con opulencia, que no deja de ser cómico aunque sea rico. Zaqueo, bájate de allí, le ordena el Maestro cuando lo descubre entre las ramas, y se lo habrá dicho con algo de diversión.
       —En lo que hace al suicidio de Judas existen contradicciones —le digo sin proponérmelo, como si mis pensamientos buscaran por su cuenta mi boca.
       “Que se ahorcó, afirma Mateo. Aturdido por el remordimiento, Judas compareció delante de los sumos sacerdotes para devolverles el dinero que le habían pagado por la traición, y como no quisieron aceptárselo, se lo tiró a la cara, y corrió a buscar el árbol consabido del que colgarse. Pero en los Hechos de los Apóstoles se dice que más bien compró una finca con las treinta monedas, que ya se ve era mucha plata, y un día cayó de cabeza, se reventó por el medio y se derramaron sus intestinos. No se explica la edad que tenía para entonces, ni nada más. Pudiera ser que hubiera muerto ya muy viejo. Viejo y dueño de algunas yugadas de tierra para cultivar trigo, un olivar, un molino, un rebaño de cabras, algunas ovejas”.
       —Hay mucho de falacia en todo eso —dice el desconocido—. A lo mejor ni siquiera recibió dinero por lo que debía hacer. ¿Para qué lo quería si de todos modos sabía que debía ahorcarse, porque su propia muerte era parte del pacto?
       —Entonces, ¿usted descarta que haya comprado una finca con las treinta monedas, y que haya muerto despanzurrado? —le digo.
       —Definitivamente —contesta—. En el guión estaba escrito que debía ahorcarse. No tenía escogencia ninguna. Usted mismo acaba de reconocerlo.
       La conversación ha empezado a fastidiarme, y pienso en lo que me queda ver del museo, ya corto de tiempo.
       —¿Ha leído el evangelio de Judas? —me pregunta con inquieta curiosidad, y me detiene por el brazo, adivinando que estoy dispuesto a marcharme.
       Le digo que sí. En National Geographic, cuando se hizo todo el show de su publicación. Otro evangelio apócrifo.
       —Sí, ha sido relegado a los evangelios apócrifos, una palabra que es de por sí una descalificación arbitraria —dice—. Bueno, pero lo que allí se deja claro es que este caballero, Judas, no hizo más que cumplir con el plan divino trazado por el propio Maestro. ¿No estamos ya de acuerdo en eso?
       Asiento a desgano. Si el hombre del cántaro entró por una puerta determinada, fue porque Él lo quiso. Si Judas lo entregó con un beso, fue porque Él lo quiso; si Pedro lo negó tres veces, fue también porque Él lo quiso. Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré, fanfarronea Pedro, y el Maestro ya sabe que cuando lo vea prisionero, lo negará. Negará que lo conozca, acobardado, y ya Él de antemano le ha advertido que un gallo cantará a la tercera vez, para recordarle su inconstancia. Es un gallo que se burla de Pedro. Un gallo cualquiera, de un patio cualquiera, que canta a una hora que no debe porque aún está lejano el amanecer.
       —Alguien da cuerda a los dos personajes. Uno va a morir crucificado, el otro va a colgarse de un árbol. Ninguno de ellos puede escapar —dice, con aire sombrío. Ha empezado a sudar; el sudor moja su frente, su nariz, su cuello.
       Quien quisiera escapar soy yo mismo. Miro el reloj. Adiós al resto de mi visita a la pinacoteca.
       —El que meta conmigo la mano en el plato, ese me va a entregar —dice, como si hablara consigo mismo.
       —Y Judas la metió —digo yo.
       —Pero no se trata de un acto de imprudencia —dice él—. ¿Es posible que alguien que prepara una traición sea tan estúpido como para revelar de esa manera la trama de sus designios, si no es porque nadie puede variar una coma de lo escrito?
       Uno de entre ellos lo va a traicionar, anuncia el Maestro. Y entristecidos, los comensales preguntan por turnos: ¿seré yo, Señor? Parecen niños asustados ante la inminencia de una rifa en la que nadie quiere sacar el número premiado. Es cuando Él dice: el que meta la mano conmigo en el plato, ese me ha de entregar.
       —Y para que suene como una traición real: bueno le fuera a aquel hombre no haber nacido —dice el desconocido, otra vez ensimismado.
       —Estamos frente a unos hechos oscuros, en los que hay que buscar la verdad a ciegas, y algunos se auxilian con la imaginación —respondo yo, por decir algo.
       —Nada cuesta imaginar —dice él—. Yo, por ejemplo, imagino que tres días antes de la celebración de la Pascua, ambos, el Maestro y su discípulo de confianza, nada menos que su tesorero, se juntaron a solas, y allí Judas recibió instrucciones precisas acerca de lo que debía hacer: ir en busca de los sumos sacerdotes, proponer la entrega bajo paga, convenir el precio, y luego presentarse, como si nada, para participar en la cena. Pero el hecho de que esté de acuerdo con su papel no quiere decir que no le pese la traición, y que no tenga miedo porque sabe que va a morir. Lo mismo le pasa al Maestro. Hasta el último momento tiene miedo.
       —Eso de la reunión privada entre los dos está en el evangelio de Judas —le digo.
       ¿Por qué sigo aquí?
       —Sí, está escrito en ese evangelio que usted llama apócrifo —responde—. Tú serás el decimotercero, y serás maldito por generaciones, y vendrás para reinar sobre ellos, le dice el Maestro a Judas. Eran doce con Judas, según las demás fuentes, aquí son trece. Pero eso no tiene relevancia. Lo que tiene relevancia es que de ese plan que urden entre los dos, alrededor del que gira toda la pasión, se desprende que el más querido del Maestro era Judas, y no Juan. A Juan le encarga a su madre, pero a Judas le encarga su muerte.
       —Eso es apostasía —le digo riendo, y miro otra vez mi reloj, ahora de manera ostensible.
       —¿Qué mayor muestra de confianza puede haber que darle a alguien el papel de traidor? —responde, muy agitado—. Tú los superarás a todos ellos, le dice el Maestro, refiriéndose a los demás discípulos. Porque tú sacrificarás al hombre de carne y hueso que me cubre. Y todavía le dice más: la estrella que indica el camino es tu estrella.
       —La estrella de Lucifer, el portador de la luz —le digo yo—. Uno y el mismo. Judas y Lucifer.
       Ha sido una manera de provocarlo, pero he ido demasiado lejos.
       Me mira con severidad que se transforma en decepción, como si yo lo hubiera defraudado, y da la vuelta sin despedirse; y aunque no debería importarme, me siento incómodo.
       Son las seis de la tarde. El anciano guarda perlático, contento de que haya terminado la jornada, anuncia que es hora de cerrar. Soy de los últimos en salir. A mi espalda, las luces de las salas se van apagando.
       No veré nunca más a este personaje, que se quedará en mis notas, aunque ya me servirá para algo lo que apunte de él, me voy diciendo mientras bajo la escalera de piedra que lleva al claustro. Pero él me está esperando al pie, vigilando cada uno de mis pasos, como si temiera que fuera a caerme. A la luz del atardecer me parece ahora desaliñado, los zapatos viejos y torcidos; y la corbata violeta, que muestra reflejos tornasoles, denuncia más bien su mal gusto.
       Me desconcierta el hecho de que sus anteojos, que me dijo haber olvidado en el hotel, cuelguen amarrados de un cordón sobre su pecho. ¿Por qué me habrá mentido? ¿Había sido un ardid su pregunta relativa a la fecha del cuadro de Crespi, el ardid de un solitario que escoge al azar a alguien para tener con quien conversar?
       —¿Puedo invitarlo a un café? O lo que usted elija, un Cinzano, por ejemplo —me dice cuando llego a la última grada.
       Le respondo con la mejor cortesía que no puedo atrasarme más. Tras muchos intentos de conseguir entradas para el concierto de esa noche de la Filarmonica della Scala, mi mujer y yo lo hemos logrado, tenemos dos asientos de platea, y solo nos queda tiempo suficiente para ir al hotel a cambiarnos, es la verdad. Van a interpretar la Segunda sinfonía de Mahler.
       Entonces se inclina respetuosamente, un tanto aturdido, como si su esfuerzo de reconciliación hubiera fracasado, y me cede el paso.
       Ya en la Via de Brera, donde las mesas al aire libre de los cafés y restaurantes se hallan colmadas a esta hora de parejas de enamorados, grupos de jóvenes que ríen a la menor provocación, elegantes ancianas solitarias, y hombres de negocios con cara de fatiga, pienso que este episodio da para un cuento. Judas como un ser errante y sin tiempo ni edad, que anda por los museos del mundo con el fardo de la culpa a cuestas, viendo cómo ha sido pintado para aliviar el tedio de sus días, porque no hay cosa más tediosa que la eternidad.
       —¿Dónde estabas? —me dice Tulita, que había cruzado la calle para asomarse a las vitrinas de una zapatería.
       —Hablando con Judas —le digo.


Milán, septiembre 2011 / Managua, febrero 2012


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