Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


A Jackie, con nuestro corazón
Charles Atlas también muere
(México, D. F.: Joaquín Mortiz, 1976, 119 págs.);
Cuentos completos
(México: Alfaguara, 1996, 340 págs.);
Cuentos completos
(México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 340 págs.)



      El día que se anunció la visita de Jackeline Kennedy a Nicaragua hubo una conmoción en nuestros mejores círculos y lo que se llama la sociedad nicaragüense se sintió alborozada y no puede negarse que confusa, sorprendida, por los cuándos, los dóndes y los cómos, o sea cuándo arribaría Jackeline (Jackie, para nosotros) a nuestro suelo; dónde se hospedaría y cómo se organizaría su recibimiento. Por la calidad del personaje, nada menos que la esposa de un recordado presidente muerto por balas asesinas; ex primera dama de la nación más poderosa de la tierra, que convirtió su paso por la Casa Blanca en un cuento de hadas; casada ahora con un magnate cuya fortuna es inconmensurable, y por su propia simpatía personal, su encanto, sus altas cualidades de mujer sufrida, los homenajes tendrían que estar a la altura, para que no se fuera a decir que no somos dispensadores de exquisitas bondades.
       Así que nosotros, los del Virginian Country Club, exclusivo centro social fundado por accionistas norteamericanos y nicaragüenses (fue su primer presidente en el año de 1933 el coronel Glenn J. Andrews, virginiano de pura cepa y quien casó con Amadita Balcáceres del Castillo, de lo mejor de Granada, quedándose el coronel a vivir en Nicaragua, a pesar de que se le reclamaba en Washington por lo brillante que había sido su carrera militar combatiendo a las hordas sandinistas en Las Segovias; digo que se quedó escogiendo con el mejor olfato sus relaciones y se dedicó al cultivo del tabaco, como era tradición en su familia de Oakdale, Va., y ese mismo año de su boda reunió a un grupo de amigos íntimos y dijo: ea, como que no hay un country club aquí, ¿o hay? Y respondieron todos con movimientos de cabeza que no, y él: pues manos a la obra, y allí está su nombre en la placa colocada a la entrada de las cuadras, la primera edificación que se levantó destinada a las prácticas de la equitación, en la que estábamos muy atrasados en Nicaragua, cabe decir era casi desconocida, y se hizo así imperecedero el nombre del coronel Andrews, presidente-fundador del Virginian Country Club). Decidimos pues hacernos cargo del recibimiento oficial a Jackie, de tributarle los honores, rendirle los agasajos y demás, y en mi calidad de secretario de la Junta Directiva del Virginian, cargo para el que he sido electo repetidamente desde el año de 1953, convoqué a una reunión urgente que se realizó en mi residencia ya que no había tiempo para trasladarse hasta el Virginian, distante ocho kilómetros de la ciudad capital, contados a partir de los primeros prados de golf visibles desde la carretera, tan bien cuidados y verdes que parece que uno estuviera en otro país y ya reunidos fue como un balde de agua fría saber por boca de nuestro past-president (al que siempre se invita a reuniones de Junta Directiva, porque se supone que el past-president puede aportar su experiencia) que a lo mejor fallábamos en nuestro encomiable intento (así es nuestro past-president actual, muy escogido para hablar, jurista renombrado, abogado de gran número de compañías que han invertido en nuestra nación, la Light Mine State Co.; la Continental Timber Co.; la Atlantic Pine Co.; la Gold & Silver Mine Co.; da la impresión de hablar siempre en estados, tal como dicen sus colegas y no yo, pues más bien soy ingeniero electrodinámico, graduado en Georgetown University en 1950) y no podríamos llevar a feliz término nuestros propósitos, pues otras organizaciones sociales y recreativas se nos habían adelantado, puesto en contacto con la Embajada Americana y cablegrafiado a New York al apartamento de Jackie en 5th Avenue y a la isla Scorpio en la lejana Grecia y solo esperaban la respuesta de ella accediendo; y mencionaba el past-president, con el aplomo y serenidad que lo caracterizan, que eran el Lions International Club y el Rotary International Club los que nos aventajaban y tenían la situación bajo control (frase esta última preferida por el consocio Gral. Abraham Cornejo, del Estado Mayor presidencial y tesorero del club); informe que visto ya en perspectiva nos disgustaba no solo porque parecíamos perder un honor que nos correspondía, sino también porque esos clubes u organizaciones llamadas de servicio no son propiamente de carácter exclusivo, pues aceptan muy libremente a sus socios, y eso me picó a mí el amor propio como secretario por tantos años del Virginian, y me dije: esto no será, yo lo prometo. Y pedí a mis consocios, que ya comenzaban a inquietarse y discutían en voz alta presos de la mayor nerviosidad, tener calma y así lo hicieron, volviendo a sus asientos y yo les indiqué por señas esperar y fui a mi estudio y desde allí llamé a Ralph, utilizando su número privado que soy de las pocas personas en el país en conocer y estaba por dicha en su casa, situada cerca del Virginian, circunstancia por la cual siempre que paso por las tardes rumbo al club, me quedo en su cottage tomando uno de esos cocktails espléndidos preparados por Annie, su gentil esposa; y Ralph, tan amable como de costumbre, me dijo qué hubo, o ideay, qué es la cosa, pues ha aprendido el español con todos los giros nicaragüenses y nadie podría decir, oyéndolo hablar, si se trata de un nica o de un americano, a no ser por su tez y por sus ojos azules y sus cabellos rubios que lo revelan como un «gringo», como él mismo gusta llamarse en chanza; y tan deferente como siempre, insistió en hablar conmigo en español, aunque en inglés yo me siento muy a gusto, por mi educación, por mis relaciones profesionales y porque es uno de los dos idiomas oficiales del Virginian (el otro es el español).
       Y yo le conté la historia de la llegada de Jackie, de la que por supuesto estaba enterado y tú sabes, me dijo, Annie y Jackie han sido íntimas, compañeras de colegio en el Trinity College de Mass., y aunque hace tiempo que no se ven, se estiman siempre mutuamente y, ¿tú sabes por qué no estuvimos en la inauguración de John, en enero 28, 1961? Simplemente por una confusión del servicio de protocolo, que perdió nuestra dirección y envió la tarjeta a otros Mr. and Mrs. Ralph Fridemann que ni vivían en Baltimore, Md., ni nada, cerca del mundo diplomático, como nosotros, pero así y todo esa pareja con suerte recibió la cosa y se fue a ocupar nuestros sitios reservados por la propia Jackie, y vaya tuerce le dije, porque yo sé que esa historia es verídica, que Ralph es íntimo de las familias presidenciales, pues yo he visto un retrato autografiado del presidente Lyndon B. Johnson sobre la repisa de la chimenea en la sala de Ralph (el dueño de la casa que alquila, ante solicitud oficial de la Embajada Americana le puso una chimenea a Ralph, con unos leños plásticos y unas luces rojas disimuladas, que parece que los leños están siempre ardiendo), un retrato grande en que Johnson aparece con la mano derecha apoyada sobre el respaldo de una silla y la otra mano en la cintura con esa mirada tan severa, inteligente y decidida del hombre que rigió los destinos del mundo libre y de su puño y letra la dedicatoria que dice: To Mr. Ralph Fridemann and his wife, for their high services in behalf of our nation, truly yours, Lyndon B. Johnson, President of the United States of America. Y Ralph, cada vez que yo con mi cocktail en mano me levanto de mi asiento para acercarme a la chimenea y admirar la foto, me dice con esa sonrisa: oye, mano (porque Ralph estuvo antes de servicio en México), no te creas, es auténtica; y yo asiento convencido y pienso: un día que Ralph y Annie vayan a mi casa a cenar, voy a sacar del aposento el diploma que con su retrato en colores, su Santidad el Papa Pío XII entregó a mi mamá con motivo de su peregrinación a Roma en la audiencia privada que le concedió en la Capilla Sixtina, para que vean lo que el propio pontífice escribió abajo en letra gótica y en español, porque los papas hablan catorce idiomas como mínimo, una especie de carta pública en la que bendice a todos los de mi familia hasta en la hora de la muerte y que no firmó de su mano porque estaba padeciendo un ataque de artritis y le pidió al Cardenal Camarlengo que firmara por él.
       Y sí estoy enterado de ese viaje, me dijo Ralph, no solo por las comunicaciones oficiales cifradas que han llegado a la Embajada, también porque Jackie le escribió a Annie una cartita cariñosa comunicándoselo; pero acerca de que otros clubes se hubieran adelantado no sabía nada, y no lo creía tampoco, y que en todo caso no me preocupara, él todo lo arreglaría para que la totalidad de los homenajes pasara a manos del Virginian Country Club y yo para remachar le recordé, club que fue fundado con la intención de constituir un enlace permanente entre dos pueblos hermanos y sí, me repitió, sin duda alguna, despreocupate, che (porque Ralph estuvo de servicio también en la Argentina), y yo volví a la sala y listo, les dije. ¿Cómo listo?, me preguntó Freddy, primer vocal de la directiva y siempre el más desconfiado, yo supongo que debido a cierta envidia para conmigo, debido a mis éxitos sociales, porque todo el peso del club descansa sobre mis espaldas, tertulias, garden parties, torneos de golf, tennis, etc.; pues listo, les afirmé otra vez; tengo todos los hilos cogidos (y el Gral. Cornejo me miró sonriente, pues vio que estaba hablando su propio lenguaje). Jackie, informé, viene directo del aeropuerto al cocktail de bienvenida en nuestro club; la misma noche, banquete de gala, exclusivo para nuestros socios y familias; al mediodía siguiente, almuerzo campestre, siempre en nuestras instalaciones; y por la tarde, té de modas con las esposas e hijas de nuestros socios; no va a quedar tiempo a los otros clubes ni para un rugido. Y ante esta última ironía tremenda, que era una alusión directa a los Lions, todos rieron a carcajadas y me palmoteaban, me abrazaban, me querían levantar en vilo, me sofocaban y la quebradera de vasos era tremenda y María Eugenia se asomó por la baranda del segundo piso a ver qué pasaba y cuando supo el motivo se retiró sonriente y satisfecha, ella sabe compartir mis triunfos. Y el past-president me dijo en medio de la bolina: ¿y con quién hablaste al fin? Pregunta ante la cual todos callaron, me soltaron y me rodearon ansiosos.
       —¿Sí, con quién?
       Con el Embajador, les dije. Con el Embajador de los Estados Unidos; y claro, entonces todo está más que asegurado, gritaron y rieron más alegremente, y vuelta a las felicitaciones y los abrazos y hay veces que decir una pequeña mentira resulta más convincente, porque si es cierto que Ralph no es el Embajador sino un importante funcionario administrativo —Chief clerk— como se firma él en los oficios que envía a las casas comerciales para comprar todo lo que la embajada necesita, bujías, grapas, papel, lápices, etc., también es cierto que bien podría representar con decoro a su gran nación; pero era cosa de dar efecto a mis palabras y vaya si no obtuve los resultados deseados y todavía cuando se retiraban y encendían sus autos, los oía comentar, y alabarme, y reírse y felicitarse de tenerme siempre en la directiva del club. Y el past-president, apenado, me llamó aparte antes de salir y me dijo: perdoname hermano, parece que no me habían informado bien, y yo me reí tratando de parecer agradable; oh, no te preocupes, errar es humano y tú solo has pensado en el beneficio del club (y no es por alabanza, pero soy de los pocos que en este país hablan de tú).
       Ralph, tal como me lo había prometido, se puso manos a la obra a trabajar en favor de nosotros, pero como sus arreglos eran de tipo secreto no pude enterarme por algunas semanas de la forma en que caminaban; según Ralph, para no entorpecer sus gestiones, nosotros no podríamos comunicarnos con Jackie bajo ninguna forma. Pero se supieron ciertos detalles de la llegada con los que no contábamos: sería por mar, a bordo de su yate privado, como estación de un crucero mundial, sin que se informara aún del puerto elegido para su desembarco en Nicaragua, con lo que fue necesario reunir de nuevo a la directiva y telefonear a Ralph, quien me reafirmó que no había motivo para preocuparse, que los planes con respecto a nosotros seguían iguales, ya que Jackie podría ser transportada en helicóptero, desde el yate a la grama de nuestros campos de golf, aunque yo no confiaba mucho en esta solución y en el tiempo entre la llamada que hice a Ralph y la hora acordada para la reunión, pude idear una salida, que ya expuesta pareció genial a todos y de la que yo mismo me sorprendí, por haberla pensado tan rápido: comprar un yate, ir al encuentro del que traería a Jackie, aparejar ambos barcos y hacer que ella pasara de uno a otro cada vez que se le ofreciera un cocktail, una fiesta o un té, con lo que no correríamos ningún peligro de que otras personas o grupos de personas, una vez ella en tierra, pudieran interferir con otros homenajes ajenos a los nuestros. Mis palabras eran interrumpidas con aplausos; y, continué, cuando avistáramos el yate, haríamos una especie de abordaje sentimental, disparándole cañonazos de flores nativas y exigiendo por altoparlantes la rendición. Qué mejor que evitarle el bochorno de la ciudad, la suciedad, el calor, la gente del pueblo que la acosaría y los escolares que la fastidiarían pidiéndole autógrafos: y por el contrario, tendría una cálida bienvenida, se relacionaría solo con gente de su clase, y todo ocurriría dentro de Nicaragua, ya que anclarían ambos barcos en aguas territoriales, y el nuestro llevaría en su mástil más alto la enseña patria, flameando al viento, palabras estas últimas que provocaron un verdadero delirio entre los directivos, que no cabían ya de gozo y nuestras señoras, que conversaban en el living vinieron y compartieron con nosotros.
       Ya no cabía duda, se dijo en los corrillos, de quién sería el próximo presidente del Virginian, y a saber por cuántos años.
       No omito decir que una de las grandes dificultades era la ignorancia acerca del puerto elegido para que el yate de Jackie atracara, pues nuestro plan de interceptar el barco en la ruta resultaría mejor sabiéndolo; pero Ralph me dijo que eso era imposible, pues la información estaba clasificada como secreta y es más, si acaso llegase a publicarse el nombre del puerto, me aseguró, se trataría de un dato deliberadamente falso y a última hora, el barco enfilaría para otro puerto; con lo que en mi calidad de ejecutor del proyecto, para lo cual me designó la Junta Directiva, me decidí a seguir adelante sin más alternativa; entonces planeé que nos embarcaríamos ya próxima la fecha de la llegada, que Ralph me transmitiría secretamente, andaríamos recorriendo la costa por algunos días, y cuando el yate de Jackie al fin se acercara, a toda máquina nos dirigiríamos a su ruta. Con este plan, garantizaba también a los socios y sus familias un crucero que prometía grandes diversiones.
       Y me dormía feliz una noche, poco antes de dirigirme a los Estados Unidos para cumplir la comisión de la compra del barco, que tendría que ser considerablemente grande, si se toma en cuenta que los socios del club suman cuatrocientos cincuenta entre propietarios y concurrentes, y que habría que embarcar a no menos de mil quinientas personas, incluyendo familiares de los socios, tripulación, servicio, músicos, etc., cuando se me ocurre pensar: ¿y por cuál de los dos océanos llegará el barco de Jackie? Y me recriminé angustiosamente: imbécil, solo se te ha ocurrido que el yate pueda llegar por el Pacífico: ¿y si, como es más lógico, viniendo del mar Mediterráneo, llega por el Atlántico y nos sorprende entrando por Bluefields? Y raudo me levanté de la cama y a pesar de que eran las dos de la madrugada, llamé a Ralph y le expliqué mis temores. Oh, no te preocupes, dijo, eso se sabrá con tiempo, y así el barco de ustedes podrá esperar donde más convenga, y colgó, dándome la impresión de que había hablado medio dormido, y ya no tuve gusto desde entonces, hasta que tras mucha insistencia en los días sucesivos, Ralph accedió a revelarme, so peligro de que se le acusara de alta traición, que el yate entraría por el Pacífico, cruzando por el canal de Panamá procedente de las islas Vírgenes, lo cual yo le agradecí en el alma, porque me dije: esto solo lo hace un amigo de verdad, y feliz me fui a New Orleans, a ver los barcos que se nos ofrecían en venta, no nuevos completamente, pero sí en magníficas condiciones, según las cartas de los comisionistas navales, pero en llegando allá no me gustó ninguno, todos viejos y herrumbrados, los servicios sanitarios no funcionaban, los camarotes olían a moho, las pistas de baile hundidas, las piscinas hechas una ruina, y, me enorgullece decirlo, ninguno valía tanto como nosotros estábamos dispuestos a pagar.
       Y ya me regresaba desilusionado a Nicaragua por no haber encontrado el barco apropiado para exponer a mis consocios una oferta del Japón que había recibido, cuando un agente me llamó de San Francisco, Cal., para ofrecerme en venta, ¡nada menos que el Queen Elizabeth! Perfectamente conservado, casi como el día de su botadura, surto ahora en la bahía, donde proyectaban dejarlo anclado para convertirlo en hotel de lujo, así que accedí a verlo, poseído de extraña alegría, pues me decía: conseguir este barco sería grandioso, Dios Santo, ¡el Virginian Country Club compra el Queen Elizabeth para recibir a Jackeline Kennedy!
       Llegado allá, todo fue como por obra de milagro: vi el barco y me conquistó (mi madre había viajado en él en su travesía a Roma); qué joya monumental, qué esplendor indescriptible, un verdadero palacio flotante, una ciudad que navega (frases que, para ser honrados, leí en los folletos plegables de propaganda que me obsequió el agente); era impresionante contemplar sus doce pisos, sus docenas de tiendas, sus diez teatros, sus diez cines, catorce pistas de baile, ski acuático, ski sobre hielo; sus quince piscinas, sus ocho canchas de tennis, cuatro de frontón, diez de crocket; sus tres mil camarotes de lujo, sus cinco capillas para servicio de cinco religiones distintas, bares por doquier, salas de juego, casinos, solariums, todo lo que uno pudiera desear. El precio, frente a lo que aquel monumento significaría para nosotros, no era excesivo, de modo que inmediatamente me puse al habla con mis consocios en Nicaragua y tras una semana de comunicaciones, negociaciones y transacciones, la suma estaba reunida, garantizaban la compra los bancos más serios del país, las compañías financieras más sólidas, las empresas industriales y agrícolas de mayor prestigio, todas manejadas por socios del club; por último, y este gesto me conmovió tanto, se invirtió en la compra no solo el capital social del club de manera íntegra, sino que también se dieron en hipoteca sus edificios, prados, canchas e instalaciones en general. Quedamos comprometidos hasta los tuétanos, pero la transacción se cerró en el propio barco, en la suite del capitán, una noche para mí histórica; debo aclarar, como acto de justicia, que todos nuestros consocios estuvieron plenamente conscientes desde el primer momento de lo que aquel paso significaba: la gloria, la consagración definitiva de nuestro amado centro social. Pagábamos por el bombazo social del año, o de todo el siglo, en Centroamérica, el Caribe, Latinoamérica si se quiere; repercutiría hasta en los Estados Unidos, nos inscribirían con letras de oro en los anales del jet set, ya para siempre; la revista Time tendría que poner nuestros nombres en su afamada sección «People» e incluso, quién me decía que no, el mío aparecería, al morir yo algún día, en la sección «Milestones» del magazine.
       Mi regreso a Nicaragua lo hice, por supuesto, embarcado en el Queen Elizabeth, con su tripulación completa a bordo y el barco al mando de su viejo capitán, el mismo que poco antes había conducido la nave a lo que él creyó su cementerio, como me lo dijo llorando.
       Nunca antes un barco de tal categoría y tamaño había atracado en puerto nicaragüense, por lo que nuestra llegada era en definitiva una fiesta nacional, miles de personas congregadas en el puerto de Corinto, y ese fue uno de mis días de mayor gloria: el único pasajero era yo, el autor de aquel fabuloso negocio, el cristalizador de las ambiciones de nuestros socios; ahora ya no podría decirse que Nicaragua no esperaba a Jackeline Kennedy como ella se lo merecía: nada menos que a bordo del Queen Elizabeth.
       De acuerdo con los informes de Ralph, faltaba un poco más de dos meses para el arribo, de manera que no podíamos atrasarnos en los preparativos; las fortunas personales de nuestros más pudientes socios se comprometieron en los gastos sucesivos: engalanar el buque para la ocasión; renovar muebles, cortinajes, lámparas, platería, loza, cristalería, relojes, espejos, alfombras; todo vino fletado en aviones expresos; cientos de técnicos extranjeros montaban nuevas canchas de deportes, reacondicionaban las piscinas, revisaban el agua potable, la electricidad, la música ambiental, los frigoríficos, las cocinas y se trajeron a bordo los cargamentos de licores, carnes, aves, mariscos, verduras, frutas, cereales, conservas. No huelga reiterar que todo vino de los Estados Unidos, desde el servicio de camareros especializados en cruceros marinos, hasta los músicos, los cocineros, los floristas, los peluqueros, los masajistas. (Nuestra única pena era que frente a nuestro Queen Elizabeth, el yate de Jackie parecería muy pequeño, pero sinceramente no creíamos causarle ofensa con esto).
       Yo fui en esos días, y sería falsa modestia negarlo, uno de los personajes más importantes del país para entonces; el Presidente de la República me invitaba a sus fiestas, me obsequiaba con cenas íntimas, solo para insinuarme cada vez el nombre de algún ministro de Estado o funcionario suyo para ser invitado; como en el barco sobraban lugares, ya que el Queen Elizabeth resultó demasiado grande para nuestros socios y sus familias, sacamos a la venta camarotes, con derecho a la travesía y asistencia a todas las fiestas en honor de Jackie; las solicitudes, que llegaron por millares, se examinaban muy rigurosamente y se aceptaban por partes, para no provocar ninguna reacción desagradable, de modo que aún la semana anterior al inicio del viaje, teníamos en cartera más de tres mil solicitudes, aunque los espacios disponibles no llegaban ya a cincuenta. En el mercado negro, los derechos de subir a bordo y estadía se cotizaron hasta en diez mil dólares, pero el club no intervino en estos manejos, pues siempre vendió las invitaciones a un precio públicamente establecido. Pero las pujas eran tan violentas que recuerdo riñas a bofetadas, insultos en los periódicos y hasta tiros, y era por eso que el Presidente de la República trataba de influir en mí, que a la postre controlaba y decidía sobre las solicitudes, para que tomara en cuenta a sus allegados, sobre todo a los militares, a la mayoría de los cuales no se les aceptaba en nuestro club.
       Las envidias que despertamos, hay que decir que fueron terribles; se nos atacaba, se apedreaban nuestras casas, nuestros automóviles; se organizaron desfiles públicos en contra nuestra, mítines; se amenazó con huelgas en nuestras fábricas y comercios, todo, me parece, motivado por un resentimiento de quienes no pudieron abordar el Queen Elizabeth, ya fuera porque no contaban los organizadores de estas desagradables manifestaciones con el dinero suficiente, o porque sus solicitudes fueron rechazadas al no considerárselas viables. Se nos negaba el saludo, se nos infamaba por la espalda; ¿qué culpa teníamos nosotros —como se nos achacaba— de que familias enteras hubieran vendido sus bienes, adquirido préstamos onerosísimos, solo para unirse al viaje?
       Y al fin llegó el día. Al fin nos embarcamos. Bandas de música pagadas por el club; niñas con canastas de flores también pagadas por el club nos despidieron en el muelle y se tocaron los himnos de Estados Unidos, Nicaragua y Grecia, el que confieso no conocía; se izaron los pabellones en los mástiles del buque y zarpamos. Zarpamos sin Ralph y sin Annie, circunstancia que es la fecha y no me explico, pues no se presentaron al puerto a la hora convenida, pese a que un día antes les visité en su casa para darles la sorpresa de que vendrían con nosotros como invitados de honor del club (Ralph por pura desidia no se había hecho socio) y que en vista de su amistad íntima con Jackie, tocaría a Annie presentarle en nombre del club, al momento de la ceremonia de bienvenida, un gran corazón de flores rojas con una inscripción que en letras de oro diría:


A JACKIE, CON NUESTRO CORAZÓN

… honor que a pesar de corresponder a la esposa del presidente del club yo había maniobrado para que se dejara a Annie, mostrando así a Ralph cómo estaba de agradecido por todo lo que hizo por nosotros, pero Annie se mostró muy confusa y muy afligida, la pobre, no era para menos, y llamó a Ralph aparte y les oí discutir y al fin regresaron y me dijeron que sí, que estaba bien, que con mucho gusto, muy pálidos ambos por la emoción, quizá, y sería por ese shock que les produje que no vinieron a bordo, pero aquí andamos aún navegando y ya la vida se hace aburrida, días y días, no sé si meses de recorrer estas costas y divisar a lo lejos el humo de los volcanes, la vegetación, las luces de los pequeños puertos, de ver cómo anochece y cómo llueve, cansados de la misma música, de los mismos juegos, la comida ya racionada, los socios afligidos y sus familias con tanto tedio, pero Jackie no puede fallar y de una ruta a otra navegamos y buscamos el lejano humo de su yate en la distancia, porque estamos seguros de que tiene que venir, y cada amanecida es una nueva esperanza de que este sí será el día de fiesta, de las dianas, del corazón de flores rojas, porque sí llegará Jackie a las costas de Nicaragua aunque pasen los días, pues no quiero ni pensar en lo terrible que sería volver a enfrentar las caras de burla de nuestros enemigos y cuando me encuentro en cubierta con mis compañeros de la Junta Directiva que pasan sombríos, con la mirada les digo: yo, por lo menos, nunca jamás regresaría.


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