Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


Margarita, está linda la mar
Primer Premio Internacional Alfaguara de Novela 1998
(Madrid: Santillana, 1998, 373 págs.)


A Mercedes Estrada


Éste es, pues, el mejor día para esta proclama: “si alguno de vosotros mata a Diágoras el tirano, recibirá un talento. Y también lo recibirá el que mate a algún tirano muerto”. Queremos en este momento proclamar también esto: “si alguno de vosotros mata a Filócrates el gorrionero, recibirá un talento, y cuatro si lo trae aquí vivo, porque ensarta pinzones y los vende a razón de siete por óbolo y porque infla a los tordos y los expone y los maltrata; y porque les mete a los mirlos sus propias plumas en las narices; y porque del mismo modo tortura a las palomas y las tiene encerradas y las obliga a hacer de señuelos, presas en una red”.
                  ARISTÓFANES, Las aves



Primera parte

El retorno a la tierra natal


      El Capitán Agustín Prío terminaba de ajustarse la corbata de mariposa de los días festivos, que le daba un aire de referee de boxeo, cuando el treno de las sirenas que crecía hasta llenar el aposento puso una llamarada turbia en el espejo. Se asomó al balcón y un repentino soplo de aire tibio pareció empujarlo de nuevo hacia dentro. Al otro lado de la plaza, parvadas de campesinos desprevenidos huían de la embestida de las motocicletas Harley-Davidson que atronaban bajo el fuego del sol abriendo paso a la caravana que ya se detenía frente a la catedral, mientras los manifestantes seguían bajando de las jaulas de transportar algodón y de los volquetes anaranjados del Ministerio de Fomento y Obras Públicas, recibían de manos de los caporales los cartelones que chorreaban anilina, los enarbolaban o se cubrían con ellos la cabeza, detrás de sus pasos las mujeres, los críos prendidos de sus pechos magros y de la mano los grandecitos, e iban a perderse entre los demás comarcanos igualmente desorientados y la gente llegada a pie de los barrios con sus gorras rojas, y marchantas nalgonas, fresqueras ensombreradas, barrenderos municipales de zapatones, maestras de escuela bajo sus sombrillas, reclutas rapados, empleados públicos de corbatas lánguidas.
       Y ahora, portazos en sucesión, carreras de los guardaespaldas vestidos de casimir negro cocinándose en la resolana, la corona de subametralladoras Thompson ya en torno a la limosina blindada, también de color negro funeral, y bajaba Somoza, traje de palm-beach blanco, el pitillo de plata prendido entre sus dientes, alzaba el sombrero panamá para saludar a los manifestantes que desperdigaban de lejos sus aplausos, un primer chillido alcanzaba su oído, ¡que viva el perromacho, jodido!, y se elevaba la respuesta en una ola cavernosa que el Capitán Prío oía estallar desde el balcón, tras Somoza la Primera Dama, vestido de seda verde botella bordado en verde más profundo, casquete verde tierno sobre su peinado de bucles, el velillo pendiente del casquete sobre el rostro maquillado, subían a prisa las gradas del atrio entre la valla de soldados y guardaespaldas, el obispo de León esperándolos en la puerta mayor de la catedral. Y lo último que el Capitán Prío vio desde su atalaya fue el relumbrar de los flashes porque ahora la comitiva avanzaba por el pasillo central de la nave desierta vigilada en cada palmo por los soldados.
       La corona de lirios de papel crepé y rosas de trapo aguardaba asentada en su trípode al pie de la estatua de San Pablo, frente a la tumba custodiada por un león de cemento que lloraba, la melena abatida sobre el escudo también de cemento. La Primera Dama, atormentada por el corsé que reprimía sus carnes, se acercó al oído de su consorte que por respeto al lugar había entregado el pitillo de plata a su edecán, el coronel (GN) Abelardo Lira, el Lucky Strike aún a medio consumir. A Somoza, ralo de cabello, doble la papada, numerosas las pecas color de tabaco en la nariz y las mejillas, también lo atormentaba un corsé que reprimía sus carnes, el corsé de peso liviano tejido en hilo de acero que le había enviado Edgar J. Hoover, con su tarjeta personal, por mano de Sartorius Van Wynckle.
       No se alcanzaba a oírla. Pero presumo, Capitán, que no estaría recordándole al marido que quien reposa bajo el peso del león doliente fue despojado de su cerebro la misma noche de su muerte, un enojoso asunto de familia. Por el contrario, es mucho más probable que su pensamiento volara hacia los versos que le escribiera un día en su abanico de niña:

La perla nueva, la frase escrita,
Por la celeste luz infinita,
Darán un día su resplandor;
¡ay, Salvadora, Salvadorita,
no mates nunca tu ruiseñor!

       El ruiseñor, bien cebado, asintió y sonrió. El orfebre Segismundo, uno de los contertulios de la mesa maldita, que se reúnen por vieja tradición al otro lado, en la Casa Prío —desde uno de cuyos balcones el Capitán Prío se asomaba a la plaza— aunque ya lo supiera preguntaría, confianzudo, si le estuviera permitido: ¿cuándo fue eso, Salvadorita?
       Ese entremetimiento es imposible. Por tanto, dejo que el rostro de la Primera Dama, maquillado sin piedad y avejentado con menos piedad, se mire por su cuenta en el veloz espejo de las aguas del tiempo; que el caer invisible de una piedra agite en ondas la transparente superficie para que ella recobre en el fondo la imagen en temblor de la niña de diez años, vestida de organdí igual que su hermana Margarita, sus sombreros de paja italiana con dos cintas bajando a sus espaldas; que se vea sentada en la barca mecida por el oleaje, donde una parte de ustedes debe apresurarse en buscar lugar.
       Es la mañana del 27 de octubre de 1907 y de lejos se avizora ya el Pacific Mail, a cuya cubierta otros de ustedes harían bien en subir, pues allí llega aquel que yace bajo el león de cemento, en su retorno a la tierra natal:
       El steamer pone proa hacia la bahía de Corinto cuando el cielo del amanecer finge ante los ojos del pasajero una floresta incendiada. Asido al raíl de la cubierta, se había apostado desde antes del alba en el costado de estribor, ansioso por descubrir los relieves de la costa que empezaron a iluminarse con tonalidades grises; y al palidecer las constelaciones, descubrió en la lontananza los volcanes de la cordillera de los Maribios que divisara por vez primera desde el mar al alejarse rumbo a Chile en otro amanecer ya lejano.
       Se había vestido con incierta parsimonia bajo el débil foco eléctrico del camarote, eligiendo el traje de seda blanca de treinta luises cortado a la medida por su sastre del Faubourg Saint Honoré, Maurice Vanccopenolle; una corbata azul pálido fijada por una perla gris y la gorra de sportman a rayas. El bigote y la pera, cuidados por el esmero de las tijeras de peluquería que guarda en su nécessaire de viaje, cierran el rostro hinchado, de coloraciones tumefactas.
       La resaca del cognac Martell de dos estrellas comprado a los marineros holandeses, y que a pico de botella bebió solitario hasta después de medianoche en el camarote, caliente como una hornalla, agujerea todavía su cráneo, el mareo aguzado por el olor a brea y la revuelta vaharada de desperdicios de cocina que el viento salino arrastra por el puente desde las escotillas de popa.
       Cuando el vatímetro indica la profundidad de treinta codos, los carboneros reciben desde el puente una orden del contramaestre a través de la bocina portátil, y abandonando las palas dejan de alimentar las hornacinas de las calderas. Los émbolos desmayan en su incesante ir y venir, y el humo de la chimenea cobra un negro intenso al flaquear las máquinas antes de apagarse. El silbato suena entonces por tres veces, como el mugido de una res en el degolladero. La cadena de gruesos eslabones salta por la escotilla del costado de proa arrastrando el ancla, y cuando los garfios tocan fondo en el lecho arenoso del estuario, el Pacific Mail se agita encabritado, cambiando muy pronto sus broncos vaivenes en un suave balanceo.
       En uno de los promontorios de la isla del Cardón se advierte un breve fogonazo seguido de una diminuta humareda. El cañón Hotwitzer servido por dos artilleros descalzos, de casacas azules, retumba entre las breñas ardidas desperdigando en la atmósfera calinosa sus ecos, y las gaviotas vuelan asustadas alejándose hacia los manglares.
       Unas barcas que hunden las quillas en el espumarajo teñido de violeta y grana, las velas de lona recogidas en los mástiles, se acercan bogando a pulso de remo, gobernadas desde el timón de popa por marineros descamisados. El viajero se inclina sobre el raíl, atraído por los llamados entusiastas que suben de las barcas, a sus espaldas la bombarda rojo cobrizo del ventilador de las calderas moviéndose perezosamente en dirección al viento; y con la gorra en alto devuelve los saludos a los caballeros que alzan sus bastones, instrumentos de cuerda y sombreros, y a las damas que bajo sus sombrillas de minardí gritan simulando espanto ante los vaivenes del oleaje.
       Erguido en la quilla de la barca capitana, el sabio Louis Henri Debayle procura guardar el equilibrio al tiempo que despliega enérgicos ademanes con su sombrero panamá, como si fuera una bandera de señales, y anima al obispo, Monseñor Simeón Pereira y Castellón, que se bambolea temeroso a su lado, a erguirse también. El obispo Simeón se atreve apenas a soltarse de la borda para elevar su bonete, la sotana y el manteo empapados por el agua revuelta, pero al fin despega un tanto las nalgas del travesaño y grita con todas sus fuerzas: ¡Viva el príncipe de los cisnes, señores!
       Las salvas de la batería siguen atronando, y las barcas maniobran para colocarse de costado junto al casco del steamer carcomido a lampazaros por la broma marina. Los marineros de cubierta, despreocupados de los cañonazos y del griterío, disponen la jaula metálica sujeta por un cable, y una vez que el pasajero ha entrado en ella la hacen descender, manipulando a brazo el torno de la polea. La jaula, suspendida del brazo de la grúa, gira en vueltas completas mientras él aprieta los ojos y se agarra desvalido a los barrotes, como una fiera enferma. Ha contado hasta ahora quince cañonazos. Las mujeres le disparan puñados de flores que rebotan en los barrotes antes de caer al agua. El sabio Debayle logra atrapar la jaula en una de sus vueltas, y destrabando el cerrojo lo ayuda a resbalar por la borda de la barca capitana. Las flores encuentran ahora su blanco y lo golpean, tersas y leves, en el pecho y en la barba.
       Busca acomodo en el travesaño junto a Casimira —esposa del sabio Debayle—, que lo besa en ambas mejillas y hace que lo besen también sus hijas, Salvadorita y Margarita, y recibe un abrazo apresurado del obispo Simeón. Suenan arpegios de bandolines en trémolo sostenido, y desde la barca vecina, una mujer alta y morena, de tupidas cejas encontradas y diadema en la frente, junta las manos para recitar versos de él que los vientos del pacífico dispersan y se llevan lejos:

Como al fletar mi barca con destino a Citeres
saludara a las olas, contestaron las olas
con un saludo alegre de voces de mujeres…

      Vuelve la cabeza hacia la mujer, y concentrado, sigue la declamación con movimientos de los labios.
       —Parece una imagen de Beardsley —dice para sí—. Nieve, carbón y ceniza.
       —Es mi sobrina, Eulalia —le susurra Casimira.
       —¿Casada? —le pregunta él, también en un susurro, y la estocada de su aliento la hace fruncir la nariz.
       —¡Rubén Darío, el incorregible! —ríe ella, complaciente—. Casada, y muy casada…
       La batería cesa de disparar. Las barcas bogan ahora entre las islas por el paso del estuario, dejando tras de sí un reguero de flores revueltas en la estela de espuma. Él, cegado por los fuegos del cielo matutino, entrecierra los ojos abotagados.
       La travesía desde Panamá en el Pacific Mail, una nave de carga con unos pocos camarotes de pasajeros, ha sido un tormento infernal, un barco de sórdidos bandidos, malandrines más que marineros, y el capitán, un luterano colérico de Leiden, predicador de la Biblia en mal español, y para colmo, abstemio, con quien se vio obligado a compartir la mesa, él y el hacendado salvadoreño don Leandro de Sola y su hija Clelia los únicos pasajeros, la niña raquítica y perfumada a todas horas de esencias demasiado embriagantes que le reclamaba escribirle versos en su álbum, y hasta en las servilletas de la miserable cena, siempre potajes de col como en un hospicio.
       Qué diferencia el viaje entre Cherbourg y New York en el imponente buque La Provence de la Compagnie Générale Transatlantique, el valet napolitano atento tras sus pasos, la mesa del gentil capitán, monsieur Daumier, donde todas las noches tuvo un puesto de honor, vinos del Rhône y de Chinon, cosecha soberbia de 1903, la orquesta de cámara desde la tarde en el proscenio del comedor estucado de guarniciones frutales, los imponentes bodegones flamencos en los paneles tapizados de rica seda florentina y las arañas de cristal de Bohème que multiplicaban en sus guindajos su esplendor ebúrneo, el discreto tráfago femenino, sartas de perlas de Bassora cayendo entre los rizos sobre las frentes marmóreas, un golpe mágico y distraído de los abanicos en los labios para invitar al flirt
       Y antes, el coche pullman del express que lo llevó desde París hasta Cherbourg, la copiosa y grata celebración con sus íntimos en el restaurant de la Gare-Saint-Lazare la noche de la partida, protegiéndolo todos de La Maligna, temerosos de que se apareciera de pronto a cumplir su amenaza de lanzarle al rostro el oscuro frasquito de vitriolo que empuñaba siempre en la mano enguantada. Se había presentado a última hora ya cuando él estaba buen seguro en el coche-cama, y tras los visillos la vio discutir en el andén con Julio Sedano, su secretario particular, que le cerraba el paso, un verdadero copain, Sedano. Y la vio volverse un instante hacia su ventanilla del coche pullman, vio el fulgor luciferino de sus ojos verdes…
       —¡La Maligna, qué nombre! —ríe Casimira—. ¿Ya sabes? Ha vuelto a Nicaragua antes que tú, y te espera en Corinto, mon pauvre ami, dicen que muy arrepentida.
       —¿Cómo? —palidece él—. Si se quedó en París… tenía un trabajo en el taller de sombreros de Madame Garnier…
       —No sé… es lo que he oído decir que ella cuenta… te entretenías tú en New York, y ella, delante de tus pasos… —vuelve Casimira a reír.
       Y el surtidor de su risa cantarina está diciendo muchas cosas. No tengo trato con ella. Una mujer vulgar y pendenciera propia de un taller de sombreros, que lleva estola de armiño bajo el sol tropical, ¿qué tengo que ver yo con semejante gentuza?
       La Maligna, de vuelta. ¿Para qué seguir contando nada? Entretenido en New York, sí… un cabaret llamado el One, Two, Three donde pagó amores a una hetaira dominicana con un soneto… luego el puerto de Colón en Panamá, las grúas de las obras del canal contra el cielo de pizarra, los campamentos que bullían de razas, chinos y negros en mezcolanza, mosquitos incubados en las miasmas, calor de brea y olor a creosota, toilet-rooms para blancos y para negros por aparte: el progreso yanki, la sabiduría aséptica. Y finalmente, los horrores del Pacific Mail.
       Veloces, las barcas atraviesan la tumbazón remontando la cresta de las olas y alcanzan la playa en la que revienta con ímpetu desmayado la marea. Los marineros se lanzan al agua para arrastrar las barcas haciéndolas correr sobre los troncos rollizos que sirven de rodelas, y una vez varadas, toman a los pasajeros en brazos para depositarlos en el suave espejo de la costa, al pie de la duna hirviente.
       Y cuando pone pie en la arena, bajo los penachos de los cocoteros descubre una abigarrada multitud que contiene a duras penas sus gritos y rompe al fin en alegres y encendidos vítores al tiempo que la banda de los Supremos Poderes empieza a tocar la marcha Welcome compuesta para la ocasión por su director, el maestro Saturnino Ramos. Los músicos, de todas las edades y estaturas, uniformados de guerreras azules, se aplican a las llaves y soplan en las boquillas de sus instrumentos sin apartar del recién llegado los ojos curiosos. Entonces, un niño descalzo se desprende de la multitud y viene a su encuentro, la mata de pelo hirsuto suelta a la brisa marina, aguantando con supremo esfuerzo el pabellón de Nicaragua que tremola con desafiante energía en una lanza de hoja romboidal asentada en una medialuna.
       Aturdido, acierta a sacudir la arena pegajosa de las perneras de sus pantalones mientras busca temeroso el rostro de La Maligna, pero ella no está, y en nada ingrato puede pensar ahora que la multitud se adelanta y acude en tropel sonoro a rodearlo, y los gritos, los hurras exaltados y las dianas del oleaje que apagan la música, sólo le dejan oír los broncos resoplidos del helicón de cobre bruñido que relampaguea copiando los oros del sol, y siente de pronto sus brazos cargados de ramos que mojan la seda de su traje, manojos, canastas de flores y de frutos que va recibiendo con corteses inclinaciones de cabeza y dejando en manos de sus íntimos mientras trata de ascender por la duna, enjugándose con el pañuelo de batista el sudor que brota de su frente y de su cuello, abriéndose paso entre tantos devotos que se apretujan a su alrededor porque quieren palparlo, tocar su ropa, besar sus manos, adelante el niño de la mata chiriza de pelo que lleva el pabellón de Nicaragua, y los músicos de la banda de los Supremos Poderes en la retaguardia del desfile, esforzándose en mantener su paso marcial porque sus pies se hunden en la arena suelta.
       El obispo Simeón, que torna a gritar una y otra vez ¡Viva el príncipe de los cisnes! y el sabio Debayle, altivo y circunspecto, marchan a sus costados tratando de defenderlo del acoso entusiasta; y pregunta al sabio Debayle, mohíno pero feliz, qué significa toda aquella locura. Y con sonrisa contenida, repasando su bigote, el otro le responde que eso no es nada aún, en León será la formidable hecatombe.
       —¡Mi domingo de ramos, monseñor! —se vuelve hacia el obispo Simeón.
       —¡Tu Roma y tu Jerusalén! —se apresura el obispo Simeón a emparejarse, recogiéndose la sotana, porque lo dejan atrás los rudos empujones.
       Llegan, por fin, a la empalizada que rodea el huerto del Hotel Lupone sembrado de mangos, icacos y cocoteros. El caserón de madera encalada deja asomar sus balcones entre la verdura, y encima de los encajes de la mansarda se eleva la torrecilla coronada por una veleta de fierro. Al otro lado de la calle enlodada por las lluvias, donde los cerdos buscan desperdicios, aguarda dentro de la nave de la estación el tren expreso que tiene ya enganchado el vagón presidencial puesto a disposición por el general José Santos Zelaya, la locomotora enflorada. Los soldados de la guarnición del puerto contienen a la multitud con los fusiles a bayoneta calada para permitir la entrada de la comitiva al hotel, donde va a celebrarse el desayuno de bienvenida.
       En el comedor, mesas dispares han sido juntadas en escuadra, cubiertas por manteles almidonados que Casimira ha traído consigo de León, y hay sobre los manteles floreros de porcelana pintados con escenas de caza, Diana desnuda y sus lebreles surgiendo de un boscaje umbrío. En los tabiques han claveteado palmas de cocoteros, entretejidas de rosas.
       El nutrido acompañamiento no cabe en las mesas, y muchos de los caballeros, entre ellos el comandante del puerto, erguido en sus botas que huelen a betún, deben permanecer de pie detrás de los comensales que ocupan silletas de junco, taburetes, bancas y sillones mecedores, todo prestado a las habitaciones y a las demás estancias del hotel que lucen desiertas. El viajero al centro, el sabio Debayle y el obispo Simeón siempre a sus flancos, ocupan un sofá de mimbre. Casimira y sus dos niñas, su sobrina Eulalia, los rodean en cercana vecindad.
       Toast. El sabio Debayle se pone de pie para brindar, improvisando un breve discurso. No hubo forma de enfriar la champaña, y tibia en las copas, desmayan sus burbujas. Rubén apura la suya, sediento, y vuelve a llenarla. El sabio Debayle, al terminar sus palabras, lo mira con suave reproche.
       —¡Merde! Ya me estás previniendo sobre la bebida, ¡qué manía! —le dice, la copa al borde de los labios oscuros.
       —Te espera León, tu León —tercia con tacto Casimira, mientras atrae a su regazo a las dos niñas, que aburridas, quieren abandonar sus asientos—. Te reclaman en Managua, en todas partes, pero no te dejaremos tan fácilmente partir de León…
       Él extrae con brusquedad su pañuelo de batista del bolsillo de la chaqueta, maltratada ahora por tantos apretujamientos, y se seca los labios. Las gruesas aletas de su nariz se distienden, anchos los cartílagos en la base, potentes los orificios; y sus ojos, en los que fulgura una chispa aventada por su respiración, se clavan en Eulalia. Le alcanza la copa con gesto imperioso, para que se la llene, y ella accede solícita. Pero la botella está vacía.
       Entonces se acerca por delante de la mesa el niño descalzo, el de la mata de pelo, con una nueva botella, sosteniéndola con esfuerzo como si le pesara igual que la bandera. El sabio Debayle, con ademán resignado, quita la envoltura de estaño del gollete para descorcharla, y vuelve el torso, precavido de no mojar a nadie cuando surja el chorro de espuma. Ante el nuevo estallido del tapón, hay aplausos. Condescendiente, se pone de pie, para servirle él mismo al viajero.
       —No, tú no —lo rechaza él, clavando de nuevo sus ojos en Eulalia.
       El sabio Debayle deja la botella sobre la mesa y vuelve a sentarse, incómodo. Eulalia rodea el sofá y tomando la botella, vierte de manera impecable la champaña en la copa.
       —¿Y tu marido? —le pregunta, asiéndola bruscamente del brazo.
       —Su marido es inválido —se adelanta a responder el sabio Debayle—. Fractura irreparable del sacro.
       —Si quedó inválido es porque tú, seguramente, lo trataste. Una más de tus víctimas —se ríe Rubén, sin soltar el brazo de Eulalia.
       El sabio Debayle, desconcertado, propone un nuevo brindis. La botella circula por la mesa y pronto queda también vacía.
       —Me gusta cómo declamas. ¡Citeres! ¡La isla de Afrodita pintada por Watteau! Pero me gusta más tu silencio —la suelta por fin—. ¡Más champaña!
       Eulalia vuelve a su sitio. Y cuando el niño aparece con otra botella, él lo alcanza por encima de la mesa y lo agarra por la manga de la camisa de popelina.
       —Y tú, ¿cómo te llamas? —le pregunta.
       El niño sólo acierta a mirarse los pies descalzos. El sabio Debayle, impaciente, le informa que se llama Quirón.
       —¿Quirón? —la asombrada interrogación de Rubén queda vibrando en el ambiente caluroso.
       —¿Recuerdas la edición de Prosas profanas que me enviaste desde París? —le pregunta el obispo Simeón.
       —Me acuerdo mucho —le responde—. La edición argentina de 1896. Era mi propio ejemplar. Me quedé sin ninguno.
       —Me lo decías en tu carta que me llegó con el libro. Pues allí me maravillé por primera vez con tu Coloquio de los Centauros. Y así nació Quirón, con tu poema, y con el siglo —el obispo Simeón, sonriente, extiende la mano en la que luce su anillo episcopal, para indicarle a Quirón que se acerque. El niño obedece.
       —¿Quién es, entonces, su padre? —pregunta Rubén al obispo Simeón.
       Hay un silencio extraño. Pero al cabo de un momento, el obispo Simeón vuelve a sonreír.
       —Un día, a ti solo, voy a contarte la historia de Quirón el centauro —le dice.
       —Quirón el centauro —dice Rubén—. La gloria inmarcesible de las Musas hermosas
       Bebe otra vez, y se limpia la boca con la manga de la chaqueta, olvidado ya de su pañuelo de batista.
       —…y el triunfo del terrible misterio de las cosas… —responde Eulalia desde su sitio.
       Alza la copa hacia ella. Luego, llama a Quirón con voz grave. El obispo Simeón le habla al niño al oído y lo empuja suavemente hacia Rubén. Deja a un lado la copa vacía, se pone de pie y le toma la cabeza con ambas manos.
       El niño quiere retroceder pero las manos lo retienen implacables, apretándolo cada vez más. Un sordo rumor de caracolas va llenando su cráneo, y tanto lo aturde aquel ruido que rueda desvanecido.
       Casimira da un grito, que apenas puede contener llevándose las manos a la boca, y Margarita acude a esconderse en su regazo. Salvadorita llora de susto. Rubén se vuelve a sentar. Eulalia, cejijunta, lo contempla con sonrisa impávida. Acude el obispo Simeón, se arrodilla y sopla al niño con su bonete; el sabio Debayle se levanta también, disgustado, y envía al tren por su maletín.
       Cuando el niño, reanimado por las sales de amoniaco se sienta en el piso, no llora, no hay ningún susto en sus ojos.
       —Ahora, sufre la quemadura, Quirón. El numen está en tu cráneo —le dice Rubén con lengua remorosa.
       Casi nadie lo escucha decir, nadie pone atención a su sentencia, porque las miradas van hacia la puerta. La Maligna. Eulalia es la primera que la ha descubierto. Y ahora la ve él, su delgada silueta morena recortada en el rescoldo de luz de la puerta. Es el mismo traje gris perla que llevaba cuando se despidieron, tras una riña triste, bajo el emparrado de La Pagode, en Camaret-sur-Mer, en Brest, el último verano. La misma sombrilla, el mismo sombrero con el airón de plumas. Sus ojos verdes están desafiándolo desde hace ratos. No ha hablado aún, pero cuando lo haga, sabe que la saliva va a saltar en tenue surtidor de las comisuras de sus labios. Su hermano Andrés Murillo, vestido de negro como un enterrador, se ha quedado unos pasos tras ella.
       La contera de la sombrilla plegada apunta a Eulalia en medio de los ojos, como un arma mortal, allí donde se encuentran en un nudo oscuro sus cejas espesas. Y los concurrentes quedan congelados en sus gestos como bajo un resplandor de magnesio.
       —¿Quién es esa puta? —dice al fin, colérica.
       —¿Y qué hizo entonces Rubén? —pregunta Norberto. Norberto parece siempre recién bañado. Debajo de la papada, la medallita que cuelga de una cadena, entra en la pelambre del pecho. En la muñeca lleva una esclava con sus iniciales. Va vestido de lino blanco, pantalón y camisa. Su pelo reluce de brillantina Yardley.
       —Apartó el sofá que le estorbaba y fue en busca de ella, tan solícito, con los brazos abiertos, llevado por pasitos serviles —dice el orfebre Segismundo, calado con un sombrero tirolés de pluma enhiesta. Se ha puesto de pie para imitar los pasos de Rubén en pos de La Maligna, y desde las otras mesas, los parroquianos que aún quedan a esa hora lo observan de reojo, con diversión.
       —Así fue— dice el Capitán Prío; y corto de estatura como es, se alza en la silla para aventar hacia arriba el humo de su cigarrillo que se deshace en encajes—. Quiso besarla, pero sólo alcanzó a rozarle la mejilla porque ella quitó el rostro con gesto de asco, reprendiéndolo: apenas amanece, ya estás oliendo a licor. ¿No te da vergüenza?
       —No preste oídos a invenciones, maestro —le dice Erwin al orfebre Segismundo—. Rosario Murillo ni siquiera había regresado a Nicaragua. Llegó en otro barco, una semana más tarde, también desde Panamá. Ese barco era el Bernardo O’Higgins, de bandera chilena.
       Erwin luce una gorra vasca. Se atropella al hablar, tartamudeando. Lampiño y sonrosado como el bebé feliz de Mennen, parece demasiado grande para la mesa. Sus uñas muestran la huella de la tinta de imprenta.
       —Yo creo que no hay invención, mi amigo, aquí está anotado todo —dice el orfebre Segismundo, y va a revisar el cuaderno de Rigoberto—. Se lo llevó, muy manso. No tenía voluntad alguna. Bien podía lucir rienda y bocado, como el cisne de Lohengrín.
       —El divino abisintio le había destruido el ánimo —dice el Capitán Prío, con desconsuelo, mirando los encajes de humo que van disipándose en el cielo raso.
       —Me atengo a mis datos —dice entonces Rigoberto, revisando una página de su cuaderno—. El Bernardo O’Higgins llegó a Corinto el 25 de octubre para cargar cedro real, ipecacuana y café. Ella fue recibida por su hermano Andrés Murillo. Se quedaron alojados en el Hotel Lupone, cuartos números cinco, y siete, decididos a esperar el arribo de Rubén. La Comandancia del puerto pagó la cuenta, por órdenes del Supremo Gobierno.
       Rigoberto es ese muchacho moreno, espigadito, pelo ensortijado y bigote tupido encima de los labios carnosos, que ha estado comiendo sorbete de tutti frutti. Ya lleva dos copas.
       —Muy natural, en todo caso, que se quedara a esperarlo en el puerto, si eran marido y mujer —dice Erwin.
       —¿También era natural que le quisiera lanzar vitriolo en la cara? —dice Norberto.
       —Por eso la llamaba La Maligna —dice Rigoberto—. En París le secuestró los sueldos de cónsul, doscientos cuarenta francos. Quiso embargarle los muebles, su juego de escritorio Luis XIV, que constaba de mesa y secretaire, noventa francos; y su piano Pleyel de media caja, quinientos francos, su mayor tesoro.
       —Y lo hacía cargar con cuentas de modistas, y hasta la factura de un atomizador de medicina bucal para la halitosis envió a cobrarle, dos francos —dice el Capitán Prío que ha rodeado la mesa para leer también del cuaderno de Rigoberto.
       —Eso de que se le pueda traspasar a un niño el numen de las musas con sólo apretarle la cabeza, me parece una grave exageración —dice entonces Erwin.
       —Ninguna exageración— dice el Capitán Prío—. El niño rodó por los suelos, prendido en calentura. El sabio Debayle lo estuvo tratando por meses. Sufría una especie de paludismo mental.
       —¿Quién puede tener evidencia de ese disparate? —le dice Erwin.
       —Aquí está el testimonio del maestro filarmónico Saturnino Ramos, que como director de la banda de los Supremos Poderes fue admitido al desayuno —dice Rigoberto, presentándole a Erwin una hoja doblada que ha sacado de entre las páginas del cuaderno.
       —El maestro Saturnino es el peor testigo que podías buscar —dice Erwin, atropellando las palabras—. Ya ciego de tan viejo, le ha dado por silbar todo el día en la calle marchas fúnebres que va componiendo en su cabeza.
       —Muy cierto. Es como si siempre se anduviera orinando en los pantalones —dice Norberto.
       —Tomen en cuenta que Rubén estaba ebrio. Un hombre en estado de ebriedad puede ser capaz de cualquier sinrazón, como esa del numen —dice el orfebre Segismundo.
       —Entonces, para no caer en la sinrazón, no se tome ese otro trago —le dice Norberto.
       —Yo bebo, pero nunca me embriago —le dice el orfebre Segismundo, el mentón en alto.
       —El cisne bebía por timidez. Un ser inseguro, atormentado. Esa mujer que lo acosaba no podía llamarse esposa —dice el Capitán Prío.
       —La Maligna —dice el orfebre Segismundo—. Hasta la cara quería deformarle con ácido corrosivo. Y él, un hombre tan galante. Un príncipe.
       —Un príncipe que siempre le debía al sastre. El uniforme para presentar credenciales ante el rey Alfonso, Vanccopenolle se negó a enviárselo a Madrid por falta de pago. Tuvo que ir con uno prestado. ¿O miento? —dice Erwin pidiendo la aprobación de Rigoberto.
       —No hablemos de los que se dan gustos caros, joyas y esas cosas, y quedan debiendo —dice el orfebre Segismundo mirando con divertida reprensión a Norberto.
       —No era su culpa. No le pagaban sus sueldos. Tuvo que abandonar la corte de Madrid, para no seguir pasando por un embajador indigente —dice el Capitán Prío—. Ya ni los cocheros de la calle de Serrano le fiaban la carrera.
       —¿Y en ese barco La Provence venía, de verdad, en primera clase? —le pregunta Norberto a Rigoberto.
       —Claro —dice Rigoberto—. Tengo un libro biográfico donde aparece fotografiado el boleto.
       —Pero ni una sola vez fue invitado a la mesa del capitán —dice Erwin—. Se pasó encerrado, bebiendo. Los pasajeros del camarote vecino, unos tales Mister and Missis Delaney, de New Haven, presentaron una queja formal ante el sobrecargo por los alaridos que no los dejaban dormir.
       —Delirium tremens —dice el Capitán Prío.
       —¿De dónde sacaste eso? —le dice Rigoberto a Erwin.
       —Fuentes fidedignas —le dice Erwin—. Yo también investigo la vida del panida.
       —Y ese Sedano mexicano, un malandrín era —dice el Capitán Prío—. Le robaba, lo engañaba, vendía en su nombre los derechos de los libros. Un estafador.
       —Lo fusilaron en Francia en el diecisiete —dice Rigoberto.
       —¿Y lo fusilaron por estafador? —dice Norberto.
       —Si por eso fusilaran, ya este país estaría despoblado, mi amigo —dice el orfebre Segismundo, suspirando.
       —Nadie lo ha fusilado —dice Erwin.
       —Lo fusilaron por espía de los alemanes —dice Rigoberto—. Resultó agente de la red secreta de la Mata Hari.
       —Era hijo furtivo de Maximiliano de Austria. Tenía su misma barba rubia partida en dos alas —dice el Capitán Prío.
       —Cuánta mentira —dice Erwin y se ríe moviendo la cabeza, compasivo, como si perdonara el embuste.
       —Aquí está en mi cuaderno, si querés verlo —le dice Rigoberto, resentido—. Juzgado en corte marcial y fusilado en Neuilly, el 17 de noviembre de 1917.
       —Te creo, mañana me lo enseñás —le dice Erwin, ajustándose la boina—. Ahora tengo que ir a corregir unas pruebas. Ya me agarró la noche.
       —Somoza va a ser vecino suyo, Capitán. Se va hospedar en el Palacio Municipal —dijo Rigoberto metiendo su cuaderno en el cartapacio para irse también. Era un cartapacio de plástico, imitación de cuero de lagarto
       —Ya vi que están desalojando todos los escritorios y los archivadores de las oficinas, en camiones —dijo el Capitán Prío.
       —Son órdenes de Van Wynckle —dijo Norberto—. Van a sacar hasta la caja de hierro de la agencia del Banco Nicaragüense que funciona abajo.
       —Es un gran desprecio para doña Casimira que tiene un mes de estar pintando la casa para recibir a su yerno —dijo el Capitán Prío.
       —¿Quién es ese Van Wynckle? —preguntó el orfebre Segismundo.
       —Un experto que mandaron los gringos para que se haga cargo de la seguridad de Somoza —dijo Erwin, poniéndose de pie.
       —Hasta un chaleco blindado le trajo de regalo a Somoza, de parte de Eisenhower —dijo Norberto.
       —Más bien ese chaleco se lo mandó Edgar Hoover, el jefe del FBI —dijo Rigoberto—. El blindaje es de acero tejido en malla, y viene forrado en nylon lavable. Pesa un kilo doscientos gramos, y resiste proyectiles cuarenticinco magnum.
       —Eso no lo andés apuntando en tu libreta —le dijo el Capitán Prío, bajando la voz.
       —Son cosas que salen en las revistas —dijo Rigoberto, encogiéndose de hombros.
       —Ahora Somoza va a andar al último grito de la moda, fachento con su chaleco nuevo —dijo Norberto.
       —¡Esos búfalos dientes de plata! —clamó a las alturas el orfebre Segismundo abriendo los brazos—. ¡Padrinos de semejante gángster que sin tener culo se ha cagado en todo Nicaragua!
       —¿Cómo es eso de que no tiene culo Somoza? —dijo Norberto y se rió, cerciorándose primero de que por la calle no pasaba nadie.
       —Se lo quitaron en la clínica Oschner de Nueva Orleans, y nunca se lo volvieron a poner —dijo el orfebre Segismundo.
       —A usted la pasión política lo lleva a inventar grandes calumnias como ésa —le dijo Erwin.
       —¿Calumnias? —dijo el orfebre Segismundo—. Caga por la barriga, mi amigo, por medio de una válvula de goma. Lo que pasa es que es un secreto de estado.
       —Un secreto de estado que sólo en esta mesa se conoce —dijo Norberto.
       —Qué triste —dijo el Capitán Prío mirando la brasa de su cigarrillo—. Tantos reales, y no poder defecar a gusto, sentado en su inodoro de oro macizo.
       —Eso se llama colestectomía —dijo Rigoberto volviendo a sacar su cuaderno, pero no había nada escrito en la página que consultó—. Supresión del tracto rectal y formación del ano artificial por el método de Charles Richet.


Con temblor de estrellas y horror de cataclismo


      Marte se acercaba otra vez a la Tierra envuelto en un resplandor de sangre. Al anochecer del jueves 6 de septiembre de 1956, cuando La Salvadorita soltaba amarras en el puerto de La Unión para atravesar el golfo de Fonseca rumbo a Nicaragua, triste de fulgores había despuntado ya por encima del promontorio decapitado del volcán Cosigüina. Los relámpagos se encendían en el cielo turbio como las ramas del árbol calcinado del Bien y el Mal, descargándose en deslumbres silenciosos sobre los contornos de la Isla del Tigre.
       El motor Caterpillar recalentaba los tablones de la cubierta manchados de aceite donde los pasajeros sin sitio en las bancas que parecían venir de una iglesia abandonada, buscaban extender sus colchas y perrajes entre las arpillas de cajas de productos salvadoreños —confecciones de tricot, platos plásticos y santos de yeso—. Otros colgaban sus hamacas de alquiler en los travesaños de la borda, preparándose para las seis horas de travesía hasta Puerto Morazán. La Salvadorita, agobiada por el peso, cabeceaba con bríos sofrenados, hundiendo el tajamar entre las espumas revueltas.
       —¿Quién habrá sido ese niño tan famoso? —se oyó de pronto una voz de pregonera alzándose por encima del ruido del motor.
       El dedo ensortijado de la marchanta, una mujer de gran nalgatorio y brazos rollizos, señaló la cabeza de una estatua de mármol, apenas visible entre los pliegues del capote ahulado que la cubría. La estatua iba colocada de pie, sostenida en su pedestal, al centro de la cubierta, bajo la única bujía que brillaba en el techo encerrada en una celda de alambre.
       Un hombre pequeño se abrazaba a ella para protegerla, no tanto de los rudos bamboleos del oleaje que crecía a medida que las luces del puerto de La Unión iban perdiéndose en la distancia, sino de la vulgaridad, que, ya se ve, comenzaba a amenazarla. Tan niño en su tamaño como la estatua misma, podía tener cincuenta años, y vestía de lino blanco, un traje bolsudo y arrugado, la corbata negra colgándole sobre la portañuela. La marchanta, al acercarse a la luz de la bujía, lo reconoció.
       —¡Ay, si es el doctor Baltasar Cisne, el gran abogado prestamista! —dijo, siempre a grandes voces, y quiso envolverlo en un abrazo, pero él la rechazó, pelando sus dientes caballunos en sonrisa de desdén.
       —¡Señora Catalina Baldelomar, tenga más respeto! —le dijo él, ya sin ninguna sonrisa, cuando vio sus intenciones de quitarle el capote a la estatua. Pero ella no se detuvo.
       —Algo notable hizo este niño, porque también era un niño cabezón. ¡Vean qué cabeza! Los cabezones, siempre son lumbreras —dijo, con alborozo.
       Libre del capote la cabeza, bajo la luz de la bujía podían entreverse los rasgos severos del rostro, la mirada profunda bajo las cejas contraídas, la boca esponjada en un gesto adusto.
       —¿Lumbreras? Lumbreras, pero para pegar lumbre. Yo conocí en León a un cipote cabezón que le pegó fuego a su casa, sólo porque lo habían regañado por estarse pajeando encerrado en el excusado, y dejó a toda su familia en la orfandad de la calle —se oyó decir.
       Era la voz melodiosa, de película cinematográfica, de un jugador de gallos, el bigotito fino y un rulo en la frente bajo el sombrero charro bordado de arabescos. Terminaba de asegurar, de cuclillas, las jaulas de sus animales, ayudado por un muchacho albino que parecía refulgir como una llama de tiza. Luego se acercó, haciendo sonar las espuelas, la chispa del cigarrillo en la boca. Traía, cogida por el gollete, una botella de ron Cuscatleco.
       —A quién se le ocurre calzar espuelas dentro de un barco —dijo, con ínfulas, la marchanta Catalina Baldelomar.
       —A mí —le susurró la voz artística del charro—. ¿Hay alguna ofensa?
       Ella arrugó el ceño para advertir mejor sus facciones, ahora que lo alcanzaba el resplandor de la bujía. En el pómulo izquierdo exhibía la ingrata huella de una pedrada recibida en la trifulca con que había terminado la pelea estelar de gallos en Sonsonate.
       —¡Ideay, pero si es Jorge Negrete! —se admiró.
       —Para lo que usted guste mandar —dijo Jorge Negrete, y se tocó el ala del sombrero. Después dio un trago, se limpió la boca, y le ofreció la botella.
       —Gracias, Jorge —dijo ella, y miró a su alrededor, orgullosa. Bebió, arrugando la cara y fingiendo ascos, y le devolvió la botella a su dueño.
       —Tal vez este niño, aunque no tenga edad para beber, quiere su trago —dijo Jorge Negrete y fue hacia la estatua con la intención de ponerle la botella en la boca.
       —¡Parece mentira en un dariano como usted, don Olinto Poveda! —le dijo el doctor Baltasar Cisne, apartando la botella.
       Hastiado ya, decidió proceder de una vez a retirar el capote, que dobló respetuosamente, y la estatua se reveló por completo. Los pasajeros, arremolinados, contemplaban al pequeño personaje en uniforme de gala, el bicornio coronado por un airón de plumas bajo el brazo, la pechera de la casaca bordada de olivos, el espadín al cinto. La estatua era, efectivamente, del tamaño de un niño.
       —¡Ajá, es un niño mariscal! —dijo entonces la marchanta Catalina Baldelomar. ¿En qué batalla habrá peleado?
       —¡Ningún mariscal, señores, ningún niño tampoco! ¡Frente a ustedes está Rubén Darío! —dijo un muchacho moreno de bigote frondoso y labios gruesos, que había depositado a sus pies una valijita de cartón comprimido, de chapas herrumbradas.
       —¡Bienvenido Granda en persona, el bigote que canta! —le dijo la marchanta Catalina Baldelomar, mirándolo de pies a cabeza— ¿Anda también aquí la orquesta de La Sonora Matancera, Bienvenido?
       El doctor Baltasar Cisne, preparado ya para hacer él mismo la revelación sobre la identidad de la estatua, mostró su disgusto ante la intervención de Bienvenido Granda.
       —¡Rubén Darío! ¿Qué iba a saber yo que eras vos, viéndote tan chiquito? ¡Semejante gigante! —dijo Jorge Negrete.
       —¡Usted lo sabía perfectamente, déjese de perfidias! —le dijo el doctor Baltasar Cisne.
       —De saberlo, jamás me hubiera atrevido a ofrecerle trago —dijo Jorge Negrete—. Quién quita y agarra de nuevo una de aquellas papalinas de París, cuando amanecía dormido en las aceras de los majestuosos bulevares.
       —No me denuncie, que voy huyendo, de incógnito —le dijo Bienvenido Granda, en un susurro, a la marchanta Catalina Baldelomar.
       —¿Qué trastada hiciste? —le preguntó ella, ya cómplice.
       —¡No le da pena repetir esos embustes del vulgo sobre Rubén Darío! —le dijo el doctor Baltasar Cisne a Jorge Negrete.
       —Usted conoce bien, doctor, mi devoción dariana —le dijo Jorge Negrete al doctor Baltasar Cisne—. Pero que bebía Rubén Darío para inspirarse, quién lo va a negar.
       —Me robé del colegio de las monjas escolapias a una muchacha de las catorce familias de linaje, y me echaron a la policía secreta encima —le dijo Bienvenido Granda a la marchanta Catalina Baldelomar.
       —¿Y los músicos de La Sonora, qué se hicieron? —le preguntó ella.
       —Buscando cómo agarrarme a mí, los metieron presos a todos en San Salvador —dijo él—. Dicha que Los Churumbeles de España, que aquí vienen en el barco, me ampararon. Y le señaló a Juan Legido, de chaquetín, tacones altos y sombrero andaluz, que se había acercado a admirar la estatua.
       —No se nota esa devoción —le dijo el doctor Baltasar Cisne a Jorge Negrete.
       —Se va a ver muy extraño que vos cantés canciones tropicales con Los Churumbeles de España que más bien son de castañuelas —le dijo la marchanta Catalina Baldelomar a Bienvenido Granda.
       —¡Claro que soy su devoto! —dijo Jorge Negrete—. Él bebió, yo bebo.
       —¡Rubén Darío!, ¡quién iba a pensarlo! ¿nunca creció, entonces? —dijo la marchanta Catalina Baldelomar volteándose hacia el doctor Baltasar Cisne—. Con razón le dicen el poeta niño.
       Y se inclinó, curiosa, palmoteando con cariño maternal la gran cabeza que ya el doctor Baltasar Cisne se disponía a cubrir, otra vez, con el capote.
       Tómbolas, suscripciones, rifas, kermesses, veladas líricas. Nada era suficiente para alcanzar el precio que la Casa Poloni e figlio cobraba por una estatua de mármol de Rubén Darío en tamaño natural; los escultores, tras estudiar las diversas fotografías remitidas a Carrara, habían recomendado esculpirlo en su uniforme de embajador ante la corte de Alfonso XIII.
       El tamaño definitivo fue decidido, al fin, tras un nutrido cruce de correspondencia entre el propio doctor Baltasar Cisne, presidente de la Guardia de Honor Dariana e il signor Cesare Poloni, quien por razones de precio siempre proponía disminuciones paulatinas, que de haber continuado hubieran terminado por reducir al aeda a una vil miniatura, un bibelot más propio de la consola del salón de una Madame Pompadour que de la majestad de un parque, según los razonamientos del doctor Baltasar Cisne en sus cartas; pues la estatua había estado siempre destinada a ser erigida en el parquecito de pocas bancas y escasos árboles frente a la iglesia de San Francisco, en León, donde Rubén Darío oía misa de niño.
       Abandonada a la intemperie por largos meses en los patios de la aduana del puerto de La Unión, El Salvador, donde había sido desembarcada por un grosero error de los estibadores, pues las marcas del cajoncito de pino señalaban claramente el puerto de Corinto, Nicaragua, como su destino final, la estatua había sido rematada por falta de reclamo en pública subasta y adquirida por don Manlio Argueta, propietario de la sorbetería Los mil sabores del cacique Atlacatl, ubicada en la Avenida Independencia de San Salvador, donde el doctor Baltasar Cisne al fin la encontró, gracias a una circunstancia casual.
       La estatua adornaba la entrada del establecimiento. Y bastó una ligera mirada de aquel Bienvenido Granda, el bigote que canta, para comprobar que se trataba de Rubén Darío; y se lo comentó, entre divertido y dolido, a Cordelio Selva, con el que se había dado cita en la sorbetería, algo así como: dónde vino a parar el gran panida, etc. Y Cordelio le comentó, a su vez, que siendo así, la búsqueda del presidente de la Guardia de Honor, había llegado a su fin.
       Porque el doctor Baltasar Cisne paraba en Casa Dinamarca donde se alojaba por entonces Cordelio, errabundo habitante de pensiones de agentes viajeros y estudiantes; y al sentarse a la mesa del desayuno una de tantas mañanas, había podido escuchar las quejas de su vecino comensal acerca de sus infructuosas y cansadas averiguaciones de un mes, gastando en anuncios en las radios y en los periódicos y en recompensar falsas pistas, recorriendo a pie la Colonia Escalón para asomarse a los jardines enrejados de las mansiones de pórticos dóricos y visitando los mausoleos del cementerio, lugares probables de destino para la estatua, ya fuera para adornar una fuente o la tumba de un infante.
       Acompañaron los dos un sábado al doctor Baltasar Cisne, feliz y agradecido, a su entrevista con don Manlio, a quien hubo que pagar un módico rescate, facilitada la transacción por el hecho propicio de que se trataba de un dariano entusiasta, que sabía de memoria ¿Recuerdas que querías ser una Margarita Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está, cuando cenamos juntos, en la primera cita, en una noche alegre que nunca volverá… pero quien jamás imaginó que la estatua infantil adquirida en el remate aduanero de mercancías abandonadas, fuera la del príncipe de las letras castellanas, como les explicó, sumamente apenado, mientras los regalaba con una copa de sorbete de mamey, exclusividad de la casa y que Bienvenido Granda alabó, obteniendo una repetición.
       —¡El poeta andaluz más grande de este siglo y los venideros, gloria de la madre patria! —se oyó decir a Juan Legido, que se había alejado ya en busca de su hamaca después de admirar la estatua.
       —¿La madre patria? —el doctor Baltasar Cisne agitó los cortos brazos, como aspas mutiladas, pidiendo auxilio. —¡No les bastó con el oro de la conquista, ahora quieren también robarse a Rubén!
       —Pues sí, señor, Rubén Darío nació en Sevilla, Plaza de la Santa Cruz, para más señas —insistió Juan Legido y se dio vuelta de espaldas en su hamaca.
       El célebre luchador Manfredo Casaya, mejor conocido en los cuadriláteros como El León de Nemea, que buscaba el sueño sobre los tablones de la cubierta, se levantó. Fue a orinar por la borda muy calmadamente, y con la misma calma se acercó en busca del cantante, agachándose para atravesar el enjambre de cuerdas que sostenían las hamacas, como si se dispusiera a entrar al ring. Desnudo de la cintura para arriba, la hirsuta cabellera le daba un aspecto terrible. Y más terrible aún, una navaja de barbero que relampagueaba en su mano.
       —Repita conmigo —le ordenó a Juan Legido—: “Rubén Darío nació en el humilde poblado de Metapa, después Chocoyos, y hoy Ciudad Darío, departamento de Matagalpa, República de Nicaragua, el 18 de enero de 1867. Fueron sus padres don Domingo García y doña Rosa Sarmiento…”
       Juan Legido, desaconsejado del peligro que corría, se colocó boca arriba en la hamaca y se cubrió el rostro con el sombrero orlado de borlas.
       El León de Nemea le apartó con la navaja el sombrero, que rodó dócil por el suelo; lo cogió por el cuello del chaquetín, y le acercó la navaja al pescuezo.
       —Repita lo que le ordené —le dijo.
       Bienvenido Granda, que miraba de lejos la escena, recogió su valijita de cartón y se apresuró en acercarse. Los demás churumbeles acudieron también en un revuelo de sombras.
       —Oiga, se queda nicaragüense Rubén Darío y ya está; pero guarde usted esa navaja que puede haber sangre sin necesidad —le pidió Mario Rey, el otro cantante estelar de la orquesta.
       El León de Nemea, sin atender aquella voz conciliadora, repasó la hoja de la navaja en la palma de la mano, como si se dispusiera a afeitar a Juan Legido, que aprovechó para sentarse de un brinco en la hamaca.
       —Por última vez: ¿Lo va a repetir o no? —le dijo.
       —Manfredo, le estás dirigiendo la palabra nada menos que a Juan Legido —le dijo Bienvenido Granda al luchador, tomándolo del brazo—. ¿Qué nunca lo has oído cantar El gitano señorón?
       —Pues lo que soy yo, me retracto, cojones, no faltaba más —concedió la voz acobardada de Juan Legido.
       —¿Juan Legido? —se asombró El León de Nemea, guardándose, presuroso, la navaja.
       —El mismo, allí lo tenés enfrente —sonrió Bienvenido Granda—. Y aquí están también Mario Rey y Pepe Marcos. Todos estos que ves son churumbeles legítimos.
       El León de Nemea los miró con asombrada alegría.
       —Si hasta las lágrimas se me han salido, a mí, que soy tan rudo, oyéndolo a usted cantar Dos Cruces —le dijo—. ¿Porqué no me canta Dos Cruces?
       —Eso será en la función del sábado, en León —le dijo Juan Legido, que terminó por levantarse de la hamaca, y prudentemente se alejó hacia un costado de la borda para fumar un cigarrillo que tardó en encender.
       El León de Nemea se había presentado un día a Casa Dinamarca, ofreciéndose ante Cordelio para subir al encordado bajo un precio módico, de suerte que las jugosas ganancias de la pelea pudieran servir para la causa de la libertad, según le sopló al oído, con talante misterioso. Venía de México, donde había dejado tendidos en la lona de la Arena Tepito, velada tras velada, a sus adversarios.
       Cordelio, arisco al principio, pero necesitado de fondos para la causa de la libertad, terminó por convencerse. Sólo le faltaba el contrincante. Y ése fue El Diablo Rojo, que si ganaba se llevaba la mitad de las entradas como bolsa. Pero, ¿cómo iba a perder El León de Nemea? Era de reírse ante la sola ocurrencia.
       El Gran Maestro Masón Segismundo Mestayer, orfebre de oficio y nunca jamás casado, desterrado en San Salvador, compartía cuarto en Casa Dinamarca con Cordelio. Una tarde en León había salido a la puerta de su joyería Perlas de Bassora al paso de la caravana de Somoza, la mano en alto haciendo la señal de la guatusa, y así la mantuvo a pesar de que le llovían ya los culatazos; y con la mano en alto, como si su brazo fuera el de un santo de palo, lo subieron, muy ensangrentado, al jeep militar. Hombre de porte altivo y modales caballerosos, siempre atento a complacer a las damas, se ufanaba del tamaño de su dotación y del inagotable poder de la misma, con la naturalidad de quien habla de una inflamación de las amígdalas.
       Cordelio le encomendó la misión de arrancarle un préstamo de quinientos colones a La Bella Cupida para montar la pelea. Viuda o solterona, no se sabe, muy millonaria, eso sí se sabía bien, y famosa por su insaciable sed carnal, comprobado, vivía sola en los Planes de Renderos, en una mansión construida en lo alto de un barranco, con torreones y almenas, el castillo defendido por un foso que mandó a llenar de caimanes tras un pleito ganado a la municipalidad que se oponía por razones de peligro público.
       Los viejos zapatos bien lustrados, su traje de cáñamo enviado a la dry-cleaning tras una rápida colecta, y despojado del sombrerito tirolés para no perturbar su estampa de dandy, fue despachado al castillo de los caimanes una noche, en taxi. Y a la mañana siguiente, regresó cantando victoria, aunque tembleque de piernas y con un algo de demacrado en el semblante.
       —Le quité el rigio por lo menos para un mes —les había dicho desde la acera, enseñándoles el cheque del Banco Hipotecario firmado por La Bella Cupida.
       Y se montó la pelea, el gimnasio El Salvador del Mundo reventando de gente. El Diablo Rojo, que olía a azufre, subió con capa y tridente al entarimado; El León de Nemea, cubierto apenas por una piel de león que Cordelio había comprado a una partida de cazadores del Guascorán, mal curtida, olía a carroña.
       Dejó El Diablo Rojo en su esquina capa y tridente, y con paso muy seguro y profesional, antes de que el referee hubiera siquiera advertido a los contrincantes las reglas de la lucha, fue en busca de El León de Nemea que, desapercibido, rugía con grandes alardes, golpeándose a manotazos el pecho; lo agarró por la melena, lo hizo girar por los aires como si fuera un triste molinete, y tras aterrizarlo en la lona se le montó encima a horcajadas, aplicándole una llave mortal que lo hizo gritar con aullidos desesperados pidiendo que se lo quitaran de encima, y obligado a declarar a grandes voces, a cada vuelta de torniquete en brazos y piernas, como si se tratara de un interrogatorio policíaco, que él nunca en su vida había peleado, y que si se hacía pasar por luchador era por la necesidad del hambre; con lo cual llovieron sobre el entarimado los cojines, las silletas y las botellas, mientras Cordelio, el promotor, y el orfebre Segismundo, tesorero de la fugaz empresa, lo sacaban del gimnasio para llevarlo al servicio de emergencias del Hospital Rosales donde fue cosido y entablillado.
       Bienvenido Granda regresó en la oscuridad al lado de Juan Legido, quien al advertirlo, le tendió gentilmente la mano.
       —Hombre, muchas gracias le doy. Si no es por usted, ese animal me acuchilla —le dijo.
       —Los nicaragüenses son muy celosos de sus glorias nacionales —le dijo él, sonriendo.
       —Por celos de una mujer, pues si que vale la pena matar a cuchillo. Pero por un poeta… —Juan Legido tiró la colilla de su cigarrillo al agua.
       —Yo, a cambio, le quería pedir un favor —le dijo Bienvenido Granda, y puso en el piso su valijita que parecía la de un barbero a domicilio.
       —No faltaba más —le dijo Juan Legido.
       —Un amigo mío cogería el cielo con las manos si le pudiera poner a su novia una serenata con Los Churumbeles de España —le dijo Bienvenido Granda.
       —¿Y no es eso peligroso? —preguntó, con cautela, Juan Legido—. Digo, si el padre de la niña no será un chiflado que salga a la calle con otra navaja en la mano.
       —El padre es un caballero respetable y comedido. Allí lo tiene —le dijo, y le señaló al doctor Baltasar Cisne, que dormitaba sentado a plan, abrazado a la estatua—. Ella se llama Zela, La Mora Zela.
       —Entonces, délo por hecho. Búsqueme en el Hotel América el sábado —le dijo Juan Legido—. ¿Y su nombre? ¿cuál es su nombre, si me perdona?
       —Bienvenido —le dijo Bienvenido Granda, y recogió su valijita.
       La calma había retornado a la cubierta. Y ya se encaminaba Bienvenido Granda en busca de un lugar para acostarse, cuando de pronto, alguien que avanzaba entre los cuerpos apretujados se subió a un cajón, muy cerca de la estatua, y abrió una gruesa Biblia, sosteniendo el equilibrio entre los estremecimientos de La Salvadorita.
       La bujía del cobertizo alumbraba de amarillo su cara afilada, de pómulos saltones. Llevaba el pelo rasurado arriba de las orejas, una sombra azulada en lugar de las patillas.
       —¡Marte se acerca de nuevo a la Tierra! —gritó.
       —¿Qué le pasa a Cordelio? —le preguntó, sobresaltado, el doctor Baltasar Cisne a Bienvenido Granda que había encontrado sitio al lado suyo.
       —Sepa Judas —le respondió.
       —Por los clavos del Cristo de los gitanos, ¿qué no se podrá dormir? —se quejó desde su hamaca Mario Rey.
       —¡Usted se me calla, churumbel! —le advirtió la voz canora de Jorge Negrete, con falso enojo.
       Desde el rincón de la jaula de los gallos, donde intercambiaba la botella de ron Cuscatleco con la marchanta Catalina Baldelomar, sentada ella sobre sus cajas de mercancía, se oyó llegar la risa de los dos. El muchacho albino dormía recostado en las jaulas, con una toalla envolviéndole la cabeza para que su fulgor blanco no despertara a los gallos.
       —¡Marte, heraldo de tribulaciones! —Cordelio agitaba la Biblia encima de su cabeza, señalando al cielo—. ¡El planeta funesto se acerca en su visita de cada veinte años, desde que se le vio por primera vez en los tiempos de Sarón, Rey de Asiria!
       —¿Desde cuándo Cordelio se volvió predicador? —le preguntó el doctor Baltasar Cisne a Bienvenido Granda.
       —Se volvió predicador en el exilio, para poder ganarse la vida —le contestó.
       —¿Y cree que por predicador no lo van a echar preso al poner pie en Nicaragua? —dijo el doctor Baltasar Cisne—. En Novedades lo viven acusando de conspiraciones para asesinar al general Somoza.
       —Ahora es un hombre pacífico, dedicado a su apostolado evangélico —le dijo Bienvenido Granda—. Antes, cuando era católico, es que llevaba una vida corrompida, de guaro y mujeres.
       —¡Que se acuerden los dictadores, los sátrapas y tiranuelos, del rey Senaquerib, el impío y soberbio, exterminado por el fuego del cielo, anunciado por el planeta Marte! —seguía Cordelio desde el cajón.
       —Qué se va a estar componiendo, oílo —le dijo, con miedo en la voz, el doctor Baltasar Cisne.
       —Desde aquí se ve Marte, es aquella estrella rojiza —dijo El León de Nemea señalando hacia el cielo. Luego, se incorporó, y caminó hasta la barandilla donde Juan Legido seguía abstraído, fumando.
       Juan Legido se sobresaltó. Pero al ver a El León de Nemea que le sonreía, amigable, con toda su boca desdentada, pues en la pelea estelar El Diablo Rojo le había volado los dientes delanteros, se tranquilizó, y le ofreció un cigarrillo que el otro aceptó, aunque para guardárselo en el bolsillo en que tenía la navaja.
       —Yo no fumo, pero nunca desprecio nada —le dijo.
       —Debe usted ser un luchador muy fiero —le dijo Juan Legido.
       —Una pelea nada más he perdido en mi vida —le respondió El León de Nemea—. Y eso porque me vistieron con una piel de león mal curtida, y del tufo tan insoportable, más tenía ganas de vomitar que de pelear.
       —“¡Oh, tú, la estrella a quien llaman Nergal! —Cordelio consultaba su Biblia—. Tú eres el terror, el pánico, la que inspiras esplendores”…así exclamó frente al cadáver abrasado de su padre Senaquerib, el heredero de la tiranía, Sumassuquín.
       —¡Pásenle un trago al pastor! —se alzó otra vez la voz de Jorge Negrete.
       De mano en mano, la botella de ron Cuscatleco llegó hasta Cordelio. Entre rechiflas, se la ofrecieron.
       —¿Y este muchacho? —preguntó la marchanta Catalina Baldelomar —¿qué le sucedió que no tiene del todo color?
       —Este Tirso, mi sobrino —le dijo Jorge Negrete—, nació así porque el santo Mardoqueo echó una maldición.
       —Así se cumplió la palabra del profeta Isaías —Cordelio se agachó, desde lo alto de su tribuna, para aceptar la botella—: “Yavé hará retroceder diez grados de sombra el reloj de Ajaz, y se agitará el firmamento en una tormenta de llamas que exterminará al tirano”.
       —¿El santo Mardoqueo echaba maldiciones? —dijo, extrañada, la marchanta Catalina Baldelomar.
       —Fue su única maldición, en tiempos del yanki —dijo Jorge Negrete—: que todas las mujeres que se metieran con los marines buscando hijos rubios, más bien esos hijos les iban a salir desteñidos. ¿Va a beber el pastor, o no? ¡Si no, que me devuelva la botella!
       Cordelio dio un largo trago.
       —Tornó a acercarse Marte, y los muros del templo se derrumbaron sobre la cabeza del rey Ozías, el opresor, tal como lo había anunciado el profeta Amós. Porque Ozías había desobedecido a Jehová que le ordenaba dar pan y libertad a su pueblo oprimido…
       Y volvió a beber.
       —Allí tenés a tu pastor abstemio —dijo el doctor Baltasar Cisne, y tocó con el codo a Bienvenido Granda.
       —Que se acuerden de Marte los faraones soberbios, cocodrilos de fauces prodigiosas que por donde quiera que van quedan los humildes diciendo: “¡por aquí pasó!” —Cordelio dio otro trago, ahora lento—. ¡Los sátrapas, que como los reyes caldeos, ponen su planta sobre el vencido después de sacarle los ojos! ¡los que reducen a los pueblos, sin acordarse que un día el fuego divino los convertirá en pavesas!
       —Y este Tirso, entonces, ¿es hijo de algún marino de la intervención? —preguntó, intrigada, la marchanta Catalina Baldelomar.
       —Se metió mi hermana Eufrasia Poveda con uno de esos chelotes del destacamento Pendleton ya casi cuando se iban de Nicaragua, la preñó, y salió el pobre Tirso tan sin color, que alumbra —dijo Jorge Negrete—. ¡Ideay, pastor, te me estás acabando la botella! ¿Qué religión es ésa, la tuya?
       Cordelio midió la botella a trasluz, y comprobó que estaba casi vacía. Entonces, la devolvió a la cadena de manos que se alzaban, reclamándola.
       —Pobre niño, desvestido debe ser como una luciérnaga —dijo la marchanta Catalina Baldelomar mirando dormir a Tirso el albino.
       —¡Que se cuiden los voraces que poseyendo rebaños, arrebatan al pobre su única ovejita! ¿Quién te ha dicho, lobo, que la república es tuya? —ahora Cordelio elevaba más la voz—. ¡Tiembla en tu trono, tiembla en tu madriguera! ¡Ya se acerca Marte, el de la corona de sangre, vengador de los cielos! ¡Tus días, sátrapa, están contados! Amén.
       —Nada de arrepentido lo veo —se volvió a quejar el doctor Baltasar Cisne—. Es una prédica de doble sentido.
       —Tiene razón. Voy a hablar con él. Cuídeme la valija, que ya vuelvo —le dijo Bienvenido Granda.
       Cordelio ya se había bajado del cajón y ahora se oía su risa en la oscuridad, entremezclada con las risas de Jorge Negrete y la marchanta Catalina Baldelomar.
       —Qué valijita más miniatura —dijo para sí el doctor Baltasar Cisne, rozándola apenas.
       —No hablemos de miniaturas que usted mismo se mete en ese saco —se oyó la voz de El León de Nemea, que había llegado a gatas hasta allí, y seguía a gatas, y parecía mirar, más que hablar, desde su boca desdentada. El doctor Baltasar Cisne no quiso rebajarse a responderle.
       —¿Qué tánto andará Rigoberto en esa valijita? —dijo entonces El León de Nemea.
       La vista de ambos se fijó entonces en la valijita de cartón comprimido y chapas herrumbradas donde a duras penas alcanzaba una mudada, camisa y pantalón, un par de chinelas de hule, un rastrillo Guillette, un vasito de loción Mennen a medio usar, un cepillo de dientes de cerdas desvencijadas, un tubo de pasta dentífrica Kolynos, arrugado de tanto apretarlo; y acunado entre los pañuelos, los calcetines y los calzoncillos que le hacían un nido cálido, el animalito ñato, pavonado de negro, dormido con respiración sosegada.



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