Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


El poder
Cuentos
(Managua, Nicaragua: Editorial Nicaragüense, 1963);
Cuentos completos
(México: Alfaguara, 1996, 340 págs.);
Cuentos completos
(México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 340 págs.)



      No hay poder duradero sobre la tierra. Todo pasa, todo se borra. Pero en esto no me refiero al poder de don Fulgencio, que sí era un poder duradero e imborrable. Un poder palpable a la simple vista. En el pueblo nadie lo puso en duda nunca y, por supuesto, porque no había razón para creer lo contrario: un amigo que cayera preso salía al día siguiente sin pagar carcelaje; un asunto de permisos o exenciones de impuestos del plan de arbitrios; una carta de recomendación para ser maestro rural, todo esto era resuelto con diligencia por don Fulgencio, siete años seguidos Juez Local y Líder del Partido, conocedor pulgada a pulgada del terreno que pisaba, de los rostros de los amigos, de la edad de los hijos de los amigos hábiles para inscribirse y votar, de sus debilidades y pequeñas necesidades, de sus entusiasmos, y padrino de muchos hijos de correligionarios.
       El Juez Local despachaba en la Casa del Cabildo frente a la plaza desierta. La Casa del Cabildo era la principal edificación del pueblo, con un largo corredor y postes para amarrar los caballos. Tres palmeras había frente a su entrada principal y desde la ventana de barrotes ensarrados podía divisarse la iglesia de una sola torre de adobe como sus anchísimas paredes y también de una sola campana que se oía repicar en las tardes cuando pasaba un entierrito con la cajita blanca cubierta de flores de papel o para los rosarios a las seis de la tarde en el mes de mayo. Pero la plaza siempre estaba desierta, como un gran potrero con el zacate amarillo y dos vacas o caballos casi siempre pastando. En su extremo sur, un riel en donde diario amarraban el cartel del cine con letras moradas y verdes. El aire no corría por la plaza ni por el cabildo ni por la torre de la iglesia. Eran una plaza, un cabildo y una iglesia parados en seco. Ni pájaros ni ranas ni ardillas ni conejos en el potrero que era la plaza. Solo las tres palmeras con sus palmas agobiadas unas veces verdes y otras veces secas.
       A las dos de la tarde de todos los días, el Juez Local se aparecía por el lado del riel del cartel del cine, atravesaba la plaza en diagonal poniendo su mano delante del sombrero de fieltro para capear el sol. Sacaba su enorme pañuelo rojo para sacudir sus narices o para secar su nuca. Sobre su nariz los anteojos, escrutaba a uno y otro lado con mirada acuchillante para traspasar las paredes de las casas de sus correligionarios y ver qué hacían, quiénes peleaban con sus mujeres, quiénes fajeaban a sus hijos, quiénes dormían o hacían algo que él no supiera. De vez en cuando componía sus pantalones por detrás, crudos, de manta china o socaba su faja de vaqueta.
       A las dos y pico estaba detrás de su mesa con manchas azul pálido de tinta e incisiones de navaja, despachando los asuntos con su empatador de ras-ras al escribir. Arriba de él, un retrato con el perfil esfuminado del jefe, tras un vidrio polvoso y una cintita negra encima del marco.
       A su derecha se sentaba el secretario; un hombrecito pálido y flaco, con la barba sucia como de lija, tosigoso y débil, con las manos heladas y botando caspa cuando meneaba la cabeza peluda. Cuando escribía las declaraciones medio cerraba los ojos para ver, porque no usaba anteojos. Tenía otro empatador azul y un tintero.
       —Que pase el declarante.
       Se sentaba el declarante en el taburete enfrente del Juez a rendir su declaración.
       —¿Qué vio usted del asunto?
       Como un conejo asustado, el declarante volvía a ver a los lados y para atrás, donde esperaban los litigantes fiscalizando el pleito.
       —Nada, yo no vi nada, don Fulgencio. Yo no estaba en los hechos…
       El Juez entonces se inflaba en su justicia y se recostaba en su silla.
       —Ah, pues, y ¿entonces para qué viene aquí a rendir declaración de los hechos vistos?
       —A mí me trajieron, don Fulgencio, yo no quería…
       Y el Juez se desinflaba en su justicia y mandaba escribir:
       —Que no vio nada de los hechos en autos y que tampoco sabe ni ha oído nada del particular, que no firma por no saber y que oyó que le leímos el acta y está conforme…
       Y la justicia pasaba y se repasaba a diario por la mesa del Juez en pleitos de gallinas, de basura botada en solares ajenos, de bochinches por amenazas entre mujeres, de picados que le habían echado mueras al gobierno. La justicia entraba con el pie derecho solo cuando don Fulgencio no quería que entrara con el pie izquierdo.


       —Don Fulgencio, aquí está mi tarjeta y este individuo me ofendió y me amenazó con cinchonearme porque dice que le debo y yo no le debo nada…
       Y le pasaba la tarjeta que él veía poniéndola de largo y tanteándose los anteojos sobre la nariz.
       —“El vigilante de la mesa del cantón núm. 3 hace constar que el Sr. Saturnino Cerda votó por…”. Ahh… bueno, amigo, y ¿cómo prueba que a usted Saturnino le debe reales?
       Y el otro no tenía tarjetita y entonces estaba cancelado.
       —Fue de palabra.
       —Ah, pues estás claro, hijo. No hay pruebas. Escribí allí vos: que no hay mérito por falta de pruebas y no hay lugar para esta demanda. Que el demandante no vuelva a molestar a Saturnino Cerda y rinda fianza de guardar paz.
       O los pleitos los arreglaba más fácilmente en su casa, con huacales de jocotes, pollos, aguacates, naranjas, limones, huevos, verduras, que le llevaban a su mujer y esta interfería para que el litigante saliera bien y la otra parte condenada en costas, daños y perjuicios.
       El secretario nunca decía una palabra y solo abría la boca para toser tímidamente en su pañuelo y escupir en los ladrillos de barro del Cabildo. Se limitaba a escuchar cómo el Juez le dictaba las declaraciones para irlas copiando. Y hasta después, las leía con su voz meticulosa y triste, con su voz leal, y siempre los declarantes estaban conformes con ellas.
       Y a las cinco de la tarde, el Juez iba para el lado del riel del cine, seguido por dos o tres litigantes, siempre componiendo de atrás su pantalón. Y todo el pueblo sabía que él era la justicia en cuerpo y alma. La justicia hecha a la medida de cada ajusticiado, de cada litigante. Una justicia de una sola pieza y sobre todo revestida de poder. Poder no solo para ejecutar lo sentenciado sino poder de entronque, de amistad con el Jefe Político del Departamento, con el Administrador de Rentas, de amistades de influencia en Managua. Poder de hacer y deshacer en el pueblo, de quitar y poner colector de la luz, colector del agua, fiel de rastros, policía municipal, secretario del alcalde y al alcalde, síndico municipal, director de la escuela. Manejaba los hilos de la política a las mil maravillas y había que verle la cara para poder conseguir algo, aunque fuera la boleta de terraje de balde para enterrar a un muertecito. Don Fulgencio no era solo el Juez, era el que mandaba. Y el que manda, manda, decía él. Por eso, aunque nadie hubiera podido definir el poder, se sabía qué cosa era. Y el poder era don Fulgencio.
       Esa tarde estaba despachando en el Cabildo alegremente.
       —Hoy vamos a cerrar temprano porque viene a mi casa el Ministro de Hacienda, mi amigo.
       —¿Ah? —dijo el secretario, que rascaba el papel sellado con el empatador.
       —Hoy viene el Ministro a verme a mi casa, me puso un telegrama que venía porque va a pasar de vuelta de ver una finca que quiere comprar por allí. Somos amigos personales y a mí me quiere mucho.
       —Hujum —dijo el secretario y sacó su pañuelo, haciéndolo como un nido para toser.
       —Va a cenar en mi casa ahora antes de irse y le tengo listas unas frutas que me solicitó y otras cuestiones para regalárselas. Seguramente viene con su señora, ella también me estima mucho a mí.
       Hablaba dándole golpecitos a su mesa y sonriéndose con la aureola del poder sobre la cabeza. Y el secretario abandonó sus ajás y su tosedera para tirarle una pregunta inquietante:
       —Don Fulgencio, ¿y cómo es el poder?
       El secretario sentía como todos el poder del Juez pero no sabía cómo era, cómo lo sentía don Fulgencio dentro de él, si le hacía cosquillas, si le apretaba, si estaba o no a gusto. Y esa pregunta fue suficiente para que él se quitara sus anteojos y los repasara con su pañuelo colorado, empañándolos antes con el aliento, y dijera:
       —Hombré, hoy vas a ver cómo es el poder. Vamos a ir a mi casa.


       Y el secretario estaba en la casa del Juez con este, a la hora en que iba a llegar el Ministro. Barrían, limpiaban los bancos, regaban la calle, recogían la basura del solar. La mujer del Juez terminaba de arreglar las cositas que le iban a regalar al Doctor que de un momento a otro iba a pasar, pues entre las cosas del poder estaba, por supuesto, ser anfitrión de los ministros.
       El secretario esperaba la revelación exacta del poder para tener un concepto preciso sobre él y para eso lo había llevado el Juez. Pero a su ansiedad e interrogante no correspondió la rapidez con que se desarrollaron los acontecimientos y como una declaración lo contaba en la rueda de los amigos en la acera del cine: que él estaba en la acera de la casa, recostado en la puerta cuando paró la linda camioneta celeste del Ministro; que el chofer se apeó a abrirle al Ministro, quien se bajó, y fue cuando se vino don Fulgencio con los brazos extendidos desde adentro a darle un gran abrazo.
       —Andamos rápido —dijo el Ministro—. ¿Tiene listas las cositas?
       —¿No se apea la señora un ratito tan siquiera a tomar un fresco? —preguntó el Juez.
       —No, andamos apuraditos —dijo el Ministro y sonrió—. ¿Tiene listas las cositas? —y entonces entre el Juez y el chofer cargaron en la valijera las cajas de plátanos, el saco de elotes, papayas, naranjas, las cabezas de bananos.
       —Pero no es posible que no se sienten un ratito adentro, que se desentuma la señora —suplicaba el Juez amablemente.
       —Otro día; otro día, amigo; tenemos que estar temprano en Managua —replicó el Ministro, dándole unas palmadas grotescas en la espalda y riéndose—. Gracias por todo, ya sé que todo lo lleva a las mil maravillas Usted aquí, allá tenemos muy buenos informes suyos.
       El chofer llegó y le dijo al Ministro: “Dice la Señora que se aligere”. Y el Ministro se volvió para su camioneta muy orondo y adentro lo esperaba su señora de anteojos oscuros y fastidiada. La camioneta arrancó nuevamente y el Juez se quedó en la acera, inflado en las alabanzas y en la deferencia del Sr. Ministro al bajarse.
       —Ya viste, pues —le dijo—. Esto es el poder. A uno lo toman en cuenta.
       “Esto es el poder”, asintió varias veces ababosado y cuando la camioneta se fue, dejando unas nubes de polvo, pensaba que algún día ya no sería solo secretario sino que iba a manejar el poder a las mil maravillas, así como el Juez.



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