Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


Al rescate
Cuentos
(Managua, Nicaragua: Editorial Nicaragüense, 1963);
Cuentos completos
(México: Alfaguara, 1996, 340 págs.);
Cuentos completos
(México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 340 págs.)



      Era el tercer crimen de aquella semana. Sobre la comunidad pesaba constantemente una terrible amenaza, pero todos dejaban impasibles que estas cosas sucedieran, nadie hacía nada para evitarlo. Estaban amarrados por una tensa corriente que les frenaba y les volvía cobardes. Ni los más arrojados del grupo, los que siempre habían salido adelante a jugarse la vida por la seguridad de las mujeres y de los débiles, hacían nada ahora. Permanecían silenciosos, agazapados detrás de los árboles, escondidos en sus casas, cuando a media noche llegaban los malvados a traer a las víctimas, a llevarlas violentamente para no volver. Y después, las noticias de los crímenes eran horribles: unas veces les torturaban con descargas eléctricas hasta matarlas y otras, simplemente les hundían un cuchillo en el cuello hasta que toda la sangre corría pesadamente.
       La muerte estaba sobre ellos amarga e inevitable como una tormenta sin principio ni fin. Madres y hermanas eran golpeadas y vejadas al ser llevadas por los crueles, pero cobardemente ellos se habían resignado a esperar su turno. Aquellos individuos estaban exterminados desde antes de morir, y silenciosos y cabizbajos esperaban, solo esperaban.
       Pero una tarde dos hermanas débiles y tímidas se resolvieron a evitar la muerte de su madre secuestrada la noche antes por los malvados. Ellas nunca merecieron la confianza de los demás, siempre fueron apartadas, declaradas incapaces de cualquier trabajo y rehuidas hasta en el amor. Jamás se habían separado de su madre y ahora lejos de ella sentían la angustia bullir como fiebre sobre sus cabezas. Y esto las impulsaba a tomar una decisión, que ni ellos, los más valientes se habían atrevido a tomar: libertar a la víctima, evitar el tercer crimen de aquella semana. La idea fue dicha al principio con timidez, con miedo, tan solo como un consuelo recíproco, pero luego fue tomando forma, solidez, hasta proponerse llevarla a cabo definitivamente, sin vuelta atrás. Si ellas se la hubieran comunicado a los demás nadie les hubiera creído y en otras circunstancias hasta causaría risa. Pero ellas callaron, a nadie revelaron sus propósitos, lo planearon todo en el más absoluto secreto.
       No iban a correr aquel inmenso peligro por afán de gloria ni por demostrar a los demás que sí eran capaces de algo grande. Solo les movía lo terrible de aquella muerte, que las dejaría desamparadas para siempre. No les importaba que supieran que ellas habían rescatado a un miembro del grupo de manos de los asesinos, ni infundir ánimos. La vida de su madre cautiva tenía más valor que toda la gloria del mundo. Y desde el fondo de sus tímidos y temblorosos corazones saltaba su amor, flotaba inmerso de ternura, en el recuerdo de los días vividos junto a aquella dulce madre, que sabía protegerlas hasta con lo último de sus fuerzas.
       Y débiles, temerosas e impotentes para los demás, ellas iniciaban ahora su rescate. Y loco y descabellado su plan, ellas iban a realizarlo a cualquier precio.
       Esa noche discutieron por última vez, dispusieron los detalles, sellaron su compromiso.
       Cuatro horas de camino habían del lugar donde vivían hasta el sitio donde ella iba a ser asesinada.
       Emprendieron la larga caminata bajo la media noche, porque tenían que estar allí para la madrugada, cuando fuera llevada a la muerte. Desde su captura, no habían podido dormir. Primero, el insomnio de la separación y luego, largas horas planeándolo todo, discutiendo sus propósitos.
       Sabían bien que la empresa era difícil. Los hombres estaban armados de cuchillos, uno de ellos tenía revólver, quizá rifles. Podría ocurrir que perdieran la vida las tres y nada se lograra sino más muertes. Pero ahora nada podría ya detenerlas, ni la muerte misma contra la que caminaban a luchar. «Salvarla», «salvarla» era la palabra que llenaba sus grandes corazones. Miedo y horror se depositaban en el fondo de ellas y por momentos se agitaban mientras caminaban tratando de vencer sus temores.
       —¡Las luces hermana, las luces!
       Abajo en el valle, brillaban las luces del lugar del crimen. Eran dos o tres, amarillas y pequeñas en medio de la oscuridad.
       —Llegamos, hermana. ¿Vas a recordarlo todo, todos los detalles?
       —Sí, todos.
       Y se decidieron a bajar.
       —Quizá una de nosotras tenga que morir, hermana…
       Y la otra volvió la cabeza lentamente.
       —Ya lo sé. Pero quizá ella se salve…
       Cada palabra de la una confortaba a la otra. Entre las dos trenzaban ese duro lazo que las halaba hacia la madre en peligro.
       —No les daremos tiempo. Vamos a entrar antes…
       Lentamente iban acercándose a la casa. En sus pies se pegaba el barro, tropezaban.
       Con el miedo oculto en sus corazones solitarios, llegaron. De adentro se oían las grandes voces de los hombres, confusas y groseras.
       —Allí están ya…
       Y tendieron sus oídos.
       —No, deben ser otros. A ella no tardarán en traerla por este sendero…
       Se decidieron a aguardar en silencio, temblorosas, agitadas, ocultas en la sombra. Una se situó adelante, lista para atacar a los malvados y la otra atrás, decidida al rescate, mientras la noche se volvía menos espesa, más transparente. Sigilosamente habían tomado sus posiciones, aguardando la llegada. Por debajo, estaba recogida toda su debilidad de hembras, mientras hacia arriba, saltaba su instinto pero matizado de temores.
       De pronto, se oyó desde la casa un horroroso alarido de muerte que se vino dando vueltas hacia sus oídos y como alambre de púas rasgó sus orejas. Era un lamento agudo, poderoso, de herida mortal.
       Desde la oscuridad se llamaron desesperadamente y se unieron frente a la puerta. Temblaban con un intenso miedo, con el horror espantoso de que fuera tarde.
       Cuando asomaron sus cabezas por la puerta, vieron a la madre tendida en el suelo, con sus grandes ojos abiertos y fijos, manando una sangre caliente y ardorosa por la terrible herida abierta en la yugular. Ya no se estremecía, no gritaba, ni gemía siquiera. Rígida, estaba muerta.
       Cuando los hombres se dieron cuenta de la presencia de ellas, se miraron asombrados. No intentaron nada, aunque el asesino tenía en su mano el cuchillo cubierto con la sangre de la víctima. Ellas bajaron sus cabezas y mientras unas lágrimas calientes y saladas corrían por sus mejillas, dentro ahogaban un grito desolado. ¡Mamá! ¡Mamá!, quisieron decir. Y abandonaron su primer empeño. ¿Para qué? Ella permanecía allí, muerta ya, sin remedio.
       Y de golpe vinieron a sus mentes los recuerdos de las horas a su lado, del maternal cariño con que se acercaban a calentar sus cuerpos, atendiéndolas cariñosa, solícita, madre al fin.
       Torpemente se volvieron hacia atrás y se perdieron en las sombras.
       El aire azul de la noche subía espléndido y musical hacia el cielo y alguien cortaba arriba guirnaldas y racimos de estrellas.
       Cuando subió la mañana el sol las encontró de regreso mordiendo el zacate seco de la vera del camino. Solas, tristes y huérfanas, las dos vacas hermanas llevaban nublados sus grandes corazones por la sangre derramada que tanto amaban.



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