Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


Los graneros del Rey
Cuentos
(Managua, Nicaragua: Editorial Nicaragüense, 1963);
Cuentos completos
(México: Alfaguara, 1996, 340 págs.);
Cuentos completos
(México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 340 págs.)



      A pesar de que en las entrevistas de prensa y en los boletines oficiales del gobierno de S. M. se decía siempre con mucha seguridad que la prosperidad del país aumentaba cada día, aseveración probada repetidas veces con las cifras de la producción agrícola, con los altos índices industriales, todo debido a los métodos técnicos empleados, al interés de los funcionarios de estado y a la hábil dirección de S. M., el pueblo, inexplicablemente, padecía hambre y sufrimiento y, como consecuencia, desnutrición, muerte, enfermedades endémicas. Pero la producción era alta, no había deuda exterior y según los boletines y reportes estadísticos existía “una gran facilidad para conseguir productos de consumo, a bajos costos”.
       El país tenía grandes fábricas: de cemento, de papel, de zapatos, de botellas, de cristales, de jabón, de ropa, de azúcar, de alimentos enlatados, de sacos de henequén, de mecates, de muebles, de telas, de medicinas. Había grandes granjas especializadas en avicultura, ganadería, sementales, fincas para el cultivo de toda especie de granos y plantas. Y hasta aquí es tremendamente inexplicable cómo un pueblo empobrecido podía tener en su territorio tantas excelencias industriales y agrícolas. Y sobre todo, su geografía maravillosa, con grandes campos irrigados por ríos y lagos, un clima propicio para sembrar y cosechar y una voluntad asombrosa de los obreros y campesinos para producir.
       Pero sucede que fábricas, granjas y graneros pertenecían al Rey.
       S. M. controlaba la producción y las grandes exportaciones. Exportaba sus productos en sus barcos, aviones, camiones, ferrocarriles internacionales. Metía sus semillas y granos en los sacos que compraba a sus propias fábricas, utilizaba los tractores, despulpadoras, segadoras que compraba a sus propias casas de importación, construía con su cemento, con la piedra de sus canteras; llenaba con sus mecates sus sacos de exportación y la energía para todo era producida por su gran planta hidroeléctrica y la gente bebía su agua en los vasos de sus cristalerías y sus refrescos con el hielo que él producía.
       Y después de exportar y de vender a magníficos precios en los mercados internacionales, controlándolo todo a través de su Banco, los excedentes de la producción iban a los graneros y a los depósitos reales, para ser sacados luego poco a poco a las tiendas, almacenes y pulperías del Rey, vendidos a altos precios cuando subía los salarios y un poquito más barato cuando por “urgencia nacional” rebajaba los salarios. Especulando, provocaba carestía de todo, la que él aliviaba benévolamente sacando al mercado un poco de sus productos, de su harina, de su maíz, de sus frijoles, de su aceite, de sus telas, de su hilo, de su leche, de su carne, lo que el pueblo compraba a como él se lo vendía, con los salarios que él pagaba.
       Y es así que se explica cómo un país productor de primera línea, colocado en alto lugar para los mercados internacionales, tuviera una población tan depauperada. Allí solo poseía S. M. y la gran familia real. Se rodeaba de sus ministros de Estado, empleados de palacio, cortesanos, propagandistas, heraldos, conserjes, porteros reales. Una argolla dura cerraba el paso hacia la riqueza. S. M. tenía la llave.
       Y la seguridad interior del reino era cierta e indiscutible. Porque también sus soldados comían y vestían de la mejor manera; gran número de soldados ágiles, fuertes, disciplinados, armados hasta los dientes, entrenados para matar sin ser muertos. Su ejército era paseado por las calles los días de los cumpleaños de su S. M. el Rey, de S. M. la Reina, en el de la madre del Rey o el padre de la Reina, en las fiestas de la patria, en el día de la producción nacional. Cientos de aviones manchaban el cielo, las avenidas y parques se estremecían con el paso de los tanques, los cañones, y era impresionante ver a los batallones marchando en un solo cuerpo y a un solo paso, las bandas musicales, las banderas, los estandartes con los escudos reales, y al pueblo en las aceras llenando el aire de vítores.
       Porque no se crea que el pueblo no lanzaba vítores al aire, ni vivaban al Rey. No. El pueblo amaba a su Rey entrañablemente y el gran amor para S. M. venía de allí mismo: de los cientos de aviones y tanques y cañones y ametralladoras y rifles y granadas y bazookas pasando y pasando.
       Y cuando la gente regresaba a su casa iba a comer las hogazas duras de pan en sus platos de barro. En la lejanía brillaban las luces de los graneros del Rey y los hombres dormían inquietados por sueños en los que se veían retozando con sus mujeres, madres e hijos en las toneladas de trigo y maíz, acarreándolo todo hasta sus casas, en enormes vagones, camiones, llenando sacos y almacenándolos. Pero eso era solo en los sueños, porque cada cinco de la mañana una enorme sirena comenzaba a aullar recordando a los hombres la hora de comenzar a producir para S. M. y para los índices oficiales de la prosperidad nacional. No había hombres sin trabajo ni trabajo sin hombres. La industrialización era total y definitiva. Miles de chimeneas se levantaban por doquiera y el humo ennegrecía el cielo en los sectores industriales. Y no solo eso. La prosperidad había dado también una linda ciudad maravillosamente adornada con estatuas de S. M. el Rey, de S. M. la Reina, etc., con parques, jardines, calles amplísimas, bulevares, avenidas, paseos, teatros, estadios. En todo estaba S. M. aliviando “las grandes necesidades” porque él lo podía todo.
       Las noches de la gran ciudad capital del reino eran de silencio. Los hombres iban a dormir muy temprano para estar listos para las grandes faenas del día siguiente. En las avenidas y calles vacías solo se oía el paso de los soldados haciendo cambios de guardia y el ruido de los camiones llevando a los soldados en sus cambios.
       Pero el Rey mantenía su oído en el pueblo. Él sabía que algo podía pasar de pronto y no quitaba su oreja del latido del corazón de los hombres que dormían desde temprano. Y sus guardias hacían estrecha vigilancia. Desde los torreones, en las esquinas, en la oscuridad, las ametralladoras estaban listas, desafiantes, vigilando el sueño de S. M. que no podía dormir.
       Y hubo un día en que el pueblo no tuvo qué comer y el pan subió de precio y el aceite y los vestidos y la carne. Superprodujo el Rey y despidió a cientos de obreros, cerró fábricas. Y primero los hombres se volvieron a sus casas y con los codos sobre la mesa hundieron sus cabezas, las mujeres sostenían el llanto de sus niños, las ancianas permanecían en silencio. Bajo la gloria del Rey el pueblo sufría. Bajo el peso de su augusta corona el hambre ascendía y daba vuelta en espirales.
       Y el pueblo tímido, medroso, comenzó a volver por su estómago desfallecido, sin violencia, sin rencor; sobre la mesa de trabajo de S. M, comenzaron a llover pequeñas misivas, en sus teléfonos repicaron luego cortas llamadas, delicadas voces que pedían hablar con algún empleado de S. M.
       Y el Rey comenzó a oír las cartas que sus secretarios iban leyendo:
       “Grandísima Majestad: Sucede —y S. E. debe perdonarnos— que hoy no hubo pan, pues los salarios no dieron para ello. Aunque es una cosa tan insignificante, nosotros le rogaríamos que si S. E. pudiera hacer algo…”.
       “Dignísimo Señor: Sentimos tener que molestarle pero no tenemos qué comer porque fuimos despedidos de la fábrica y como nuestro hijo está enfermo le suplicamos…”.
       “Señor Rey Nuestro: Como S. E. todo lo puede, ¿no sería posible un poco de pan? Por algo de lo que V. M. no es culpable no podemos conseguirlo, ¿se podría?”.
       Pequeños papelitos arrugados, escritos en tintas violetas con temblorosas letras. Y las cortas llamadas telefónicas repetían lo mismo. Pero nadie ponía su nombre en las cartas, nadie lo decía en las llamadas.
       Y S. M. el Rey, por uno de esos rasgos de gran bondad y dulzura que tienen todos los grandes hombres de la historia de la humanidad, cedió a la dulce presión del pueblo y un día domingo por la mañana los graneros del Rey fueron abiertos y el pueblo fue invitado a recoger el trigo, el maíz, la avena (abiertos hasta cierta medida). En las plazas se regalaron espejos, telas, juguetes para los niños, retratos del Rey, medicinas, peines, jabones. Se volcaron toneles de vino y cerveza y de los hornos reales salía el pan humeante en asombrosas cantidades, las orquestas del Rey tocaban en los paseos, en los parques, el pueblo bailó hasta la madrugada, se embriagó, los hombres llevaron esa noche manzanas, bistecs y puré de papa a sus amantes, con las que durmieron hasta que la gran sirena comenzó a sonar al amanecer. Las amas de casa almacenaron un tanto los alimentos regalados por la infinita bondad del Rey, los hombres guardaron vino, los niños, dulces y caramelos.
       Y al día siguiente la prensa internacional recogía en grandes letras el asombroso gesto, inusitado en la historia de los tiempos modernos, no hecho por ningún país. Y en los días sucesivos el Rey podía dormir tranquilo, se rebajó considerablemente la guardia del palacio, se quitaron soldados de los torreones, de los callejones. El pueblo dormía feliz y los hombres procreaban con más libertad en sus lechos, soñando con futuros gestos del Rey, pues en su gran corazón todo era posible.
       Y con mayores cosas soñaban. Su asombro iba de sueño en sueño y así pasaron las noches y los días de trabajo fueron de esperanza, mientras la producción nacional ascendía considerablemente y más trigo y más productos de exportación eran almacenados y los barcos zarpaban de los puertos con más toneladas de azúcar y de harina.
       Pero el hambre no murió allí, con las excelencias y regalos de S. M. El Rey tenía que regular su competencia internacional, ajustar los salarios y controlar la superproducción, lo que trajo un paro forzoso desproporcionado, que dejó a miles sin trabajo. Como un aceitoso vaho volvió el hambre a caer sobre las plazas, en los techos de las casas, en las almas de los hombres, en el estómago de los niños. Entonces el Rey volvió a perder su sueño y redobló o cuadruplicó su guardia. Temía por la seguridad de su reino y la grandeza de su corona. Los soldados marchaban por las calles en batallones, con sus bayonetas caladas. A la media noche los coches células se detenían en las esquinas, espiaban los agentes secretos por las hendijas de las puertas, los obreros eran registrados minuciosamente en las fábricas, los aviones volaban sobre los campos a ras de los árboles. Y el Rey no dormía, temía. Se veía asediado por el pueblo furioso, quebrando los cristales de las ventanas del palacio, rompiendo las puertas, incendiando sus fábricas, penetrando en sus graneros, saqueándolo todo. “Todo tiene su límite —pensaba—, la paciencia de estos hombres va a llegar a su fin”. Y enviaba más soldados a las calles, ordenaba tener listos tanques y aviones para reprimir la subversión.


       Pero cómo se equivocaba el Rey. En sus casas, los hombres dormían tranquilos. Sus mujeres, madres y amantes dormían también y ni los sueños les perturbaban. Pensaban en la inmensa bondad del Rey, quien todo lo podía, y esperaban que cualquier domingo los graneros se abrirían de nuevo y correría el trigo por las calles como la dichosa pasada vez y entonces saciarían su hambre, en los telares de S. M. cubrirían su desnudez.
       Y mientras los soldados cruzaban por sus puertas golpeando sus pesados rifles contra el asfalto, ellos soñaban con la bondad del Rey y le amaban entrañablemente.
       —Un domingo será —se decían.
       —O en el día de su cumpleaños —musitaba la esposa sonriendo.
       —Ah, él tan bondadoso…
       Y al amarle, sentían que amaban también la gloria del país colocado en la primera línea de la producción internacional.



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