Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


De la afición a las bestias de silla
De tropeles y tropelías
(San Salvador: Editorial Universitaria, 1972);
Cuentos completos
(México: Alfaguara, 1996, 340 págs.);
Cuentos completos
(México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 340 págs.)



      Por su afición a las bestias de silla, a las partidas de caza y a las revistas militares en cabalgadura, S. E. fue adquiriendo poco a poco la costumbre de realizar todas sus tareas desde la montura y con el tiempo prefirió no bajar ya más del caballo.
       De manera que entraba a su despacho montado y su rastro era de estiércol sobre los pisos de mármol; junto a su escritorio se dispuso un pesebre y pronto las jáquimas y los cabezales fueron vistos sobre las alfombras, las albardas sobre las consolas, y en las capoteras toda clase de riendas y aperos. El sudor de S. E. era uno con el de su bestia.
       La situación era difícil para las damas que debían ayuntarse con él en ancas, o sufrir al caballo y al caballero, cuando llevaba las cosas al límite de la perversión. Pero el amor se hacía por igual sobre el forraje que sobre las sábanas y en la alcoba presidencial se escuchaban de la misma manera los relinchos y los suspiros.
       Más tarde, Su Excelencia comenzó a dormir montado y a defecar desde tal elevación; a las inauguraciones y a los banquetes iba también caballero. En este último caso se producían muchos inconvenientes, pues el caballo metía las narices entre los platos y resoplaba sobre la sopa, importunando también a las señoras a quienes lamía los escotes.
       Los ministros eran recibidos en la sala de audiencias a pie, pues no precisaban de caballo; a los embajadores, por protocolo, se les obligaba a entrar montados y presentar sus cartas credenciales de montura a montura. Y en la República, los ciudadanos se sentían a mecate corto.
       Pronto la casa presidencial fue mitad cuadra y mitad palacio. La Primera Dama se paseaba en una yegua por los jardines y desde su asiento cortaba las rosas perfumadas, siendo pronto imitada por las otras cortesanas, que un día aparecieron también al trote. Los criados, desde sus propias mulas, se encargaban de ahuyentar a los garañones, que aprovechando la confusión se introducían en las recámaras, en tropel sonoro.
       Siguiendo el ejemplo de palacio, las gentes de cierta educación y recursos impusieron la costumbre de manera general en el país, como timbre de distinción.
       Al fallecer S. E. un día aciago, erigirle una estatua fue simple tarea de disecarlo, con todo y caballo.



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