Sergio Ramírez
(Masatepe, Nicaragua, 1942-)


No me vayan a haber dejado solo
Flores oscuras
(Madrid: Editorial Alfaguara, Colección Hispánica, 2013, 226 págs.)



Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
No me vayan a haber dejado solo,
y el único recluso sea yo.
      CÉSAR VALLEJO, Trilce, III



A Lisandro, a Marcia

      La foto fue tomada alrededor del mes de noviembre de 1950. Lo digo porque mi hermana Marcia, en brazos de mi madre, tiene entonces unos ocho meses, y había nacido el 29 de abril de ese año. Es fácil llevar la cuenta de su edad, pues nació en el medio siglo.
       Mi madre aparece de luto porque pocos meses atrás, el 18 de septiembre, había muerto mi abuelo Teófilo Mercado en una cama de hospital que llegó desde Managua, manifestada en el ferrocarril junto con dos pesados tanques de oxígeno que acusaban sarro. Tenía ella entonces treinta y ocho años, y mi padre, que está a su lado, ambos de pie, con un peine de carey sobresaliendo del bolsillo de la camisa blanca, en la suya la mano de Marcia, tenía cuarenta y cuatro. Es una pareja en medio del camino de la vida con cinco hijos, todos los que habrían de ser.
       Delante de ellos hay un sofá de mimbre en el que estamos sentados los otros cuatro hermanos, de izquierda a derecha Rogelio, Lisandro, Luisa y yo. Por orden de edad la cuenta es: Luisa, diez años cumplidos en abril; Sergio, ocho años cumplidos en agosto; Lisandro, cinco años cumplidos en mayo; Rogelio, dos años cumplidos en julio. Lo más notable de los niños del sofá son los zapatos, gastados, sin lustre, zapatos de correrías, los golletes de los calcetines flojos.
       Luisa, que está al centro, morena y delgada, mira con tristeza a la cámara, una tristeza de inocentes pensamientos abismados. Lleva el pelo partido por una raya a la mitad, y se nota húmedo, recién salida del baño. Rogelio, en el extremo izquierdo, la mano sobre el brazo del sofá, arruga los ojos ofendido por el sol. Ese año le cortaron los bucles de la cabellera que le caía sobre los hombros. El barbero, que siempre viste de blanco incluyendo los zapatos, trajo los instrumentos en su valijín de madera para cumplir con el encargo de mi padre; primero usó las tijeras y luego una maquinilla manual, todo al son de una marimba y en presencia de los invitados, niños y adultos, a los que se repartió refrescos y licores, mientras los bucles iban quedando regados a merced del viento en el piso del corredor. Así era mi padre, de todo hacía una fiesta.
       Lisandro, sentado entre Luisa y Rogelio, se retuerce incómodo en el sofá, como si no cupiera en el espacio que le ha tocado, tímido frente a la cámara. ¿Quién asignó los lugares? ¿El fotógrafo, mi padre, o es que nos sentamos cada uno a como mejor quiso? Lisandro es el que se fue a México, y nunca volvió. El único que ríe, sentado a la derecha del sofá, muy pegado a mi hermana Luisa, soy yo, y al contrario de los demás, que lucen apretados, parezco a mis anchas. Luisa y Rogelio son los que han muerto. Luisa a los cuarenta y nueve, Rogelio a los cuarenta y tres.
       Ya tenemos algunas pistas que podemos resumir. El pelo húmedo de mi hermana demuestra que es de mañana, pues los baños en esa casa son matutinos, y el hecho de que no estemos en la escuela los que por edad deberíamos estar demuestra que es domingo. La mañana de un domingo claro y soleado, como son los días de noviembre, con algo de viento. Y lo que ya dije, el luto de mi madre y la edad de Marcia. Nos aproximamos a la certeza de que se trata de un domingo del mes de noviembre de 1950.
       La fotografía ha sido tomada en la puerta de la sala, hasta donde fue llevado el sofá. Por ese costado, que da al parque central, la casa tiene tres puertas, esa de la sala, y las dos de la tienda que funciona en la pieza esquinera. El piso de la sala es ajedrezado, de ladrillos blancos y rojos fabricados en la ladrillería Favilli de Granada, aunque claro, la foto está tomada en blanco y negro. Al centro de la sala, los ladrillos aumentan su gama de colores y forman arabescos para simular una alfombra, oculta en la fotografía por el sofá.
       Detrás de mis padres hay una zona de oscuridad que va creciendo hacia la derecha, hasta hacerse espesa, mientras a la izquierda, del lado donde se halla de pie mi madre, con Marcia en sus brazos, es posible ver la pared donde hay dos retratos colgados; el único que se alcanza a distinguir un tanto es el de mi propio padre, tomado dos años atrás en un estudio de la Avenida Central en San José, Costa Rica. El otro debe ser de mi madre, pero en la foto es solo un rectángulo difuso.
       El fotógrafo se ha colocado en la calle, muy cerca del pretil de la acera. La cámara Rolleiflex tiene el visor encima, de modo que para enfocar el objetivo hay que situarla a la altura del talle. Ha dejado su bicicleta recostada al pretil frente a la puerta, y con solo que bajara un poco la cámara aparecerían en el visor los manubrios. Es una bicicleta de trabajo negra, sin arreos ni cromos, con el espejo retrovisor atornillado a uno de los manubrios. Desde mi lugar en el sofá es posible verla asomar por encima de la acera, y también puedo ver al otro lado de la calle los pinos, los malinches y las palmeras reales del parque, el quiosco de delgadas columnas de madera y cúpula roja de latón, rodeado por una baranda de fierro, y, al lado, la caseta donde se venden cervezas y refrescos, y hay instalada una roconola Wurlitzer de luces tornasoles que giran y se desvanecen para volver a reaparecer.
       La temporada de lluvias acaba de terminar y el cauce de las corrientes ha dejado zanjones en la calle donde crecen brotes de hierba. Los vehículos son pocos, y el fotógrafo, que ahora retrocede unos pasos sin quitar la mirada del visor, no tiene por qué temer que alguien lo atropelle. El autobús Su Majestad, que sale hacia Managua a la una de la tarde, y pita desde lejos para alertar a los viajeros que recoge de puerta en puerta, está lejos aún de aparecer. Una camioneta Ford con enchapados de madera, La Mariposa, que también hace viajes a Managua, sale a las seis de la mañana y regresa a las seis de la tarde. El doctor Benicio Gutiérrez tiene una Packard de lomo jorobado en el que realiza sus visitas a domicilio, pero como hoy es domingo ha ido con su familia a pasar el día en el balneario de Venecia, en la laguna de Masaya, hasta donde el Packard baja bordeando el farallón del cráter volcánico junto al abismo. A veces cruza por la calle una motocicleta con un sidecar navegando en el polvo.
       Muevo los pies, los cruzo. El fotógrafo me pide que me esté quieto. Los dejo cruzados, y es como quedarán en la foto. Giro la cabeza hacia atrás, después que el fotógrafo me ha llamado la atención, y advierto el peine de carey en el bolsillo de mi padre, y su mano derecha extendida que sostiene la pequeña mano de Marcia. Mi padre usa el reloj en la muñeca de ese mismo lado, un reloj de carátula ambarina y pulsera metálica que se asoma bajo el puño de la camisa blanca, pero que no se ve en la foto por mucho que la amplíe en la pantalla.
       No soy el único que sonríe. Mi madre también, lo advierto ahora que puedo mirarla más de cerca, antes de volverme de nuevo hacia la cámara. La suya es una sonrisa segura, aunque discreta, como es ella en todos sus actos. A mis ocho años nunca la he visto flaquear, salvo cuando mi tío Ángel, el menor de sus hermanos, vino a avisarle esa mañana del 18 de septiembre que mi abuelo estaba agonizando, y entonces ella, a cargo de la tienda, porque mi padre se hallaba de compras en Managua, empezó a cerrar con precipitación las puertas, haciendo restallar las cadenas de los picaportes, desesperada de no hallarlo aún con vida.
       Esa zona de oscuridad que hay detrás de mis padres, y que se acentúa hacia la derecha, en verdad no es tan sólida, y tras ampliarla y mirarla varias veces se va convirtiendo en penumbra, de modo que ahora puedo entrever lo que hay en la sala. Se me revela, por ejemplo, la mesa de centro del juego de muebles de mimbre al que pertenece el sofá, colocada sobre la alfombra de mosaicos. Se le encargó a la familia Ortiz del barrio de Veracruz, los mejores mimbreros del pueblo, y lo trajeron en procesión por en medio de la calle, cada miembro de la familia cargando una pieza en la cabeza, el dueño del taller, la esposa, los hijos y las hijas mayores, hasta los niños.
       Alguien pasa por el corredor, como una sombra. Vuelvo otra vez la cabeza por encima del respaldo del sofá, ya el fotógrafo irritado, y es la Mercedes Alborada la que se pierde por allí, con rumbo a la cocina. Si es que anda ocupada en los preparativos del almuerzo, no es tan temprano de la mañana. En esa casa se almuerza a las doce en punto del día, cuando suenan las campanas de la iglesia parroquial llamando al rezo del ángelus. Desde mi puesto en el sofá, tengo a la vista no solo el parque, los árboles, las palmeras, el quiosco, la caseta de la roconola. Con solo adelantar la cabeza puedo divisar también, a mi izquierda, las gradas que llevan al atrio de la iglesia, la cruz del perdón al lado de la puerta mayor, la fachada pintada de amarillo yema de huevo, la torre solitaria al centro, el campanario donde hacen sus nidos las golondrinas, y reposa el cajón de la matraca que suena nada más del Jueves al Viernes Santo, cuando quedan en silencio las campanas.
       Una vez tomada la foto, todo lo que está congelado cobrará movimiento, y nada impedirá a los cuatro hermanos ponerse de pie y desbandarse, y a mis padres volver a sus quehaceres. Mi madre a ocuparse de Marcia, o de regreso a los figurines que traen patrones de vestidos, que ella desdobla para estudiarlos, sentada en el piso, y mi padre de vuelta a la tienda, que mientras ha durado la sesión de fotografía queda sola, sin temor de ningún robo. Si alguien quiere comprar cigarrillos, simplemente los saca del paquete abierto en el estante, abre la gaveta del dinero, deposita el valor de la compra, y aun recoge el vuelto si es necesario.
       Más allá de esa zona de oscuridad, que a primera vista parece tan sólida en la foto, está el comedor, y más allá la cocina, con su estufa de hierro colado que avienta el humo por el tubo de una chimenea sobresaliente entre las tejas del techo; en medio el jardín enclaustrado, del otro lado los aposentos, y uniendo ambas alas, el corredor trasero a la tienda. Es una casa que mi padre ha venido construyendo por partes, primero el salón esquinero donde estableció su tienda, junto con el corredor y un primer dormitorio. Luego el comedor. Luego los otros dos dormitorios. Y por fin, vecina a la tienda, donde antes hubo un chiquero para cerdos de crianza doméstica, la sala de paredes pintadas de color hueso que aún huelen a argamasa. Es lo que mi hermana Luisa explica muy orgullosa a las visitas que son recibidas en los muebles de mimbre: “aquí había un chiquero”, para azoro de mi madre.
       Ocurre siempre con las pistas, que es necesario poner cuidado en revisar la congruencia de los datos que uno tiene a mano, a ver si de verdad al fin encajan; alguien podría alegar, sin embargo, que si se trata de la fotografía de un viejo álbum donde todos se están quietos para siempre y ya no volverán a mover siquiera un dedo, semejante cuidado viene a resultar inútil; pero es una apreciación errónea.
       Para empezar, que la Mercedes Alborada ande en los afanes del almuerzo me confirma que se acerca el mediodía. Desde el sofá puedo oír cómo los platos, los vasos y los cubiertos van siendo colocados sobre la mesa de extensión que tiene dos alas plegables, más pequeña cuando come la familia, un poco más amplia cuando en contadas ocasiones hay invitados. De modo que debo corregirme. Se trata de un domingo de noviembre del año 1950, pasadas las once de la mañana. Si Luisa tiene el pelo todavía húmedo es porque al no haber escuela ese día, el baño ha tocado tarde, como se hacen todas las cosas en domingo, a deshoras.
       La foto por fin ha sido tomada. El que tantas dificultades estaba causando al moverse es el último en levantarse de su sitio en el sofá cuando la sala se vacía. Se marcha el fotógrafo, con la cámara Rolleiflex colgada del cuello en su estuche de cuero marrón. No se monta en su bicicleta, sino que va llevándola por los manubrios, y así se aleja hacia el rumbo de la Casa Municipal, al otro lado del parque. Ha prometido la foto para dentro de una semana porque tiene que dar a revelar el rollo en Managua, el que, además, no está aún completo. El fotógrafo, un gordo que usa la camisa por fuera y camina con un lento balanceo, también es sastre y vendedor de lotería, y en las procesiones toca los platillos, rezagado siempre entre el grupo de músicos que marcha detrás de la peaña del santo.
       Cuando por fin el niño inquieto deja el sofá, la oscuridad del lado derecho se despeja. No queda siquiera la penumbra, que a cada ampliación de la foto se vuelve más borrosa, sino que todo se dora con el sol del cercano mediodía. Lo primero que la Mercedes Alborada hace por las mañanas, después de recoger la mesa del desayuno, es pasar el lampazo embebido en querosín sobre los ladrillos del piso, y por eso brilla, y la alfombra falsa al centro parece iluminada. Siempre está advirtiendo a gritos desde la cocina que no hay que pisar los ladrillos con los zapatos sucios, y si alguien deja una huella de lodo o de polvo, viene a borrarla de inmediato con el lampazo, conteniendo los insultos.
       El juego de muebles de mimbre tiene de todo. Además del sofá, y las mecedoras, que son cuatro, y la mesa del centro, hay un cajón para las revistas y periódicos en forma de cisne, una lámpara de pie con su sombra, y una mesa jardinera de patas altas. Encima del mantel de croché que cubre la mesa del centro, una cigarrera cilíndrica de madera dispensa cigarrillos a una vuelta de la tapa, pero nunca tiene cigarrillos que dispensar, así como el cajón en forma de cisne tampoco tiene nunca periódicos ni revistas. Encima de la mesa jardinera, un jarrón azul de vidrio esmerilado luce un ramo de milflores cortado del jardín. En la soledad de la sala las mecedoras tienen solo una apariencia de quietud, porque el más leve soplo de viento que llega desde la calle las mueve, como si alguien acabara de abandonarlas.
       Desde la tienda se escucha una voz ordenando a la Mercedes Alborada que vaya a la sala y devuelva a su lugar el sofá. No hay nada de altanería en esa voz de mi padre. Es solo la orden apurada de quien está en otros asuntos que no puede abandonar; debe estar limpiando los vidrios de las vitrinas, o acomodando potes de conservas en los estantes. Es más imperativa la Mercedes Alborada cuando responde: estoy ocupada con el almuerzo, pero ya se sabe que de todos modos termina por obedecer. Espero verla venir, secándose las manos en el delantal, pero no aparece, y como al fin y al cabo es un mueble ligero que puede ser fácilmente arrastrado por un niño de ocho años, nada me cuesta hacerlo yo mismo. Luego no se vuelve a oír nada más. Ni la voz que dio la orden, ni la de ella en la cocina, ni la de mi madre en el corredor, ni ninguna otra que venga de la tienda porque, de todos modos, no es hora en que suelan aparecer compradores, cada quien en su casa en busca de almorzar.
       El sofá queda en su lugar, del lado de la pared donde están los dos retratos. El de mi padre es, en efecto, el que se tomó en el estudio Ricardi de la Avenida Central de San José cuando hizo su primer viaje en avión, en 1948. Solo volvería a volar, esta vez en compañía de mi madre, para asistir a la boda de Lisandro en México, en 1974. El otro, que en la fotografía no era sino un rectángulo difuso, corresponde a mi madre, como bien lo pensaba. Posa de medio perfil, y lleva en el cuello una estola de piel, el pelo corto rizado. Se lo hizo en el estudio Lumington de Managua, como lo revela la marca de agua al pie, año de 1934. Recién se había graduado en el Colegio Bautista, en Managua, donde estuvo interna cinco años, un colegio mixto, y protestante, con profesores venidos de Alabama.
       Un niño solo en una sala desierta una mañana de domingo estira el tiempo como quiere. En la pared del otro lado, que es la pared divisoria con la tienda, hay un cuadro de marco alargado con la pintura de un quetzal sobre un lienzo de seda, pero las plumas de la cola del quetzal son verdaderas. No se pueden tocar las plumas, porque el vidrio lo impide. Y también hay una fotografía del Capitolio de La Habana. Havana Capitol, como está escrito al pie, en minúscula letra de carta.
       La pared que da al corredor está cortada a un metro de altura y lo que se abre encima del pequeño muro es una suerte de gran ventana rematada en arco entre dos columnas. En la columna de la derecha, al lado de la puerta sin batiente, un pequeño lagarto del Gran Lago de Nicaragua, relleno de estopa de algodón, los ojos dos canicas de vidrio, parece reptar hacia el cielo raso asiéndose con las uñas, pero los dos clavos con los que ha sido fijado detienen su impulso.
       En el corredor, las dos ventanas que dan al jardín se hallan encendidas por el deslumbre del sol, una brasa blanca en cada hueco. Una de las delgadas silletas de madera maqueadas en café oscuro, que son parte del ajuar de matrimonio, está arrimada al toril de Marcia; hay otra frente a la máquina de coser Singer, y otra contra la vitrina de libros bajo llave, como si alguien hubiera subido a ella para bajar alguno de los figurines apilados encima de la vitrina. En efecto, en el piso yacen un figurín abierto, un patrón desplegado, tizas de costurera, y una cinta de medir que parece reptar indolente.
       En medio de las dos ventanas cuelga el calendario de la sal de uvas Picot, con la efigie risueña de Juanita Picot, de trenzas y rebozo. Mi padre va marcando los días consumados con una equis, y arranca la hoja de cada mes vencido. Hoy es, ciertamente, domingo, con solo empinarme un tanto puedo comprobarlo. El domingo 26 de noviembre de 1950. Hay luna llena desde el viernes.
       La puerta de la izquierda, al final del corredor, da al aposento de mis padres. Nunca tiene llave, es asunto de empujarla con suavidad, igual que la otra que da acceso al mismo aposento por el lado del jardín. Hay un cierto olor a humedad y a medicinas, pero también a talco perfumado Heno de Pravia. La cama matrimonial de respaldo taraceado tiene encima el cobertor de flores doradas, entrelazadas sobre fondo negro, que parece la capa pluvial de un cura, y están las dos mesas de noche, y el chifonier con su espejo en óvalo, comprado de medio uso a una viuda enlutada en necesidad. Debajo de la cama, la bacinilla enlozada de orla azul. En la gaveta de la mesa de noche del lado que duerme mi padre, hay un tubo estrujado de pomada para las almorranas, y un condón Trojan que tiene en el sobre la efigie de un soldado de casco empenachado. Sobre la cabecera de la cama, una litografía de las ruinas de Pompeya, con el vidrio quebrado en una esquina.
       El chifonier tiene la llave puesta, una llave diminuta amarrada a un cintillo verde. Quien anda husmeando por allí con sus zapatos gastados, sin lustre, zapatos de correrías, abre la puerta que apenas se queja, y entre las sábanas dobladas encuentra ocultos los regalos de Navidad, que a estas alturas ya han sido comprados. Sabe que el suyo es una pistola niquelada con cacha de falso concha nácar, porque es lo que ha pedido en su carta al Niño Dios; la saca del tahalí adornado de flecos, y se sienta en el piso a jugar con ella con toda impunidad. La amartilla, pero sin usar el rollo de fulminantes porque no quiere denunciarse.
       El cuarto siguiente es el de Luisa. La cama, arreglada por ella misma, se halla custodiada desde la pared por un cuadro de San Luis Gonzaga, que revestido con el alba sacerdotal acerca un crucifijo a la mejilla. No le gusta que entre a su cuarto y ya me hubiera echado hace rato, pero ni se la ve ni se la oye. En el último duermen los tres hermanos varones en catres de campaña. Aquí reina el desorden. Las sábanas revueltas, una almohada en el piso donde hay también penecas, ropa sucia. Al parecer mi madre no se ha asomado hoy domingo a este confín de la casa, ni tampoco la Mercedes Alborada.
       Todos los cuartos tienen puertas al jardín, menos este de los varones, que se abre hacia el traspatio donde se tiende la ropa, se cría el chompipe de la Nochebuena, se halla el baño con su pileta, y muy al fondo, la caseta de los escusados. El traspatio se cierra, en el límite del solar, con un cobertizo donde se almacenan en un tabanco los fardos de tabaco que cosechan en sociedad mi padre y mi tío Alberto, causa de grandes altercados entre ambos a la hora de pagar la planilla semanal porque mi padre es el socio capitalista, y mi tío Alberto, que es el socio industrial, lo acusa cada vez de tacaño, mientras mi padre lo acusa a él, a su vez, de botarate porque da a los peones huevos fritos en el desayuno.
       Esta exploración parece que ya durara horas, ya deben haberme llamado a almorzar, ya deben de andar buscándome. El jardín está dividido en cuatro macizos separados por arriates de cemento que llevan al cantero redondo del centro donde crece una araucaria, y para llegar al comedor hay que atravesarlo. En los macizos hay rosas, pero sobre todo begonias y milflores. Los nombres que mi madre da a sus rosas no sé si son inventados por ella: belleza sin espinas, espuma de mar, reina de la noche. Una parra que da uvas pequeñas y ácidas sube hacia una ramada. Una ráfaga de viento pasa como una exhalación y estremece la parra.
       En el comedor ya está todo servido. De la sopera al centro de la mesa se elevan hacia el cielo raso las virutas de vapor que huelen a culantro y hierbabuena. Mi padre, que a la hora del almuerzo cierra la tienda para que nadie venga a perturbarlo con que quieren una yarda de manta, ocupa siempre la cabecera. Mi madre se sienta a su izquierda, y yo a su derecha. A mi lado Lisandro, y al lado de mi madre Rogelio, a quien tiene que ayudar trinchando en pequeños trozos la carne. En la otra cabecera se sienta Luisa, siempre adusta y callada. Marcia aún no tiene sitio en esa mesa.
       El caso es que nadie viene a comer. ¿Se fue mi madre con todos mis hermanos a visitar a mi abuela Luisa, viuda y sola ahora en su gran casa de dos traspatios? La sombrilla abierta sobre su cabeza para proteger a Marcia, la bolsa de los biberones y los pañales colgada de su hombro, Luisa tras sus pasos llevando de la mano a Lisandro y a Rogelio. Pero ¿por qué tardan tanto en volver? La sopa se va a enfriar. ¿Y mi padre? Lo oí hace rato cerrar las puertas de la tienda, las cadenas de los picaportes repicando contra los forros de zinc.
       Se habrá rezagado haciendo cuentas. Es mejor ir a buscarlo. La claridad que se filtra por los tragaluces de madera calada de las puertas deja ver los altos estantes que rodean las paredes, y las vitrinas donde hay productos de tocador y una variedad de calzado de mujer. En los estantes de un lado, el pasadizo que da al corredor de por medio, están las piezas de tela, tanto para damas como para caballeros, y en los del otro, las latas de conserva y los vinos dulces, y un tanto más allá los cartones de cigarrillos Esfinge y Valencia, y las baterías Ray-O-Vac para las lámparas de cabeza que compran los cazadores que van en busca de venados a las faldas del volcán Santiago, los últimos clientes antes de que se cierre la tienda cada noche, ya la gente de vuelta de la función de cine. Sobre el mostrador, bajo un lienzo, el quintal de queso que va siendo partido a medida que se vende en trozos de una libra, media libra, cuatro onzas, y la balanza de reloj.
       La claridad difusa de los tragaluces alumbra también la litografía de Winston Churchill, arriba del pasadizo que divide los estantes, y la misma claridad enfoca la figura recortada en cartón, asentada en el piso con un sostén de madera, de la pareja elegante que anuncia la loción Glostora para el cabello, el hombre de esmoquin tropical, peinado hacia atrás, susurrando algo al oído de la mujer glamorosa de traje largo y cabello rubio ondulado.
       En la tienda cerrada no hay nadie, como tampoco hay nadie en la sala, ni en la cocina, ni en los aposentos que recorro de nuevo, ni en el traspatio, ni en el jardín. No queda más que regresar al comedor desierto donde el almuerzo continúa servido. Si mi abuela viuda sigue tan triste está bien que mi madre la visite, y que se haya llevado consigo a todos mis hermanos, pero mi padre, ¿para qué cerró las puertas de la tienda si no viene a almorzar, y adónde se fue? ¿Y la Mercedes Alborada? ¿Y Luisa? ¿Y Rogelio?


Managua, diciembre 2010 / Bellagio, 2011


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