Antonio
Skármeta
(Antofagasta, Chile, 1940 - Santiago, Chile 2024)
Basketball
Premio de Casa de las Américas, 1968
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969, 139 págs.)
(La Habana: Premio Casa de Las Americas, 1969, 133 págs.)
a
Loreto Herman
El tango me venía de un tío
incierto que asediaba los jueves en la casa cuando caía algún dinero y a
los tallarines a la yugoslava se agregaba carne mechada, suavemente
fibrosa, y ciruelas y queso.
En los malones me hacía el orillero;
tenía afable comercio con los empapelados de los rincones; era un poco
Nat King Cole en mi modo de aterciopelar la voz para hablar con las
muchachas, y consuetudinario comedor de queques.
El entrenador del equipo del colegio
me había dado calabazas. Aunque mi puntería era fiera; aunque fuese
capaz de encestar desde afuera de la bomba con la misma nitidez con que
una paloma va a posarse sobre el alero de la iglesia, o con el mismo
chasquido suavecito con que uno se pone los calcetines de lana, me jodía
el prestigio esa cosa de actor de cine, ese afán de complacer mi vanidad
sin tregua, de acordarme de un dribling de fantasía cuando faltaban tres
minutos e íbamos perdiendo. El entrenador me palpaba el hígado, y me
decía te duele aquí parece que estás enfermo. Cuando me sorprendió una
noche chupando cerveza con los colizones del Bier Hall, tramó una
entrevista con mis padres. Pero mi viejo estaba trabajando firme en el
partido, los pacos le habían molido un cacho de cabeza, y andaba con un
tajo de este vuelo. Así que no hizo su epifanía, y hasta yo mismo
comencé a acostumbrarme a hacer de la cimarra una fiesta. Pero nada muy
alegre, compañero, puro darle vueltas y vueltas por el centro, puro
meterme a las diez de la mañana con un membrillo y un pan con mantequilla
a Radar o Rolec a oír discos de Gatica y los primeros temas de Ray
Charles, que eran el acabóse. Claro que el viejo de gimnasia entró en
componendas con el profesor jefe, que nos enseñaba filosofía y que me
tenía entre ojo y ojo porque yo me había leído a Kafka y usaba el pelo
un poco demasiado largo y todo eso. Cuando me cachó colocando un afiche
de Fidel en el diario mural del colegio, llevó el caso al consejo de la
escuela, de donde salí eximido con honores.
La música que se oía entonces era la
de unos negros calugas, Los Platters que les llamaban, Giolito tenía un
trío más desabrido que un domingo sin fútbol, y el club de jazz quedaba
en Merced, cerca del Teatro Santiago, y ahí tenía yo mi oxigeno y mi
sangre, aunque nunca una muchacha; allí las chicas tenían esos vestidos
de talle largo que les ponían la cintura lijadita y cualquier aspereza se
la limaban las manos encolleradas de los pitucos que tenían billullo para
meterle al gin con gin, a las primeras partidas de marihuana, y sobre
todo, a esa cosa tan inaccesible, tan remota, tan próxima a la dicha
imposible, que se llama motoneta.
Conclusión, que mi amigo Jaime, que
primero soplaba a Brahms valiéndose de un ensordecedor pito fabricado con
sus nudillos, se había agenciado un clarinete, o tal vez la pura
boquilla, y que si uno le ponía buena voluntad a la oreja, podía
identificar como “Basin Street” la bazofia que sonaba, y que yo me
hinché tanto de darles a las cacerolas, y visto que como vocalista no iba
a ningún lado, porque el chico calvo me había prestado el long-play de
Billy Eckstine, comprendí que no había nada más que hacerle, paciencia.
Entonces me enamoré perdidamente de una muchacha de Quinta Normal, muy
espiritual la chica, como que no quería nada con la cama, tuve una
iluminación patafísica (perdónenme), de lo que era el je ne saias
quois del basketball, y descubrí que amaba el pellejo más que
cualquier cosa en esta galaxia. No me quedaba otra cosa que ser escritor,
qué crestas. Así que me puse la bufanda larga de mi abuelo, rompí
definitivamente mis relaciones con la peluquería, y convencí a Jaime que
nos inscribiéramos en el Deportivo Flecha de la calle General Velásquez.
Ahí nos agarró un chico inspirado
del que se han perdido la mitad de la vida si no oyeron hablar de él, se
llamaba Jaramillo el carajo. Cuando me vio la corpada y estudió mis manos
me dijo: “te meto de centrodelantero”. Y en efecto, yo podía maromear
con la bola en la mano derecha delante de los más pintados defensas
dejando el cuerito en un equilibrio incólume. Me pusieron de rivales al
Tito Salazar, al tenor Yancoli, por último al Flaco Alcayaga, y nada mi
alma, los mareaba con el olor del cuero. Apretada a mis falanges la pelota
era tan dócil como un pulmón, me latía entregada hecha una gata, las
fibras duras al tacto se me hacían entre los dedos un plumaje; yo no
hacía nada, la mano mandaba, me torcía el dorso, me contraía el
esfinter, las piernas se me apretaban y soltaban como si yo apenas fuera
una sombra; en cualquier momento estaba libre de rivales y salía
disparando mi pájaro, mi alondra, mi palomita de mierda, a embocarse
suavemente en el canasto. Durante los entrenamientos yo podría haber
escrito una novela, lo único malo era que la Erika le tenía reticencia a
la cama, mezquineaba el roce de los senos como si fuera una vaquillona
hindú sagrada y todo eso y yo no tenía vocabulario, una pura peste
inflada de silencio, pura sinopsis, y no debutaba formalmente en el lecho,
y como siguieran las cosas así, hasta maricón podía ponerme.
Segunda parte, que el Flecha salió
suavecito quinto en el campeonato de los barrios. Nos pisaron los de
Matadero, los del Gustavo Helfmann, los Cerrillos Boys, los Metalúrgicos
y el seleccionado del Recorrido 4 Alameda - General Velásquez. Vencimos
por W.O. a Tropezón, y ganamos al Liceo Nocturno Número Doce, y al
Deportivo Socialista. Si esto no les dice nada, sepan que en los últimos
dos años el flecha había sido colista irremisible. Yo goleaba lo que me
pidieran, pero era en defensa donde quedaba la escoba, y todo por que
seguía con buen ángulo para la cerveza; prosperaban mis ojeras,
empezaban a joderme la moral haber espiantado del colegio sin
advertírselo al viejo, y no tenía fuelle para ir a cubrir mi zona. Pero
de la mitad de la cancha para adelante era una de las cosas más
definitivas que se han visto en basketball. Jaime, que era el único que
conocía mis intimidades, me llamaba para callado “la virgen del
baloncesto”. Y lo que más envidia me daba era que se había tragado un
libro de Freud para un trabajo de Psicología y me trataba como un
sicópata o algo.
Me dijo que yo estaba sublimándome,
dense cuenta.
Y a lo mejor era cierto, porque a los
diez minutos del partido empezaba a sentir problemas con los
pantaloncillos tan estrechos. Entonces tenía que ponerme de espaldas a la
gradería, o,pedir en lo mejor del ataque un minuto para cubrirme en medio
de las piernas con la pelota, qué iba a hacerle. Y un día hasta paso lo
que ustedes están pensando.
Ahora bien, lo que suele haber en los
inviernos de Santiago son los naranjos, la leche cuneteada en la vereda
que arrastra cáscaras y papeles entre otras cosas.
Al grano; ese domingo de invierno tuvo
para mí una introducción de ángel. Me desperté medio místico, casi
lúcido, y cuando limpié la cacerola, el incinerador olía a espíritu
santo, a paloma por lo menos, y eso que no había atisbo de sol, puras
nubes apretadas como un tren de carga, y la pura verdad que en cuanto
salí a la calle estaba hecho o algo por el estilo. Lo grave era que la
noche anterior la había cocinado con pura panimávida, escuchando esas
cuestiones de Mozart donde siempre es la misma vaina,
para-pará-chi-pún-chipún, y leyendo un Zane Grey somnolento que
entendía maldita la cosa. Así que a la media hora ya estaba buenas
noches los pastores. Después de vestirme y agarrar el balón, como quien
dice, pasé por delante de una iglesia donde había dos cabros sacándose
la cresta. En la fuente de soda de la esquina, el patrón venía
sacándome a un borrachito, y en la frontera del sábado con la madrugada
del domingo yo era la mismísima imagen del niñito Jesús de Praga en
medio del burdel que había dentro del boliche. Mientras marcaba el
número de teléfono de la Erika, se me colgó una putita del paletó con
mucha labia. Me hice lo más gil que pude, y le pregunté qué quieres
servirte, un vaso de leche o algo. Y lo que quería era un vaso de leche,
así que fue a tomarlo al mesón haciéndome morisquetas. Yo llamé a
Erika, que se demoró en llegar porque estaba amadrinando una gallina
según me dijo más tarde, y yo le dije que nos juntáramos en la cancha
que era cosa de vida o muerte,. Debo haber sonado tremendo porque no me
preguntó si estaba borracho ni nada. Después tuve problemas con un
pelusa que quería birlarme el reglamentario de arriba de un taburete y
pretendía hacerlo rodar por las baldosas.
Me descolgué del micro en la
Estación Central, y la corrí hasta la cancha del Flecha dándole botes a
la pelota como si tuviera la mano imantada. Aunque a lo mejor fue un
sueño que yo tuve mientras iba corriendo dándole botes a una pelota por
calles desiertas, y yo no respiraba ni nada por el estilo, acaso ni
corría siquiera; pero el cuero de la bola sudaba dócilmente, y se me
replegaba en la piel como una bestia y se me comprimía en la mano, y me
lamía los dedos; era lo mismo que palpar una flor germinando, y el pase
en el aire se desgranaba, pero de alguna manera al volver a mi mano se
hacía otra vez compacta. Y de repente toda la calle fue una sola
convulsión, la pelota se iba chupando la acera, empezaba a desentrañar
lo que había más abajo de todo límite, sólo el ritmo era seguro y nada
más permanecía era como los discos de Coltrane con Elvin Jones, Coltrane
estaba en cualquier parte, traficaba con el caos, llevaba las cosas hasta
achicharrarlas, masacraba todo orden, Jones apretaba la expansión, Jones
era un gran carajo, Jones era una dama, tantas noches de luna, tanta marea
y repujo, tanta cuota de sangre.
En los camarines hallé el cemento
húmedo y por las rendijas de la puerta se trasladaban las hormigas,
circulaban por las grietas y en la penumbra se balanceaba una telaraña.
Alguien había regado el piso de cáscaras de manzanas, pero además
alguien había metido todo ese silencio en la mañana para que nadie
supiera qué hacer con las manos, y yo olvidé el rostro de mi madre, mi
primera casa, la primera soledad en bloque derrotado sobre los rieles del
ferrocarril de San Antonio a Cartagena un verano.
Me calcé las zapatillas, la camiseta
naranja con el quince negro bordado pequeño en el pecho y grande en el
lomo y caminé sin prisa hasta el medio de la cancha. Antes que coordinara
los antebrazos y rozase con los pulgares el borde de las cejas, antes que
pudiera oler profundamente toda la redondez de la bola, supe que
acertaría en el canasto aunque no mirara. De modo que me senté sobre la
pelota, y me quedé todo el rato en el círculo mirándome las rodillas.
Cuando Erika me sorprendió, por el
hombro sentí una especie de incendio. Junté mis pobres llamas, mis
huesos pueblerinos, puse el verdadero límite que había entre mis dos
orejas, y fui pujando las palabras, aunque estuviera tan mudo, tan
certeramente de incógnito en el planeta, con los codos agudos y las
falanges flexibles. Iba a empujar a Erika sobre el tronco del borde
izquierdo hasta que sus muslos se le reventaran con mi rodilla, hasta que
tuviera que pedírmelo en nombre del santo padre, de todos los Testigos de
Jehová, de cuanto bueno y falso profeta ha habitado la galaxia. Yo que no
quería morir era capaz de brindar la muerte. Como si se hubiera
agigantado la mano y pudiera romper entre la palma un cuello o una pelota,
triturar una yugular o masacrarme la cabeza contra el poste bajo el cesto.
—¿Qué te pasa? —preguntó con
los ojos así abiertos como si alguien se los estuviera tirando. Por
arriba de la mata de pelo castaño del severo moño de liceana burra, el
sol ya la estaba haciendo una especie de arcángel. El resto de luz
existía por puro joderme los ojos. Me levanté, y allí debió haber
terminado el sueño; otra vez respiraba, pero pam-pam-pam, como a patadas.
Ni siquiera se me ocurrió sacar la camiseta para cubrir las entrepiernas.
Si venía en serio a besarme (lo vislumbraba en el modo de mitigar los
párpados), si ponía carne con carne el labio y mi hocico, se acababa
para ella la fiesta. Se acababa el nombre de su padre, esa guitarrita de
los canutos que tanto le gustaba oir en la quinta con señor voy a tu
reino, y carecía de importancia que fuera Erika, la princesa del barrio
Quinta con los pechos duros y los muslos calientes, podría haber sido
Olga la de Manuel Montt primera cuadra, que se aterciopelaba tanto con los
discos de Los Cuatro Ases y te hacía sentir sus caderas como un vaivén
de tu propio vientre, o Angélica que siempre era demasiado pálida para
hacer el definitivo holocausto, o la pequeña Gloria que se encerraba a
llorar amores perdidos que jamás tuvo en los waters de los anfitriones
durante las fiestas de quinto año.
Le agarré el beso en el vuelo, allí
le hice la primera trampa con el diente, sin darle tiempo a respirar, y
luego le fui empujando el beso para metérselo en la garganta, para
sembrárselo en cualquier parte de la carne donde se levantara la mano
haciéndose uña en las costillas del amante.
—Estoy enamorado —le dije.
—¿Qué se siente?
Me permitió que mascara el pelo
encima de su oreja. Con el sol se caía todo el follaje, se precipitaba un
pájaro, me dolía el cuello equilibrándome, los hoyos de las narices
agolpados de cabello. Y su boca estaba húmeda, y mis labios perfectamente
secos, hechos una sola grieta, un jeta de aserrín de muñeco, me daba
miedo dañarla con el roce, pero la humedad de las encías me los iba
poniendo fértiles, tenía todas las palabras necesarias para embolinarla,
en cualquier momento comenzaría a levitar, con la sangre tirando hacia
las mechas era como si todo el cielo fuera una fiebre imantada, pero las
palabras me hinchaban el cuello y el diafragma, les faltaba algo que las
ordenara, alguien que presionara mi hocico para irlas modulando. Podía
replicar “una dulzura inmensa” “una masacre” “una rabia”.
Agárrame las costillas, decía mi jadeo, suelta mi pantaloncillo con tus
uñas, muerde ahora la camiseta, pon tu lengua debajo de mi hombro, vamos
más allá de toda garganta, más allá de las cejas, de las rodillas, de
esta asfixia, Erika, de este espacio que se verá combado tras tus ancas
hecho una gran cama, una alfombra de aire, tú y yo haremos época,
levitaremos empujados por la resolana y todo sucederá en el aire,
estrellándonos contra las aves, aplastando en su territorio los mismos
insectos, como abejas, como perros, como ángeles. Pero Erika quería que
yo estuviera muerto, no iba a permitir más tratativas que pasteles e
invitaciones al cine, que bailoteos los sábados por la tarde y Roberto
Inglez con un solo dedo y los Cuatro Ases de mierda, y que yo sucumbiese
simplemente con las manos calientes, con mi penacho alzado, con mi cuello
doblado hecho un río sin fundamento, una pura corriente pueblerina para
meter las patas, ultrajarla con la piel suavemente callosa, delicadas
protuberancias de hembra, y luego salirse, gritando, secarse con la
toalla, subirle el volumen a la radio, masticar un sandwich, comprar
cigarros Liberty, conversar con el hermano menor, poner en orden el
pliegue de la falda... ¡Si me hubiera preguntado otra vez qué se siente!
Y de pronto, sólida, compactamente las cabezas se nos estrellaron contra
el árbol. Si ella no gritaba era porque yo le tapaba la lengua con mi
boca, y las vetas del árbol le soltaron ese chorro en la mejilla, y eran
las hormigas las que me andaban por encima del cuello y se me insertaban
en la oreja, y qué querían sus manos, pulverizarme el hígado,
transparentar los pulmones, poner en crisis esas duras venas, casi
quebradas, casi sudorosas, o yo la estaba matando y su cara era violeta,
era amarilla y era rosácea, y había un modo en que el asfalto hablaba,
un estilo de decir el sol, un modo de reventarse los árboles sin que se
les moviera un pelo, de pie, transpirando, y yo le solté los labios, yo
le metí la mano por la cintura para que ella viviera, para que
sumisamente doblegara sus lomos y sus senos al sol, pero no quería su
libertad, iba como a vomitarla sobre mi hombro, le iba a salir otra sangre
por los ojos, se iba a derramar moquillenta por las narices, las orejas se
le iban a caer en pedazos cubiertas de hormigas (ibas a morirte Erika como
una flor estúpida, como un ombligo incólume), y yo llevé mis manos
contra su nuca, y me pateaba entre las piernas, se armó de dientes, se
armó de saliva, tenía los senos duros como coscachos, coces y yo zurré
su cabeza contra el tronco, como en defensa propia, en última agonía le
fui metiendo las uñas por el pelo, machucándole la frente, y su sudor
fue cubriendo la aspereza de la madera, se le desgarraba la nariz, iban a
reventársele los labios, y entonces la dejé ir, estaba demasiado lloroso
para seguir viviendo, en medio de las piernas los dolores eran alaridos,
como si ella hubiese hecho el gesto final, implantando el más feroz de
los colofones me ponía la lengua en el cemento, ella quería que yo
fornicara con los ásperos granulillos del concreto, con el pulverizado de
goma de las zapatillas, con los dientes partidos contra una boca estéril,
ella quería verme llorando, quería seguir su oferta al sol ,su propio
llanto, su pómulo rasgado, su pelo negro húmedo, los bordes de sus senos
mojados, mordidos degradados, ella quería irse, se iba y yo era un final
perfecto, casi un marica, virgen definitivo, ausente, el polvo mordido en
las narices, esa triste dureza inútil allá abajo.
Entonces Erika debió haberse ido, y
yo tal vez tendría las yemas de los dedos sobando mis cejas, o las uñas
en la boca para que no me vieran llorando, o Erika estaba allí y el sol
se anegaba entre pestaña y pestaña y el llanto me hervía hasta
encegecerme. Por debajo del cemento sentía venir una sombra, un alero que
apenas empezaba a mojarme los tobillos, una lenta cortina, como un final
de acto de una muy mala obra donde los protagonistas permanecen estáticos
buscando en la inanidad el drama, como si la piedra, el ojo crispado,
contuvieran una acción que más valdría que no llegara a ninguna parte,
como van a cerrar la pieza con la muerte de este servidor que le habla y
ustedes van a salir al foyer a fumarse un cigarrillo.
Esa era mi sombra, especialmente
dedicada para irme helado de piernas, cubriendo los pelillos rizados sin
prisa, y mi vientre después de todo se replegaba aunque el sol me lo
estuviese buscando, como a cuchillada supongo, como si mi vientre no fuera
la sinfonía inconclusa ni esa riña fuera un último tango o una canción
pasada de moda, o un asesinato en cualquier acequia. Puta madre, empecé a
saborear la piedra; a rozar dulcemente mi nariz contra la capa de polvo
que se iba abriendo con un diseño simple e indescifrable. Encima del
bozo, las lágrimas sabían formidables. Las fui trayendo con la punta de
la lengua sobre la capa de dientes, empecé a rasparme las encías con las
uñas, a palparme los pómulos y los sentía todos calientes, recién
florecidos, ridículos, mofletudos, cómicos. Y mi sexo también era
divertido, tan acurrucado, mosquita muerta, un pobre pedazo hipocondríaco
que había fallado en su mejor acto, delante de todo el escenario de mis
fantasmas, delante de Samuel Bennet por ejemplo, delante de Holden
Caulfield, de Chet Baker, de Gerry Mulligan, de Coltrene, de Joâo y la
Astrud Gilberto, de Dorival Caymmi, de Julio Sosa, delante de mis abuelos
recios de grupas, delante de tantas conversaciones enfermas en boites
penumbrosas, calugonas, de tantos senos intuidos y nunca acariciados,
delante de mis amigos triunfadores, Golden siete en Biología ya Medicina,
Carvallo siete en Matemáticas y a arquitectura, Villanueva siete en
Gimnasia y a la Primera de U. de Chile, delante de todos los padres de
todos los padres que nos sorprendieron un poco más adentro del beso en
sofás destartalados de todas esas calles empedradas de Santiago, de las
vergonzosas noches yertas, imbéciles, con la revista en la mano y las
baldosas manchadas, y entonces yo me fui replegando, acurrucando sobre un
centro del que carecía, huyéndole al lengüetazo de la sombra, y de la
misma mueca del llanto fui afilando lentamente la sonrisa, fui cerrando
los ojos, fui durmiéndome, las rodillas contra el pecho, animal,
definitivo, una fiera más en el planeta, como ese árbol, ese pasto seco.
Desperté cuando el asfalto estaba
blanco. La sombra había pasado sobre mi lomo para ir a derramarse contra
la pila de ladrillos detrás del arbusto. Tuve necesidad de beber agua,
pero mis piernas se me agarrotaban, impidiendo que me moviera. Fui
trasladándolas lentamente, ofrecido al sol, hasta que cedió la piel
debajo de las rodillas. Entonces traté de levantarme apoyando la cadera
contra el suelo, y luego la mano, y en seguida torcí el dorso, y ahí fue
donde me sorprendió toda la marejada de luz y hube de doblar el cuello
sobre la camiseta. Arrodillado, me pasé concienzudamente la lengua sobre
los labios, eché escupito sobre las manos y me mojé un poco la frente y
los pómulos y los ojos. Casi a hurtadillas ladeé la mirada para agarrar
al sol recto sobre mi cabeza. A tropezones, con la vista gacha, la luz
patinándome por los hombros como una lluvia persistente, fui a recoger en
el centro de la cancha la bola.
El tacto del cuero me dio alivio. Se
le había concentrado todo el sol, se le asomaba un cototo cerca de la
válvula, y me costó agarrarla y envolverla completamente entre las
falanges tensas. Entonces busqué el aro, la grave estructura de la malla
inviolada en el espacio, sin viento, sin música, ni pájaros, ni
espectadores, ni música de las casas próximas. Neciamente presentí que
yo no podía corromper ese silencio. Cuando se rozaron los faldones de mis
pantaloncillos, torcí el cuello, temeroso de que alguien viniera a
censurarme. Casi sin notarlo, fui poniéndome de cuclillas y sin darle
bote a la bola como era mi costumbre, los brazos se fueron atrás,
dulcemente se replegaron como quien recoge peces en el océano, entre las
rocas una varazón de sardinas, y todo el aire agrietado en el corazón se
estremece con lo que chorrea la estela. Y yo me fui elevando con el gesto,
supe que mis tobillos despegaban de la cancha armónicamente pero
definitivos, y mis manos quedaron suspendidas en el espacio y los ojos
bailaron el círculo al aro.
La bola coleteaba dentro de la malla.
Olvidé cómo sonó al retornar al
asfalto, no sé si cayó alguna vez o si estuvo todo el tiempo amarrada a
la red hasta que se jugó el partido contra Ferroviarios, o si rebotó
violentamente y fue a estrellarse contra las graderías, o si reventando
en el aire la llanta fue pulverizándose en la caída.
Moví toda mi triste insolación hacia
los camarines. Fui escupiendo entre dientes mientras orillaba el silencio
de las franjas, con los dedos entrelazados encima de las caderas, en la
parte de la piel que confina con el anca, que la llamaba el Bachiller
Tudanca. Y entonces sentí un necio deseo de ponerme una camiseta negra,
corbata con adorno de peces y aves multicolores, un traje bien acafiolado,
e ir a ver una cabra de bellas artes con taller y todo en Dardignac y Pio
Nono. Y después comprar entradas para al cine y meterme a ver la
reposición de Champagne para César, con Ronald Colman, o Las
Nieves del Kilimanjaro, que era de Hernest Hemingway y todo eso. Y
después de ir a jugar pimpón en la sede del partido y hablarles
demencialmente de Fidel a los de la Base del Pedagógico que tenían tanta
labia los gallos. Y después ir al Bier Hall a escuchar a Tito Campbell
cantando eso de no puedo darte más que amor, nena, eso es todo lo que te
puedo dar, beber cerveza jusqu'a tomber, que le dicen los franceses.
Así que , como tenía un panorama por
la tarde hasta me anduvo cayendo como las reverendas ver a Erika sentada
sobre el escaño, enredándose el pelo suelto en la punta de los dedos. Yo
traté de ponerme paquete, y echar un poco para arriba la ceja, y
sacudirme con el dorso la porquería que me iba saliendo de las narices,
porque no se estila andar tan cuma delante de una muchacha, por muy virgen
que uno sea y etcétera.
Pero me pasó lo increíble, gancho.
Además de colorado, de pelota, de toda esa capa estival que fue solita
haciéndome contacto con todo el cuerpo, inclusive aquello, de todos los
tangos de Mores, Sosa y Rivero que podría haber cantado admirablemente en
ese mismo segundo, así se decidiera a salirme aire por los pulmones,
además de todo eso, me puse tan profundamente triste, tan avergonzado,
con las manos cruzadas sobre los pantaloncillos, que la miré a los ojos y
le sonreí como si alguno de esos huevones de Hollywood estuviera
filmándonos para el Cinemascope. Pero la verdad es que ni ella ni yo
dábamos más que para un rotativo de barrio, ni siquiera para hora veinte
minutos de rollo, acaso a lo más para una sinopsis entre medio de una de
John Wayne con Robert Mitchum y una de Mel Ferrer con Audrey Hepburn, no
dábamos ni para una calcomanía, ni para una nota al margen de una
novela; si Dios hubiese existido y fuera un novelista o un guionista de
una película que tiene en la cabeza y que no se las cuenta a los actores,
como Antonioni por ejemplo, habría aprovechado ese momento para echarse
una siesta o fumarse un cigarrillo o llamar por teléfono a un amigo del
alma para decirle esas cosas ridículas que hablamos con los amigos del
alma.
Quiero decir... que si algún día
pasan esta película en el cielo , y ustedes logran verla, aunque Dios que
está en todas partes (como dicen los que lo han visto) hubiese captado de
pura buena gente este pedazo, el tipo que le hace en el laboratorio el
montaje habría cortado los pedacitos de nuestra escena y se los habría
regalado a los niños que necesitan un trozo de celuloide para mirara los
eclipses.
Me llamó por mi nombre soltándose el
pelo. Hasta una brisita surgió en ese momento llenándole de polvo las
pestañas. Ahora que lo pienso sólo faltaban los violines de Mantoviani o
algo por el estilo supongo.
—¿En serio? —me dijo.
Eché los hombros para adelante y
arrugué fuertemente las cejas.
—¿En serio qué?
—Lo que dijiste antes.
Yo tenía mi hocico agrietado y sus
labios estaban húmedos. Era como el retorno a la prehistoria de nuestra
vida.
—¿Qué te dije?
—Lo que me dijiste allá en la
cancha.
—¿Cuando?
—Bueno, cuando... me besaste.
Yo quise decirle que no la había
besado... Yo quise decirle que todo había sido apenas un intento de
asesinato.
—No me acuerdo —gruñí,
reojeándole el escote.
—Entonces no era cierto.
Me puse ciertamente furioso. No me
importó levantar las manos del pantaloncillo ni nada de eso, ni que el
pajarillo saliera volando si era preciso. Yo necesitaba la palma de una
mano abierta, y también la otra para agarrotarla y descargar sobre la
primera un puñetazo.
—¡Era cierto, cresta! ¡Era muy
cierto, Erika García!
—¿Qué era cierto?
—¿Cómo que qué era cierto? ¡Lo
que te dije allá en la cancha!
Y como si todo lo que existiera en la
galaxia fuera un vals o un tango orquestado por Mores o Piazzola o la
típica de D’Arienzo, o un foxtrot de 1920, la agarré de la cintura y
la fui metiendo en los camarines, lo juro por mi madre.
No sé con cual mano estiré la
colchoneta ni con qué dolor de ella la penetré, ni como se fue trizando
en mí el ángel ni hasta dónde se desgarraron mis costillas cuando
ingresó en mi todo ese olor y apareció esa fuerte humedad entre sus
muslos, ni recuerdo los besos, el signo del zodíaco, la fase lunar, el
ángulo del sol sobre la muralla.
Seguro que pasó su media hora antes
que ella se bajara la falda, metiese en orden la maraña encima de las
orejas, y cubriese finalmente con las yemas el charquicán de pintura
negra que le ojereaba alrededor de los párpados. En ese mismo momento
sentí una enorme compulsión por ponerme los pantalones y echar la camisa
encima de la gloriosa del “Flecha”.
—¿Qué hacemos? —preguntó la
Erika.
Se estaba sacudiendo la falda y
siguió muy amorosa de mirada y con la voz ronquita, a lo Greta Garbo,
como quien dice.
—¿Cómo que qué hacemos?
—¿Que hacemos ahora?
Busqué en todo el camarín la
respuesta. En seguida me tiré encima la campera.
—No sé. Yo tengo hambre.
Erika hizo esos movimientos con que
las jóvenes damas se ajustan lo que tienen en el pecho.
—Yo también —dijo.
Me rasqué el estómago,
contentísimo.
—A decir verdad, yo tengo mucha
hambre. Debe ser la hora de almuerzo.
—Vamos a almorzar a mi casa.
Me di un tiempo para rascarme la nariz
y otra para quedarla mirando.
—¿Qué hay?
—¿Cómo que qué hay?
—¿Qué hay para comer?
Terminó de maniobrar una cinta que le
puso en redil el resto de las mechas. Con la punta de los dedos le hice
volar un trozo de periódico de encima de la sien derecha.
—Pollo.
—¿Pollo con qué?
—Con puré y ensalada.
—Está bien —dije—. Vamos.
Agarré la pelota y caminamos hacia la
puerta de salida. Casi al salir, le hice dar la vuelta tomándola del
codo.
—Espérate un poco —le dije—.
Quiero que veas una cosa.
Me adelanté unos metros dándole de
botes al balón hasta que estuve en la zona de bomba, y ubiqué
prolijamente mis pies sobre la raya del tiro libre.
—Ahora fíjate bien —le ordené
con un gesto.
Puse la bola entre las piernas y la
impulsé con toda la suavidad del mundo, como quien despide en Valparaíso
un barco que va a cualquier parte. El balón montó por encima del tablero
y fue a perderse entre unos cascajos del fondo de la cancha.
No volví a jugar basketball. Años
después publiqué un libro de cuentos, y hace poco terminé de escribir
mi primera novela.
A Erika le dije:
—Vámonos a comer ese pollo.
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