Hernando Téllez
(Colombia, 1908-1966)

Visita al juez supremo
Cenizas para el viento y otras historias
(Bogotá: Librería Mundial, 1950, 216 págs.)


      La explosión fue terrible. Exactamente como había sido prevista por la Gran Central de Control. Las ondas letales se difundieron sin obstáculo por todo el haz de la tierra. Eva Rodríguez —lo refirió a Dios un poco más tarde— se encontraba lista para salir a la calle. En el saloncito del pequeño departamento que ocupaba en la planta baja de un moderno edificio del centro de la ciudad, la esperaba su amante, el bueno, el simpático Adán. Adán Martínez. Cuando se oyó el escalofriante estrépito, Eva ajustaba a su muñeca el diminuto reloj de pulsera, regalo de Adán. Tenía puesto el sombrero —un gracioso círculo de paja adornado de una flor malva— y el abrigo. Gracias a su invariable costumbre de dejar para lo último la postura del reloj y de mirar las manecillas, pudo responder con exactitud, cuando, allá arriba, fue interrogada:
       — Señor, eran las 6 y 12 minutos de la tarde. Faltaban 3 para que comenzara la función vespertina del cine a donde nos disponíamos a ir.
       Adán corroboró con un gesto de la cabeza la precisión del testimonio, que garantizaba la buena memoria de su mujer y justificaba el pecado de su propia impaciencia. Sobre los labios del Juez Supremo se entreabrió, sin completarse, una sonrisa.
       —Increíble —dijo—. No deberíais hallaros aquí.
       —Señor —se atrevió a decir Adán—, la culpa no es nuestra.
       —Lo sé —respondió—. Pero el asunto es bien curioso. El plan acordado allá abajo no excluía a nadie. No me explico como...
       —Probablemente fue el amor —insinuó Eva.
       —¿El amor? —dijo el Juez Supremo notoriamente escandalizado.
       —Deseábamos no morir porque nos amábamos, agregó Adán con toda sencillez.
       —Porque nos amamos —corrigió Eva.
       —Sí —añadió otra vez Adán—, nos abrazamos, echados sobre el suelo y dijimos al mismo tiempo: “Sálvanos, Señor, ¡no queremos morir!”
       El Juez Supremo entrecerró los ojos, y recordó. Efectivamente, ese tenue hilo de súplica, a dos voces, había ascendido hasta El, claro, distinto e intacto, en medio del apocalíptico estruendo. ¿Su voluntad había condescendido? Era lo probable, según el resultado. Un escape imperceptible de su bondad, en medio de la catástrofe, alteró así todo el final previsto.
       —Íbamos, por fin, a casarnos una semana más tarde —dijo Eva, ligeramente ruborizada.
       —Todo estaba listo —corroboró Adán.
       —Sí —dijo el Juez Supremo, pasándose una de sus dos bellas manos sobre la frente, con gesto de fatiga—. Todo, inclusive el amor.
       —Todo, señor —insistió Eva—. El último plazo del mobiliario vencía en octubre. Había una linda mesa de comedor y un aparador, con espejo, para la vajilla.
       —Y un estante de madera oscura para mis libros.
       —La ropa cabía íntegramente en el armario de tres cuerpos.
       —¿Pero estabais seguros de vuestro amor? —preguntó gravemente el Juez Supremo.
       —Sí —respondieron al tiempo Adán y Eva.
       —¿Por qué?
       Y Eva, la primera, dijo:
       —No sabría responderos, Señor. Pero amo a Adán más que a todas las cosas y que a todos los seres de la tierra...
       Y Adán, añadió:
       —Yo tampoco, Señor, podría explicarlo. Pero vos, Señor, que veis en el fondo de los corazones, podéis ver en el mío reflejada la imagen de Eva.
       Dios volvió a sonreír, compasivamente.
       —La tierra ha sido destruida por los hombres —dijo—. No queda en ella sino el polvo que la cubre. Ni una planta, ni una flor, ni un animal, ni una criatura. Un olvido de la Bondad Infinita permitió que vuestra súplica no fuera rechazada. Después, ya era tarde. La muerte os había respetado, pendiente de mi decisión. Casi una contrariedad —añadió—. Habéis llegado aquí sin necesidad de morir. Casi una infracción a la ley. Pero se os admitirá...
       —¿Señor —dijo Eva, sin disimular su angustia—, aquí estaremos separados Adán y yo?
       —No es posible revelación alguna sobre vuestro próximo destino.
       —Señor, perdonadme, pero debo confesaros que tengo horror a la ausencia, al olvido y a la separación.
       —¿No nos permitiréis regresar a la tierra? —preguntó Adán.
       —La tierra ya no existe —repitió suavemente el Juez Supremo.
       Adán y Eva quedaron en silencio. Estaban cogidos de la mano, como dos colegiales. Y el corazón les trepidaba.
       —La tierra ya no existe —tornó a decir el Juez Supremo—. El experimento humano ha terminado. No tuvo éxito. El margen de error establecido para que los hombres encontraran por su propio esfuerzo el camino de la felicidad, resultó excesivo para tan débiles y torpes voluntades.
       —Señor —dijo Eva—, nosotros habíamos hecho planes como para vivir treinta, tal vez cuarenta años más.
       —Sí, eso por lo menos —añadió Adán tímidamente.
       —¿Es demasiado, Señor? —preguntó Eva.
       El Juez Supremo miró con indulgente curiosidad a esa frágil criatura femenina que le pedía, en el umbral de la eternidad, una parcela más de tiempo para su amor y para su vida.
       —No sabéis lo que decís. En el mundo no queda ni siquiera una diminuta brizna de amor. Todo ha sido exterminado. Todo ha sido arrasado. Todo ha concluido.
       —¿Y nosotros dos? —dijo Eva modulando con cuidadoso respeto la peligrosa pregunta.
       —Un descuido, un pequeño error, fácilmente reparable —respondió el Juez Supremo.
       Eva y Adán sintieron entonces un inmenso desconsuelo, una grande y mortal pesadumbre. El Juez Supremo tenía la cabeza inclinada. Parecía misericordioso e implacable al mismo tiempo. Con una de las manos golpeaba nerviosamente en el brazo de su hermosa silla, forrada en cuero resplandeciente.
       Eva se aventuró a decir:
       —Permitidnos regresar a la tierra, ya que nos fue dado el privilegio de venir hasta aquí, sin morir, y a pesar de que la muerte estaba sobre nosotros, y nos cercaba por todas partes. Cuando cayeron los primeros maderos del techo de nuestra habitación, quedamos aparentemente sin vida, sumidos en una vaga inconsciencia. Algo como una inmensa sombra trataba de apoderarse de nuestros cuerpos y de nuestras almas. Pero yo sentía latir mi pulso y oía la respiración de Adán, a mi lado. Ya habíamos invocado vuestra bondad, solicitando un poco de vida para nuestro amor. Después vino una gran claridad, y, súbitamente, nos hallamos en vuestra presencia. No somos infractores, Señor. Nos oíste por descuido de Vuestra Bondad. Si no morimos como los demás —oh, perdonadme, Señor— no fue por resistencia a vuestros designios. Y os prometemos amarnos hasta la muerte, concluyó Eva con femenina desesperación.
       —Y os prometemos —dijo Adán, tratando de disimular el aspecto personal que Eva daba al problema—, reconstruir todo lo perdido, el amor, la familia, el honor, la bondad, la ternura, la equidad y la justicia. Volvednos a la tierra, y con una hoja que nos deis, formaremos los bosques; y con una gota de agua, los océanos; y con un puñado de polvo y un trozo de piedra, las ciudades para los hombres y para los hijos de los hombres...
       —Yo seré fiel —dijo Eva.
       —Yo seré bondadoso —dijo Adán.
       —Yo callaré cuando él llegué cansado.
       —Yo seré paciente cuando ella cante.
       —Dormiré siempre del lado izquierdo del lecho.
       —No volveré jamás a encender la lámpara, en medio de la noche, para mirar la fecha del periódico.
       —Me pondré, sin protestar, esa camisa a la cual falta, siempre, siempre, el primer botón.
       —Soportaré sin amargura el sombrero verde que a él gusta.
       El Juez Supremo sonreía lleno de conmiseración.
       —En verdad, en verdad os digo que merecíais ser, otra vez, los padres del género humano. Pero la cuenta ya va muy larga. Por un amor como el vuestro hubo millones de seres que se odiaron, y el caudal de la perfidia humana ahoga, en esa cuenta, vuestra pureza y vuestra simplicidad. Adán llevará, sin un reproche, la camisa que Eva ha olvidado componer, y Eva sin amargura, el sombrero verde... Sois una insólita excepción.
       — Gracias, Señor —dijo Eva conmovida.
       —Pero —continuó el Juez Supremo—, vuestro regreso a la tierra carecería de objeto. Los hombres no merecen siquiera el sacrificio del sombrero de Eva ni el de la camisa de Adán. Os quedaréis aquí para la eternidad...
       Eva estalló en sollozos. Adán, pleno de temor y de confusión, avanzó un paso hacia la silla del Juez Supremo y en tono de confidencia le dijo:
       —Perdonadla, Señor. Estos accesos de llanto son más frecuentes en ella desde hace algún tiempo.
       Eva lloraba con honda, con irreparable desolación.
       —Todo —siguió diciendo Adán—, la afecta ahora con especial intensidad. En estos últimos meses, ya no podía soportar, allá en la tierra, estar sola a una determinada hora del día. Yo debía regresar a casa antes del crepúsculo para acompañarla. Y aún así, a veces, rompía a llorar...
       —¿Esperáis, entonces, un hijo? —preguntó, sin sorpresa, el Juez Supremo.
       —Esa es la verdad, Señor. El cochecito iba a ser regalado por el padrino.
       Eva se había serenado un poco. En la mirada del Juez Supremo brillaba ahora una luz de ternura.
       —¿Cuánto tiempo falta? —preguntó con divina cortesía.
       —Seis meses —respondió Adán.
       —Cinco —corrigió Eva.
       En los labios del Juez Supremo se insinuó otra vez, una leve sonrisa.
       —Además —dijo Eva—, aquí no será posible que nuestro hijo nazca. No queremos causar tantas molestias. En la tierra podríamos...
       —Ciertamente, un caso como el vuestro no se había presentado en este Supremo Tribunal. Es, lo reconozco, un caso excepcional. Habéis llegado aquí sin la escolta de la muerte, y con una vida más oculta en el vientre de Eva. La coincidencia de vuestra súplica con la atención que demandaba el espectáculo del fin de la tierra, ha producido este impase. Pero a pesar de hallaros vivos en este lugar y en mi presencia, os digo que la tarea de volver a crear vuestro mundo no debe realizarse.
       —Será un mundo excelente, os lo prometemos, Señor —dijo Adán—. Os ofrecemos la garantía de nuestro amor.
       —Un mundo excelente —repitió Eva como un eco—. Nuestro hijo nacerá pobre y humilde, puesto que todo en la tierra ha concluido.
       El Juez Supremo se levantó de su silla. Ya una señal de su mano, fueron entrando los Grandes Consejeros. Uno de ellos condujo a Eva y Adán fuera del salón, dejándolos en un tranquilo y solitario lugar, en espera de la última decisión. El Juez Supremo expuso el caso. ¿Debía aceptarse la propuesta de reconstruir la tierra y de rehacer el género humano, aprovechando el amor de Eva y de Adán y la pequeña vida que en el vientre de la última mujer Prolongaba todavía el milagro de la existencia? El Juez Supremo oyó todos los pareceres. Pero la Asamblea estaba visiblemente impresionada por la última y más grande de las estupideces humanas. Y la decisión fue desfavorable. Disuelto el Consejo, Adán y Eva se vieron de nuevo conducidos a la presencia del Juez Supremo.
       —Podéis regresar a la tierra —dijo disimulando la amargura que atravesaba, como un agudo dardo, su magnánimo corazón. Y antes de que Eva pudiera darle las gracias, había desaparecido.
       Y Eva y Adán se encontraron, otra vez, echados sobre el suelo de su habitación, en el minuto exacto de la tragedia, mientras en torno suyo se hundía el mundo de los hombres. No recordaban nada de su visita al Juez Supremo. La tierra se estremecía y una nube de polvo y de ceniza empezaba a asfixiarlos. Los maderos del techo caían con estrépito. “Sálvanos, Señor, no queremos morir”, decía Eva entre sollozos, abrazada al cuerpo de su amante. Pero esta vez, la Bondad Infinita no oyó el desesperado ruego. El hilo de la comunicación con el Juez estaba roto. El mundo era ya una tolvanera de polvo, cuando se detuvo el pulso de Adán. Un segundo después cesó de latir el otro impetuoso y jovial corazón.



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