César Vallejo
(Perú,
1892-Paris, 1938)
LA
PERSPECTIVA PERSONAL
EN LOS HERALDOS NEGROS
ALBERTO
ESCOBAR
Originalmente
publicado en
Amaru, Lima, núm. 6, abril-junio, 1968
Publicado también en:
César Vallejo. Edición de Julio Ortega.
Serie El Escritor y la Crítica. Madrid: Taurus,
1974, pp. 235-243
El renovado interés
por la obra de César Vallejo ha convocado a una
intensa tarea crítica, en la que destacan
últimamente valiosas interpretaciones y ensayos de
estudiosos extranjeros. Hay un sentido enigmático
en la poesía del autor de Poemas humanos
que compagina curiosamente con la transparencia de
ciertos aspectos de su obra; pero que, al mismo
tiempo, invita a intentar no sólo explicaciones de
los textos aislados, sino a bosquejar una suerte de
esquema dinámico; de hilo guía que nos conduzca a
la percepción del proceso unitario, que, según
aparece cada vez con mayor claridad, recorre todos
sus libros y los ensambla como partes de un continuo
desarrollo. Desde este mirador, Los heraldos
negros puede ser entendido como un ciclo
orgánico en el que, a pesar de las concesiones a la
poética de su tiempo, se distinguen ya, con
absoluta nitidez, los rasgos saltantes de una perspectiva
creadora que va a ser decantada en los libros
posteriores, y a la que, en última instancia, se
remiten los hallazgos del más célebre poeta
peruano. Con el ánimo de ilustrar esta hipótesis,
las notas que siguen postulan un esclarecimiento del
mérito de la experiencia personal como perspectiva
estética en Los heraldos negros.
Las reacciones
ante el Amor y Dios aparecen en un cúmulo de
incidentes personales que realzan, en Los
heraldos negros, la impronta que inscriben los
sucesos en la suerte del hombre y, especialmente, en
el poeta. Pues bien, el que los motivos de
inspiración hayan sido captados y configurados en
cuanto experiencia personal, recuérdese, constituye
patrón distintivo en la poesía de Heraldos;
pero de ello no debe extraerse que la pesquisa
biográfica sea el medio ideal para esclarecer la
creación poética, ni que la multiplicidad de actos
dispersos y, quizá, si alguna vez contradictorios,
niegue o fragmente la visión que ilumina el autor.
En este
análisis se acude a la cita biográfica sólo como
factor complementario; en cambio, se asigna
prioridad al modo en que el poeta delinea su
realidad literaria, y, en lo posible, se intenta
precisar los rasgos relevantes en ese proceso. Ello
nos mueve a postular que, en Los heraldos
negros, el uso de la primera persona (en el
nivel simbólico) equivale a una perspectiva
que selecciona y orienta elementos en apariencia
insignificantes, y, luego, los modela como vivencia
recreada, sometiéndolos a una singular
re-evaluación estética. Nótese que dicho criterio
parecería excluir dos grupos de poemas que existen
en el libro: a) las piezas en esencial
descriptivas, b) las deliberadamente
impersonales. Creemos que las primeras no son
características ni por el tipo constructivo ni por
la calidad; por tanto, se les trata como formas
marginales. Las segundas merecen una digresión:
aunque el poeta elige la forma impersonal, se nos
ocurre que en realidad apela a un procedimiento
caracterizador, pudiendo entenderse que subraya
una particular identidad entre el ego y el resto de
la comunidad, o que, por ser obvia la naturaleza
colectiva del discurso poetizado, la voz singular
del poeta cede ante el signo de pluralidad o la
simple afirmación de existencia. Aunque con
rasgos peculiares, por tanto, las incluimos en el
tipo de construcción preferencial.
Contrastada con
obras de su tiempo, la poesía de Los heraldos
desentona, entre otras causas, por algo que no puede
haber escapado al lector, y que, si hoy constituye
cualidad en la poesía del escritor trujillano, hace
algo más de cuarenta años desconcertó a la
crítica. Me refiero a su constante acento de
diálogo, a la norma convencional; lo que demanda,
necesariamente, aparte de un ritmo v de una melodía
específicos en los esquemas de entonación, la
presencia activa o pasiva de un interlocutor. Habrá
oportunidad para que examinemos cíe qué modo este
rasgo se conecta con el vocabulario o con la
libertad inherente a la charla, cate exige un
compartir de antecedentes o secuencias; pero
convengamos desde ahora en que la intimidad e
informalidad, que cautivan en los versos de Vallejo,
están ligadas a este continente dialógico. En él
asistimos (¿sería justo decir participamos?),
asistimos a una experiencia que, al realizarse,
vincula al autor con un «tú» familiar, coyuntura
que nos aproxima, como si el diálogo ocurriera in
presencia, o escucháramos un testimonio, o
nos fuera tolerado sustituirnos en la
conversación. Quizá los casos más visibles son
los conectados con el Amor: «... fuiste tan buena
para mí... hasta dolerme» [36] *; «Y otras
pasan; y viéndome tan triste, / toman un poquito
de ti...» [37]; no se piense sin embargo, que es un
rasgo exclusivo del tópico amatorio recuérdese
cuán corriente es para Vallejo dialogar con la
divinidad y, en general, con seres ausentes o
presentes, reales o inmateriales, pero encarnados
o actuantes en el curso de su quehacer poético. En
suma, téngase por hipótesis que, de ese modo,
Vallejo entreabre un cauce confidencial y orea la
comunicación con la resonancia subjetiva que fluye
desde ambas direcciones.
Así tocamos un
punto delicado en aquellos textos que ofrecen la
personalidad creativa como elemento sustentador de
la verdad o realidad artística: exigencia que,
aunque en manera inadvertida, es planteada por todo
lector y atañe al impacto que logra la sinceridad
del poeta. De pocos escritores nuestros —como de
Vallejo— existe tan explícito consenso acerca de
su integridad en este respecto; y la biografía lo
refrenda. No buscaremos por ello demostrarlo, pues
en este libro como en sus obras ulteriores, antes
incluso de que el lector haya aprehendido la
intuición propuesta por el poeta, su sensibilidad
se alerta ante la cargada emoción que dimanan los
versos, y que, a no dudar, se enlaza con el tono y
la resonancia vital conseguidos por la poesía.
Alguna vez él mismo confesó en alta voz: «Dios
mío, estoy llorando el ser que vivo» [66]. Hay
tanta presencia personal en su palabra que
predispone al lector a tomar su poesía como
testimonio. Aceptémoslo, sí, como testimonio
poético.
El «hombre»
específico adquiere sucesivo relieve en nuestro
libro, enriqueciendo su figura con atributos que la
tornan más comprensiva y compleja, pues -como
vemos- lo poético del acto individual se extiende
hasta reproducir coincidencias generales del ser
humano. El proceso es constante: aquello que toca
al sujeto César Vallejo, personalidad poética,
cala tan hondamente en su ser que incide en las
esencias que fundamentan su categoría humana. Por
ende, lo decisivo, en cada oportunidad será
sorprender en qué forma esta categoría es afectada
por la experiencia modificante que descubre y revive
el autor.
Tornemos
todavía una vez a los contactos con el «Amor» y
«Dios» y examinemos cuál es su influjo en la
condición del hombre; indaguemos qué signos
presiden la reacción personal, qué huella la
atestigua en el marco poético. Decíamos que toda
la experiencia amatoria es reducible a una tensa
antinomia entre el instinto y la idealidad,
disyuntiva que yace en la naturaleza del amor, y en
la vocación que incita al hombre a complementarse
en un ser distinto del «yo» individual; pero si la
carne alucina los sentidos, condena al hombre y lo
aprisiona en sensaciones pasajeras, de las que, una
vez recuperado, retiene una insatisfacción
creciente que lo corroe y destruye. Decíamos que
el anhelo de idealidad, que sublimaría las ansias
de pasión consintiéndole perfeccionarse en la
persona amada, repugna, sin embargo, de la
característica fáctica inherente a la condición
humana; y de realizarse, por tanto, debería
anular el signo encarnado en «el pecado original»
y tendría que asimilarlo a un status divino, por
encima de los accidentes del tiempo. En las dos
vertientes, pues, el amor hiere al hombre y lo
niega: la pasión lo victima con un desasosiego que
se nutre del rechazo y de la avidez; el ideal le
impone un renunciamiento, anhelado y salvador,
pero incapaz de producirse sin remodelar la figura
del hombre sobre la imagen divina. De esta
certidumbre destila un sentimiento de frustración
que acrece el relieve de los límites que
condicionan al ser humano. En la imposibilidad de
asimilarse a Dios, el paulatino dolor que a la vez
consume al amante y subraya sus límites anticipa
que sólo en otra instancia, en la muerte
biológica, hallará fin su sufrimiento; pero
acabarían igualmente el amor, la vida, Dios, sin
lograrse perfección ni plenitud humana, ni armonía
ni felicidad.
¿No asoma
alternativa? ¿No queda un refugio en la norma
divina? Complejo y sugestivo capítulo es éste del
trato entre el hombre y Dios en Los heraldos
negros: hay en él dos marcas que determinan la
relación. La primera compete al hombre: recuérdese
que el poeta nació «un día que Dios estuvo
enfermo», que nadie sabe del «diciembre de ese
enero»; huella indeleble impuesta en su destino
y, lo que es importante para nuestro propósito,
huella que lo proscribe de la perfección y lo
predispone, desde ya, a la infelicidad. La segunda
marca atañe a Dios, cuya omnipotencia y amor
fracasan ante la irremovible proscripción del
hombre. El amor divino no redime el dolor del hombre
ni el vivir agónico de éste; el sufrimiento ha
terminado contaminando incluso a Dios, quien padece
por su creación y encuentra revelada su crisis en
la crisis del hombre. Inducida por la fe, la
criatura invoca al creador; la fe se transforma en
revuelta y el hombre pretende sustituir a Dios,
pero al negarlo afirma su necesidad; y así
empezamos a entender otra contradicción nuclear
en Los heraldos negros. El ensayo fracasa
porque al pretender ser Dios -en el deseo de
liberarse— el hombre, sin embargo, renuncia a su
libertad y se niega a sí mismo. No hay, pues,
solución trascendente: la perfección en el amor
y en el acercamiento a Dios prueban ser vías
estériles. El hombre permanece solo, espectador de
su sufrimiento y del que aflige a otros hombres: el
vivir es duro oficio, en el que se entrega al dolor
el paulatino agostarse de la esperanza. Es un
proceso insoluble y cruel: nuestra intervención
anticipada en la muerte, en la destrucción que
preanuncia el fin. Por eso, el vivir está empapado
de alusiones a la condición mortal: por eso, la
única aceptable y auténtica condición del vivir
es viviendo una vida doliente, cuyo más alto
signo es el darse (el dejar de ser en las
frustraciones instantáneas, pero sucesivas);
literalmente, el apurar la vida mientras llega la
muerte.
Así complementa
la poética de Los heraldos negros el «ansia
de vivir» con la búsqueda, por el hombre, de los
«valores del amor y de Dios»; pero la asociación
de esas tendencias no conduce a su concierto; por el
contrario, la poesía atestigua que, ante la crisis
de aquellos valores, el hombre fracasa en su
pretensión y queda victimado en el desamparo. En la
conciencia de su frustración. El poeta distingue
los atributos que califican su destino y se debate
en la crisis espiritual que lo abruma; pero no
renuncia. Cede sí a fatigas pasajeras, a
exclamaciones airadas, a frases de desconsuelo:
«Así pasa la vida, vasta orquesta de Esfinges /
que arrojan al vacío su marcha funeral»; he ahí
la nota obsesiva de la que no podrá sustraerse cl
autor: «Yo voy todo azorado, adelante...
adelante, / rezongando mi marcha funeral» [55]. A
pesar de las implicancias que derivan de proseguir
la marcha, el poeta confirma su adhesión a la vida;
a pesar del dolor y la miseria arbitrarios.
Arrojado en el
mundo, sin ideales que prometen redimir a su
«corazón gitano» [22] de la errancia, el hombre
«vuelve los ojos» a quienes, como él, anhelarían
elevarse sobre la fragmentar ¡edad irracional de la
experiencia, para recomponer —juntos— la unidad
de lo absoluto [58-9]. Sabe el poeta, a causa de la
destrucción que lo acosa, que el «hombre» —él
y los otros— sufre; y presiente que debe exigir
una instancia en la que esa identidad pudiera
redimirlos. No obstante, la gente pasa y cada
quien hace sus cuentas en forma individual:
Hoy no ha venido nadie a
preguntar;
ni me han pedido en esta tarde nada.
No he visto ni una flor de cementerio
en tan alegre procesión de luces.
Perdóname, Señor: que poco he muerto!
En esta tarde todos, todos pasan
sin preguntarme ni pedirme nada.
Y no sé qué se olvidan y se queda
mal en mis manos, como cosa ajena.
He salido a la puerta,
y me da ganas de gritar a todos:
Si echan de menos algo, aquí se queda!
Porque en todas las tardes de esta vida,
yo no sé con qué puertas dan a un rostro,
y algo ajeno se toma el alma mía.
Hoy no ha venido nadie;
y hoy he muerto qué poco en esta larde!
(Agape,
p. 54.)
Ya
no es sólo la certeza del propio dolor y el saber
que otros sufren; es el deseo ferviente de
recibirlos o de avanzar hacia ellos, de confundirse
juntos, para sentir en la comunidad —siquiera—
que el sufrir los emparenta y humaniza en el
diálogo; es el saber que de no ser así —si nadie
acepta la palabra nuestra—, la soledad consagra
nuestra proscripción, la hace más árida. No
olvidemos que vivir es ir muriendo a pausas.
Durísima y
tierna, la poesía de Vallejo penetra en el dolor
como en un gran misterio que, aunque envuelve la
cotidiana experiencia personal y la usual reacción
colectiva, se le revela por vez primera en la
actitud egoísta e indiferente de cada ser errante.
El poeta sufre una nueva frustración; esta vez en
la solidaridad del prójimo; de quienes,
acompañándose, podrían aliviar la zozobra de cada
uno y podrían dar respuesta a aquella pregunta
lacerante: «...A dónde iré» [58]; y podrían
también, el poeta y ellos, «luego / ... llorando
quedos, / dar pedacitos de pan fresco a todos»
[57]. El desamparo en que se descubre Vallejo,
ahora de índole social, resalta su voluntad de
adherirse al grupo, de dar, de retribuir a éste y
compartir, aunque fuera únicamente por sentirse
identificado no sólo en el sufrimiento sino
también en la solidaridad; valor cuya crisis, sin
duda, amenaza con despojar aún más la humanidad
del hombre. El «y hoy he muerto qué poco en esta
tarde! », debería leerse de modo que se
comprenda cuán menos humana es la condición del
solitario. Por ese entonces, la soledad —aunque
involuntaria— era el crucero espiritual del poeta;
soledad en el afecto, en la fe, en la
responsabilidad; tras la serie de incidentes
personales que evidencian el desamparo se torna la
morada del hombre.
De las figuras
con que Vallejo nombra a la vida, ninguna golpea
tanto ni instruye con tanta sobriedad como «la cena
miserable» [62]. La lectura de ese texto
permitirá que organicemos mejor nuestro
acercamiento al mundo poético de Heraldos Negros,
ahora que su interpretación se ve allanada por
nuestra familiaridad con algunos elementos decisivos
en su estructura. Leamos:
Hasta cuándo estaremos
esperando lo que
no se nos debe... Y en qué recodo estiraremos
nuestra pobre rodilla para
siempre! Hasta cuándo
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos!
Un
sustrato temporal, expresado desde el primer «hasta
cuándo», articula las sucesivas estrofas y resalta
la percepción psicológica de la ansiedad y la
fatiga. Ya los tres versos iniciales plantean la
búsqueda desasosegada de un sentido vital, la
supresión del dilema por surgimiento de la muerte,
y la ingerencia de Dios en el destino humano. El
verso primario de la estrofa inmediata es
consecuencia y recapitulación de los anteriores:
Hasta cuándo la Duda nos
brindará blasones
por haber padecido!...
pero indica además que,
para Vallejo, comienza a perder fuerza una postura
cuya afirmación se funda en méritos derivados de
la privación y el extrañamiento. Los versos que
siguen, hasta la mitad de la estrofa tercera,
instalan cl problema del hombre en el horizonte del
hogar infantil:
Ya
nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a media noche, llora de hambre, desvelado...
Y cuándo nos veremos con los demás, al borde
de una mañana eterna, desayunados todos!
Así
se insertan sobre la amargura de la evidencia
actual, el tierno recuerdo de la mesa casera y la
luminosa ilusión de la derrota del tiempo, en tanto
asumen solidez tangible los bienes anhelados por el
adulto —casi como necesidad orgánica— cuya
satisfacción podría ser gozosamente compartida. El
poeta abandona el presente e ingresa repentinamente
en el pretérito y el futuro, mas la alborozada
evasión concluye cuando encara nuevamente la
realidad y sucumbe el imperio del tiempo:
Hasta cuándo este valle de
lágrimas, a donde
yo nunca dije que me trajeran.
De
codos
todo bañado en llanto, repito cabizbajo
y vencido: hasta cuándo la cena durará!
La
referencia al niño desvelado y lloroso posee como
término de comparación la intensidad del desamparo
y la inhabilidad personal de superarlo; por eso, el
poeta, criatura abandonada también, dice su
reproche a Dios humildemente, mientras crece su
angustia en la lentitud del «tempo» personal. Al
fin, como si Vallejo levantara el rostro y
contemplase a su alrededor, y distinguiera una
figura que no entiende la angustia que agobia al
poeta, nos confía que, tal como ocurre a ese
«alguien», desde afuera de «su» circunstancia
(¿querrá decir la vida como él la representa?) no
podemos comprenderlo:
Hay alguien que ha bebido
mucho, y se burla,
y se acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara
de amarga esencia humana, la tumba...
Y
menos sabe
ese oscuro hasta cuándo la cena durará!
De
ese modo reitera que la muerte está más allá; que
ella puede cancelar el dolor y la vida, pero que no
le entrega a ésta un sentido; que aunque el hombre
padece su miseria en el tiempo, desesperado y
desvalido como un niño, vive y sufre y por eso es
hombre. Mientras la cena y la vida miserables
continúan, el horizonte de la infancia y la casa
paterna —nuevos ángulos de la misma perspectiva
que analizamos— ganan relieve en la memoria y en
la poesía de César Vallejo.
* Las
cifras entre corchetes corresponden a la numeración
de las páginas en la edición de las Poesías
Completas, Losada, Buenos Aires, 1940.
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