Gabriel
García Márquez
(Aracata, Colombia 1928—)
Cien años de soledad
(1967)
[I]
Muchos años después, frente al
pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar
aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo
era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a
la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho
de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo
era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para
mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el
mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca
de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer
los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de
barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de
Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él
mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia.
Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo
se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes
se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los
clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos
perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había
buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros
mágicos de Melquíades. "Las cosas tienen vida propia —pregonaba
el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el
ánima." José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba
siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del
milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención
inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un
hombre honrado, le previno: "Para eso no sirve." Pero José
Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos,
así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes
imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales
para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió
disuadirlo. "Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la
casa", replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en
demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región,
inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y
recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró
desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas
por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un
enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los
cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura,
encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el
cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.
En marzo volvieron
los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un
tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de
Amsterdam. Sentaron una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el
catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el pago de cinco reales, la
gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano.
"La ciencia ha eliminado las distancias", pregonaba Melquíades.
“Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar
de la tierra, sin moverse de su casa.” Un mediodía ardiente hicieron
una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un montón de
hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante la
concentración de los rayos solares. José Arcadio Buendía, que aún no
acababa de consolarse por el fracaso de sus imanes, concibió la idea de
utilizar aquel invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez,
trató de disuadirlo. Pero terminó por aceptar los dos lingotes imantados
y tres piezas de dinero colonial a cambio de la lupa. Úrsula lloró de
consternación. Aquel dinero formaba parte de un cofre de monedas de oro
que su padre había acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella
había enterrado debajo de la cama en espera de una buena ocasión para
invertirlas. José Arcadio Buendia no trató siquiera de consolarla,
entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación de un
científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los
efectos de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la
concentración de los rayos solares y sufrió quemaduras que se
convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las
protestas de su mujer, alarmada por tan peligrosa inventiva, estuvo a
punto de incendiar la casa. Pasaba largas horas en su cuarto, haciendo
cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma novedosa, hasta
que logró componer un manual de una asombrosa claridad didáctica y un
poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades acompañado
de numerosos testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de
dibujos explicativos, al cuidado de un mensajero que atravesó la sierra,
se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo
a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la
peste, antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A
pesar de que el viaje a la capital era en aquel tiempo poco menos que
imposible, José Arcadio Buendía prometía intentarlo tan pronto como se
lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer demostraciones prácticas de
su invento ante los poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las
complicadas artes de la guerra solar. Durante varios años esperó la
respuesta. Por último, cansado de esperar, se lamentó ante Melquíades
del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba
convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y
le dejó además unos mapas portugueses y varios instrumentos de
navegación. De su puño y letra escribió una apretada síntesis de los
estudios del monje Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera
servirse del astrolabio, la brújula y el sextante. José Arcadio Buendía
pasó los largos meses de lluvia encerrado en un cuartito que construyó
en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus experimentos.
Habiendo abandonado por completo las obligaciones domésticas, permaneció
noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a
punto de contraer una insolación por tratar de establecer un método
exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo experto en el uso y
manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió
navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar
relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete.
Fue esa la época en que adquirió el hábito de hablar a solas,
paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los
niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la
malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. De pronto, sin
ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida por
una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado,
repitiéndose a si mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas,
sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de
diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su
tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la
augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa,
temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono
de su imaginación, y les reveló su descubrimiento:
—La tierra es
redonda como una naranja.
Úrsula perdió la
paciencia. "Si has de volverte loco, vuélvete tú solo",
gritó. "Pero no trates de inculcar a los niños tus ideas de
gitano." José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar
por la desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó
el astrolabio contra el suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a
los hombres del pueblo y les demostró, con teorías que para todos
resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida
navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que
José Arcadio Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades
a poner las cosas en su punto. Exaltó en público la inteligencia de
aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una
teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces
en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que
había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un
laboratorio de alquimia.
Para esa época,
Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros
viajes parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendía. Pero
mientras éste conservaba su fuerza descomunal, que le permitía derribar
un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano parecía estragado por
una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de múltiples y raras
enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo.
Según él mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a
montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole
los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un
fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género
humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el
archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el
Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un
naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser
prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre
lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que
parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y
negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo
patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa
sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una
condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos
problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría
por los más insignificantes percances económicos y había dejado de
reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado
los dientes. El sofocante mediodía en que reveló sus secretos, José
Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquel era el principio de una
grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos.
Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de
recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado
contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con
su profunda voz de órgano los territorios más oscuros de la
imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el
calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella
imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia.
Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita, porque
entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por distracción
un frasco de bicloruro de mercurio.
—Es el olor del
demonio —dijo ella.
—En absoluto —corrigió
Melquíades—. Está comprobado que el demonio tiene propiedades
sulfúricas, y esto no es más que un poco de solimán.
Siempre didáctico,
hizo una sabia exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio,
pero Úrsula no le hizo caso, sino que se llevó los niños a rezar. Aquel
olor mordiente quedaría para siempre en su memoria, vinculado al recuerdo
de Melquíades.
El rudimentario
laboratorio —sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas,
filtros y coladores— estaba compuesto por un atanor primitivo; una
probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo
filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según las
descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía.
Además de estas cosas, Melquíades dejó muestras de los siete metales
correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo
para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los
procesos del Gran Magisterio, que permitían a quien supiera
interpretarlos intentar la fabricación de la piedra filosofal. Seducido
por la simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio
Buendía cortejó a Úrsula durante varias semanas, para que le permitiera
desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces como era
posible subdividir el azogue. Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante
la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José Arcadio
Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con
raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego
vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y
pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En
azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete
metales planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de
Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano,
la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón
carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero.
Cuando volvieron los
gitanos, Úrsula había predispuesto contra ellos a toda la población.
Pero la curiosidad pudo más que el temor, porque aquella vez los gitanos
recorrieron la aldea haciendo un ruido ensordecedor con toda clase de
instrumentos músicos, mientras el pregonero anunciaba la exhibición del
más fabuloso hallazgo de los nasciancenos. De modo que todo el mundo se
fue a la carpa, y mediante el pago de un centavo vieron un Melquíades
juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante.
Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas
fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella
prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano. El pavor se
convirtió en pánico cuando Melquíades se sacó los dientes, intactos,
engastados en las encías, y se los mostró al público por un instante
—un instante fugaz en que volvió a ser el mismo hombre decrépito de
los años anteriores— y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un
dominio pleno de su juventud restaurada. Hasta el propio José Arcadio
Buendía consideró que los conocimientos de Melquíades habían llegado a
extremos intolerables, pero experimentó un saludable alborozo cuando el
gitano le explicó a solas el mecanismo de su dentadura postiza. Aquello
le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que de la noche a la
mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia; sufrió
una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer en forma regular y se
pasaba el día dando vueltas por la casa. "En el mundo están
ocurriendo cosas increíbles", le decía a Úrsula. "Ahí mismo,
al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras
nosotros seguimos viviendo como los burros." Quienes lo conocían
desde los tiempos de la fundación de Macondo, se asombraban de cuánto
había cambiado bajo la influencia de Melquíades.
Al principio, José
Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba
instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y
animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena
marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la
mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza.
Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza
con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño
gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad
pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales
prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos
de pelea.
La laboriosidad de
Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa,
aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su
vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer
hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus
pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los
muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos
por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se
guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca.
José Arcadio
Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la
aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde
todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y
trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol
que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más
ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por
sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor
de treinta años y donde nadie había muerto.
Desde los tiempos de
la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco
tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no sólo la
propia casa, sino todas las de la aldea. El concierto de tantos pájaros
distintos llegó a ser tan aturdidor, que Úrsula se tapó los oídos con
cera de abejas para no perder el sentido de la realidad. La primera vez
que llegó la tribu de Melquíades vendiendo bolas de vidrio para el dolor
de cabeza, todo el mundo se sorprendió de que hubieran podido encontrar
aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y los gitanos confesaron
que se habían orientado por el canto de los pájaros.
Aquel espíritu de
iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de
los imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de trasmutación y
las ansias de conocer las maravillas del mundo. De emprendedor y limpio,
José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán,
descuidado en el vestir, con una barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar
a duras penas con un cuchillo de cocina. No faltó quien lo considerara
víctima de algún extraño sortilegio. Pero hasta los más convencidos de
su locura abandonaron trabajo y familias para seguirlo, cuando se echó al
hombro sus herramientas de desmontar, y pidió el concurso de todos para
abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con los grandes
inventos.
José Arcadio
Buendía ignoraba por completo la geografía de la región. Sabía que
hacia el oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la
sierra la antigua ciudad de Riohacha, donde en épocas pasadas —según
le había contado el primer Aureliano Buendía, su abuelo— Sir Francis
Drake se daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que luego hacía
remendar y rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En su
juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase
de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar,
y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a
Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una
ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al
sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto
universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos
carecía de límites. La ciénaga grande se confundía al occidente con
una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel
delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el
hechizo de sus tetas descomunales. Los gitanos navegaban seis meses por
esa ruta antes de alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban
las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de José Arcadio
Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la
ruta del norte. De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de
cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la fundación de
Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus
mapas, y emprendió la temeraria aventura.
Los primeros días
no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa
ribera del río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la
armadura del guerrero, y allí penetraron al bosque por un sendero de
naranjos silvestres. Al término de la primera semana, mataron y asaron un
venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el resto para los
próximos días. Trataban de aplazar con esa precaución la necesidad de
seguir comiendo guacamayas, cuya carne azul tenía un áspero sabor de
almizcle. Luego, durante más de diez días, no volvieron a ver el sol. El
suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica, y la
vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez más
lejanos los gritos de los pájaros y la bullaranga de los monos, y el
mundo se volvió triste para siempre. Los hombres de la expedición se
sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de
humedad y silencio, anterior al pecado original, donde las botas se
hundían en pozos de aceites humeantes y los machetes destrozaban lirios
sangrientos y salamandras doradas. Durante una semana, casi sin hablar,
avanzaron como sonámbulos por un universo de pesadumbre, alumbrados
apenas por una tenue reverberación de insectos luminosos y con los
pulmones agobiados por un sofocante olor de sangre. No podían regresar,
porque la trocha que iban abriendo a su paso se volvía a cerrar en poco
tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer ante sus ojos.
"No importa", decía José Arcadio Buendía. "Lo esencial
es no perder la orientación." Siempre pendiente de la brújula,
siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron
salir de la región encantada. Era una noche densa, sin estrellas, pero la
oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la
prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera
vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron
pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras,
blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme
galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura
intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias
adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de
rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un
suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un
espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las
costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios
exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado
bosque de flores,
El hallazgo del
galeón, indicio de la proximidad del mar, quebrantó el ímpetu de José
Arcadio Buendía. Consideraba como una burla de su travieso destino haber
buscado el mar sin encontrarlo, al precio de sacrificios y penalidades sin
cuento, y haberlo encontrado entonces sin buscarlo, atravesado en su
camino como un obstáculo insalvable. Muchos años después, el coronel
Aureliano Buendía volvió a atravesar a región, cuando era ya una ruta
regular del correo, y lo único que encontró de la nave fue el costillar
carbonizado en medio de un campo de amapolas. Sólo entonces convencido de
que aquella historia no había sido un engendro de la imaginación de su
padre, se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese
punto en tierra firme. Pero José Arcadio Buendía no se planteó esa
inquietud cuando encontró el mar, al cabo de otros cuatro días de viaje,
a doce kilómetros de distancia del galeón. Sus sueños terminaban frente
ese mar color de ceniza, espumoso y sucio, que no merecía los riesgos y
sacrificios de su aventura.
—¡Carajo! —gritó—.
Macondo está rodeado de agua por todas partes.
La idea de un
Macondo peninsular prevaleció durante mucho tiempo, inspirada en el mapa
arbitrario que dibujó José Arcadio Buendía al regreso de su
expedición. Lo trazó con rabia, exagerando de mala fe las dificultades
de comunicación, como para castígarse a sí mismo por la absoluta falta
de sentido con que eligió el lugar. "Nunca llegaremos a ninguna
parte", se lamentaba ante Úrsula. "Aquí nos hemos de pudrir en
vida sin recibir los beneficios de la ciencia." Esa certidumbre,
rumiada varios meses en el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir
el proyecto de trasladar a Macondo a un lugar más propicio. Pero esta
vez, Ursula se anticipó a sus designios febriles. En una secreta e
implacable labor de hormiguita predispuso a las mujeres de la aldea contra
la veleidad de sus hombres, que ya empezaban a prepararse para la mudanza.
José Arcadio Buendía no supo en qué momento, ni en virtud de qué
fuerzas adversas, sus planes se fueron enredando en una maraña de
pretextos, contratiempos y evasivas, hasta convertirse en pura y simple
ilusión. Úrsula lo observó con una atención inocente, y hasta sintió
por él un poco de piedad, la mañana en que lo encontró en el cuartito
del fondo comentando entre dientes sus sueños de mudanza, mientras
colocaba en sus cajas originales las piezas del laboratorio. Lo dejó
terminar. Lo dejó clavar las cajas y poner sus iniciales encima con un
hisopo entintado, sin hacerle ningún reproche, pero sabiendo ya que él
sabía, porque se lo oyó decir en sus sordos monólogos, que los hombres
del pueblo no lo secundarían en su empresa. Sólo cuando empezó a
desmontar la puerta del cuartito, Ursula se atrevió a preguntarle por
qué lo hacía, y él le contestó con una cierta amargura: "Puesto
que nadie quiere irse, nos iremos solos." Úrsula no se alteró.
—No nos iremos —dijo—.
Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo.
—Todavía no
tenemos un muerto —dijo él—. Uno no es de ninguna parte mientras no
tenga un muerto bajo la tierra.
Úrsula replicó,
con una suave firmeza:
—Si es necesario
que yo me muera para que se queden aquí, me muero.
José Arcadio
Buendía no creyó que fuera tan rígida la voluntad de su mujer. Trató
de seducirla con el hechizo de su fantasía, con la promesa de un mundo
prodigioso donde bastaba con echar unos líquidos mágicos en la tierra
para que las plantas dieran frutos a voluntad del hombre, y donde se
vendían a precio de baratillo toda clase de aparatos para el dolor. Pero
Úrsula fue insensible a su clarividencia.
—En vez de andar
pensando en tus alocadas novelerías, debes ocuparte de tus hijos —replicó—.
Míralos cómo están, abandonados a la buena de Dios, igual que los
burros.
José Arcadio
Buendía tomó al pie de la letra las palabras de su mujer. Miró a
través de la ventana y vio a los dos niños descalzos en la huerta
soleada, y tuvo la impresión de que sólo en aquel instante habían
empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula. Algo ocurrió
entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraigó
de su tiempo actual y lo llevó a la deriva por una región inexplorada de
los recuerdos. Mientras Úrsula seguía barriendo la casa que ahora estaba
segura de no abandonar en el resto de su vida, él permaneció
contemplando a los niños con mirada absorta, hasta que los ojos se le
humedecieron y se los secó con el dorso de la mano, y exhaló un hondo
suspiro de resignación.
—Bueno —dijo—.
Diles que vengan a ayudarme a sacar las cosas de los cajones.
José Arcadio, el
mayor de los niños, había cumplido catorce años. Tenía la cabeza
cuadrada, el pelo hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre. Aunque
llevaba el mismo impulso de crecimiento y fortaleza física, ya desde
entonces era evidente que carecía de imaginación. Fue concebido y dado a
luz durante la penosa travesía de la sierra, antes de la fundación de
Macondo, y sus padres dieron gracias al cielo al comprobar que no tenía
ningún órgano de animal. Aureliano, el primer ser humano que nació en
Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era silencioso y retraído.
Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos.
Mientras le cortaban el ombligo movía la cabeza de un lado a otro
reconociendo las cosas del cuarto, y examinaba el rostro de la gente con
una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente a quienes se acercaban a
conocerlo, mantuvo la atención concentrada en el techo de palma, que
parecía a punto de derrumbarse bajo la tremenda presión de la lluvia.
Úrsula no volvió a acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un
día en que el pequeño Aureliano, a la edad de tres años, entró a la
cocina en el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa
una olla de caldo hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo:
"Se va a caer. La olla estaba bien puesta en el centro de la mesa,
pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un movimiento
irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se
despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el episodio a su
marido, pero éste lo interpretó como un fenómeno natural. Así fue
siempre, ajeno a la existencia de sus hijos, en parte porque consideraba
la infancia como un período de insuficiencia mental, y en parte porque
siempre estaba demasiado absorto en sus propias especulaciones
quiméricas.
Pero desde la tarde
en que llamó a los niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del
laboratorio, les dedicó sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas
paredes se fueron llenando poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos
fabulosos, les enseñó a leer y escribir y a sacar cuentas, y les habló
de las maravillas del mundo no sólo hasta donde le alcanzaban sus
conocimientos, sino forzando a extremos increíbles los límites de su
imaginación. Fue así como los niños terminaron por aprender que en el
extremo meridional del África había hombres tan inteligentes y
pacíficos que su único entretenimiento era sentarse a pensar, y que era
posible atravesar a pie el mar Egeo saltando de isla en isla hasta el
puerto de Salónica. Aquellas alucinantes sesiones quedaron de tal modo
impresas en la memoria de los niños, que muchos años más tarde, un
segundo antes de que el oficial de los ejércitos regulares diera la orden
de fuego al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía
volvió a vivir la tibia tarde de marzo en que su padre interrumpió la
lección de física, y se quedó fascinado, con la mano en el aire y los
ojos inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos y tambores y sonajas
de los gitanos que una vez más llegaban a la aldea, pregonando el último
y asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis.
Eran gitanos nuevos.
Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua,
ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y
músicas sembraron en las calles un pánico de alborotada alegría, con
sus loros pintados de todos los colores que recitaban romanzas italianas,
y la gallina que ponía un centenar de huevos de oro al son de la
pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la
máquina múltiple que servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar
la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el emplasto
para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan ingeniosas e
insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la
máquina de la memoria para poder acordarse de todas. En un instante
transformaron la aldea. Los habitantes de Macando se encontraron de pronto
perdidos en sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria.
Llevando un niño de
cada mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis de
dientes acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el
confuso aliento de estiércol y sándalo que exhalaba la muchedumbre,
José Arcadio Buendía andaba como un loco buscando a Melquíades por
todas partes. para que le revelara los infinitos secretos de aquella
pesadilla fabulosa. Se dirigió a varios gitanos que no entendieron su
lengua. Por último llegó hasta el lugar donde Melquíades solía plantar
su tienda, y encontró un armenio taciturno que anunciaba en castellano un
jarabe para hacerse invisible. Se había tomado de un golpe una copa de la
sustancia ambarina, cuando José Arcadio Buendía se abrió paso a
empujones por entre el grupo absorto que presenciaba el espectáculo, y
alcanzó a hacer la pregunta. El gitano lo envolvió en el clima atónito
de su mirada, antes de convertirse en un charco de alquitrán pestilente y
humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su respuesta:
"Melquíades murió." Aturdido por la noticia. José Arcadio
Buendía permaneció inmóvil, tratando de sobreponerse a la aflicción,
hasta que el grupo se dispersó reclamado por otros artificios y el charco
del armenio taciturno se evaporó por completo. Más tarde, otros gitanos
le confirmaron que en efecto Melquíades había sucumbido a las fiebres en
los médanos de Singapur, y su cuerpo había sido arrojado en el lugar
más profundo del mar de Java. A los niños no les interesó la noticia.
Estaban obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa
novedad de los sabios de Memphis, anunciada a la entrada de una tienda
que, según decían, perteneció al rey Salomón. Tanto insistieron, que
José Arcadio Buendia pagó los treinta reales y los condujo hasta el
centro de la carpa, donde había un gigante de torso peludo y cabeza
rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una pesada cadena de hierro
en el tobillo, custodiando un cofre de pirata. Al ser destapado por el
gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro sólo había un
enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se
despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo.
Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación
inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:
—Es el diamante
más grande del mundo.
—No —corrigió
el gitano—. Es hielo.
José Arcadio
Buendía, sin entender, extendió la mano hacia el témpano, pero el
gigante se la apartó. "Cinco reales más para tocarlo", dijo.
José Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano sobre el hielo,
y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le
hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio. Sin saber qué
decir, pagó otros diez reales para que sus hijos vivieran la prodigiosa
experiencia. El pequeño José Arcadio se negó a tocarlo. Aureliano, en
cambio, dio un paso hacia adelante, puso la mano y la retiró en el acto.
"Está hirviendo", exclamó asustado. Pero su padre no le
prestó atención. Embriagado por la evidencia del prodigio, en aquel
momento se olvidó de la frustración de sus empresas delirantes y del
cuerpo de Melquíades abandonado al apetito de los calamares. Pagó otros
cinco reales, y con la mano puesta en el témpano, como expresando un
testimonio sobre el texto sagrado, exclamó:
—Este es el gran
invento de nuestro tiempo.Muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella
tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era
entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la
orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de
piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo
era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para
mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el
mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca
de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer
los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de
barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de
Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él
mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia.
Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo
se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes
se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los
clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos
perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había
buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros
mágicos de Melquíades. "Las cosas tienen vida propia —pregonaba
el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el
ánima." José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba
siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del
milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención
inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un
hombre honrado, le previno: "Para eso no sirve." Pero José
Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos,
así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes
imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales
para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió
disuadirlo. "Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la
casa", replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en
demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región,
inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y
recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró
desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas
por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un
enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los
cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura,
encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el
cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.
En marzo volvieron
los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un
tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de
Amsterdam. Sentaron una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el
catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el pago de cinco reales, la
gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano.
"La ciencia ha eliminado las distancias", pregonaba Melquíades.
"Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier
lugar de la tierra, sin moverse de su casa." Un mediodía ardiente
hicieron una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un
montón de hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante
la concentración de los rayos solares. José Arcadio Buendía, que aún
no acababa de consolarse por el fracaso de sus imanes, concibió la idea
de utilizar aquel invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez,
trató de disuadirlo. Pero terminó por aceptar los dos lingotes imantados
y tres piezas de dinero colonial a cambio de la lupa. Úrsula lloró de
consternación. Aquel dinero formaba parte de un cofre de monedas de oro
que su padre había acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella
había enterrado debajo de la cama en espera de una buena ocasión para
invertirlas. José Arcadio Buendia no trató siquiera de consolarla,
entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación de un
científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los
efectos de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la
concentración de los rayos solares y sufrió quemaduras que se
convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las
protestas de su mujer, alarmada por tan peligrosa inventiva, estuvo a
punto de incendiar la casa. Pasaba largas horas en su cuarto, haciendo
cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma novedosa, hasta
que logró componer un manual de una asombrosa claridad didáctica y un
poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades acompañado
de numerosos testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de
dibujos explicativos, al cuidado de un mensajero que atravesó la sierra,
se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo
a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la
peste, antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A
pesar de que el viaje a la capital era en aquel tiempo poco menos que
imposible, José Arcadio Buendía prometía intentarlo tan pronto como se
lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer demostraciones prácticas de
su invento ante los poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las
complicadas artes de la guerra solar. Durante varios años esperó la
respuesta. Por último, cansado de esperar, se lamentó ante Melquíades
del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba
convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y
le dejó además unos mapas portugueses y varios instrumentos de
navegación. De su puño y letra escribió una apretada síntesis de los
estudios del monje Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera
servirse del astrolabio, la brújula y el sextante. José Arcadio Buendía
pasó los largos meses de lluvia encerrado en un cuartito que construyó
en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus experimentos.
Habiendo abandonado por completo las obligaciones domésticas, permaneció
noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a
punto de contraer una insolación por tratar de establecer un método
exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo experto en el uso y
manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió
navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar
relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete.
Fue esa la época en que adquirió el hábito de hablar a solas,
paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los
niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la
malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. De pronto, sin
ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida por
una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado,
repitiéndose a si mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas,
sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de
diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su
tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la
augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa,
temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono
de su imaginación, y les reveló su descubrimiento:
—La tierra es
redonda como una naranja.
Úrsula perdió la
paciencia. "Si has de volverte loco, vuélvete tú solo",
gritó. "Pero no trates de inculcar a los niños tus ideas de
gitano." José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar
por la desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó
el astrolabio contra el suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a
los hombres del pueblo y les demostró, con teorías que para todos
resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida
navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que
José Arcadio Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades
a poner las cosas en su punto. Exaltó en público la inteligencia de
aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una
teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces
en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que
había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un
laboratorio de alquimia.
Para esa época,
Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros
viajes parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendía. Pero
mientras éste conservaba su fuerza descomunal, que le permitía derribar
un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano parecía estragado por
una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de múltiples y raras
enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo.
Según él mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a
montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole
los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un
fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género
humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el
archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el
Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un
naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser
prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre
lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que
parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y
negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo
patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa
sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una
condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos
problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría
por los más insignificantes percances económicos y había dejado de
reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado
los dientes. El sofocante mediodía en que reveló sus secretos, José
Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquel era el principio de una
grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos.
Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de
recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado
contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con
su profunda voz de órgano los territorios más oscuros de la
imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el
calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella
imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia.
Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita, porque
entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por distracción
un frasco de bicloruro de mercurio.
—Es el olor del
demonio —dijo ella.
—En absoluto —corrigió
Melquíades—. Está comprobado que el demonio tiene propiedades
sulfúricas, y esto no es más que un poco de solimán.
Siempre didáctico,
hizo una sabia exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio,
pero Úrsula no le hizo caso, sino que se llevó los niños a rezar. Aquel
olor mordiente quedaría para siempre en su memoria, vinculado al recuerdo
de Melquíades.
El rudimentario
laboratorio —sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas,
filtros y coladores— estaba compuesto por un atanor primitivo; una
probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo
filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según las
descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía.
Además de estas cosas, Melquíades dejó muestras de los siete metales
correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo
para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los
procesos del Gran Magisterio, que permitían a quien supiera
interpretarlos intentar la fabricación de la piedra filosofal. Seducido
por la simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio
Buendía cortejó a Úrsula durante varias semanas, para que le permitiera
desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces como era
posible subdividir el azogue. Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante
la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José Arcadio
Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con
raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego
vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y
pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En
azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete
metales planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de
Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano,
la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón
carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero.
Cuando volvieron los
gitanos, Úrsula había predispuesto contra ellos a toda la población.
Pero la curiosidad pudo más que el temor, porque aquella vez los gitanos
recorrieron la aldea haciendo un ruido ensordecedor con toda clase de
instrumentos músicos, mientras el pregonero anunciaba la exhibición del
más fabuloso hallazgo de los nasciancenos. De modo que todo el mundo se
fue a la carpa, y mediante el pago de un centavo vieron un Melquíades
juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante.
Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas
fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella
prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano. El pavor se
convirtió en pánico cuando Melquíades se sacó los dientes, intactos,
engastados en las encías, y se los mostró al público por un instante
—un instante fugaz en que volvió a ser el mismo hombre decrépito de
los años anteriores— y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un
dominio pleno de su juventud restaurada. Hasta el propio José Arcadio
Buendía consideró que los conocimientos de Melquíades habían llegado a
extremos intolerables, pero experimentó un saludable alborozo cuando el
gitano le explicó a solas el mecanismo de su dentadura postiza. Aquello
le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que de la noche a la
mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia; sufrió
una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer en forma regular y se
pasaba el día dando vueltas por la casa. "En el mundo están
ocurriendo cosas increíbles", le decía a Úrsula. "Ahí mismo,
al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras
nosotros seguimos viviendo como los burros." Quienes lo conocían
desde los tiempos de la fundación de Macondo, se asombraban de cuánto
había cambiado bajo la influencia de Melquíades.
Al principio, José
Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba
instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y
animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena
marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la
mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza.
Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza
con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño
gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad
pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales
prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos
de pelea.
La laboriosidad de
Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa,
aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su
vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer
hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus
pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los
muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos
por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se
guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca.
José Arcadio
Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la
aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde
todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y
trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol
que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más
ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por
sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor
de treinta años y donde nadie había muerto.
Desde los tiempos de
la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco
tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no sólo la
propia casa, sino todas las de la aldea. El concierto de tantos pájaros
distintos llegó a ser tan aturdidor, que Úrsula se tapó los oídos con
cera de abejas para no perder el sentido de la realidad. La primera vez
que llegó la tribu de Melquíades vendiendo bolas de vidrio para el dolor
de cabeza, todo el mundo se sorprendió de que hubieran podido encontrar
aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y los gitanos confesaron
que se habían orientado por el canto de los pájaros.
Aquel espíritu de
iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de
los imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de trasmutación y
las ansias de conocer las maravillas del mundo. De emprendedor y limpio,
José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán,
descuidado en el vestir, con una barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar
a duras penas con un cuchillo de cocina. No faltó quien lo considerara
víctima de algún extraño sortilegio. Pero hasta los más convencidos de
su locura abandonaron trabajo y familias para seguirlo, cuando se echó al
hombro sus herramientas de desmontar, y pidió el concurso de todos para
abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con los grandes
inventos.
José Arcadio
Buendía ignoraba por completo la geografía de la región. Sabía que
hacia el oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la
sierra la antigua ciudad de Riohacha, donde en épocas pasadas —según
le había contado el primer Aureliano Buendía, su abuelo— Sir Francis
Drake se daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que luego hacía
remendar y rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En su
juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase
de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar,
y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a
Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una
ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al
sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto
universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos
carecía de límites. La ciénaga grande se confundía al occidente con
una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel
delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el
hechizo de sus tetas descomunales. Los gitanos navegaban seis meses por
esa ruta antes de alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban
las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de José Arcadio
Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la
ruta del norte. De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de
cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la fundación de
Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus
mapas, y emprendió la temeraria aventura.
Los primeros días
no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa
ribera del río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la
armadura del guerrero, y allí penetraron al bosque por un sendero de
naranjos silvestres. Al término de la primera semana, mataron y asaron un
venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el resto para los
próximos días. Trataban de aplazar con esa precaución la necesidad de
seguir comiendo guacamayas, cuya carne azul tenía un áspero sabor de
almizcle. Luego, durante más de diez días, no volvieron a ver el sol. El
suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica, y la
vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez más
lejanos los gritos de los pájaros y la bullaranga de los monos, y el
mundo se volvió triste para siempre. Los hombres de la expedición se
sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de
humedad y silencio, anterior al pecado original, donde las botas se
hundían en pozos de aceites humeantes y los machetes destrozaban lirios
sangrientos y salamandras doradas. Durante una semana, casi sin hablar,
avanzaron como sonámbulos por un universo de pesadumbre, alumbrados
apenas por una tenue reverberación de insectos luminosos y con los
pulmones agobiados por un sofocante olor de sangre. No podían regresar,
porque la trocha que iban abriendo a su paso se volvía a cerrar en poco
tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer ante sus ojos.
"No importa", decía José Arcadio Buendía. "Lo esencial
es no perder la orientación." Siempre pendiente de la brújula,
siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron
salir de la región encantada. Era una noche densa, sin estrellas, pero la
oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la
prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera
vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron
pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras,
blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme
galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura
intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias
adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de
rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un
suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un
espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las
costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios
exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado
bosque de flores,
El hallazgo del
galeón, indicio de la proximidad del mar, quebrantó el ímpetu de José
Arcadio Buendía. Consideraba como una burla de su travieso destino haber
buscado el mar sin encontrarlo, al precio de sacrificios y penalidades sin
cuento, y haberlo encontrado entonces sin buscarlo, atravesado en su
camino como un obstáculo insalvable. Muchos años después, el coronel
Aureliano Buendía volvió a atravesar a región, cuando era ya una ruta
regular del correo, y lo único que encontró de la nave fue el costillar
carbonizado en medio de un campo de amapolas. Sólo entonces convencido de
que aquella historia no había sido un engendro de la imaginación de su
padre, se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese
punto en tierra firme. Pero José Arcadio Buendía no se planteó esa
inquietud cuando encontró el mar, al cabo de otros cuatro días de viaje,
a doce kilómetros de distancia del galeón. Sus sueños terminaban frente
ese mar color de ceniza, espumoso y sucio, que no merecía los riesgos y
sacrificios de su aventura.
—¡Carajo! —gritó—.
Macondo está rodeado de agua por todas partes.
La idea de un
Macondo peninsular prevaleció durante mucho tiempo, inspirada en el mapa
arbitrario que dibujó José Arcadio Buendía al regreso de su
expedición. Lo trazó con rabia, exagerando de mala fe las dificultades
de comunicación, como para castígarse a sí mismo por la absoluta falta
de sentido con que eligió el lugar. "Nunca llegaremos a ninguna
parte", se lamentaba ante Úrsula. "Aquí nos hemos de pudrir en
vida sin recibir los beneficios de la ciencia." Esa certidumbre,
rumiada varios meses en el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir
el proyecto de trasladar a Macondo a un lugar más propicio. Pero esta
vez, Ursula se anticipó a sus designios febriles. En una secreta e
implacable labor de hormiguita predispuso a las mujeres de la aldea contra
la veleidad de sus hombres, que ya empezaban a prepararse para la mudanza.
José Arcadio Buendía no supo en qué momento, ni en virtud de qué
fuerzas adversas, sus planes se fueron enredando en una maraña de
pretextos, contratiempos y evasivas, hasta convertirse en pura y simple
ilusión. Úrsula lo observó con una atención inocente, y hasta sintió
por él un poco de piedad, la mañana en que lo encontró en el cuartito
del fondo comentando entre dientes sus sueños de mudanza, mientras
colocaba en sus cajas originales las piezas del laboratorio. Lo dejó
terminar. Lo dejó clavar las cajas y poner sus iniciales encima con un
hisopo entintado, sin hacerle ningún reproche, pero sabiendo ya que él
sabía, porque se lo oyó decir en sus sordos monólogos, que los hombres
del pueblo no lo secundarían en su empresa. Sólo cuando empezó a
desmontar la puerta del cuartito, Ursula se atrevió a preguntarle por
qué lo hacía, y él le contestó con una cierta amargura: "Puesto
que nadie quiere irse, nos iremos solos." Úrsula no se alteró.
—No nos iremos —dijo—.
Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo.
—Todavía no
tenemos un muerto —dijo él—. Uno no es de ninguna parte mientras no
tenga un muerto bajo la tierra.
Úrsula replicó,
con una suave firmeza:
—Si es necesario
que yo me muera para que se queden aquí, me muero.
José Arcadio
Buendía no creyó que fuera tan rígida la voluntad de su mujer. Trató
de seducirla con el hechizo de su fantasía, con la promesa de un mundo
prodigioso donde bastaba con echar unos líquidos mágicos en la tierra
para que las plantas dieran frutos a voluntad del hombre, y donde se
vendían a precio de baratillo toda clase de aparatos para el dolor. Pero
Úrsula fue insensible a su clarividencia.
—En vez de andar
pensando en tus alocadas novelerías, debes ocuparte de tus hijos —replicó—.
Míralos cómo están, abandonados a la buena de Dios, igual que los
burros.
José Arcadio
Buendía tomó al pie de la letra las palabras de su mujer. Miró a
través de la ventana y vio a los dos niños descalzos en la huerta
soleada, y tuvo la impresión de que sólo en aquel instante habían
empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula. Algo ocurrió
entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraigó
de su tiempo actual y lo llevó a la deriva por una región inexplorada de
los recuerdos. Mientras Úrsula seguía barriendo la casa que ahora estaba
segura de no abandonar en el resto de su vida, él permaneció
contemplando a los niños con mirada absorta, hasta que los ojos se le
humedecieron y se los secó con el dorso de la mano, y exhaló un hondo
suspiro de resignación.
—Bueno —dijo—.
Diles que vengan a ayudarme a sacar las cosas de los cajones.
José Arcadio, el
mayor de los niños, había cumplido catorce años. Tenía la cabeza
cuadrada, el pelo hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre. Aunque
llevaba el mismo impulso de crecimiento y fortaleza física, ya desde
entonces era evidente que carecía de imaginación. Fue concebido y dado a
luz durante la penosa travesía de la sierra, antes de la fundación de
Macondo, y sus padres dieron gracias al cielo al comprobar que no tenía
ningún órgano de animal. Aureliano, el primer ser humano que nació en
Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era silencioso y retraído.
Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos.
Mientras le cortaban el ombligo movía la cabeza de un lado a otro
reconociendo las cosas del cuarto, y examinaba el rostro de la gente con
una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente a quienes se acercaban a
conocerlo, mantuvo la atención concentrada en el techo de palma, que
parecía a punto de derrumbarse bajo la tremenda presión de la lluvia.
Úrsula no volvió a acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un
día en que el pequeño Aureliano, a la edad de tres años, entró a la
cocina en el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa
una olla de caldo hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo:
"Se va a caer. La olla estaba bien puesta en el centro de la mesa,
pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un movimiento
irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se
despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el episodio a su
marido, pero éste lo interpretó como un fenómeno natural. Así fue
siempre, ajeno a la existencia de sus hijos, en parte porque consideraba
la infancia como un período de insuficiencia mental, y en parte porque
siempre estaba demasiado absorto en sus propias especulaciones
quiméricas.
Pero desde la tarde
en que llamó a los niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del
laboratorio, les dedicó sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas
paredes se fueron llenando poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos
fabulosos, les enseñó a leer y escribir y a sacar cuentas, y les habló
de las maravillas del mundo no sólo hasta donde le alcanzaban sus
conocimientos, sino forzando a extremos increíbles los límites de su
imaginación. Fue así como los niños terminaron por aprender que en el
extremo meridional del África había hombres tan inteligentes y
pacíficos que su único entretenimiento era sentarse a pensar, y que era
posible atravesar a pie el mar Egeo saltando de isla en isla hasta el
puerto de Salónica. Aquellas alucinantes sesiones quedaron de tal modo
impresas en la memoria de los niños, que muchos años más tarde, un
segundo antes de que el oficial de los ejércitos regulares diera la orden
de fuego al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía
volvió a vivir la tibia tarde de marzo en que su padre interrumpió la
lección de física, y se quedó fascinado, con la mano en el aire y los
ojos inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos y tambores y sonajas
de los gitanos que una vez más llegaban a la aldea, pregonando el último
y asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis.
Eran gitanos nuevos.
Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua,
ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y
músicas sembraron en las calles un pánico de alborotada alegría, con
sus loros pintados de todos los colores que recitaban romanzas italianas,
y la gallina que ponía un centenar de huevos de oro al son de la
pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la
máquina múltiple que servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar
la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el emplasto
para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan ingeniosas e
insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la
máquina de la memoria para poder acordarse de todas. En un instante
transformaron la aldea. Los habitantes de Macando se encontraron de pronto
perdidos en sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria.
Llevando un niño de
cada mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis de
dientes acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el
confuso aliento de estiércol y sándalo que exhalaba la muchedumbre,
José Arcadio Buendía andaba como un loco buscando a Melquíades por
todas partes. para que le revelara los infinitos secretos de aquella
pesadilla fabulosa. Se dirigió a varios gitanos que no entendieron su
lengua. Por último llegó hasta el lugar donde Melquíades solía plantar
su tienda, y encontró un armenio taciturno que anunciaba en castellano un
jarabe para hacerse invisible. Se había tomado de un golpe una copa de la
sustancia ambarina, cuando José Arcadio Buendía se abrió paso a
empujones por entre el grupo absorto que presenciaba el espectáculo, y
alcanzó a hacer la pregunta. El gitano lo envolvió en el clima atónito
de su mirada, antes de convertirse en un charco de alquitrán pestilente y
humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su respuesta:
"Melquíades murió." Aturdido por la noticia. José Arcadio
Buendía permaneció inmóvil, tratando de sobreponerse a la aflicción,
hasta que el grupo se dispersó reclamado por otros artificios y el charco
del armenio taciturno se evaporó por completo. Más tarde, otros gitanos
le confirmaron que en efecto Melquíades había sucumbido a las fiebres en
los médanos de Singapur, y su cuerpo había sido arrojado en el lugar
más profundo del mar de Java. A los niños no les interesó la noticia.
Estaban obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa
novedad de los sabios de Memphis, anunciada a la entrada de una tienda
que, según decían, perteneció al rey Salomón. Tanto insistieron, que
José Arcadio Buendia pagó los treinta reales y los condujo hasta el
centro de la carpa, donde había un gigante de torso peludo y cabeza
rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una pesada cadena de hierro
en el tobillo, custodiando un cofre de pirata. Al ser destapado por el
gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro sólo había un
enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se
despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo.
Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación
inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:
—Es el diamante
más grande del mundo.
—No —corrigió
el gitano—. Es hielo.
José Arcadio
Buendía, sin entender, extendió la mano hacia el témpano, pero el
gigante se la apartó. "Cinco reales más para tocarlo", dijo.
José Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano sobre el hielo,
y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le
hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio. Sin saber qué
decir, pagó otros diez reales para que sus hijos vivieran la prodigiosa
experiencia. El pequeño José Arcadio se negó a tocarlo. Aureliano, en
cambio, dio un paso hacia adelante, puso la mano y la retiró en el acto.
"Está hirviendo", exclamó asustado. Pero su padre no le
prestó atención. Embriagado por la evidencia del prodigio, en aquel
momento se olvidó de la frustración de sus empresas delirantes y del
cuerpo de Melquíades abandonado al apetito de los calamares. Pagó otros
cinco reales, y con la mano puesta en el témpano, como expresando un
testimonio sobre el texto sagrado, exclamó:
—Este es el gran
invento de nuestro tiempo.Muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella
tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era
entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la
orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de
piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo
era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para
mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el
mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca
de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer
los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de
barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de
Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él
mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia.
Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo
se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes
se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los
clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos
perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había
buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros
mágicos de Melquíades. "Las cosas tienen vida propia —pregonaba
el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el
ánima." José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba
siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del
milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención
inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un
hombre honrado, le previno: "Para eso no sirve." Pero José
Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos,
así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes
imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales
para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió
disuadirlo. "Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la
casa", replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en
demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región,
inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y
recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró
desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas
por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un
enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los
cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura,
encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el
cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.
En marzo volvieron
los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un
tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de
Amsterdam. Sentaron una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el
catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el pago de cinco reales, la
gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano.
"La ciencia ha eliminado las distancias", pregonaba Melquíades.
"Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier
lugar de la tierra, sin moverse de su casa." Un mediodía ardiente
hicieron una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un
montón de hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante
la concentración de los rayos solares. José Arcadio Buendía, que aún
no acababa de consolarse por el fracaso de sus imanes, concibió la idea
de utilizar aquel invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez,
trató de disuadirlo. Pero terminó por aceptar los dos lingotes imantados
y tres piezas de dinero colonial a cambio de la lupa. Úrsula lloró de
consternación. Aquel dinero formaba parte de un cofre de monedas de oro
que su padre había acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella
había enterrado debajo de la cama en espera de una buena ocasión para
invertirlas. José Arcadio Buendia no trató siquiera de consolarla,
entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación de un
científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los
efectos de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la
concentración de los rayos solares y sufrió quemaduras que se
convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las
protestas de su mujer, alarmada por tan peligrosa inventiva, estuvo a
punto de incendiar la casa. Pasaba largas horas en su cuarto, haciendo
cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma novedosa, hasta
que logró componer un manual de una asombrosa claridad didáctica y un
poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades acompañado
de numerosos testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de
dibujos explicativos, al cuidado de un mensajero que atravesó la sierra,
se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo
a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la
peste, antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A
pesar de que el viaje a la capital era en aquel tiempo poco menos que
imposible, José Arcadio Buendía prometía intentarlo tan pronto como se
lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer demostraciones prácticas de
su invento ante los poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las
complicadas artes de la guerra solar. Durante varios años esperó la
respuesta. Por último, cansado de esperar, se lamentó ante Melquíades
del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba
convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y
le dejó además unos mapas portugueses y varios instrumentos de
navegación. De su puño y letra escribió una apretada síntesis de los
estudios del monje Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera
servirse del astrolabio, la brújula y el sextante. José Arcadio Buendía
pasó los largos meses de lluvia encerrado en un cuartito que construyó
en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus experimentos.
Habiendo abandonado por completo las obligaciones domésticas, permaneció
noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a
punto de contraer una insolación por tratar de establecer un método
exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo experto en el uso y
manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió
navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar
relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete.
Fue esa la época en que adquirió el hábito de hablar a solas,
paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los
niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la
malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. De pronto, sin
ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida por
una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado,
repitiéndose a si mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas,
sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de
diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su
tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la
augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa,
temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono
de su imaginación, y les reveló su descubrimiento:
—La tierra es
redonda como una naranja.
Úrsula perdió la
paciencia. "Si has de volverte loco, vuélvete tú solo",
gritó. "Pero no trates de inculcar a los niños tus ideas de
gitano." José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar
por la desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó
el astrolabio contra el suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a
los hombres del pueblo y les demostró, con teorías que para todos
resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida
navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que
José Arcadio Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades
a poner las cosas en su punto. Exaltó en público la inteligencia de
aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una
teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces
en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que
había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un
laboratorio de alquimia.
Para esa época,
Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros
viajes parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendía. Pero
mientras éste conservaba su fuerza descomunal, que le permitía derribar
un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano parecía estragado por
una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de múltiples y raras
enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo.
Según él mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a
montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole
los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un
fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género
humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el
archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el
Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un
naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser
prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre
lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que
parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y
negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo
patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa
sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una
condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos
problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría
por los más insignificantes percances económicos y había dejado de
reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado
los dientes. El sofocante mediodía en que reveló sus secretos, José
Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquel era el principio de una
grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos.
Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de
recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado
contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con
su profunda voz de órgano los territorios más oscuros de la
imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el
calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella
imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia.
Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita, porque
entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por distracción
un frasco de bicloruro de mercurio.
—Es el olor del
demonio —dijo ella.
—En absoluto —corrigió
Melquíades—. Está comprobado que el demonio tiene propiedades
sulfúricas, y esto no es más que un poco de solimán.
Siempre didáctico,
hizo una sabia exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio,
pero Úrsula no le hizo caso, sino que se llevó los niños a rezar. Aquel
olor mordiente quedaría para siempre en su memoria, vinculado al recuerdo
de Melquíades.
El rudimentario
laboratorio —sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas,
filtros y coladores— estaba compuesto por un atanor primitivo; una
probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo
filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según las
descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía.
Además de estas cosas, Melquíades dejó muestras de los siete metales
correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo
para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los
procesos del Gran Magisterio, que permitían a quien supiera
interpretarlos intentar la fabricación de la piedra filosofal. Seducido
por la simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio
Buendía cortejó a Úrsula durante varias semanas, para que le permitiera
desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces como era
posible subdividir el azogue. Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante
la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José Arcadio
Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con
raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego
vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y
pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En
azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete
metales planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de
Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano,
la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón
carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero.
Cuando volvieron los
gitanos, Úrsula había predispuesto contra ellos a toda la población.
Pero la curiosidad pudo más que el temor, porque aquella vez los gitanos
recorrieron la aldea haciendo un ruido ensordecedor con toda clase de
instrumentos músicos, mientras el pregonero anunciaba la exhibición del
más fabuloso hallazgo de los nasciancenos. De modo que todo el mundo se
fue a la carpa, y mediante el pago de un centavo vieron un Melquíades
juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante.
Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas
fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella
prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano. El pavor se
convirtió en pánico cuando Melquíades se sacó los dientes, intactos,
engastados en las encías, y se los mostró al público por un instante
—un instante fugaz en que volvió a ser el mismo hombre decrépito de
los años anteriores— y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un
dominio pleno de su juventud restaurada. Hasta el propio José Arcadio
Buendía consideró que los conocimientos de Melquíades habían llegado a
extremos intolerables, pero experimentó un saludable alborozo cuando el
gitano le explicó a solas el mecanismo de su dentadura postiza. Aquello
le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que de la noche a la
mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia; sufrió
una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer en forma regular y se
pasaba el día dando vueltas por la casa. "En el mundo están
ocurriendo cosas increíbles", le decía a Úrsula. "Ahí mismo,
al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras
nosotros seguimos viviendo como los burros." Quienes lo conocían
desde los tiempos de la fundación de Macondo, se asombraban de cuánto
había cambiado bajo la influencia de Melquíades.
Al principio, José
Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba
instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y
animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena
marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la
mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza.
Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza
con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño
gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad
pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales
prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos
de pelea.
La laboriosidad de
Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa,
aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su
vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer
hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus
pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los
muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos
por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se
guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca.
José Arcadio
Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la
aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde
todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y
trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol
que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más
ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por
sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor
de treinta años y donde nadie había muerto.
Desde los tiempos de
la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco
tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no sólo la
propia casa, sino todas las de la aldea. El concierto de tantos pájaros
distintos llegó a ser tan aturdidor, que Úrsula se tapó los oídos con
cera de abejas para no perder el sentido de la realidad. La primera vez
que llegó la tribu de Melquíades vendiendo bolas de vidrio para el dolor
de cabeza, todo el mundo se sorprendió de que hubieran podido encontrar
aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y los gitanos confesaron
que se habían orientado por el canto de los pájaros.
Aquel espíritu de
iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de
los imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de trasmutación y
las ansias de conocer las maravillas del mundo. De emprendedor y limpio,
José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán,
descuidado en el vestir, con una barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar
a duras penas con un cuchillo de cocina. No faltó quien lo considerara
víctima de algún extraño sortilegio. Pero hasta los más convencidos de
su locura abandonaron trabajo y familias para seguirlo, cuando se echó al
hombro sus herramientas de desmontar, y pidió el concurso de todos para
abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con los grandes
inventos.
José Arcadio
Buendía ignoraba por completo la geografía de la región. Sabía que
hacia el oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la
sierra la antigua ciudad de Riohacha, donde en épocas pasadas —según
le había contado el primer Aureliano Buendía, su abuelo— Sir Francis
Drake se daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que luego hacía
remendar y rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En su
juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase
de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar,
y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a
Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una
ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al
sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto
universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos
carecía de límites. La ciénaga grande se confundía al occidente con
una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel
delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el
hechizo de sus tetas descomunales. Los gitanos navegaban seis meses por
esa ruta antes de alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban
las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de José Arcadio
Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la
ruta del norte. De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de
cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la fundación de
Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus
mapas, y emprendió la temeraria aventura.
Los primeros días
no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa
ribera del río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la
armadura del guerrero, y allí penetraron al bosque por un sendero de
naranjos silvestres. Al término de la primera semana, mataron y asaron un
venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el resto para los
próximos días. Trataban de aplazar con esa precaución la necesidad de
seguir comiendo guacamayas, cuya carne azul tenía un áspero sabor de
almizcle. Luego, durante más de diez días, no volvieron a ver el sol. El
suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica, y la
vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez más
lejanos los gritos de los pájaros y la bullaranga de los monos, y el
mundo se volvió triste para siempre. Los hombres de la expedición se
sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de
humedad y silencio, anterior al pecado original, donde las botas se
hundían en pozos de aceites humeantes y los machetes destrozaban lirios
sangrientos y salamandras doradas. Durante una semana, casi sin hablar,
avanzaron como sonámbulos por un universo de pesadumbre, alumbrados
apenas por una tenue reverberación de insectos luminosos y con los
pulmones agobiados por un sofocante olor de sangre. No podían regresar,
porque la trocha que iban abriendo a su paso se volvía a cerrar en poco
tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer ante sus ojos.
"No importa", decía José Arcadio Buendía. "Lo esencial
es no perder la orientación." Siempre pendiente de la brújula,
siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron
salir de la región encantada. Era una noche densa, sin estrellas, pero la
oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la
prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera
vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron
pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras,
blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme
galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura
intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias
adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de
rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un
suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un
espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las
costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios
exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado
bosque de flores,
El hallazgo del
galeón, indicio de la proximidad del mar, quebrantó el ímpetu de José
Arcadio Buendía. Consideraba como una burla de su travieso destino haber
buscado el mar sin encontrarlo, al precio de sacrificios y penalidades sin
cuento, y haberlo encontrado entonces sin buscarlo, atravesado en su
camino como un obstáculo insalvable. Muchos años después, el coronel
Aureliano Buendía volvió a atravesar a región, cuando era ya una ruta
regular del correo, y lo único que encontró de la nave fue el costillar
carbonizado en medio de un campo de amapolas. Sólo entonces convencido de
que aquella historia no había sido un engendro de la imaginación de su
padre, se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese
punto en tierra firme. Pero José Arcadio Buendía no se planteó esa
inquietud cuando encontró el mar, al cabo de otros cuatro días de viaje,
a doce kilómetros de distancia del galeón. Sus sueños terminaban frente
ese mar color de ceniza, espumoso y sucio, que no merecía los riesgos y
sacrificios de su aventura.
—¡Carajo! —gritó—.
Macondo está rodeado de agua por todas partes.
La idea de un
Macondo peninsular prevaleció durante mucho tiempo, inspirada en el mapa
arbitrario que dibujó José Arcadio Buendía al regreso de su
expedición. Lo trazó con rabia, exagerando de mala fe las dificultades
de comunicación, como para castígarse a sí mismo por la absoluta falta
de sentido con que eligió el lugar. "Nunca llegaremos a ninguna
parte", se lamentaba ante Úrsula. "Aquí nos hemos de pudrir en
vida sin recibir los beneficios de la ciencia." Esa certidumbre,
rumiada varios meses en el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir
el proyecto de trasladar a Macondo a un lugar más propicio. Pero esta
vez, Ursula se anticipó a sus designios febriles. En una secreta e
implacable labor de hormiguita predispuso a las mujeres de la aldea contra
la veleidad de sus hombres, que ya empezaban a prepararse para la mudanza.
José Arcadio Buendía no supo en qué momento, ni en virtud de qué
fuerzas adversas, sus planes se fueron enredando en una maraña de
pretextos, contratiempos y evasivas, hasta convertirse en pura y simple
ilusión. Úrsula lo observó con una atención inocente, y hasta sintió
por él un poco de piedad, la mañana en que lo encontró en el cuartito
del fondo comentando entre dientes sus sueños de mudanza, mientras
colocaba en sus cajas originales las piezas del laboratorio. Lo dejó
terminar. Lo dejó clavar las cajas y poner sus iniciales encima con un
hisopo entintado, sin hacerle ningún reproche, pero sabiendo ya que él
sabía, porque se lo oyó decir en sus sordos monólogos, que los hombres
del pueblo no lo secundarían en su empresa. Sólo cuando empezó a
desmontar la puerta del cuartito, Ursula se atrevió a preguntarle por
qué lo hacía, y él le contestó con una cierta amargura: "Puesto
que nadie quiere irse, nos iremos solos." Úrsula no se alteró.
—No nos iremos —dijo—.
Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo.
—Todavía no
tenemos un muerto —dijo él—. Uno no es de ninguna parte mientras no
tenga un muerto bajo la tierra.
Úrsula replicó,
con una suave firmeza:
—Si es necesario
que yo me muera para que se queden aquí, me muero.
José Arcadio
Buendía no creyó que fuera tan rígida la voluntad de su mujer. Trató
de seducirla con el hechizo de su fantasía, con la promesa de un mundo
prodigioso donde bastaba con echar unos líquidos mágicos en la tierra
para que las plantas dieran frutos a voluntad del hombre, y donde se
vendían a precio de baratillo toda clase de aparatos para el dolor. Pero
Úrsula fue insensible a su clarividencia.
—En vez de andar
pensando en tus alocadas novelerías, debes ocuparte de tus hijos —replicó—.
Míralos cómo están, abandonados a la buena de Dios, igual que los
burros.
José Arcadio
Buendía tomó al pie de la letra las palabras de su mujer. Miró a
través de la ventana y vio a los dos niños descalzos en la huerta
soleada, y tuvo la impresión de que sólo en aquel instante habían
empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula. Algo ocurrió
entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraigó
de su tiempo actual y lo llevó a la deriva por una región inexplorada de
los recuerdos. Mientras Úrsula seguía barriendo la casa que ahora estaba
segura de no abandonar en el resto de su vida, él permaneció
contemplando a los niños con mirada absorta, hasta que los ojos se le
humedecieron y se los secó con el dorso de la mano, y exhaló un hondo
suspiro de resignación.
—Bueno —dijo—.
Diles que vengan a ayudarme a sacar las cosas de los cajones.
José Arcadio, el
mayor de los niños, había cumplido catorce años. Tenía la cabeza
cuadrada, el pelo hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre. Aunque
llevaba el mismo impulso de crecimiento y fortaleza física, ya desde
entonces era evidente que carecía de imaginación. Fue concebido y dado a
luz durante la penosa travesía de la sierra, antes de la fundación de
Macondo, y sus padres dieron gracias al cielo al comprobar que no tenía
ningún órgano de animal. Aureliano, el primer ser humano que nació en
Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era silencioso y retraído.
Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos.
Mientras le cortaban el ombligo movía la cabeza de un lado a otro
reconociendo las cosas del cuarto, y examinaba el rostro de la gente con
una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente a quienes se acercaban a
conocerlo, mantuvo la atención concentrada en el techo de palma, que
parecía a punto de derrumbarse bajo la tremenda presión de la lluvia.
Úrsula no volvió a acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un
día en que el pequeño Aureliano, a la edad de tres años, entró a la
cocina en el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa
una olla de caldo hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo:
"Se va a caer. La olla estaba bien puesta en el centro de la mesa,
pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un movimiento
irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se
despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el episodio a su
marido, pero éste lo interpretó como un fenómeno natural. Así fue
siempre, ajeno a la existencia de sus hijos, en parte porque consideraba
la infancia como un período de insuficiencia mental, y en parte porque
siempre estaba demasiado absorto en sus propias especulaciones
quiméricas.
Pero desde la tarde
en que llamó a los niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del
laboratorio, les dedicó sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas
paredes se fueron llenando poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos
fabulosos, les enseñó a leer y escribir y a sacar cuentas, y les habló
de las maravillas del mundo no sólo hasta donde le alcanzaban sus
conocimientos, sino forzando a extremos increíbles los límites de su
imaginación. Fue así como los niños terminaron por aprender que en el
extremo meridional del África había hombres tan inteligentes y
pacíficos que su único entretenimiento era sentarse a pensar, y que era
posible atravesar a pie el mar Egeo saltando de isla en isla hasta el
puerto de Salónica. Aquellas alucinantes sesiones quedaron de tal modo
impresas en la memoria de los niños, que muchos años más tarde, un
segundo antes de que el oficial de los ejércitos regulares diera la orden
de fuego al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía
volvió a vivir la tibia tarde de marzo en que su padre interrumpió la
lección de física, y se quedó fascinado, con la mano en el aire y los
ojos inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos y tambores y sonajas
de los gitanos que una vez más llegaban a la aldea, pregonando el último
y asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis.
Eran gitanos nuevos.
Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua,
ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y
músicas sembraron en las calles un pánico de alborotada alegría, con
sus loros pintados de todos los colores que recitaban romanzas italianas,
y la gallina que ponía un centenar de huevos de oro al son de la
pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la
máquina múltiple que servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar
la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el emplasto
para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan ingeniosas e
insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la
máquina de la memoria para poder acordarse de todas. En un instante
transformaron la aldea. Los habitantes de Macando se encontraron de pronto
perdidos en sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria.
Llevando un niño de
cada mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis de
dientes acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el
confuso aliento de estiércol y sándalo que exhalaba la muchedumbre,
José Arcadio Buendía andaba como un loco buscando a Melquíades por
todas partes. para que le revelara los infinitos secretos de aquella
pesadilla fabulosa. Se dirigió a varios gitanos que no entendieron su
lengua. Por último llegó hasta el lugar donde Melquíades solía plantar
su tienda, y encontró un armenio taciturno que anunciaba en castellano un
jarabe para hacerse invisible. Se había tomado de un golpe una copa de la
sustancia ambarina, cuando José Arcadio Buendía se abrió paso a
empujones por entre el grupo absorto que presenciaba el espectáculo, y
alcanzó a hacer la pregunta. El gitano lo envolvió en el clima atónito
de su mirada, antes de convertirse en un charco de alquitrán pestilente y
humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su respuesta:
"Melquíades murió." Aturdido por la noticia. José Arcadio
Buendía permaneció inmóvil, tratando de sobreponerse a la aflicción,
hasta que el grupo se dispersó reclamado por otros artificios y el charco
del armenio taciturno se evaporó por completo. Más tarde, otros gitanos
le confirmaron que en efecto Melquíades había sucumbido a las fiebres en
los médanos de Singapur, y su cuerpo había sido arrojado en el lugar
más profundo del mar de Java. A los niños no les interesó la noticia.
Estaban obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa
novedad de los sabios de Memphis, anunciada a la entrada de una tienda
que, según decían, perteneció al rey Salomón. Tanto insistieron, que
José Arcadio Buendia pagó los treinta reales y los condujo hasta el
centro de la carpa, donde había un gigante de torso peludo y cabeza
rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una pesada cadena de hierro
en el tobillo, custodiando un cofre de pirata. Al ser destapado por el
gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro sólo había un
enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se
despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo.
Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación
inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:
—Es el diamante
más grande del mundo.
—No —corrigió
el gitano—. Es hielo.
José Arcadio
Buendía, sin entender, extendió la mano hacia el témpano, pero el
gigante se la apartó. "Cinco reales más para tocarlo", dijo.
José Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano sobre el hielo,
y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le
hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio. Sin saber qué
decir, pagó otros diez reales para que sus hijos vivieran la prodigiosa
experiencia. El pequeño José Arcadio se negó a tocarlo. Aureliano, en
cambio, dio un paso hacia adelante, puso la mano y la retiró en el acto.
"Está hirviendo", exclamó asustado. Pero su padre no le
prestó atención. Embriagado por la evidencia del prodigio, en aquel
momento se olvidó de la frustración de sus empresas delirantes y del
cuerpo de Melquíades abandonado al apetito de los calamares. Pagó otros
cinco reales, y con la mano puesta en el témpano, como expresando un
testimonio sobre el texto sagrado, exclamó:
—Este es el gran
invento de nuestro tiempo.Muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella
tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era
entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la
orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de
piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo
era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para
mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el
mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca
de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer
los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de
barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de
Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él
mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia.
Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo
se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes
se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los
clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos
perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había
buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros
mágicos de Melquíades. "Las cosas tienen vida propia —pregonaba
el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el
ánima." José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba
siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del
milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención
inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un
hombre honrado, le previno: "Para eso no sirve." Pero José
Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos,
así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes
imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales
para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió
disuadirlo. "Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la
casa", replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en
demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región,
inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y
recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró
desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas
por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un
enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los
cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura,
encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el
cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.
En marzo volvieron
los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un
tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de
Amsterdam. Sentaron una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el
catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el pago de cinco reales, la
gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano.
"La ciencia ha eliminado las distancias", pregonaba Melquíades.
"Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier
lugar de la tierra, sin moverse de su casa." Un mediodía ardiente
hicieron una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un
montón de hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante
la concentración de los rayos solares. José Arcadio Buendía, que aún
no acababa de consolarse por el fracaso de sus imanes, concibió la idea
de utilizar aquel invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez,
trató de disuadirlo. Pero terminó por aceptar los dos lingotes imantados
y tres piezas de dinero colonial a cambio de la lupa. Úrsula lloró de
consternación. Aquel dinero formaba parte de un cofre de monedas de oro
que su padre había acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella
había enterrado debajo de la cama en espera de una buena ocasión para
invertirlas. José Arcadio Buendia no trató siquiera de consolarla,
entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación de un
científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los
efectos de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la
concentración de los rayos solares y sufrió quemaduras que se
convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las
protestas de su mujer, alarmada por tan peligrosa inventiva, estuvo a
punto de incendiar la casa. Pasaba largas horas en su cuarto, haciendo
cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma novedosa, hasta
que logró componer un manual de una asombrosa claridad didáctica y un
poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades acompañado
de numerosos testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de
dibujos explicativos, al cuidado de un mensajero que atravesó la sierra,
se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo
a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la
peste, antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A
pesar de que el viaje a la capital era en aquel tiempo poco menos que
imposible, José Arcadio Buendía prometía intentarlo tan pronto como se
lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer demostraciones prácticas de
su invento ante los poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las
complicadas artes de la guerra solar. Durante varios años esperó la
respuesta. Por último, cansado de esperar, se lamentó ante Melquíades
del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba
convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y
le dejó además unos mapas portugueses y varios instrumentos de
navegación. De su puño y letra escribió una apretada síntesis de los
estudios del monje Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera
servirse del astrolabio, la brújula y el sextante. José Arcadio Buendía
pasó los largos meses de lluvia encerrado en un cuartito que construyó
en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus experimentos.
Habiendo abandonado por completo las obligaciones domésticas, permaneció
noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a
punto de contraer una insolación por tratar de establecer un método
exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo experto en el uso y
manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió
navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar
relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete.
Fue esa la época en que adquirió el hábito de hablar a solas,
paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los
niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la
malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. De pronto, sin
ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida por
una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado,
repitiéndose a si mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas,
sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de
diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su
tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la
augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa,
temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono
de su imaginación, y les reveló su descubrimiento:
—La tierra es
redonda como una naranja.
Úrsula perdió la
paciencia. "Si has de volverte loco, vuélvete tú solo",
gritó. "Pero no trates de inculcar a los niños tus ideas de
gitano." José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar
por la desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó
el astrolabio contra el suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a
los hombres del pueblo y les demostró, con teorías que para todos
resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida
navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que
José Arcadio Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades
a poner las cosas en su punto. Exaltó en público la inteligencia de
aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una
teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces
en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que
había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un
laboratorio de alquimia.
Para esa época,
Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros
viajes parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendía. Pero
mientras éste conservaba su fuerza descomunal, que le permitía derribar
un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano parecía estragado por
una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de múltiples y raras
enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo.
Según él mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a
montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole
los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un
fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género
humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el
archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el
Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un
naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser
prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre
lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que
parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y
negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo
patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa
sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una
condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos
problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría
por los más insignificantes percances económicos y había dejado de
reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado
los dientes. El sofocante mediodía en que reveló sus secretos, José
Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquel era el principio de una
grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos.
Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de
recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado
contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con
su profunda voz de órgano los territorios más oscuros de la
imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el
calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella
imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia.
Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita, porque
entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por distracción
un frasco de bicloruro de mercurio.
—Es el olor del
demonio —dijo ella.
—En absoluto —corrigió
Melquíades—. Está comprobado que el demonio tiene propiedades
sulfúricas, y esto no es más que un poco de solimán.
Siempre didáctico,
hizo una sabia exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio,
pero Úrsula no le hizo caso, sino que se llevó los niños a rezar. Aquel
olor mordiente quedaría para siempre en su memoria, vinculado al recuerdo
de Melquíades.
El rudimentario
laboratorio —sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas,
filtros y coladores— estaba compuesto por un atanor primitivo; una
probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo
filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según las
descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía.
Además de estas cosas, Melquíades dejó muestras de los siete metales
correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo
para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los
procesos del Gran Magisterio, que permitían a quien supiera
interpretarlos intentar la fabricación de la piedra filosofal. Seducido
por la simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio
Buendía cortejó a Úrsula durante varias semanas, para que le permitiera
desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces como era
posible subdividir el azogue. Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante
la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José Arcadio
Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con
raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego
vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y
pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En
azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete
metales planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de
Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano,
la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón
carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero.
Cuando volvieron los
gitanos, Úrsula había predispuesto contra ellos a toda la población.
Pero la curiosidad pudo más que el temor, porque aquella vez los gitanos
recorrieron la aldea haciendo un ruido ensordecedor con toda clase de
instrumentos músicos, mientras el pregonero anunciaba la exhibición del
más fabuloso hallazgo de los nasciancenos. De modo que todo el mundo se
fue a la carpa, y mediante el pago de un centavo vieron un Melquíades
juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante.
Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas
fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella
prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano. El pavor se
convirtió en pánico cuando Melquíades se sacó los dientes, intactos,
engastados en las encías, y se los mostró al público por un instante
—un instante fugaz en que volvió a ser el mismo hombre decrépito de
los años anteriores— y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un
dominio pleno de su juventud restaurada. Hasta el propio José Arcadio
Buendía consideró que los conocimientos de Melquíades habían llegado a
extremos intolerables, pero experimentó un saludable alborozo cuando el
gitano le explicó a solas el mecanismo de su dentadura postiza. Aquello
le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que de la noche a la
mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia; sufrió
una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer en forma regular y se
pasaba el día dando vueltas por la casa. "En el mundo están
ocurriendo cosas increíbles", le decía a Úrsula. "Ahí mismo,
al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras
nosotros seguimos viviendo como los burros." Quienes lo conocían
desde los tiempos de la fundación de Macondo, se asombraban de cuánto
había cambiado bajo la influencia de Melquíades.
Al principio, José
Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba
instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y
animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena
marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la
mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza.
Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza
con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño
gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad
pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales
prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos
de pelea.
La laboriosidad de
Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa,
aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su
vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer
hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus
pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los
muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos
por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se
guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca.
José Arcadio
Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la
aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde
todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y
trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol
que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más
ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por
sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor
de treinta años y donde nadie había muerto.
Desde los tiempos de
la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco
tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no sólo la
propia casa, sino todas las de la aldea. El concierto de tantos pájaros
distintos llegó a ser tan aturdidor, que Úrsula se tapó los oídos con
cera de abejas para no perder el sentido de la realidad. La primera vez
que llegó la tribu de Melquíades vendiendo bolas de vidrio para el dolor
de cabeza, todo el mundo se sorprendió de que hubieran podido encontrar
aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y los gitanos confesaron
que se habían orientado por el canto de los pájaros.
Aquel espíritu de
iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de
los imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de trasmutación y
las ansias de conocer las maravillas del mundo. De emprendedor y limpio,
José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán,
descuidado en el vestir, con una barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar
a duras penas con un cuchillo de cocina. No faltó quien lo considerara
víctima de algún extraño sortilegio. Pero hasta los más convencidos de
su locura abandonaron trabajo y familias para seguirlo, cuando se echó al
hombro sus herramientas de desmontar, y pidió el concurso de todos para
abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con los grandes
inventos.
José Arcadio
Buendía ignoraba por completo la geografía de la región. Sabía que
hacia el oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la
sierra la antigua ciudad de Riohacha, donde en épocas pasadas —según
le había contado el primer Aureliano Buendía, su abuelo— Sir Francis
Drake se daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que luego hacía
remendar y rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En su
juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase
de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar,
y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a
Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una
ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al
sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto
universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos
carecía de límites. La ciénaga grande se confundía al occidente con
una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel
delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el
hechizo de sus tetas descomunales. Los gitanos navegaban seis meses por
esa ruta antes de alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban
las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de José Arcadio
Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la
ruta del norte. De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de
cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la fundación de
Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus
mapas, y emprendió la temeraria aventura.
Los primeros días
no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa
ribera del río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la
armadura del guerrero, y allí penetraron al bosque por un sendero de
naranjos silvestres. Al término de la primera semana, mataron y asaron un
venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el resto para los
próximos días. Trataban de aplazar con esa precaución la necesidad de
seguir comiendo guacamayas, cuya carne azul tenía un áspero sabor de
almizcle. Luego, durante más de diez días, no volvieron a ver el sol. El
suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica, y la
vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez más
lejanos los gritos de los pájaros y la bullaranga de los monos, y el
mundo se volvió triste para siempre. Los hombres de la expedición se
sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de
humedad y silencio, anterior al pecado original, donde las botas se
hundían en pozos de aceites humeantes y los machetes destrozaban lirios
sangrientos y salamandras doradas. Durante una semana, casi sin hablar,
avanzaron como sonámbulos por un universo de pesadumbre, alumbrados
apenas por una tenue reverberación de insectos luminosos y con los
pulmones agobiados por un sofocante olor de sangre. No podían regresar,
porque la trocha que iban abriendo a su paso se volvía a cerrar en poco
tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer ante sus ojos.
"No importa", decía José Arcadio Buendía. "Lo esencial
es no perder la orientación." Siempre pendiente de la brújula,
siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron
salir de la región encantada. Era una noche densa, sin estrellas, pero la
oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la
prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera
vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron
pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras,
blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme
galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura
intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias
adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de
rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un
suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un
espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las
costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios
exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado
bosque de flores,
El hallazgo del
galeón, indicio de la proximidad del mar, quebrantó el ímpetu de José
Arcadio Buendía. Consideraba como una burla de su travieso destino haber
buscado el mar sin encontrarlo, al precio de sacrificios y penalidades sin
cuento, y haberlo encontrado entonces sin buscarlo, atravesado en su
camino como un obstáculo insalvable. Muchos años después, el coronel
Aureliano Buendía volvió a atravesar a región, cuando era ya una ruta
regular del correo, y lo único que encontró de la nave fue el costillar
carbonizado en medio de un campo de amapolas. Sólo entonces convencido de
que aquella historia no había sido un engendro de la imaginación de su
padre, se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese
punto en tierra firme. Pero José Arcadio Buendía no se planteó esa
inquietud cuando encontró el mar, al cabo de otros cuatro días de viaje,
a doce kilómetros de distancia del galeón. Sus sueños terminaban frente
ese mar color de ceniza, espumoso y sucio, que no merecía los riesgos y
sacrificios de su aventura.
—¡Carajo! —gritó—.
Macondo está rodeado de agua por todas partes.
La idea de un
Macondo peninsular prevaleció durante mucho tiempo, inspirada en el mapa
arbitrario que dibujó José Arcadio Buendía al regreso de su
expedición. Lo trazó con rabia, exagerando de mala fe las dificultades
de comunicación, como para castígarse a sí mismo por la absoluta falta
de sentido con que eligió el lugar. "Nunca llegaremos a ninguna
parte", se lamentaba ante Úrsula. "Aquí nos hemos de pudrir en
vida sin recibir los beneficios de la ciencia." Esa certidumbre,
rumiada varios meses en el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir
el proyecto de trasladar a Macondo a un lugar más propicio. Pero esta
vez, Ursula se anticipó a sus designios febriles. En una secreta e
implacable labor de hormiguita predispuso a las mujeres de la aldea contra
la veleidad de sus hombres, que ya empezaban a prepararse para la mudanza.
José Arcadio Buendía no supo en qué momento, ni en virtud de qué
fuerzas adversas, sus planes se fueron enredando en una maraña de
pretextos, contratiempos y evasivas, hasta convertirse en pura y simple
ilusión. Úrsula lo observó con una atención inocente, y hasta sintió
por él un poco de piedad, la mañana en que lo encontró en el cuartito
del fondo comentando entre dientes sus sueños de mudanza, mientras
colocaba en sus cajas originales las piezas del laboratorio. Lo dejó
terminar. Lo dejó clavar las cajas y poner sus iniciales encima con un
hisopo entintado, sin hacerle ningún reproche, pero sabiendo ya que él
sabía, porque se lo oyó decir en sus sordos monólogos, que los hombres
del pueblo no lo secundarían en su empresa. Sólo cuando empezó a
desmontar la puerta del cuartito, Ursula se atrevió a preguntarle por
qué lo hacía, y él le contestó con una cierta amargura: "Puesto
que nadie quiere irse, nos iremos solos." Úrsula no se alteró.
—No nos iremos —dijo—.
Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo.
—Todavía no
tenemos un muerto —dijo él—. Uno no es de ninguna parte mientras no
tenga un muerto bajo la tierra.
Úrsula replicó,
con una suave firmeza:
—Si es necesario
que yo me muera para que se queden aquí, me muero.
José Arcadio
Buendía no creyó que fuera tan rígida la voluntad de su mujer. Trató
de seducirla con el hechizo de su fantasía, con la promesa de un mundo
prodigioso donde bastaba con echar unos líquidos mágicos en la tierra
para que las plantas dieran frutos a voluntad del hombre, y donde se
vendían a precio de baratillo toda clase de aparatos para el dolor. Pero
Úrsula fue insensible a su clarividencia.
—En vez de andar
pensando en tus alocadas novelerías, debes ocuparte de tus hijos —replicó—.
Míralos cómo están, abandonados a la buena de Dios, igual que los
burros.
José Arcadio
Buendía tomó al pie de la letra las palabras de su mujer. Miró a
través de la ventana y vio a los dos niños descalzos en la huerta
soleada, y tuvo la impresión de que sólo en aquel instante habían
empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula. Algo ocurrió
entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraigó
de su tiempo actual y lo llevó a la deriva por una región inexplorada de
los recuerdos. Mientras Úrsula seguía barriendo la casa que ahora estaba
segura de no abandonar en el resto de su vida, él permaneció
contemplando a los niños con mirada absorta, hasta que los ojos se le
humedecieron y se los secó con el dorso de la mano, y exhaló un hondo
suspiro de resignación.
—Bueno —dijo—.
Diles que vengan a ayudarme a sacar las cosas de los cajones.
José Arcadio, el
mayor de los niños, había cumplido catorce años. Tenía la cabeza
cuadrada, el pelo hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre. Aunque
llevaba el mismo impulso de crecimiento y fortaleza física, ya desde
entonces era evidente que carecía de imaginación. Fue concebido y dado a
luz durante la penosa travesía de la sierra, antes de la fundación de
Macondo, y sus padres dieron gracias al cielo al comprobar que no tenía
ningún órgano de animal. Aureliano, el primer ser humano que nació en
Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era silencioso y retraído.
Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos.
Mientras le cortaban el ombligo movía la cabeza de un lado a otro
reconociendo las cosas del cuarto, y examinaba el rostro de la gente con
una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente a quienes se acercaban a
conocerlo, mantuvo la atención concentrada en el techo de palma, que
parecía a punto de derrumbarse bajo la tremenda presión de la lluvia.
Úrsula no volvió a acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un
día en que el pequeño Aureliano, a la edad de tres años, entró a la
cocina en el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa
una olla de caldo hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo:
"Se va a caer. La olla estaba bien puesta en el centro de la mesa,
pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un movimiento
irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se
despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el episodio a su
marido, pero éste lo interpretó como un fenómeno natural. Así fue
siempre, ajeno a la existencia de sus hijos, en parte porque consideraba
la infancia como un período de insuficiencia mental, y en parte porque
siempre estaba demasiado absorto en sus propias especulaciones
quiméricas.
Pero desde la tarde
en que llamó a los niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del
laboratorio, les dedicó sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas
paredes se fueron llenando poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos
fabulosos, les enseñó a leer y escribir y a sacar cuentas, y les habló
de las maravillas del mundo no sólo hasta donde le alcanzaban sus
conocimientos, sino forzando a extremos increíbles los límites de su
imaginación. Fue así como los niños terminaron por aprender que en el
extremo meridional del África había hombres tan inteligentes y
pacíficos que su único entretenimiento era sentarse a pensar, y que era
posible atravesar a pie el mar Egeo saltando de isla en isla hasta el
puerto de Salónica. Aquellas alucinantes sesiones quedaron de tal modo
impresas en la memoria de los niños, que muchos años más tarde, un
segundo antes de que el oficial de los ejércitos regulares diera la orden
de fuego al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía
volvió a vivir la tibia tarde de marzo en que su padre interrumpió la
lección de física, y se quedó fascinado, con la mano en el aire y los
ojos inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos y tambores y sonajas
de los gitanos que una vez más llegaban a la aldea, pregonando el último
y asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis.
Eran gitanos nuevos.
Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua,
ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y
músicas sembraron en las calles un pánico de alborotada alegría, con
sus loros pintados de todos los colores que recitaban romanzas italianas,
y la gallina que ponía un centenar de huevos de oro al son de la
pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la
máquina múltiple que servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar
la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el emplasto
para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan ingeniosas e
insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la
máquina de la memoria para poder acordarse de todas. En un instante
transformaron la aldea. Los habitantes de Macando se encontraron de pronto
perdidos en sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria.
Llevando un niño de
cada mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis de
dientes acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el
confuso aliento de estiércol y sándalo que exhalaba la muchedumbre,
José Arcadio Buendía andaba como un loco buscando a Melquíades por
todas partes. para que le revelara los infinitos secretos de aquella
pesadilla fabulosa. Se dirigió a varios gitanos que no entendieron su
lengua. Por último llegó hasta el lugar donde Melquíades solía plantar
su tienda, y encontró un armenio taciturno que anunciaba en castellano un
jarabe para hacerse invisible. Se había tomado de un golpe una copa de la
sustancia ambarina, cuando José Arcadio Buendía se abrió paso a
empujones por entre el grupo absorto que presenciaba el espectáculo, y
alcanzó a hacer la pregunta. El gitano lo envolvió en el clima atónito
de su mirada, antes de convertirse en un charco de alquitrán pestilente y
humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su respuesta: “Melquíades
murió.” Aturdido por la noticia. José Arcadio Buendía permaneció
inmóvil, tratando de sobreponerse a la aflicción, hasta que el grupo se
dispersó reclamado por otros artificios y el charco del armenio taciturno
se evaporó por completo. Más tarde, otros gitanos le confirmaron que en
efecto Melquíades había sucumbido a las fiebres en los médanos de
Singapur, y su cuerpo había sido arrojado en el lugar más profundo del
mar de Java. A los niños no les interesó la noticia. Estaban obstinados
en que su padre los llevara a conocer la portentosa novedad de los sabios
de Memphis, anunciada a la entrada de una tienda que, según decían,
perteneció al rey Salomón. Tanto insistieron, que José Arcadio Buendia
pagó los treinta reales y los condujo hasta el centro de la carpa, donde
había un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre
en la nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo, custodiando un
cofre de pirata. Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar
un aliento glacial. Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con
infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de
colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los
niños esperaban una explicación inmediata, José Arcadio Buendía se
atrevió a murmurar:
—Es el diamante
más grande del mundo.
—No —corrigió
el gitano—. Es hielo.
José Arcadio
Buendía, sin entender, extendió la mano hacia el témpano, pero el
gigante se la apartó. “Cinco reales más para tocarlo”, dijo. José
Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano sobre el hielo, y la
mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le hinchaba de
temor y de júbilo al contacto del misterio. Sin saber qué decir, pagó
otros diez reales para que sus hijos vivieran la prodigiosa experiencia.
El pequeño José Arcadio se negó a tocarlo. Aureliano, en cambio, dio un
paso hacia adelante, puso la mano y la retiró en el acto. "Está
hirviendo", exclamó asustado. Pero su padre no le prestó atención.
Embriagado por la evidencia del prodigio, en aquel momento se olvidó de
la frustración de sus empresas delirantes y del cuerpo de Melquíades
abandonado al apetito de los calamares. Pagó otros cinco reales, y con la
mano puesta en el témpano, como expresando un testimonio sobre el texto
sagrado, exclamó:
—Este es el gran
invento de nuestro tiempo.
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